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Relatos Ardientes

Lo que mi instructora me enseñó después de clase

Empecé a tomar clases de natación a comienzos del otoño, cuando los días todavía eran largos y el club del barrio ofrecía turnos vespertinos casi vacíos. Siempre me había gustado el agua: esa sensación de quedarme suspendida, de que el ruido del mundo se apaga apenas la cabeza pasa la superficie. Pero, si soy sincera, lo que de verdad me empujó a inscribirme no fue el deporte. Fue ella.

Aitana era la instructora de los martes y los jueves. Tendría treinta y dos años, quizá un poco más, y se movía dentro y fuera del agua como si las dos cosas fueran lo mismo. Piel canela, cabello castaño oscuro recogido en una trenza húmeda que le caía por la espalda, y unos ojos color miel que parecían leerte de un solo vistazo. Usaba siempre el mismo bañador de dos piezas, ajustado, que dejaba poco margen a la imaginación cuando salía al borde a explicarme algo.

Esa tarde llegué un poco antes de la hora. La piscina cubierta estaba vacía, salvo por ella, que hacía largos con esa cadencia perfecta de quien ha pasado media vida en el agua. Me quedé un momento detrás de la cristalera, mirándola sin que se diera cuenta, contando cuántos largos completaba sin levantar la cabeza.

—Llegas pronto —dijo cuando me vio entrar, sin dejar de nadar—. Me gusta.

—Me daba pereza esperar en el vestuario —contesté, encogiéndome de hombros.

—¿Pereza o ganas?

La pregunta quedó flotando en el aire mientras yo me ajustaba el gorro y dejaba la toalla en el banco. No le respondí. Ella sonrió, como quien ya sabe la respuesta.

Entré al agua despacio, dejando que se acostumbrara a mi piel. Aitana se acercó nadando hasta quedar a un palmo de mí.

—Hoy vamos a trabajar la potencia de las piernas —me dijo—. Tienes la patada blanda. Si la corriges, vas a ganar mucha velocidad.

—¿Tan blanda la tengo?

—Floja. Pero corregible.

Me apoyó la mano en la cintura, bajo el agua, para girarme un poco. El contacto fue breve, pero deliberado. Sus dedos resbalaron hacia abajo, por encima del bañador, y se detuvieron un instante de más en la parte alta del muslo.

—El error está aquí —murmuró—. Estás tensando el cuádriceps cuando deberías relajarlo. La fuerza no nace del músculo apretado, nace del control.

Mantenía la mano donde estaba, y yo no me atrevía a mirarla a los ojos. El agua templada nos rodeaba, pero por dentro me estaba subiendo otra temperatura distinta.

—Prueba ahora —dijo, retirando los dedos por fin—. Patalea sin tensión. Que las piernas se sientan largas, no rígidas.

Hice lo que me pedía. Crucé la piscina una vez, dos veces, intentando concentrarme en la patada y no en la huella que su mano había dejado en mi muslo. Cuando volví, Aitana me esperaba apoyada en el borde, con los codos hacia atrás y el pecho fuera del agua.

—Mucho mejor —me dijo—. Has cambiado el ritmo entero.

—Eres buena enseñando.

—Soy buena leyendo a la gente. Es distinto.

Esa frase me dejó callada otro momento. Nos quedamos las dos en silencio, escuchando el goteo lejano del filtrado y el zumbido bajo de los fluorescentes del techo. Levanté la vista. Sus ojos me sostuvieron la mirada sin parpadear.

—¿Y qué lees ahora? —pregunté, fingiendo más seguridad de la que tenía.

—Que no viniste por la natación.

Sentí que el aire se me escapaba un poco. No negué nada. Me acerqué un paso más dentro del agua, hasta que mi hombro casi tocó el suyo.

—¿Y eso es un problema? —pregunté.

—Depende. ¿Mereces un premio por la clase?

—Si lo merezco, me lo das tú.

Aitana sonrió de una manera distinta, ya sin máscara. Me rodeó la cintura con un brazo bajo el agua y me atrajo hasta ella. Apoyé la cabeza un instante contra su pecho, sintiendo cómo el bañador húmedo se le pegaba a la piel y cómo, debajo de la tela, su respiración se aceleraba.

—¿No es un poco temprano para esto? —susurré, sin separarme.

—No hay nadie hasta las nueve.

Levanté la cara y la besé.

El primer beso fue lento, casi una pregunta. Le rocé el labio inferior con la punta de la lengua y esperé. Ella tardó un segundo en responder, como si todavía estuviera decidiendo si abrir esa puerta. Después abrió la boca y dejó que nuestras lenguas se encontraran sin prisa, sin torpeza, con la confianza de quien sabe perfectamente cómo besa una mujer a otra mujer.

—Hacía mucho que no me besaban así —dijo cuando nos separamos un instante.

—Yo todavía no he hecho casi nada.

Volvió a buscarme. Esta vez el beso fue más profundo, más impaciente. Me agarró por la nuca, hundió los dedos en mi pelo mojado y me empujó suavemente contra el borde de azulejo. Su pierna se metió entre las mías por debajo del agua y, sin que ninguna de las dos lo hablara, empezamos a movernos despacio, contenidas por el cloro y por la idea de que alguien podía abrir la puerta en cualquier momento.

***

—Salgamos —murmuró ella contra mi cuello—. Aquí no quiero esto.

Salimos del agua chorreando, agarradas de la mano. Aitana cogió una toalla grande, la extendió sobre las baldosas del fondo del recinto, lejos de la cristalera, donde solo llegaba la luz indirecta de los vestuarios. Me hizo señas para que me acostara primero.

Me tumbé boca arriba. Ella se arrodilló a un lado, con el bañador todavía pegado al cuerpo, y se quedó mirándome, recorriéndome despacio con los ojos antes de empezar a tocarme. Esa pausa fue una de las cosas más intensas que he sentido en mi vida.

—¿Sabes que llevo semanas pensando en esto? —dijo.

—Yo también.

Se inclinó sobre mí y me besó otra vez, ahora con todo el peso del cuerpo encima. Sus pechos, sueltos dentro del top mojado, me presionaban contra el pecho. Le pasé las manos por la espalda hasta encontrarle el cierre del bañador y se lo solté de un tirón. Aitana sonrió, se incorporó un instante para librarse de la prenda y volvió a echarse sobre mí, ya desnuda de cintura para arriba.

Le besé el cuello, el hueco de la clavícula, el espacio entre los pechos. Tenía la piel salada por el cloro y caliente por la sangre que se le había agolpado en cada nervio. Le tomé un pezón con los labios y lo mordí muy suave, midiendo la reacción. Ella echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un suspiro contenido.

—Sigue, sigue así —susurró.

Me tomé mi tiempo. Pasé de un pecho al otro, dibujé círculos con la lengua, le rocé los pezones con los dientes apenas para hacerla temblar. Cada vez que me detenía, ella me empujaba la cabeza para que siguiera. Entre beso y beso, su mano fue bajando por mi cuerpo hasta colarse dentro de la parte de abajo de mi bañador. Cuando me tocó por primera vez ahí, los ojos se me cerraron solos.

—Estás empapada —dijo, riéndose contra mi boca.

—Llevo así desde que entré.

Me quitó el bañador con calma, como si desenvolviera un regalo. Después se quitó el suyo. Las dos quedamos desnudas sobre la toalla, brillando todavía por el agua de la piscina, y nos miramos un momento sin decir nada.

—Date la vuelta —le dije.

Aitana obedeció. Se puso a cuatro patas, con la espalda arqueada hacia abajo y la mirada por encima del hombro. Le abrí las nalgas con las dos manos y, antes de tocarla, le soplé suavemente sobre la piel. Ella se estremeció entera.

—No me hagas esperar —pidió.

Le pasé la lengua de abajo arriba, sin saltarme un milímetro. Repetí el recorrido, ahora más despacio, deteniéndome donde sentía que se le tensaban los muslos. Aitana empezó a moverse contra mi boca, marcando ella misma el ritmo, mientras se llevaba una mano a su propio sexo y se acariciaba. La oía respirar de una forma cada vez más rota, cada vez más sin pudor.

Cuando paré, le di la vuelta otra vez. Quería verle la cara. Le di un beso largo, profundo, para que se reconociera en su propio sabor, y ella me devolvió el gesto metiéndome en la boca dos de sus dedos: dos dedos que habían estado dentro de ella. Los chupé sin apartar los ojos de los suyos.

—Ven aquí —me pidió.

Me trepé sobre su cuerpo, una pierna entre las suyas, hasta que nuestros sexos se encontraron directamente. La primera vez que se rozaron, las dos contuvimos la respiración a la vez. No había barrera, no había tela. Solo piel caliente contra piel caliente.

Empecé a moverme despacio, en círculos pequeños, buscando el ángulo exacto. Aitana levantó las caderas para encontrarse conmigo. Le agarré las nalgas, ya rojas de los apretones de antes, y la sostuve mientras nos frotábamos. El roce era lento, denso, con esa humedad mezclada que solo se da entre dos mujeres. Mucho mejor que cualquier juguete, mucho mejor que cualquier otra cosa que hubiera probado.

—No pares —me decía contra la boca—. Por favor, no pares.

No paré. Subí el ritmo poco a poco hasta que mis caderas chocaban con las suyas y la toalla resbalaba bajo nosotras. Ella enroscó las piernas en las mías para que no nos separáramos, me clavó las uñas en la espalda y se vino antes que yo, con un gemido contenido contra mi hombro, mordiéndome para no gritar. Sentí cómo le pulsaba todo el cuerpo debajo del mío. Eso bastó para que yo me viniera segundos después, con un temblor que me recorrió desde los muslos hasta la nuca.

Nos quedamos así un buen rato, pegadas, mojadas, sin respiración. La luz seguía siendo la misma. El zumbido de los fluorescentes, también.

—Mejor sexo del año —murmuró Aitana, riéndose por la nariz.

—Es marzo, Aitana.

—Por eso lo digo.

Me besó otra vez, ya con dulzura, y nos quedamos tumbadas sobre la toalla unos minutos más, mirando el techo, escuchando el goteo lejano del filtrado. Sabíamos las dos que a las nueve abriría el siguiente turno. Pero todavía no eran las nueve, y a mí ya me importaba poco aprender a nadar más rápido.

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Comentarios (1)

lectora_feliz

increible relato, me encanto de principio a fin!!

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