Lo que nos dijimos desnudas antes de la boda
Llegamos al apartamento pasado el mediodía, después de una mañana entera de trámites. Habíamos pasado por la oficina para avisar la fecha, los jefes nos felicitaron, fuimos a Recursos Humanos, explicamos la situación. Todos se sorprendieron de lo cerca que estaba el casamiento. Eso pasa cuando uno no avisa con meses de anticipación.
En cuanto abrí la puerta, lo primero que hice fue quitarme la ropa. Primero los zapatos, después el pantalón, la blusa, el corpiño. Una costumbre que empezó el primer mes de convivencia y que a esta altura ya era parte de nuestra vida: llegar al apartamento y quedarnos desnudas, libres, sin el peso de todo lo que el mundo exige afuera.
—Vale, pongo el agua para los mates —grité hacia el baño, mientras buscaba algo en el celular.
—¡Ya salgo! —respondió su voz desde adentro.
¿Cuándo fue que esto se volvió tan natural?, pensé mientras esperaba. Un año atrás no me animaba ni a quedarme en ropa interior frente a otra persona. Ahora me paseaba desnuda por el apartamento como si fuera lo más normal del mundo. Para nosotras, lo era.
Me acomodé en el sillón con la pava y el mate y abrí el celular. Buscaba ropa para usar en casa cuando el frío empezara a apretar: algo liviano, por encima de la rodilla, que pudiéramos ponernos sin nada abajo. Porque no estaba dispuesta a renunciar a nuestra costumbre solo porque bajaran las temperaturas.
—Maldita sea —solté, frustrada.
Valeria salió del dormitorio también desnuda, con el ceño fruncido.
—¿Qué pasó?
—No encuentro lo que busco. Quiero unas telas cómodas, tipo buzo liviano, para usar acá adentro. Pero todo lo que veo o es horrible o cuesta una fortuna.
—Dame un mate y venite al dormitorio —dijo, señalando con la cabeza—. Trae la silla de la cocina.
***
El placard de Vale era un universo aparte. Tenía cosas guardadas en el estante de arriba que yo nunca había visto. Se subió a la silla y empezó a revolver bolsas con la concentración de alguien que sabe que ahí hay algo pero no recuerda exactamente dónde.
—Acá están —dijo—. Son dos vestidos de tela de buzo, livianitos, por encima de la rodilla. Tienen unos años, pero para el apartamento están perfectos. Y tenemos el mismo talle, así que elegís vos.
Me pasó los dos. Uno gris oscuro, uno color crema.
—¿Cuál querés vos? —pregunté.
—Me da igual. Son tuyos también.
—Me quedo con el gris oscuro.
—Hay que lavarlos antes.
Me lo puse igual, para probarlo. Valeria me miró desde arriba de la silla y sonrió despacio.
—Te queda espectacular —dijo—. Se te marcan los pezones. Me encanta. Y te hace un lindo trasero.
—Siempre con eso —reí, tendiéndole la mano para ayudarla a bajar.
La abracé antes de que tocara el piso. Nos besamos. Así, sin más, sin ocasión especial. Solo porque sí.
—Cuando te enojás me asustás, Luci —me dijo entre risas, sacudiéndome un poco—. Sos una loca.
—Perdón, amor. Es que llevaba rato buscando y nada cerraba. Me desesperé.
—Tranquila. Ya está. Encontramos.
Llevé los vestidos al lavarropas, volví al sillón y me recosté con la cabeza en el regazo de Vale. Su mano encontró mi pelo casi sin pensarlo. Es otro de nuestros rituales: yo acostada, ella sentada, su mano recorriéndome el cabello y la cara mientras hablamos de todo y de nada.
—Hagamos un repaso —dije—. Para el casamiento.
—Hablemos. Pero si te distraés con mis tetas, yo no tengo la culpa —dijo, inclinándose hacia adelante para acercarlas a mi cara.
—Sos una turra —reí, y las besé de todos modos.
***
Pasamos un buen rato haciendo inventario. El esmalte, el labial, las pestañas, el corpiño sin tiras, la remera de lycra, las medias, la falda y el blazer.
—Las sandalias —dijo Vale.
—Cierto, las sandalias. Y el perfume. No hablamos del perfume.
—Yo tengo el mío, vos el tuyo. Después vemos qué usamos. Y si no tenés el que te gusta, usás el mío.
Levanté la cabeza para mirarla.
—Sobre eso quería hablarte —dijo ella, con una voz más seria pero sin perder la calma—. Ya no existe «me prestás». ¿Entendés? Lo mío es tuyo. Cuando tenemos ganas de estar juntas no decimos «me prestás tu cuerpo», ¿verdad?
—No.
—Entonces basta. No sos una visita, Luci. Sos mi pareja. Vas a ser mi esposa. Usá lo que quieras, cuando quieras. Sin preguntar.
Mis ojos se pusieron brillosos. Así, de golpe, sin previo aviso.
—Cuando hablás así me emocionás, tarada —le dije, con la voz un poco rota.
Me tomó la cara con las dos manos y me besó despacio.
—Quiero decirte algo más —continuó—. En todo este tiempo viviendo juntas, no me arrepentí ni un segundo de haberte elegido. Nos complementamos de una manera que yo no esperaba. Sos lo mejor que me pasó en la vida.
Las lágrimas me cayeron solas. No pude evitarlo.
—Yo también te amo, estúpida —le dije, y las dos nos reímos de mi manera tan particular de decir las cosas lindas.
***
Después del momento emotivo volvimos a los temas prácticos, que había varios pendientes.
—¿Qué hacemos después de la ceremonia civil? —pregunté—. Va a estar tu familia y la mía. Termina al mediodía más o menos. ¿Venimos acá?
—Podríamos pedir comida. Un lunch, empanadas, alguna torta. Venimos, nos cambiamos, y después nos vamos al hotel. Tenemos que preparar un bolso también.
—¿Cuántos somos en total?
—De mi familia, cuatro. Nosotras dos, seis. De tu familia, creo que cinco. Once o doce personas. Y tenemos seis sillas.
—Le pedimos prestadas a tu hermana las que faltan.
—Dale, yo le pregunto. —Pausa—. Y hay que darle una pasada al apartamento. No es que esté desordenado, pero si vienen todos...
—Joder —dije, soltando el mate.
—Exacto. Joder —repitió Vale, riéndose.
Hay algo muy particular en poder reírse de los problemas cuando estás desnuda en el sillón con tu persona favorita. Los problemas siguen siendo problemas, pero se sienten más manejables.
—Igual me tiene sin cuidado todo esto —dije después de un rato—. Me voy a casar con vos. El resto se resuelve.
—Sí, pero no pienses más porque me volvés loca.
—Dame un beso, entonces.
Me lo dio. Largo, sin apuro.
***
Hubo un momento de silencio. Vale me acariciaba el brazo. Yo miraba el techo y pensaba en nada en particular, que es la forma más honesta de estar presente.
—Hay algo que a veces me da miedo —dijo Vale, de pronto, con una voz distinta. Más baja.
—Contame.
—No sé cómo explicarlo. Es como un miedo sin forma. A que algo cambie. A que te vayas. Sé que no tiene sentido, pero a veces lo siento y no puedo manejarlo.
—Escuchame —le dije, sentándome para mirarla de frente—. ¿A dónde me voy a ir? Mi vida está acá. Con vos. El único lugar al que podría ir es con mi familia, en el pueblo, y no tengo ninguna intención de volver allá, salvo de visita. Y si me voy a algún lado, es con vos.
Silencio breve. Ella asintió, lentamente.
—Lo sé —dijo—. Pero a veces la cabeza no escucha lo que sabe el corazón.
—Si alguna vez querés hablar con alguien, un profesional, lo que sea, te acompaño. Sin preguntas, sin juicios. Siempre voy a estar.
—Gracias. —Me miró—. Recién hablé del tema y no me convertí en otra persona.
—Lo noté. Y me alegra mucho.
—Quizás sea que me voy a casar —dijo, con una sonrisa pequeña.
—Quizás sea que sabés que no me voy a ningún lado.
Nos quedamos en silencio otro momento, pero era un silencio cómodo. El tipo de silencio que solo existe entre personas que ya no necesitan llenar todos los espacios con palabras.
—No quiero llorar más —dijo Vale, de pronto—. Quiero otra cosa.
—Propongo un juego —dije.
—A ver.
—Nada de penetración hasta el día de la boda. Desde esa noche en adelante, nos matamos.
Sonrió despacio. Primero con los ojos, después con toda la cara.
—Me encantó. Hecho.
—Entonces ahora nos duchamos juntas.
—¡Sí!
***
El agua tardó un minuto en calentarse. Nos metimos juntas y el vapor llenó el baño casi de inmediato. Nos besamos bajo el chorro mientras el agua nos empapaba el pelo, los hombros, la espalda.
Tomé la esponja con jabón y empecé a pasársela a Vale por el cuerpo. Despacio. Por el cuello, los hombros, las costillas, el vientre. Me detuve en sus pechos más tiempo del necesario porque siempre me detengo en sus pechos y ella lo sabe y se deja. Continué por las caderas, los muslos, la curva de su espalda baja.
La giré de espaldas. La apoyé suavemente contra los azulejos fríos, le levanté una pierna y se la apoyé en mi hombro. Me arrodillé sobre la cerámica mojada y la lamí despacio, con la lengua plana, sin apurarme. Ella apoyó una mano en la pared y la otra en mi cabeza, no para guiarme sino para tenerme cerca.
Me tomé el tiempo que quise. Vale gozó en silencio primero, después con un sonido bajo que conozco de memoria, y al final con todo el cuerpo tensándose y luego soltándose entre mis manos. Terminó con fuerza, entera, sosteniéndose en mi hombro.
Me levanté. Nos besamos otra vez, con el agua cayendo sobre las dos.
Después fue mi turno.
Vale me enjabonó entera, muy despacio, con esa concentración que tiene cuando quiere que yo sienta cada segundo. Me puso de espaldas y besó mi columna de arriba abajo. Sus uñas bajaron por mis costados y me puso la piel de gallina. Se arrodilló, tomó mis caderas con las dos manos y pasó la lengua por todo lo que hay entre mis nalgas, sin apuro, sin pudor, porque entre nosotras no existe ni lo uno ni lo otro.
Una de sus manos rodeó mi cadera y encontró mi clítoris. La trabajó despacio primero, después con más insistencia. Yo apoyé la frente en los azulejos fríos y dejé que todo pasara. Cuando llegué, llegué con todo.
Salimos de la ducha enredadas, todavía riéndonos de algo que ninguna de las dos supo explicar después. Nos secamos, comimos algo liviano de pie en la cocina, y nos fuimos a la cama sin decir mucho más.
A pocos días de casarnos, dormimos abrazadas como si ya lo fuéramos hace años.