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Relatos Ardientes

Lo que le hice a mi novia antes de que abriera los ojos

Los sábados por la mañana tienen un olor distinto. Quizás sea el café que nadie ha preparado todavía, o la luz que entra oblicua por la persiana a medio bajar, o simplemente saber que no hay ningún sitio adonde ir. Sea lo que sea, ese olor a sábado siempre me despierta antes que a Camila.

Y cuando me despierto antes que a Camila, pasan cosas.

Esa mañana había abierto los ojos a las nueve y cuarto. Ella seguía dormida boca arriba, con el pelo oscuro extendido sobre la almohada y la boca entreabierta. Llevaba una camiseta de tirantes de seda que le había regalado su hermana en Navidad, color crema, y nada más. Así dormía siempre en verano: la camiseta y ya. A mí me parecía una declaración de intenciones.

Cogí el teléfono y estuve un rato largo mirando la pantalla sin leer nada. Noticias, fotos de gente que no conozco, videos de gatos. El tipo de ruido digital que uno consume para no pensar. Pero no podía dejar de pensar, porque a mi lado había una mujer preciosa que seguía durmiendo y yo llevaba ya demasiado tiempo esperando que se despertara sola.

Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesita.

Empecé por el pelo. Siempre empiezo por el pelo porque es lo menos intrusivo, lo más fácil de justificar si ella se despertase de golpe y me preguntase qué estaba haciendo. «Nada, te estaba apartando el cabello de la cara.» Lo enrollé despacio en un dedo, uno de los mechones que le caía sobre la mejilla, y lo coloqué detrás de la oreja. Camila frunció ligeramente el ceño pero no abrió los ojos.

Bien.

Me acerqué un poco más y apoye los labios en su hombro. No fue un beso exactamente, más bien un contacto, una presión suave de mis labios sobre su piel. Ella movió el brazo con lentitud, como si en su sueño tratara de alcanzar algo. Esperé un momento sin moverme. Luego subí un centímetro más, hacia la curva del cuello, y esta vez sí abrí un poco la boca para que notara el calor húmedo.

Un sonido salió de su garganta. No llegó a ser queja ni gemido, sino algo intermedio: el sonido de alguien que todavía no sabe si está despierta o dormida pero que, en cualquier caso, no se va a quejar.

Le aparté otro mechón del cuello y seguí subiendo.

Para cuando llegué al lóbulo de la oreja, sus pestañas ya parpadeaban. Abrió los ojos con esa expresión que solo existe en los primeros segundos de consciencia, mezcla de confusión y gratitud, y me miró de lado con las pupilas todavía borrosas. Yo le sostuve la mirada y sonreí.

—Buenos días —susurré.

Ella no respondió. Se limitó a cerrar los ojos otra vez y a estirarse largamente, arqueando la espalda y extendiendo los brazos por encima de la cabeza. La camiseta se le subió un poco. Lo suficiente.

Me pasé una pierna por encima de la suya y me coloqué sobre ella, apoyando el peso en los antebrazos para no aplastarla. El interior de mis muslos rozó la tela de seda y noté el contraste agradable: la seda fresca contra mi piel caliente. Me moví un poco para que lo sintiera también ella.

—Sigo durmiendo —murmuró, sin abrir los ojos.

—Ya lo sé —dije.

Y seguí.

Bajé por su cuello hasta la clavícula y dejé un rastro de besos cortos, casi imperceptibles, cada uno a unos milímetros del anterior. Cuando llegué al tirante de la camiseta lo aparté con la nariz, sin usar las manos todavía. Camila tenía los brazos caídos a los costados y la respiración se había vuelto más lenta, más controlada, esa respiración que uno hace cuando finge que no está prestando atención aunque está prestando toda la atención del mundo.

Deslicé el tirante por su hombro.

La camiseta cedió lo suficiente para descubrirle el pecho. Me quedé mirándolo un momento, ese instante de pausa deliberada que a ella le ponía más nerviosa que cualquier otra cosa que yo pudiera hacer. Luego acerqué la boca, despacio, y apoyé la lengua sobre el pezón sin cerrar los labios todavía.

El sonido que hizo esa vez fue diferente.

Me tomé mi tiempo. Besé, lamí, presioné suavemente con los dientes sin llegar a morder. Ella tenía la cabeza echada hacia atrás y los dedos enredados en las sábanas. Mi mano libre había empezado a recorrer la curva de su cadera, bajando poco a poco, sin prisa, trazando el borde de la goma de su ropa interior con la yema del índice.

—Para —dijo, sin convicción.

—No quieres que pare —dije yo.

Silencio. Lo cual era una respuesta perfectamente válida.

Seguí con la mano. Deslicé los dedos por encima de la tela, despacio, sin profundizar todavía. Ella tenía las piernas juntas y las relajó un poco, solo un poco, ese gesto involuntario que uno hace sin darse cuenta de que lo está haciendo. Pasé la palma entre sus muslos y la presioné levemente hacia arriba. La tela estaba tibia.

Me incorporé para mirarla a la cara.

Tenía los labios entreabiertos y una arruga entre las cejas que no era de concentración sino de impaciencia. Me conocía demasiado bien para no saber lo que estaba haciendo: tomarme el tiempo que a ella le faltaba, encontrar exactamente ese límite entre la espera placentera y la desesperación, y quedarme ahí el mayor tiempo posible.

—Eres insoportable —dijo.

—También.

Sonreí y volví a bajar la cabeza hacia su pecho, esta vez abriendo la boca del todo y tomando lo que quería. Ella dejó escapar un suspiro largo y arqueó la espalda hacia mí. Mi mano seguía trabajando por encima de la tela: círculos, presiones, trazos cortos, sin un patrón fijo para que no pudiera anticiparlos. Era uno de los juegos que más nos gustaban a las dos: el de no saber exactamente qué vendría después.

Cuando noté que la tela estaba húmeda aparté la mano y subí los dedos hasta la goma. Esta vez sí los metí dentro.

Camila levantó las caderas.

Me tomé otro momento, solo para escucharla. La respiración se le había vuelto irregular, entrecortada, con esos silencios breves en los que el cuerpo decide si seguir respirando o concentrarse en otra cosa. Mis dedos rozaron sus labios sin penetrar todavía, cartografiando, memorizando, como si fuera la primera vez aunque lleváramos años haciéndolo.

Nunca se siente igual dos veces.

Introduje un dedo y me detuve. Ella me miró. Yo también la miré. Ese segundo de contacto visual cuando las dos sabemos exactamente lo que está pasando y ninguna de las dos va a decir nada al respecto. Luego moví la yema del dedo despacio, sin empujar hacia adentro todavía, solo rozando, sintiendo.

—Dios —susurró.

Añadí otro dedo.

Empecé a moverlos en círculo, suave al principio, prestando atención a lo que hacía su cuerpo. El calor era intenso, y estaba mojada de verdad, no solo por lo que yo había estado haciendo sino porque llevaba probablemente varios minutos así, desde antes de que yo empezara a moverme, desde que notó mis labios en su hombro y su cuerpo decidió por ella lo que quería. Me gustaba pensarlo así.

Me aparté un momento para quitarle las braguitas del todo. Ella las pataleó para sacárselas por los tobillos sin que yo tuviera que ayudar. Siempre tan colaboradora cuando de verdad quería algo.

Volví a colocarme entre sus piernas.

Esta vez subí la mano hasta su clítoris con dos dedos juntos y empecé a frotar en círculos, lentos al principio, mirando su cara para calibrar la velocidad. Ella tenía una mano apoyada en su propio vientre y la otra sobre la almohada, cerrada en un puño que no apretaba nada. Sus caderas empezaron a moverse contra mi mano buscando más presión.

Le di más presión.

—Quiero tu boca —dijo entonces, con una voz que no admitía discusión.

Eso era nuevo. No la petición en sí, sino el tono: directo, sin preámbulos, sin el juego habitual de sugerirlo a medias. Me gustó. Me bajé por su cuerpo besando el vientre, la cadera, el interior del muslo, sin prisa pero sin desviarme tampoco, y cuando llegué donde ella quería no me hice de rogar más.

La primera vez que mi lengua la tocó levantó la espalda de la cama. Puse las manos sobre sus caderas para mantenerla en sitio, no con fuerza, solo para anclarla, y empecé con un ritmo lento que fui aumentando mientras escuchaba su respiración. Conocía su cuerpo suficientemente bien para saber que no iba a tardar: llevábamos demasiado tiempo en los preliminares y su paciencia tenía un límite.

Metió los dedos en mi pelo.

No me empujó exactamente, pero tampoco me dejó alejarme. La presión de su mano me decía que siguiera, que no cambiara nada, que lo que estaba haciendo era exactamente lo correcto. Aumenté la velocidad apenas. Ella soltó un sonido que empezó como gemido y terminó como algo más parecido a una orden.

Seguí.

Sus muslos se tensaron a ambos lados de mi cabeza. La mano en mi pelo apretó. Su respiración se cortó en dos, tres veces, y luego su espalda se arqueó de verdad, levantándola de las sábanas, y un sonido largo y profundo salió de su garganta mientras su cuerpo se sacudía bajo el mío.

Me quedé quieta, con la cara apoyada contra el interior de su muslo, escuchando cómo su respiración volvía a la normalidad. Tardó un rato. Un rato bastante largo, lo cual me pareció una señal positiva.

Subí despacio hasta tumbarme a su lado y la miré. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa de esas que no son completamente voluntarias. El pelo revuelto sobre la almohada, la camiseta de seda arrugada y torcida, una de las rodillas levantada todavía.

—Buenos días —dije.

Ella abrió un ojo.

—Llevas mucho tiempo despierta —dijo.

—Una hora más o menos.

—Y esperaste una hora antes de hacer esto.

—Más o menos.

Cerró el ojo otra vez. La sonrisa no desapareció. Mi mano seguía apoyada sobre su vientre, sintiendo cómo subía y bajaba con cada respiración.

—La próxima vez —dijo con voz todavía perezosa— no esperes tanto.

—Tomaré nota.

Hubo un silencio agradable. El tipo de silencio que solo existe cuando las dos sabemos exactamente dónde estamos y ninguna necesita decir nada al respecto. Afuera, el ruido de la calle empezaba a crecer con el sábado. Dentro, la luz oblicua seguía entrando por la persiana y el olor a café seguía sin existir todavía porque nadie había bajado a prepararlo.

Camila giró la cabeza y abrió los dos ojos esta vez.

—Ahora me toca a mí —dijo.

Y en ese momento me alegré mucho de haber elegido ese sábado para no esperar a que se despertara sola.

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Comentarios (10)

SolDelVerano

increible!!! me tuvo pegada hasta el final

Valentina_mx

Dios mio que intenso. Necesito la segunda parte ya, no puede quedarse asi!

ClaritaR

Me encanto como lo narraste, se siente muy real. La tension del principio es lo mejor

lectora_silen

Leí esto a las 2 de la mañana y no me pude dormir jajaja. tremendo relato

AnaSol72

Ay, me recordo a algo que me paso con mi ex... que tiempos esos. Gracias por el recuerdo :)

MarisolOK

Muy bien escrito, se nota que sabes como describir esos momentos sin pasarte de la raya. Seguí así!

confesando_todo

Se hizo cortisimo!!! Quiero mas, escribi la continuacion por favor

Pame_cba

Buenísimo como siempre. Espero que sigas publicando relatos así de buenos

RojoNocturno

La descripcion del principio, cuando dice que llevaba una hora mirando el techo... ahi ya sabia que iba a ser especial este relato

LunaSur19

Me gusto mucho, tiene algo diferente a los otros relatos de la categoria. Mas por favor!

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