Así planeamos nuestra boda lésbica
Después de hacerle el oral a Lucía, las dos quedamos tendidas en la cama, entrelazadas, con nuestros cuerpos todavía húmedos y pegados. Nos mirábamos sin apuro, nos besábamos despacio, nos acariciábamos el cabello. Así podíamos estar horas.
—Amor —le dije con voz suave—, hay algo que todavía no terminamos de hablar. ¿Qué hacemos para la luna de miel? ¿A dónde vamos?
Lucía suspiró y se acercó más a mí.
—Uf, es verdad, ni lo había pensado. Yo con tal de estar con vos no me importa adónde.
Nos besamos. Ella continuó:
—Para un viaje largo el presupuesto no nos alcanza bien, y el clima tampoco ayuda. ¿Y si vamos a un spa? El viaje lo dejamos para más adelante, cuando tengamos más tiempo y más plata. ¿Qué te parece?
—Me encanta —respondí—. No se me había ocurrido.
La tomé de la cara con ambas manos y le metí la lengua hasta el fondo.
***
Ya teníamos la fecha fijada. Solo faltaban los detalles: el vestido, las sandalias y ahora el spa. Lucía propuso buscar un plan B para la ropa, por si no encontrábamos lo que queríamos de entrada.
—¿Y qué servicios contratamos en el spa? —le pregunté.
—Qué sé yo —dijo, encogiéndose de hombros.
—A ver, pensalo: habitación con jacuzzi, masajes descontracturantes, piedras calientes, tratamiento de belleza. Algo así.
Lucía se quedó un momento en silencio y después sonrió con esa cara que me preocupa y me encanta al mismo tiempo.
—Ya veo cómo va a terminar. La masajista resulta ser lesbiana, nos masajea, se calienta con nosotras y armamos un lío. O nos toca un tipo y nos da una cogida a las dos.
Me largué a reír. Un dolor en el estómago, lágrimas, no podía hablar. Cuando recuperé el aliento le dije:
—No podés ser así de terrible, Lucía.
—Pensalo bien.
Me fui al baño, volví, y me acosté de nuevo a su lado.
—Escuchame, celosa mía. Eso está en nuestras manos. Si no nos gusta lo que pasa, ponemos las batas y nos vamos. Tampoco hay que asumir que todos los masajistas son así. No digo que no pueda darse, pero no creo que sea lo habitual.
—Sí, ya sé —respondió—. Ya sabés que soy celosa.
Me abrazó y me besó. Yo la abracé también.
***
Hubo un silencio largo, de esos que no incomodan. Después le pregunté algo que hacía un tiempo quería saber.
—Perdona la pregunta, amor. Después de lo que te pasó, ¿estuviste medicada?
—Sí. Tomé tranquilizantes un tiempo, hasta que el médico me dijo que ya no hacía falta. ¿Por qué me preguntás?
—Porque lo que viviste no es poca cosa. Me imagino que fue muy duro.
Lucía me miró fijo.
—¿Creés que mis celos tienen algo que ver con eso?
—No, los celos son un sentimiento. Lo que quiero que sepas es que yo no te voy a engañar. Con nadie, ni hombre ni mujer. No lo necesito. Te tengo a vos, y con eso me sobra y me falta todo al mismo tiempo.
Ella no dijo nada por un momento.
—Sé que es verdad —dijo finalmente—. Y sé que te necesito mucho.
—Yo también te necesito. —Hice una pausa y la miré—. Ponete el arnés. Quiero que me hagas el amor como sabés.
***
Lucía se colocó el arnés mientras yo la miraba desde la cama. Me senté en el borde, le tomé el miembro con la mano y empecé a moverlo despacio. Sabía que el pequeño saliente interno le estimulaba la vagina con cada movimiento. Se le cortó la respiración.
Me lo puse en la boca. Ella me tomó la cabeza con una mano y fue hundiéndolo despacio, sin apuro. Yo aguanté el fondo, lo lamí, lo devoré. Unas lágrimas me corrieron por la mejilla, pero no paré.
Después me puse de espaldas en la cama, levanté las piernas y la esperé.
Lucía tomó mis tobillos, apoyó el glande en el borde de mi vagina y con un solo movimiento entró entera. Se me arqueó la espalda.
—Aaah —salió de mi boca, sin que lo decidiera.
—¿Cómo te gusta, putita? —me preguntó al oído.
—Así, fuerte, no pares.
Nos movimos juntas durante un buen rato, el ritmo fue aumentando solo, hasta que las dos llegamos al mismo tiempo con un gemido que no intenté callar.
—Cogés de maravilla —le dije después, todavía sin aliento.
—Vos también me hacés venir —respondió.
Me acerqué a su cara y le ladré suave, jugando. Ella se rio.
—¿Todavía tenés dudas de que no necesito a nadie más que a vos?
—No —sonrió—. Perdona. No quiero que te enojes conmigo.
—No podría enojarme con vos, amor —le dije, y le acaricié el rostro despacio.
Lucía se quedó quieta un momento, como eligiendo las palabras con cuidado.
—Tené paciencia conmigo, Sol. Nunca viví algo así. Es como estar soñando. Y no quiero que se acabe.
—Yo estoy en el mismo sueño —le dije—. Y tampoco me quiero despertar. Jamás.
***
Después de ducharnos y limpiar el arnés, preparamos algo para cenar. Mientras comíamos, abrimos la computadora para buscar vestidos, sandalias y el spa.
Las sandalias fueron lo más fácil: las dos calzamos igual. Encontramos unas negras con doce de taco que nos gustaron a las dos de inmediato.
—Bien de perras —dijo Lucía, con total seriedad.
Me atraganté de la risa. Tuve que dejar de buscar porque no podía ver la pantalla de las lágrimas. Cuando pude hablar, le pregunté:
—¿Para vos todo termina siendo «de perras»?
Ella asintió muy seria. Yo me volví a reír hasta que me dolió el estómago.
No sé cómo terminamos de cenar.
Para no desesperarnos buscando las dos cosas al mismo tiempo, le propuse dividir la tarea.
—Vos buscá la ropa, yo busco el spa. ¿Te parece?
—Dale.
Se acomodó en la silla de una forma muy particular: puso los pies sobre mis piernas, me miró con esa cara inocente que a mí no me engaña nada. Acomodé uno de sus pies entre mis piernas, y ella empezó a moverse despacio, con una presión suave y constante.
—Así es imposible concentrarse, amor —le dije sin levantar la vista de la pantalla.
Me sacó la lengua.
Seguí buscando de todas formas, aunque costara el doble.
***
—Sol, vení, encontré algo —llamó Lucía de repente.
Me acerqué y me mostró la pantalla. Un conjunto de blazer y falda tubo con un tajo lateral sutil, y debajo una remera de lycra haciendo juego. Lo mismo en negro para ella, en blanco para mí.
—Me encanta. Preguntales si tienen también en blanco y cuándo podemos ir a probarnos.
—A esta hora no nos van a responder.
—Sí, pero mandales igual. Así cuando lo ven ya tienen el mensaje.
Ella asintió, escribió, y volvió a recostarse.
Yo seguí buscando el spa. Después de un buen rato encontré uno que tenía lo que necesitábamos: jacuzzi privado, masajes, piedras calientes y tratamientos de belleza. Le leí los servicios a Lucía en voz alta y quedamos en contratar los masajes de entrada; el resto lo elegiríamos cuando llegáramos.
Me contacté por la página, me llamaron, y en menos de diez minutos cerramos la reserva.
La miré y le dije:
—Listo, amor. Solo nos queda casarnos.
Me acerqué y le planté un beso largo. Después junté los platos y me puse a lavar. Lucía se paró detrás de mí, me corrió el pelo hacia un lado y me besó el cuello.
—Gracias —me dijo—. Ya tenemos todo.
Giré la cabeza hacia ella.
—Sí. Y es real.
***
—Sol, amor... ¿te hago la cola?
Tardé un segundo en responder.
—Mmmm. Qué rica que estás hoy. Dale. Igual en el spa me desquito yo.
—Haceme todo lo que quieras —dijo, y me besó fuerte.
Ella fue a buscar el arnés. Yo fui por el plug con sopapa.
Cuando me vio con él en la mano, alzó una ceja.
—¿Y eso?
—Lo quiero completo, amor.
—Siempre tan perra —dijo, y sonrió.
—Sí. Tu dóberman. Guau, guau.
Me agaché y empecé a lamer el plug despacio. Le pasé la lengua por el borde, recorrí todo el largo, lo metí entero en la boca varias veces. Lucía me miraba con el arnés puesto, acariciándose los pechos sin ningún apuro.
Después se arrodilló detrás de mí y empezó a lamerme. Sentí su lengua en mi humedad, tomándose el tiempo. Me masturbé con la mano mientras ella me saboreaba entera.
Luego separó mis nalgas y sentí su lengua más adentro. Se me escapó un jadeo.
—Me llevás al cielo —logré decir.
Se levantó, apoyó el glande del arnés en la entrada y empujó despacio. Entró poco a poco. Yo seguía respirando hondo, chupando el plug, concentrándome en no tensarme. Ella se movía suave al principio, tomándome de las caderas.
Me di vuelta y la miré directo.
—Mételo todo. Rompeme.
Al escucharme, me ensartó entera de un envión. Sentí sus manos aferrarse a mis caderas y empecé a moverme en círculos para encontrar el ritmo. Ella se excitó más y aceleró. Yo me masturbaba con la mano libre, sin parar.
—No pares —le dije—. Dale, dale, que me vengo.
Las dos llegamos juntas. Yo quedé de rodillas un rato largo, recuperando el aire. Lucía me acariciaba la espalda en silencio.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Muy bien, turrita —respondí, y me reí.
***
Fuimos juntas al baño. Ella se lavó, yo lavé los juguetes y después me lavé yo. Volvimos al cuarto y antes de apagar la luz tuvimos la conversación más doméstica del mundo.
—Tenemos que llevar los juguetes al spa —dije.
—Obvio. Los pongo al fondo del bolso, no te preocupés.
—Y en invierno, ¿qué hacemos si hace frío y queremos seguir andando desnudas por el departamento?
—Acá frío de verdad no hace. Y si hace, algo inventamos. Dejalo por mi cuenta, que yo te caliento.
—De eso no tengo ninguna duda, amor.
Cerramos el viernes con todo encaminado. Al día siguiente iríamos a buscar las sandalias y a probarnos la ropa: ella de negro, yo de blanco. Dos cosas menos para pensar. Y cada día más cerca de casarnos, más enamoradas, y más convencidas de que esto era exactamente el sueño que las dos queríamos no despertar jamás.