La única otra mujer a bordo dormía en mi litera
La orden llegó un martes por la tarde, cuando Sigrid ya se había quitado las botas y tenía medio cuerpo dentro de la nevera buscando algo que cenar. Cuarenta y ocho horas para presentarse en Cádiz. Destino: el submarino Viento del Norte, misión de patrulla en el Mediterráneo oriental. Cuatro meses. Oficial médica única a bordo.
Metió la ropa en el petate sin pensar demasiado. Llevaba seis años en la marina y había aprendido que las órdenes no mejoraban por darles vueltas.
***
El Viento del Norte olía a gasóleo, metal caliente y café recalentado. El suboficial que la guio por los pasillos estrechos hablaba sin parar sobre los turnos de guardia, el sistema de litera caliente y la presión del agua en las duchas. Sigrid asentía sin escuchar. Toda su atención estaba en no golpearse la cabeza con las tuberías del techo. Con su metro ochenta y dos, el submarino parecía diseñado para humillarla.
—Su camarote, teniente —dijo el suboficial, abriendo una puerta que más bien parecía la tapa de una caja de zapatos—. Lo comparte con la cabo Lindgren. Es la otra mujer a bordo.
El camarote tenía dos literas empotradas en la pared, un escritorio abatible y un espacio libre del tamaño de una toalla de baño. Sobre la litera inferior había una manta gris perfectamente doblada y un libro de ingeniería de telecomunicaciones con un marcapáginas a mitad de camino.
Sigrid dejó el petate en la litera superior y se sentó. Las rodillas le quedaron a la altura del pecho.
***
Elsa Lindgren apareció dos horas después, cuando Sigrid ya había deshecho el equipaje y memorizado cada grieta del techo. Era exactamente lo contrario a ella: baja, rubia platino, con unos ojos grises que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla. Llevaba el pelo recogido en una trenza corta que le dejaba al descubierto la nuca, y cuando sonrió al verla, Sigrid notó algo en el estómago que no tenía nada que ver con el balanceo del barco.
—Cabo Lindgren. Operadora de radio —se presentó, tendiéndole una mano pequeña y firme—. Pero todo el mundo me dice Elsa.
—Sigrid. Oficial médica.
—Ya sé quién eres. Aquí las noticias viajan más rápido que los torpedos.
Esa primera noche, Sigrid no durmió. No por el ruido de los motores ni por la estrechez de la litera, sino por la respiración de Elsa debajo de ella. Un ritmo suave y constante que le resultaba extrañamente íntimo, como si compartir ese sonido en la oscuridad fuera algo que no debería estar escuchando.
***
Los primeros días fueron de reconocimiento mutuo. Sigrid descubrió que Elsa estudiaba telecomunicaciones a distancia y que le quedaba un semestre para terminar. Que se mordía el labio inferior cuando se concentraba. Que usaba un champú que olía a menta y que ese olor se quedaba en la almohada durante horas. Que cuando se cambiaba de ropa en el camarote, lo hacía de espaldas y muy rápido, pero que una vez —solo una— giró la cabeza y sus miradas se cruzaron en el espejo diminuto que había sobre el lavabo.
Ninguna dijo nada. Las dos apartaron la vista.
Sigrid conocía esa electricidad. La había sentido antes, con hombres y con mujeres. Ella nunca se había puesto etiquetas; simplemente deseaba a quien deseaba, y la culpa no formaba parte de su vocabulario. Pero intuía que para Elsa la situación era distinta. Lo veía en cómo evitaba el contacto físico en los pasillos, en cómo se tensaba cuando sus rodillas se rozaban en el comedor.
***
Ocurrió la cuarta noche en puerto, en Cádiz, antes de zarpar. Habían bajado a tierra con tres compañeros, cenado en una taberna cerca del muelle y bebido más cerveza de la cuenta. Los otros se fueron primero. Elsa y Sigrid caminaron de vuelta al submarino por un paseo marítimo vacío, con el viento salado pegándoles el pelo a la cara.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —dijo Elsa sin mirarla.
—Claro.
—¿Alguna vez has estado con una mujer?
Sigrid no se detuvo. No cambió el paso. Simplemente dijo la verdad.
—Sí.
Elsa asintió despacio, como si estuviera procesando algo que ya sabía pero necesitaba confirmar. Caminaron en silencio hasta la pasarela del submarino. Bajaron al camarote. Sigrid se quitó las botas, se sentó en la litera de Elsa porque era la más accesible, y antes de que pudiera levantarse para subir a la suya, Elsa la besó.
Fue un beso torpe y breve. Labios cerrados, la mano de Elsa temblando sobre su hombro. Duró tres segundos, quizá cuatro. Después Elsa retrocedió como si hubiera tocado una plancha caliente.
—Perdona. No sé qué me ha pasado. Yo nunca... Perdona.
Y salió del camarote antes de que Sigrid pudiera decir una sola palabra.
***
Los tres días siguientes fueron un ejercicio de tortura silenciosa. Elsa cambiaba sus turnos para no coincidir en el camarote. Entraba solo cuando Sigrid estaba de guardia y se dormía antes de que volviera. No la miraba en el comedor. No le hablaba salvo para lo estrictamente necesario.
Sigrid respetó la distancia. Pero por las noches, sola en la litera de arriba, se descubría pensando en esos tres segundos. En la suavidad de los labios de Elsa. En el temblor de su mano. En el olor a menta de su pelo. Se tocaba despacio, mordiéndose el puño para no hacer ruido, y terminaba frustrada porque el deseo no se resolvía, solo crecía.
***
La encontró por accidente. Volvió al camarote fuera de horario porque había olvidado su estetoscopio. Abrió la puerta sin pensar y ahí estaba Elsa, tendida en la litera inferior con los ojos cerrados, la mano debajo de la cintura del pantalón y los labios entreabiertos. Respiraba entrecortadamente, con un rubor que le bajaba desde las mejillas hasta el cuello.
Sigrid se quedó paralizada en el umbral. Sabía que debía cerrar la puerta y marcharse. Sabía que eso era lo correcto, lo profesional, lo decente. Pero no se movió. Porque justo en ese momento, Elsa arqueó la espalda, contuvo el aliento y susurró su nombre.
Sigrid.
El sonido de su propio nombre en esa boca, con esa voz rota, le atravesó el cuerpo como una descarga eléctrica.
Elsa abrió los ojos. La vio en la puerta. Durante un instante eterno, ninguna respiró.
—No te vayas —dijo Elsa. Le temblaba la voz, pero no apartó la mirada—. Por favor, no te vayas.
Sigrid cerró la puerta a su espalda. Se sentó en el borde de la litera. Le retiró un mechón de pelo de la frente con una delicadeza que no sabía que tenía.
—No me voy a ninguna parte —dijo—. Pero necesito que me digas qué quieres. Porque si empiezo, no sé si voy a poder parar.
Elsa le tomó la mano y se la llevó a los labios.
—No quiero que pares.
***
Sigrid la besó despacio, con la paciencia de quien sabe que algunos umbrales solo se cruzan una vez. Le desabrochó la camisa botón a botón, dándole tiempo a retractarse en cada uno. Elsa no se retractó. Temblaba, sí, pero no de miedo. Temblaba como tiembla alguien que lleva semanas conteniendo algo que ya no cabe dentro.
La piel de Elsa era más suave de lo que había imaginado. Pálida, con pecas diminutas en los hombros que parecían constelaciones. Sigrid las recorrió con los labios una a una mientras Elsa le enredaba los dedos en el pelo y tiraba suavemente cada vez que su boca bajaba un centímetro más.
—¿Estás bien? —preguntó Sigrid con la boca contra su vientre.
—Sí. No pares. Por favor, no pares.
La litera era ridículamente estrecha. Sigrid tuvo que apoyar una rodilla en el suelo y acomodarse entre las piernas de Elsa, que se abrieron para ella con una naturalidad que desmentía cualquier duda. Cuando la besó ahí, Elsa se tapó la boca con la mano para ahogar un gemido y Sigrid le apartó la mano con suavidad.
—Quiero oírte —susurró.
Y Elsa la dejó oír. Cada suspiro, cada quejido contenido, cada vez que su cuerpo se tensaba y soltaba como la cuerda de un instrumento que alguien está afinando por primera vez. Sigrid leía cada reacción, ajustaba el ritmo, subía y bajaba con la cadencia de su respiración. Cuando Elsa se corrió, fue con un sonido bajo y largo, casi un sollozo, con las manos aferradas a la sábana y los muslos temblando contra las mejillas de Sigrid.
Después, silencio. Solo el zumbido de los motores y la respiración de las dos recuperando su ritmo.
—Ven aquí —dijo Elsa, tirando de ella hacia arriba.
Sigrid se tumbó a su lado, las dos de costado porque de otra forma no cabían. Elsa le pasó la mano por la cara, por el cuello, por los hombros. La exploraba con los dedos como si estuviera aprendiendo braille.
—Quiero hacer lo mismo —dijo—. No sé si lo haré bien, pero quiero intentarlo.
—No tienes que hacer nada.
—Quiero hacerlo.
Las manos de Elsa eran pequeñas y algo torpes, pero lo compensaban con una atención casi reverencial. Cada caricia era una pregunta, y Sigrid respondía con el cuerpo: inclinando la cadera, conteniendo el aliento, guiando su mano donde la necesitaba. Cuando los dedos de Elsa encontraron el ritmo correcto, Sigrid cerró los ojos y dejó que el placer la arrastrara como una marea lenta y cálida.
—Así —susurró—. Justo así.
Se corrió con la frente apoyada en la de Elsa, respirándole en la boca, con los dedos entrelazados con los suyos.
***
Después, Elsa se acurrucó contra ella y Sigrid descubrió que la litera de abajo era perfectamente cómoda si tenías a alguien encajado contra tu cuerpo como una pieza que siempre había faltado.
—Nunca había hecho esto con una mujer —dijo Elsa contra su cuello.
—Ya lo sé.
—¿Se nota mucho?
—No. Se nota que tenías ganas.
Elsa se rio. Una risa baja, genuina, que vibró contra la piel de Sigrid.
—Hay algo que debería contarte —dijo Elsa después de un rato—. El capitán Mikkelsen... es mi padre.
Sigrid se incorporó de golpe y se dio en la cabeza con la litera de arriba.
—¿Tu padre es el capitán del submarino?
—Técnicamente tengo dos padres. Él y su marido, Tomas. Mi madre biológica es una prima lejana que hizo de gestante. Pero sí, el capitán es mi padre. Y sospecho que sabe lo nuestro, porque la semana pasada me preguntó si estaba «contenta con mi compañera de camarote» con una sonrisa que no me gustó nada.
Sigrid se dejó caer de nuevo sobre la almohada.
—Estupendo. Estoy acostándome con la hija del capitán en su propio submarino.
—¿Te arrepientes?
—Ni un segundo.
Elsa le buscó la mano en la oscuridad.
—Creo que me estoy enamorando de ti, Sigrid.
El submarino crujió a su alrededor como si respirara. Los motores zumbaban su nota grave e infinita. En algún lugar sobre ellas, el Mediterráneo se extendía oscuro y enorme.
—Yo también —dijo Sigrid, y supo que era verdad de la misma forma en que sabía su propio nombre—. Yo también, Elsa.
Se durmieron así, enredadas en una litera que no estaba hecha para dos, mientras el Viento del Norte las llevaba hacia el este, hacia lo desconocido, hacia todo lo que todavía no se habían dicho pero que sus cuerpos ya sabían de memoria.