Lo que pasó entre las dos cuando volvió de lejos
Valeria bajó corriendo las escaleras del edificio sin acordarse del paraguas. Afuera llovía con fuerza y las calles brillaban bajo los faroles, pero eso era lo de menos. El vuelo de Sofía aterrizaba en menos de cuarenta minutos y ella, como siempre, había perdido el tiempo en nimiedades. Se lanzó a la calle empapándose de inmediato y levantó la mano para parar un taxi.
En el asiento trasero, mientras el auto avanzaba con lentitud por el tráfico nocturno, pensó en cuánto tiempo había pasado. Más de diez años, si era honesta. Sofía se había ido a Londres justo después de graduarse, con una beca y las ganas intactas de comerse el mundo, y la distancia había hecho lo que siempre hace: primero los mensajes se espaciaron, después los cumpleaños se olvidaron, después casi nada. Hasta que unas semanas atrás, gracias a una red de ex compañeras del colegio, se habían reencontrado en el muro digital de aquella vieja institución.
Fue raro y natural al mismo tiempo. Como recordar la letra de una canción que creías olvidada.
Lo cierto era que entre ellas dos siempre había habido algo distinto. Una complicidad que se parecía a la amistad pero que tenía bordes más imprecisos. Miradas que duraban un segundo de más. Una manera de tocarse el brazo al hablar que no era del todo inocente. Valeria nunca lo había nombrado. Sofía tampoco. Y así habían seguido durante años, hasta que la distancia lo había enterrado bajo una gruesa capa de tiempo y silencio.
En el aeropuerto, Valeria esperó frente a la salida de vuelos internacionales con los brazos cruzados y los ojos clavados en la puerta automática. Cada vez que se abría, el corazón le daba un pequeño salto. Y entonces salió Sofía.
La reconoció de inmediato, aunque el tiempo sí había pasado por ella. Para bien. Sofía tenía el pelo más largo, castaño oscuro con reflejos cobrizos recogido en una trenza suelta. Era alta, cerca del metro setenta, de complexión delgada y movimientos seguros. Cargaba una maleta de mano y miraba alrededor con esa expresión de quien aterriza en territorio conocido y aun así busca algo familiar. Cuando las miradas se encontraron, la sonrisa de Sofía fue enorme.
—¡Valeria! —exclamó, y abrió los brazos.
Se abrazaron fuerte, esas dos. Con ese tipo de abrazo que no necesita explicaciones. Valeria sintió los ojos húmedos sin esperarlo y no hizo nada por disimularlo. Sofía tampoco.
—Estás igual —dijo Sofía, separándose lo suficiente para mirarla de frente.
—Mentirosa —rio Valeria—. Pero gracias.
Fueron al hotel donde Sofía se hospedaría esa semana. Era un lugar discreto pero elegante, a pocas cuadras del centro. Mientras Sofía dejaba la maleta y se refrescaba, ya tenían decidido a dónde ir a cenar. Valeria había reservado en un restaurante al que raramente se daba ese lujo, de esos a los que una solo va cuando la ocasión lo merece.
***
La cena fue exactamente eso: una ocasión que valía la pena. Hablaron durante horas con la facilidad de quienes compartieron años importantes y nunca tuvieron que fingir. Recordaron profesoras injustas, salidas de las que sus madres nunca supieron, un verano en particular que las dos mencionaron con la misma sonrisa vaga y no terminaron de contar.
Sofía vestía un top negro muy ceñido y un pantalón burdeos que le llegaba al tobillo. Sencillo pero bien puesto. Se movía con la seguridad de alguien que había aprendido a ocupar su lugar en el mundo durante todos esos años afuera. Sus pechos, ahora más generosos de lo que Valeria recordaba, se marcaban bajo la tela. Valeria se preguntó si habría hecho algo o si simplemente la había favorecido el tiempo. Decidió que daba igual.
Valeria llevaba una blusa azul marino con accesorios plateados, el pelo oscuro suelto enmarcándole una cara que sus amigas siempre describían como expresiva. Era de complexión más curvilínea que Sofía, con pechos generosos que ella misma reconocía como su rasgo más notorio, y unos ojos que parecían estar siempre encendidos, como si todo le resultara interesante.
Pidieron una botella de champán con el postre. Después otra.
En algún momento de la segunda botella, Valeria se dio cuenta de algo. Sofía la miraba. No de la manera en que se mira a alguien cuando habla, sino de otra manera. Bajaba la vista a su escote cada vez que Valeria se distraía, y cuando Valeria la pescaba, no apartaba los ojos. Los sostenía, con una media sonrisa que podría haber sido muchas cosas pero que Valeria empezó a interpretar de una sola manera.
Lo notó varias veces. No dijo nada.
Por su parte, Sofía reparó en que el cariño de Valeria era diferente al de otras personas. Había algo en la manera en que le tocaba el brazo, en cómo inclinaba el cuerpo hacia ella al hablar, que la hacía sentir observada de un modo que no era incómodo. Todo lo contrario. Sentía que esa mirada la desvestía con delicadeza, sin apuro, y eso la tenía distraída desde hace rato.
Salieron del restaurante con las mejillas cálidas y el paso inseguro de quienes han bebido justo lo suficiente para no filtrar demasiado. Pararon un taxi y terminaron en el edificio de Valeria abrazadas en el vestíbulo, riéndose de algo que ninguna de las dos recordaría bien al día siguiente.
El ascensor era pequeño. De esos que tienen espejos en las paredes y te devuelven tu imagen desde varios ángulos. Valeria pulsó el nueve. Las puertas se cerraron.
—Dejá de mirarlas —dijo Valeria sin mirarse en el espejo.
—¿Mirar qué? —respondió Sofía, sin hacerse la desentendida.
—Ya sabés qué. Llevas toda la noche igual.
Sofía se humedeció el labio inferior y ladeó la cabeza.
—¿Y si eso es exactamente lo que quiero? ¿Mirarlas y algo más?
El ascensor llegó al noveno piso. Ninguna de las dos abrió la puerta. Se miraron en el espejo un segundo, dos. Después Valeria se giró y la besó.
No fue un beso tentativo. Fue uno de esos besos que se acumulan durante horas sin que ninguna de las dos haya podido nombrarlo. Sofía le puso las manos en la cintura y las deslizó hacia sus caderas. Valeria la sujetó de la nuca. Las puertas del ascensor intentaron cerrarse y ellas las ignoraron.
Entraron al departamento a tropiezos, sin separarse del todo. Cerraron la puerta con el pie. En el trayecto desde la entrada hasta la habitación dejaron ropa dispersa: la chaqueta de Sofía en el sillón, los zapatos de Valeria cerca de la cama. Cayeron sobre el edredón oscuro riendo y respirando rápido.
Se quedaron quietas un momento, una al lado de la otra, mirando el techo.
—Siempre me gustaron —dijo Sofía en voz baja.
—Lo sé —respondió Valeria—. Hace rato que lo sé.
—¿Desde cuándo?
—Desde la cena. Antes, quizás.
Sofía se apoyó en un codo y la miró. La mano de Valeria guió la suya sin palabras. Sofía le desabotonó la blusa despacio, con una concentración que Valeria encontró más excitante que cualquier gesto brusco. Cuando terminó, se quedó mirando sin decir nada.
—¿Decepcionante? —preguntó Valeria, irónica.
—Todo lo contrario —murmuró Sofía.
La boca de Sofía encontró su cuello primero, después la clavícula, después bajó con una lentitud deliberada. Valeria cerró los ojos y apretó las sábanas con los dedos. Hacía mucho que nadie le prestaba esa clase de atención, esa que viene de alguien que genuinamente quiere estar ahí y no tiene ningún apuro por terminar.
—Quedarme dormida acá sería lo mejor del mundo —dijo Valeria en voz baja.
—No vas a dormirte todavía —contestó Sofía sin levantar la cabeza.
—No, supongo que no.
***
Desde el pasillo llegó el sonido de una llave en la cerradura. Valeria lo reconoció de inmediato y se incorporó a medias.
—Es Martín —dijo.
Sofía alzó una ceja. No se movió.
—¿Le avisaste que vendría alguien?
—No exactamente.
Martín entró al cuarto con la camisa blanca parcialmente desabotonada, claramente esperando encontrar a Valeria sola. Cuando vio a las dos, con la habitación a media luz y el estado evidente de la situación, tardó un instante en recomponerse. Saludó a Valeria con un beso rápido y extendió la mano a Sofía con una sonrisa que intentaba disimular lo que sus ojos no podían.
Se sacó los zapatos y se sentó en el borde de la cama con calma estudiada.
—¿Interrumpo algo? —preguntó, aunque la respuesta era obvia.
—Eso depende —dijo Valeria— de lo que vayas a hacer.
Lo que Martín hizo fue quedarse. Sofía lo evaluó durante unos segundos, con la cabeza ladeada y esa expresión suya de medir las cosas antes de decidir. Después se encogió de hombros con una media sonrisa y se recostó de nuevo.
Las cosas avanzaron con cautela al principio, con esa mezcla de curiosidad y tensión que tienen los territorios nuevos. Valeria era el centro. Martín llegó a ella por un lado, Sofía por el otro, y fue Sofía quien le desabrochó el sujetador con una mano mientras con la otra la sujetaba por la cintura.
Martín se acomodó encima de Valeria, sosteniéndole los pechos con ambas manos, moviéndose entre ellos con una concentración que a ella la tenía completamente encendida. Valeria lo observaba desde abajo con los ojos entornados, consciente de que Sofía no perdía detalle.
Sofía se había retirado al sillón de cuero que había junto a la cama. Sentada con el pantalón a medio bajar y la mano perdida debajo de la ropa, seguía cada movimiento sin pestañear. Tenía los labios entreabiertos y la respiración irregular.
—Mirá qué grande es —dijo Valeria, con la vista puesta en Sofía—. ¿Ves? Con las dos manos no alcanza.
Sofía asintió sin hablar. Tenía los ojos fijos y las pupilas dilatadas.
—Chupáselo —dijo al fin, en voz baja pero muy clara.
Valeria obedeció. Tomó a Martín con las dos manos y lo guió, empezando por la punta con la lengua, despacio. Sofía dejó escapar un sonido suave desde el sillón. Valeria la miró de reojo mientras lo hacía y eso, solo eso, la calentó más que cualquier otra cosa en toda la noche.
—¿Querés que termine acá? —le preguntó Valeria a Martín, sujetándolo con firmeza—. Me encanta cuando viene con fuerza.
—Arrodilláte —sugirió Sofía desde el sillón, con la voz apenas controlada—. Y que él se pare frente a vos.
Valeria se arrodilló al borde de la cama. Martín se puso de pie frente a ella. Sofía no se perdió nada. Se había levantado del sillón y caminaba hacia ellas con la ropa desacomodada, sin dejar de tocarse.
—Ahora —dijo Valeria, tensa de anticipación—. Ya viene...
Fue largo y cálido. Valeria cerró los ojos un instante antes de volver a mirar a Sofía, que estaba arrodillada a su lado con la mano tendida hacia ella.
—Vení —le dijo Valeria, tomándole la mano—. Ayudáme vos.
Sofía no dudó. Se inclinó y usó la lengua con una lentitud deliberada, moviéndose despacio, mirándola a los ojos mientras lo hacía. Valeria le puso la mano en el pelo.
—Acá también —señaló—. En el pezón izquierdo te falta.
Sofía obedeció. Se tomó su tiempo. Subió, bajó, volvió a subir. Y cuando por fin levantó la vista, la expresión que tenía no era de quien hace un favor sino de quien lleva mucho tiempo esperando exactamente esto.
—Qué ricos son —dijo con la voz ronca.
—Me lo han dicho antes —respondió Valeria—. Pero prefiero que lo sigas comprobando vos misma.
Sofía subió por su cuerpo despacio, apoyando los labios en cada centímetro del camino. Cuando llegó a su boca, el beso fue diferente al del ascensor. Más lento, más profundo, sin la urgencia ansiosa del principio. Valeria le pasó las manos por la espalda y la atrajo hacia ella.
—Querés que te parta la boca —susurró Sofía contra sus labios.
—Sí.
—Te voy a meter la lengua hasta el fondo.
—Hacelo.
Martín seguía ahí, en el borde de la cama, recuperándose y mirando. Eventualmente intervino diciendo que quería entrar por atrás de Valeria. Sofía se tensó levemente. Valeria lo notó.
—Vos y yo tenemos algo pendiente —le dijo Valeria a Sofía, ignorando a Martín con una tranquilidad que lo dejó sin argumento—. Él puede esperar.
—¿Qué tenemos pendiente? —preguntó Sofía, aunque la sonrisa que se le escapó decía que ya lo sabía.
—Acostáte y abrí las piernas.
Sofía se recostó boca arriba. Valeria le bajó el pantalón y la ropa interior de un solo movimiento y se quedó observándola.
—Mirá lo que encontré —dijo en voz baja.
—¿Y? —preguntó Sofía con la respiración ya cortada.
—Mojado. Completamente mojado desde hace rato, apuesto.
Sofía no contestó. Arqueó la espalda en respuesta.
Valeria bajó la cabeza. El primer contacto fue suave, exploratorio, aprendiendo el territorio con calma. Después más firme, siguiendo las señales que el cuerpo de Sofía le daba sin que ninguna de las dos tuviera que decir nada. Sofía le enredó los dedos en el pelo y apretó. Sus caderas empezaron a moverse solas, encontrando el ritmo.
—Sí —dijo Sofía entre dientes—. Así. No pares.
Valeria no paró. Sofía cerró los ojos y apretó las sábanas con los puños. Sus muslos temblaron.
—Igual —dijo Sofía con los ojos cerrados y la voz quebrada—. Hacémelo igual, no cambies nada.
Siguieron así, una sobre la otra, sin apuro, hasta que Sofía se aferró a las sábanas con ambas manos y dejó de decir palabras completas. Su cuerpo entero se tensó durante tres, cuatro segundos largos. Después se aflojó de golpe y soltó el aire en un sonido que llenó la habitación, largo y genuino, sin ninguna actuación.
Valeria se recostó a su lado. Ambas miraron el techo en silencio.
Martín seguía ahí, en el borde de la cama, completamente olvidado.
—Diez años —dijo Sofía al fin, con los ojos todavía cerrados.
—Sí —respondió Valeria.
—¿Por qué tardamos tanto?
Valeria se rio suavemente y no contestó. Apagó la luz de la mesita de noche.