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Relatos Ardientes

Mi inquilina me enseñó que el deseo no caduca

Cuando enviudé, a los cincuenta y dos años, pensé que la parte más ardiente de mi vida había quedado enterrada con Andrés. No fue un pensamiento amargo. Más bien una resignación tranquila, casi serena. Me llamo Magdalena, y desde entonces me tocó ser «la viuda de Andrés Fuentes», esa señora con la casa grande en la calle Laureles que cultivaba geranios en el balcón y hacía los mejores bollos de la vecindad.

Durante diez años, esa fue mi existencia. No me quejaba. Tenía mis plantas, mis libros, mis amigas del club de lectura los jueves. El cuerpo pedía cosas que yo le concedía en privado, en silencio, sin dramatismo. Mis manos conocían el camino. El deseo no había muerto; simplemente lo había domesticado.

Fue en abril cuando Rosalba llegó.

Había puesto un anuncio en el tablón del mercado: habitación amplia con baño privado, para señorita de buenas costumbres. Me llamaron seis personas. Cinco no me convencieron. Rosalba sí. Tenía treinta y ocho años, trabajaba de contable en una empresa de importaciones y llegó con dos maletas ordenadas y una maceta de romero que olía a verano.

—Me gustan las plantas —dijo al ver mis geranios—. Podemos turnarnos para regarlas, si quiere.

Me gustó eso. No «si usted quiere» con esa distancia artificial, sino el «podemos» fácil, natural.

Los primeros meses fueron tranquilos. Rosalba salía temprano, volvía a las siete, cenábamos juntas dos o tres veces por semana. Empezamos a compartir el vino de los viernes. Aprendí que le gustaban las películas de los años setenta y que odiaba el queso demasiado curado. Ella aprendió que yo necesitaba silencio por las mañanas y que me ponía de mal humor si el café no estaba bien hecho.

Había algo en cómo se movía Rosalba. Una soltura en las caderas, una forma de apoyarse en el marco de la puerta mientras hablaba, que me resultaba difícil ignorar. No le di demasiada importancia. Lo atribuí a la convivencia, a la soledad de tantos años.

Hasta aquella tarde de agosto.

***

El calor de ese día era físico, casi sólido. Me había pasado la mañana inquieta, sin poder concentrarme en el libro, sin ganas de salir. El ventilador apenas servía para mover el bochorno de un lado al otro. Hacia las cinco me retiré a mi habitación, corrí las persianas a medias y me tumbé en la cama con la bata ligera que usaba para estar por casa.

El deseo llegó sin avisar, como siempre. Un calor diferente al del verano, más profundo, más localizado. Hacía semanas que no me permitía ese alivio y el cuerpo lo reclamaba con insistencia. Cerré los ojos. Mis manos recorrieron mi vientre, suave y redondo, y bajaron despacio hacia donde el calor era más intenso.

Me conocía bien. Sabía exactamente dónde presionar, con qué ritmo, cómo construir la tensión antes de ceder. Los dedos encontraron el húmedo calor de mi sexo y empecé a moverlos con la paciencia que da la experiencia. Mis caderas se elevaban levemente, el placer subía lento y constante.

Pensé en Rosalba. No fue una decisión. Apareció sola en mi mente, esa manera que tenía de inclinar la cabeza cuando escuchaba, sus manos cuando cortaba el pan. Me dejé ir.

Que no se entere nadie. Que no se entere nadie.

El alivio llegó intenso y necesario, con un gemido ahogado contra la almohada. Me quedé inmóvil unos minutos, respirando despacio, el corazón todavía acelerado. Me sentí liviana. Bien. Me até la bata y salí a beber agua.

***

El pasillo estaba en penumbra. La puerta de Rosalba, al fondo, estaba entornada, con una ranura de luz tenue que se proyectaba en el suelo. No había oído llegar. Debía haber entrado mientras yo dormitaba después.

Me detuve sin proponérmelo.

Por la rendija, sin moverme, vi lo que no debería haber visto. Rosalba estaba tumbada sobre las sábanas claras, completamente desnuda. Tenía las piernas abiertas y una mano entre los muslos, moviéndose con urgencia. Sus caderas se elevaban ligeramente con cada movimiento. Su respiración llegaba hasta mí, entrecortada, suave.

Debí alejarme. Lo sé.

No lo hice.

Me quedé paralizada en el umbral, la mano sobre mi pecho donde el corazón golpeaba con fuerza. El cuerpo, que acababa de encontrar alivio hacía apenas veinte minutos, volvió a tensarse con una intensidad que me sorprendió.

Rosalba abrió los ojos. Me vio. Hubo un segundo interminable. Esperé la vergüenza, el grito, que se cubriera y me pidiera que me fuera. Nada de eso ocurrió. Rosalba sonrió. Una sonrisa lenta, sin apuro.

—Entra, Magdalena —dijo en voz baja—. Llevas un rato ahí.

—Yo no pretendía…

—Lo sé. Entra igual.

Empujé la puerta. La habitación olía a su perfume y a algo más cálido, más íntimo. Me senté en el borde de la cama sin saber bien qué hacer con las manos. Rosalba no se cubrió. Siguió con la misma naturalidad, como si recibir visitas desnuda fuera lo más normal del mundo.

—Tienes las mejillas coloradas —observó.

—Es el calor.

—No es el calor.

Tenía razón. No era el calor.

—¿Desde cuándo? —pregunté, sin terminar la pregunta.

Ella lo entendió igual.

—Desde el primer día que vi tus manos en los geranios —respondió—. Hay mujeres que saben tocar las cosas con cuidado. Eso me llama la atención.

Me besó antes de que yo pudiera responder. Un beso directo, sin rodeos, con los labios cálidos y la lengua que pedía paso con suavidad. Mis manos, esas manos que según ella sabían tocar con cuidado, encontraron sus hombros y no supieron si apartarla o acercarla más.

Las acerqué.

***

Caí en la cama a su lado. Rosalba desató mi bata sin apresurarse, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, y quizás lo teníamos. Sus manos recorrieron mis pechos, que ya no eran los de una mujer joven pero que aún respondían al tacto con una sensibilidad que me hizo gemir.

—Eres muy bonita —dijo, y lo dijo como quien constata un hecho.

—Tengo sesenta y dos años.

—Ya lo sé. Sigue siendo verdad.

Sus labios bajaron por mi cuello, se detuvieron en mis pezones, los mordisquearon con suavidad hasta que arqueé la espalda. Yo la tocaba también: sus caderas más firmes, la curva de su cintura, el calor que emanaba de entre sus muslos cuando acerqué la mano. Abrió las piernas sin que yo lo pidiera.

La acaricié despacio, aprendiendo. Cada mujer es diferente y Rosalba era generosa con sus indicaciones, sin palabras la mayoría de las veces, solo con el movimiento de sus caderas o una presión leve de su mano sobre la mía cuando quería más de algo.

—Así —susurró cuando encontré el punto exacto—. Justo así.

La observé mientras el placer la recorría. Tenía los ojos cerrados y los labios ligeramente abiertos. Era hermosa de una manera que hacía mucho tiempo que no miraba a nadie de cerca para descubrirlo.

Bajé la cabeza.

—¿Puedo? —pregunté.

—Por favor —respondió.

La besé entre las piernas como la había besado en la boca: con curiosidad y sin prisa. Su sabor era suave, salado, cálido. Aprendí el ritmo que le gustaba observando cómo reaccionaba. Sus dedos se enredaron en mi pelo sin forzar, solo acompañando.

—No pares —pedía de vez en cuando, con esa voz ronca que aparece cuando el cuerpo ya no puede fingir normalidad.

No paré. Moví la lengua en círculos lentos, después más rápidos. Introduje dos dedos y los curvé hacia arriba, buscando ese punto que hace que todo el cuerpo responda a la vez. Lo encontré. Rosalba levantó las caderas y soltó un sonido largo, incontrolado.

—Me voy a venir —advirtió, y apenas terminó de decirlo se contrajo alrededor de mis dedos con una fuerza que me tomó por sorpresa. Sus muslos cerraron alrededor de mi cabeza y luego se relajaron lentamente.

Me incorporé. Tenía la barbilla húmeda y una satisfacción extraña, nueva, que no tenía que ver con el placer propio sino con el ajeno.

Rosalba me miró desde abajo, todavía sin recuperarse del todo.

—¿Cuánto tiempo sin hacer esto? —preguntó.

—Con otra persona... más de diez años.

—Se nota que eres buena —dijo—. O quizás es que me gustas mucho. Las dos cosas pueden ser ciertas.

***

Me tumbé boca arriba y ella tomó el relevo. Sus labios recorrieron mi vientre, esa barriguita que yo a veces miraba al espejo con cierta resignación, y la besó como si fuera algo que mereciera atención. Bajó despacio, sin saltarse nada, hasta que su boca llegó a donde el calor era más intenso.

La primera sensación fue tan aguda que tuve que morderme el interior del labio para no gritar.

—Respira —dijo ella sin levantar la cabeza.

Respiré.

Su lengua sabía exactamente lo que hacía. Lamía despacio, después con más presión, después metía la lengua y volvía a subir. Mis manos aferraron las sábanas. El ventilador zumbaba al fondo. La tarde seguía siendo calurosa y yo ya no sentía ningún calor que no fuera el de ella.

Que no sea un sueño. Que no sea un sueño.

No era un sueño. Era perfectamente real: Rosalba entre mis piernas con una concentración y una generosidad que no merecía después de diez años sin ofrecerle nada a nadie.

El orgasmo llegó diferente al de mis manos. Más amplio. Más profundo. Empezó desde un punto central y se extendió hacia afuera hasta los dedos de los pies. Gemí sin contenerme, con una libertad que hacía años que no me permitía.

—Bien —dijo ella simplemente, y subió a tumbarse a mi lado.

Nos quedamos en silencio unos minutos. La luz de la tarde se filtraba entre las persianas en franjas doradas. Fuera, alguien regaba una maceta. La vida normal seguía, ajena a todo.

—¿Qué es esto? —pregunté al final.

—Lo que quieras que sea —respondió Rosalba—. Sin prisa. Sin etiquetas si no las quieres.

—No sé si sé cómo hacer esto.

—Acabas de demostrar que sí.

Me reí. No recordaba cuándo había sido la última vez que me reí en una cama.

***

Nos duchamos juntas cuando el sol empezó a bajar. El agua caliente caía sobre nosotras y había algo sencillo y doméstico en enjabonarnos la espalda mutuamente, en lavarnos el pelo, en reírnos cuando el champú se metía en los ojos de Rosalba y ella maldecía en voz baja.

Después volvimos a la cama. Esta vez fue más lento, más hablado. Rosalba me contó que había tenido relaciones con mujeres desde los veinticinco, que no había sido un descubrimiento sino un reconocimiento, algo que siempre había sabido y que tardó tiempo en dejar de esconder. Yo le conté de Andrés, de los años buenos y los últimos difíciles, de esa soledad que se había vuelto tan familiar que ya no la reconocía como dolor.

—¿Te arrepientes de algo de esta tarde? —preguntó.

Pensé la respuesta de verdad, sin decir lo primero que se me vino a la mente.

—No —respondí—. Me arrepiento de no haber llamado a tu puerta yo primero.

Rosalba volvió a besarme. Esta vez con más calma, más ternura. Sus manos recorrieron mi cuerpo sin urgencia, explorando, aprendiendo. Yo hice lo mismo con el suyo. Aprendí que le gustaba que le besaran el cuello, que reaccionaba fuerte cuando le rozaba los costados, que cuando estaba a punto de correrse apretaba los dientes y aguantaba la respiración hasta que ya no podía más.

Nos corrimos otra vez, los dedos entrelazados, las caderas moviéndose con un ritmo que encontramos solas sin necesitar palabras.

***

Aquella noche cenamos tarde, en camisón, con el ventilador en marcha y una botella de vino blanco que llevaba semanas en la nevera esperando una ocasión. No hablamos mucho. No hacía falta.

Antes de que me retirara a mi habitación, Rosalba me cogió de la mano en el pasillo.

—Esto puede ser complicado —dijo—. Vivimos en la misma casa.

—Ya lo sé.

—¿Y?

—Ya veremos —respondí.

Ella asintió. Era suficiente por el momento.

Volví a mi cuarto y me tumbé sobre las sábanas limpias. El cuerpo estaba liviano de una manera que no recordaba. No era solo el placer físico, aunque eso también. Era algo más parecido a la presencia. A sentir que alguien me había mirado de verdad esa tarde, no a la viuda de Andrés Fuentes ni a la señora de los geranios, sino a mí. A Magdalena.

Me quedé dormida antes de que dieran las doce.

***

El otoño llegó sin que ninguna de las dos lo nombrara, pero algo había cambiado en la casa. Una corriente diferente en el aire, una manera nueva de mirarnos al cruzarnos por el pasillo. Los viernes con vino se volvieron más largos. Las cenas que antes terminaban a las nueve ahora se alargaban hasta medianoche.

No todas las noches terminaban igual. Algunas veces nos despedíamos en el pasillo con un beso breve y cada una se iba a su cuarto. Otras, una puerta se abría y la otra la seguía. Sin reglas fijas. Sin presión. Era algo que ninguna de las dos había planeado y que por eso mismo funcionaba.

Aprendí que el deseo, a los sesenta y dos años, no tiene por qué ser desesperado ni urgente. Puede ser tranquilo y firme como el agua que va tallando la roca. Puede coexistir con el café de las mañanas, con las plantas del balcón, con la vida ordinaria que sigue su curso.

Un martes de noviembre, Rosalba llegó del trabajo con una mueca de cansancio que yo ya conocía bien. Le preparé una infusión. Nos sentamos en el sofá. Apoyó la cabeza en mi hombro sin decir nada y yo le pasé el brazo por encima sin decir nada tampoco.

Afuera llovía. Adentro estábamos calientes.

Pensé en aquella tarde de agosto, en la rendija de luz bajo su puerta, en cómo el miedo y el deseo se mezclan hasta que ya no sabes cuál es cuál. Pensé en que a los cincuenta y dos años había decidido, sin decirlo en voz alta, que la parte más ardiente de mi vida había terminado.

Me había equivocado.

El placer no caduca. Solo espera a que una se atreva a abrir la puerta.

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Comentarios (7)

AnaSol72

Que historia tan hermosa... me llego al corazon de verdad. Pocas veces leo algo que me emocione asi.

CuriosaYoli

Esperando la continuacion!!! Ese final tan abierto me mato

FlordePampa

El titulo lo dice todo. Muy bien escrito, se siente autentico

Rosaura_Rdp

Se hizo corto jaja, queria mas. Volvé pronto con otro!

Sofialectora

Me recordo a algo que viví hace tiempo. El deseo no caduca, coincido completamente. Gracias por este relato

PatriciaNqn

Que manera de construir tension... lenta pero te atrapa desde el principio. Muy bien

Tomas_Noche

Primera vez que comento algo acá pero este relato me salio del alma. Increible.

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