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Relatos Ardientes

Lo que compramos ese sábado antes de casarnos

Amanecí sintiendo el peso del brazo de Laura sobre mi cintura. Las sábanas nos cubrían apenas, y la luz del sábado se colaba entre las cortinas sin pedir permiso. Me moví despacio, tratando de no despertarla.

—No te vayas —murmuró ella con los ojos todavía cerrados.

—Aquí estoy —le dije, y la besé en la mejilla. Después le susurré al oído—: Tenemos diez días para nosotras solas.

Una sonrisa se dibujó en su cara sin que abriera los ojos. Me di media vuelta y quedé sobre ella. Somos exactamente de la misma altura, así que cuando me recosté encima, nuestras caderas encajaron de manera casi inevitable. Con mis piernas le separé las suyas y sentí, apenas presionar, que ya estaba mojada. Mi coño rozó el suyo a través de la piel desnuda, y las dos suspiramos al mismo tiempo.

—Qué manera tan linda de despertar —dijo.

—Esto es solo el inicio —respondí, y me moví arriba de ella, restregando mi clítoris contra el suyo, sintiendo cómo se humedecía todavía más—. Vamos a tener muchas mañanas así.

Nos besamos. Le acaricié la cara despacio, pasé los dedos por su pelo enredado. Le pedí que abriera la boca y dejé caer un hilo grueso de saliva entre sus labios. Ella lo recibió con los ojos entreabiertos y una expresión que mezclaba sorpresa con algo más profundo. Después me acerqué y se lo lamí de la comisura, empujándole la lengua adentro con fuerza.

—Lo vi en una película —confesó, jadeando—. Y me calentó muchísimo. Te amo, ¿sabés eso?

—Y yo a ti. Las dos somos un mar, amor.

Bajé la boca a su cuello, después a sus tetas. Le chupé un pezón hasta ponerlo duro y le pasé la lengua alrededor, mordisqueando la punta hasta que arqueó la espalda. Con la mano libre le atrapé el otro pezón entre el pulgar y el índice, lo torcí despacio y sentí cómo temblaba debajo de mí. Mi coño no dejaba de gotear sobre su muslo.

—Puta, así no puedo pensar —me dijo, agarrándome del pelo.

Me aparté un momento, todavía a horcajadas sobre ella, y le dije que quería hablar de la boda. Nos quedaban pocos días para el civil y todavía faltaban detalles.

—Quiero verme bien ese día —le dije, mientras mi coño seguía apoyado en su vientre—. Uñas pintadas de los pies y las manos, labial, pestañas.

—Yo también lo pensé —respondió Laura, con las manos en mi culo, apretándomelo—. Labial rojo, uñas rojas. ¿Qué decís?

—Bien de putas —dije, y me reí.

—Claro.

—¡Sos terrible, sabés!

Me besó en respuesta. Después me dijo que ya había comprado el labial, de esos que duran horas y no dejan marca al besar. Lo tenía guardado como sorpresa.

—¿Cómo que ya lo compraste? —le pregunté.

—Quería darte una sorpresa.

—Qué perra sos.

—No te enojes, mamita.

—No me enojo —le dije, y le pellizqué un pezón con fuerza, retorciéndoselo.

Gritó y rió al mismo tiempo, y me devolvió el gesto clavándome las uñas en los pezones hasta que grité yo también. Nos besamos de nuevo, esta vez más largo, chupándonos las lenguas con hambre. Después le dije que quería salir a comprar el resto: sandalias, el conjunto para el civil, todo lo que faltaba. Y que quería ir con ella de la mano por toda la calle. Del brazo, de la cintura. Y que si se me antojaba, la iba a besar ahí mismo en la vereda sin avisarle.

—Mierda —dijo, y supe que era un sí.

—Estoy enamorada de ti y no me importa nada —le dije—. ¿Me entendés?

Ella no contestó con palabras. En cambio, apartó las sábanas, abrió las piernas de par en par y se pasó dos dedos por el coño ya empapado, mostrándome cómo brillaban al levantarlos. Se los llevó a la boca, los chupó despacio, y me miró con esos ojos que saben exactamente lo que hacen. Me mordí el labio inferior. Me acerqué. Me crucé en la cama y me subí sobre ella al revés, mi coño justo encima de su cara, el suyo debajo de la mía. El 69 empezó solo, sin que ninguna de las dos lo propusiera.

Sentí su lengua abrirse paso entre mis labios, subir hasta el clítoris y quedarse ahí, chupándolo con fuerza. Yo hundí la cara en su coño y le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, saboreando cada gota. Ella estaba tan mojada que se me escurría por la barbilla. Le abrí los labios con los dedos y le lamí la entrada, metiéndole la lengua lo más profundo que pude, moviéndola en círculo mientras le apretaba el clítoris con el pulgar.

—Así, puta, así —la escuché gemir contra mi coño, y sentí la vibración subirme por toda la columna.

Le metí dos dedos, y después un tercero. Le curvé la mano hacia arriba, buscando ese punto interno que la hace perder la cabeza, y empecé a bombearla con ritmo. Ella hizo lo mismo conmigo: dos dedos entrando y saliendo, empujando fuerte, mientras su lengua no dejaba de chupar mi clítoris. Yo goteaba encima de su cara, y ella se lo tragaba todo.

Le clavé la nariz en el clítoris y le lamí más abajo, hasta rozarle el culito con la punta de la lengua. Gimió más fuerte. Insistí, se lo mojé bien, se lo circulé despacio mientras seguía dedeándole el coño. Sentí que le temblaban los muslos alrededor de mi cabeza.

—Me vengo, mami, me vengo —dijo con la boca llena de mí.

—Yo también, corré conmigo, puta.

Metió tres dedos con fuerza, chupó mi clítoris como si quisiera arrancármelo, y yo hice lo mismo. Nos vinimos juntas con un grito ahogado cada una, mi coño derramándose sobre su boca, el suyo apretándome los dedos como un puño. Sentí los espasmos de ella contra mi mano durante varios segundos, y los míos no se apagaban tampoco. Le seguí lamiendo despacito, chupando cada gota que quedaba, hasta que empezó a reírse y me pidió pausa.

Nos quedamos así un rato, entrelazadas y sin hablar, con la respiración todavía descompuesta. Después nos duchamos, nos cambiamos y salimos a la calle.

***

La primera parada fue una zapatería del centro. Le pedimos a la vendedora dos modelos de sandalias dentro del estilo que buscábamos, distintos entre sí para no ir combinadas. Nos los trajo, los probamos, nos encantaron. Eran de taco alto, de cuero trenzado, muy elegantes.

Mientras yo terminaba de hablar con la vendedora, Laura estaba detrás de ella haciéndome movimientos con los labios. Tardé un segundo en descifrar lo que decía.

«Lindo culito», me estaba diciendo.

Estuve a punto de largarme a reír ahí mismo. Tuve que morderme el interior de la mejilla para no explotar. La empleada me miraba sin entender por qué tenía los ojos llenos de lágrimas.

Cuando salimos a la calle le dije:

—Boluda, me hacés cagar de risa. La chica me miraba y no entendía nada.

—¡Con ese taco nos hace lindo culito! —siguió ella, sin ningún arrepentimiento—. Nos lo marca divino, ya vas a ver.

—Sos terrible —le dije, agarrándola del brazo—. Cómo para no amarte.

La siguiente parada era el local donde habíamos visto la pollera y el blazer. Lo atendía una señora mayor, muy cálida, que en cuanto entramos nos preguntó para qué era la ocasión. Le dijimos que nos íbamos a casar. Se sorprendió, nos miró a las dos, sonrió de verdad, de esas sonrisas que llegan a los ojos.

—Qué lindo —dijo—. Tengo dos amigas, una pareja de mujeres encantadoras. Se conocieron aquí, en el barrio. Tardaron un tiempo en aceptar lo que sentían, pero cuando lo hicieron no dudaron más. Se fueron a vivir juntas a Portugal.

Laura y yo nos miramos al mismo tiempo. Era casi nuestra historia, contada por una desconocida en una tienda de ropa.

El conjunto de Laura era negro: pollera ajustada por debajo de la rodilla, blazer de corte recto. La señora la acompañó al probador. Mientras esperaba en el mostrador, me acerqué a la cortina y le dije por lo bajo:

—Lindo culito.

—Callate, putita —me respondió en un susurro, ahogando una carcajada.

—Shhh, bajá la voz, loca —le dije, y me alejé justo cuando la señora volvía.

Cuando Laura salió del probador, el conjunto le quedaba perfecto. Ajustado en las caderas, elegante en los hombros. La señora le recomendó usar una remera de lycra de cuello alto redondo por debajo, y le alcanzó una negra para completar el look. Después me señaló a mí:

—Para usted tenemos el mismo conjunto en blanco. Acaba de llegar su talle. Pase cuando quiera.

Me encerré en el probador. Me quité el jean y la remera, me puse la lycra blanca y después la pollera. Antes de que pudiera cerrar la cortina, Laura se asomó apenas.

—Puta —me dijo, articulando sin sonido.

—Salí de acá —le respondí, también sin voz.

Cuando salí al local con el conjunto completo, la señora aplaudió suavemente y nos dijo que estábamos preciosas. Nos recomendó unas medias: para Laura, negras opacas; para mí, color piel bronceado que hiciera resaltar el blanco del conjunto. Eligió los modelos ella misma de entre los que tenía.

Antes de despedirnos nos ofreció acompañarnos a la lencería de al lado, donde trabajaba su sobrina.

—Quiero que se vayan contentas —dijo—. Son dos chicas encantadoras y me alegra mucho haber podido ayudarlas.

En la lencería elegimos las medias, nos hicieron una pequeña rebaja por recomendación de la señora, y salimos cargadas de bolsas. En la esquina, Laura se paró, me puso contra la pared y me comió la boca. En plena calle, sin importarle nada. Sentí su lengua entrando fuerte entre mis dientes y su mano bajando por mi cadera hasta apretarme la nalga sin ninguna vergüenza.

—Te amo, estúpida —me dijo cuando nos separamos.

—Yo también te amo, tontita —le respondí, todavía con el corazón acelerado y el coño otra vez húmedo debajo del jean.

***

De vuelta en el departamento lo dejamos todo sobre la cama y decidimos probarnos el conjunto completo antes de guardar nada. Laura fue la primera en vestirse: lycra, pollera, medias, sandalias. Se paró frente al espejo de cuerpo entero y dijo:

—Mierda.

Solo eso. Después nos pusimos las dos de perfil.

—Me miro y me estoy mojando —dijo.

Me reí tan fuerte que me dolió la panza.

—No seas hija de puta —le dije—. Cuando estemos en el civil me voy a acordar de esto y me voy a tentar en el medio de la ceremonia.

Detectamos un problema: los corpiños se marcaban debajo de la lycra. Las tiras se veían claramente, y con el tejido ajustado no quedaba bien.

—Necesitamos un strapless sin aro —dije—. O directamente pezoneras.

—¿Y si no usamos corpiño? —propuso Laura.

—Con la remera blanca se me van a trasparentar las tetas. Y si hay frío, las puntas se marcan igual.

—Joder. A la tarde vamos y compramos. Y de paso reservamos turno en el spa.

—Dicho. ¿Me ayudás a quitarme la ropa?

—Si te ayudo, te cojo —dijo.

Levanté una ceja.

—¿Querés coger? —preguntó.

Moví la cabeza que sí, muy despacio.

—Perra —dijo, y me empezó a desabrochar el blazer.

Me bajó la pollera. Me quitó las medias con cuidado para no romperlas. Cuando llegó a la tanga se detuvo, vio la humedad de la tela pegada al coño, me miró a los ojos. No dijo nada. Enganchó los pulgares en los elásticos y me la bajó despacio. Cuando la tanga estuvo en el suelo, se la llevó a la cara y me olió, sin dejar de mirarme.

—Estás hecha una perra —murmuró.

Me acostó sobre la cama. Yo me puse de espaldas y la observé desvestirse. Hay algo en la manera en que Laura se desnuda que me vuelve loca: sin apuro, sin poses, como si estuviera sola y el mundo no existiera. Primero la lycra por la cabeza, y sus tetas cayendo libres. Después la pollera bajando por sus caderas, sus muslos, hasta el piso. La bombacha quedó última: se la sacó despacio, girándose apenas para que le viera el culo, y cuando volvió a mirarme se estaba pasando dos dedos por el coño.

Mientras la miraba me acaricié despacio, sin disimulo. Me abrí los labios, me pasé el dedo mayor por el clítoris, después bajé hasta la entrada y me metí dos adentro. Le pasé el dedo por los labios y la miré. Ella los chupó sin dejar de sostenerme la mirada, saboreándome la humedad.

—La reina de las putas —dijo en voz baja.

Se puso el arnés. Lo ajustó, lo acomodó. La verga era la más gruesa que teníamos, negra, curva. Después vino hacia mí sacudiendo levemente lo que sería el pene del arnés con la mano, escupiendo saliva sobre el glande para lubricarlo, con esa mirada suya que dice todo sin palabras. Separé las piernas. Estiré los brazos hacia ella.

—Cómo te voy a coger, mami —dijo—. Te voy a partir en dos.

—Dale. No te tardés más. Necesito esa verga adentro.

—¿Sí, puta? ¿La querés?

—La quiero toda.

Se arrodilló entre mis piernas, se agarró la verga del arnés con la mano y me la pasó por la vulva de arriba abajo, restregándomela contra el clítoris. Yo empujé la pelvis buscándola, pero ella se apartaba. Volvía a rozarme, me tocaba la entrada, se alejaba. Hasta que se cansó de jugar y me penetró sin rodeos, de una embestida entera hasta el fondo. Arqueé la espalda y grité. Exclamé algo, no supe qué, alguna guarangada que se me escapó del pecho.

Las embestidas eran profundas y constantes. La verga entraba entera y salía casi por completo antes de volver a hundirse. Se escuchaba el ruido de mi coño mojado cada vez que ella empujaba, un chapoteo obsceno que me calentaba todavía más. Sus manos me recorrían las tetas, me apretaba los pezones, me agarraba el cuello con una mano sin apretar del todo. Me besaba el cuello mientras yo llenaba el cuarto de sonidos que no me molestaba en contener.

—Decime que es mío este coño —me dijo al oído, sin parar de cogerme.

—Es tuyo, amor, es todo tuyo, cogémelo.

—Así, puta, gemí para mí.

Flexioné las piernas, me las llevé al pecho, y la penetración fue más profunda todavía. Ella se apoyó en mis rodillas para embestir con más fuerza. La verga me llegaba hasta un lugar que hacía años no sentía. Me bajó una mano hasta el clítoris y me lo frotó en círculos mientras seguía metiéndomela con fuerza. Duré poco así. Terminé con las piernas temblando, la espalda levantada de la cama y un grito que llenó todo el departamento. Sentí cómo mi coño se contraía alrededor de la verga en oleadas largas.

Nos enredamos en un beso largo, ella todavía adentro mío, moviéndose despacito para prolongar los espasmos. Me acomodó el cabello.

—¿Te gustó, mamita? —me preguntó.

—Me encantó —respondí, casi sin aire—. Nunca cogí tan rico como con vos.

Ella sonrió, salió despacio de mi coño, me acarició la cola y me preguntó si la dejaba. Supe qué quería. Me di vuelta panza abajo, la cabeza apoyada sobre los brazos, una pierna doblada, el culo levantado hacia ella en una invitación clara.

—Qué culo, hija de puta —dijo detrás mío.

Sentí sus manos abriéndome las nalgas, y después su lengua bajando por el surco hasta plantarse en el ojete. Me lo lamió despacio, en círculos, después con la punta, después chupándolo entero. Yo me mordí el brazo para no gritar. Lo mojó bien, lo cubrió de saliva, y siguió lubricándolo con mis propios líquidos que goteaban desde el coño. Introdujo un dedo despacio en mi ano. Lo movió en círculo, lo sacó, lo metió de nuevo. Después metió el segundo. Los abrió adentro, los cerró, me abrió el culito para dejarme lista.

Cuando sintió que estaba preparada, se colocó de rodillas detrás de mí, se escupió otra vez en la verga del arnés, apoyó el glande en el borde del ojete y fue entrando de a poco. La presión fue enorme, sentí cómo mi culo cedía centímetro a centímetro para dejarla pasar.

Solté un quejido largo. Ella pausó.

—¿Bien? —preguntó.

—Seguí —dije, apretando las sábanas—. Metémela toda.

Entró completamente. Sentí el arnés apoyado contra mis nalgas, la verga entera adentro del culo, y una punzada de placer que me subió por toda la espalda. Sus movimientos empezaron suaves, sacándola casi entera antes de volver a empujar. Fueron ganando ritmo hasta que me hizo gritar. Cada embestida me mandaba la cabeza contra la almohada. Le pedí más, y ella me lo dio. Le pedí que me partiera, y aceleró. Me metió una mano por debajo y me buscó el clítoris con dos dedos mientras seguía cogiéndome el culo con la verga.

—Cómo te gusta que te rompan el culo, puta —me dijo, sin bajar el ritmo.

—Me encanta, cogémelo, cogémelo fuerte.

—Vení para mí, dale, corréte con mi verga en el culo.

Me frotó el clítoris más rápido, embistió más fuerte, y terminé así, con la cara contra la almohada y las uñas enterradas en las sábanas, gritando algo que ni yo entendí. Sentí espasmos en el culo, en el coño, en las piernas, todo al mismo tiempo. Ella se quedó adentro mío mientras yo me deshacía, aguantándomelo hasta que empecé a bajar.

—Qué lindo que lo hacés, hija de puta —le dije cuando pude hablar.

—Me encanta tu culito —respondió ella, sacándola con cuidado, todavía de rodillas detrás de mí.

—Es tuyo, amor.

Nos quedamos quietas un rato. Después ella fue a lavar el arnés y yo me quedé panza abajo, con el culo todavía palpitando, sin energías para moverme. Cuando volvió, se detuvo en el borde de la cama y me miró.

—Por Dios, ese culo —murmuró.

Y me metió dos dedos antes de que pudiera protestar.

—¿Qué hacés? —exclamé, aunque abrí un poco más las piernas.

—Es que entran solos. Hija de puta.

Los movió despacio, entrando y saliendo, y sentí que otra vez me estaba mojando el coño de nada.

—Disfrutá —le dije, resignada y contenta al mismo tiempo—. Pero en el spa me dejás disfrutar a mí también.

—Cuando quieras, amor.

Estuvimos así un rato más. Yo tendida, ella jugando con mi culo, alternando dos dedos, un dedo, escupiendo saliva encima para lubricar. Le confesé algo que llevaba tiempo pensando: con ella soy más pasiva que activa. Me brindo más que con nadie. No sé si es porque la amo demasiado o porque sabe exactamente cómo tocarme.

—Ya me di cuenta —dijo, sin sacar los dedos—. Igual cuando quiero que me cojas, te aviso.

—Sí. Me avisás.

—¿Seguís queriendo el dedo?

—Jajaja. Sí.

—Está rico.

—Turrita hermosa —le dije.

Nos besamos, y ella siguió con los dedos adentro mientras nuestras lenguas se enredaban.

***

A la tarde salimos de nuevo. Reservamos turno en el spa para el jueves. Encontramos los strapless sin aro color piel que buscábamos, dos unidades, y volvimos al departamento con la última bolsa del día.

También avisamos a nuestras familias la fecha del civil. A las dos les tomó un segundo asimilarlo, pero después vinieron las preguntas, los mensajes, los audios que llenaron la pantalla durante horas. La mamá de Laura lloró un poco. La mía también, aunque nunca lo iba a admitir.

El lunes íbamos a hablar con nuestros jefes para coordinar los reemplazos durante los días libres. Todo estaba encajando, despacio pero bien.

Esa noche cenamos tarde, sin apuro, con una copa de vino cada una. Laura tenía el pelo suelto y llevaba mi remera puesta, que le quedaba grande de los hombros. La miré desde el otro lado de la mesa y pensé que era la mujer más linda que había visto en mi vida, y que en pocos días iba a ser mi esposa.

—¿Qué me mirás? —me preguntó.

—A ti —le respondí.

Sonrió y siguió comiendo.

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Comentarios(8)

Romi87

Precioso relato, me encanto cada detalle. Gracias!

Florencia_R

Por favor seguí contando, quede con ganas de saber que paso despues de las compras jaja

ElenaMdz

Me recordó a una tarde con mi ex, esa sensacion de no poder esperar... hermoso

PedroCba

Pregunta: esto fue antes de la boda o el mismo dia? Quede un poco confundido jaja. Muy bueno de todas formas

vale_2103

Se nota que escribis desde un lugar muy real, se siente verdadero sin ser burdo. Seguí así!

Lautaro22

Las compras pueden esperar siempre jaja. Excelente

SilvanaMar

Que historia tan hermosa. Me emocionó tanto como me calentó, raro sentir las dos cosas juntas jaja. Espero mas

PatriNoche

increible, es de las mejores cosas que lei aca. espero leer mas relatos tuyos pronto

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