Mi alumna de matemáticas se atrevió esa tarde
Esa tarde el otoño todavía no se había decidido a llegar. Habían pasado las cinco y el aire seguía pegajoso, esa humedad rara de comienzos de marzo que se mete en la ropa y no se va por más que abras todas las ventanas. Yo tenía clase con Mariana a las seis, tutoría de álgebra, y mientras esperaba que tocara el timbre acomodaba la mesa del living para que la luz del balcón no diera contra el cuaderno.
Me había puesto un vestido suelto y fresco, sin mangas, de un algodón finito que apenas se sentía contra la piel. Debajo, una calza corta. Tengo la costumbre de sentarme en chinito en la silla y odio andar pendiente de la pollera, así que prefiero ir cubierta abajo. Lo único que quería era terminar la hora, ducharme y tirarme en el sillón con un libro y un vaso de agua bien fría.
Mariana llegó cinco minutos tarde. Bastó que cruzara la puerta para entender que la cosa venía pesada: traía el ceño fruncido, la mochila colgándole de un hombro como si pesara veinte kilos y los ojos algo hinchados, de esos que no llegaron a llorar pero estuvieron a punto.
—¿Mal día? —le pregunté mientras le acercaba un vaso de agua.
—Mal mes —contestó, dejándose caer en la silla y tirando la mochila al piso.
Era mi alumna desde principio de año. Había arrancado la facultad y se le complicaba el primer cuatrimestre, así que la madre me la mandaba dos veces por semana. Tendría unos veinte años, el pelo castaño atado en una cola descuidada y esa mezcla de seguridad y timidez que tienen las chicas cuando recién se están descubriendo. Hasta esa tarde la había tratado con la formalidad de cualquier alumna: ejercicios, parciales, fechas de entrega.
—¿Querés contarme o arrancamos con los problemas? —le ofrecí, sentándome enfrente.
Se mordió el labio, dudó un segundo y soltó todo de golpe.
—Le dije a mi mamá que estoy saliendo con una chica. No lo tomó bien.
El aire se quedó suspendido entre las dos. Levanté la vista del cuaderno y la miré despacio. No esperaba esa confesión, no de Mariana, no esa tarde. Pero tampoco me sorprendió del todo: había algo en la manera en que me miraba cuando le explicaba un teorema, una atención que no era solo matemática.
—¿Y vos cómo estás con eso? —le pregunté.
—Yo estoy bien. Ella es la que no.
—Cada uno tiene sus gustos, Mari. La gente más grande a veces necesita un tiempo para entender que no hay nada de malo. Dale espacio.
Asintió sin convencerse del todo. Le serví más agua y le pasé la hoja de ejercicios que tenía preparada: cinco problemas de matrices que tenía que entregar el lunes. Le dije que los hiciera tranquila, que yo mientras revisaba unos PDF que me había mandado por mensaje.
Me concentré en la pantalla del celular. Empecé a marcar con el dedo los pasos que se había salteado en el último parcial y a anotarle en un papelito las dudas que iba viendo. El zumbido del ventilador era lo único que se escuchaba, eso y el lápiz de Mariana raspando la hoja.
Tardé un rato en notar que ella ya no escribía. Tardé otro rato más en levantar la cabeza y darme cuenta de que me estaba mirando el escote. No era un vestido escotado, ni cerca. Pero yo tengo los pechos grandes y a veces, cuando me inclino sobre el celular, la tela se separa lo suficiente como para que se note el corpiño.
La dejé pasar. Pensé que se le había ido la vista, que estaba distraída con sus cosas. Volví al PDF.
Un par de minutos después sentí algo en la silla. Bajé la mirada despacio, como si no quisiera que se notara. Mariana se había sacado una sandalia y había apoyado el pie descalzo en el travesaño bajo de mi silla, justo en la división. Lo movía despacio, arriba y abajo, rozando el caño con la planta.
Levanté la vista. Ella seguía mirando la hoja, simulando. Pero el pie subía un poco más cada vez. Llegó a la altura del asiento. Llegó al borde. Llegó al canto del vestido.
—Profe —dijo sin levantar la cara—, este ejercicio no me sale.
Se acercó. Corrió la silla hacia mí, pegada al borde de la mesa, y se inclinó como si me fuera a señalar algo en el cuaderno. Su brazo pasó por sobre mis piernas. Y cuando ya estaba ahí, cuando ya la tenía a centímetros, la mano cayó. No se posó: cayó, con todo el peso, entre mis muslos, muy cerca de donde nadie debería tener la mano de una alumna.
Nos quedamos las dos quietas. Ella con la mano ahí, yo con la respiración detenida. Levantamos la vista al mismo tiempo y nos encontramos a una distancia ridícula, cinco centímetros, menos.
—¿Y si probamos? —dijo en voz baja.
No era una pregunta de verdad. Era una invitación, y las dos lo sabíamos.
Tendría que haber dicho que no. Tendría que haberme parado, haberle ofrecido un té, haber cambiado el tema. Lo pensé. Lo pensé durante el segundo más largo de mi vida. Pero hacía calor, ella estaba ahí, su perfume era una mezcla de jazmín y transpiración joven, y yo llevaba meses sin que nadie me tocara así.
—Probemos —contesté.
Su mano se movió enseguida. Subió por el muslo, encontró el borde de la calza y se metió por debajo del vestido. Cerré los ojos. Un dedo recorrió la tela del calzón, despacio, de arriba abajo, y volvió a subir. Otra vez. Y otra. La presión apenas se sentía, pero alcanzaba para que toda yo me concentrara en ese punto.
—Estás mojada —susurró.
—Callate —dije, aunque era verdad.
—No me toques —me pidió ella, leyendo lo que yo iba a hacer—. Aguantá. Aguantá todo lo que puedas.
Apoyé las manos sobre la mesa, agarrada al borde del cuaderno como si me fuera a sostener. Mariana corrió la tela del calzón hacia un costado y deslizó el dedo. No entró del todo: lo paseó, lo hizo girar, encontró el clítoris y se quedó ahí, con una presión exacta, ni mucho ni poco. Sentí cómo me iba lubricando, cómo el dedo se deslizaba con menos resistencia cada vez.
—Bajate el short —me ordenó.
Le obedecí sin pensarlo. Levanté la cadera lo justo para deslizar la calza hasta los tobillos. Quedé sentada en la silla, el vestido arremangado a la altura del ombligo, todo expuesto. Ella me miró sin disimular, con una sonrisa que no era de alumna.
—Quedate así.
Volvió con dos dedos. Esta vez entró, despacio, y los movió en círculos lentos. Yo apretaba los muslos sin querer y ella me los separaba con la otra mano, presionándomelos contra los costados de la silla. Las caderas se me movían solas, buscando más, y ella sonreía cada vez que me oía suspirar.
—No grites —me dijo al oído—. Aguantá.
Me besó el cuello. Después la oreja. Después bajó la boca al hueco entre la clavícula y el hombro y me mordió ahí, despacio, justo cuando metía un tercer dedo. Sin soltarme, con la otra mano me agarró del nacimiento del escote y tiró del vestido hacia abajo. La tela cedió enseguida. El corpiño quedó al descubierto, las copas tensas y los pezones marcándose contra la lycra.
—Tengo ganas de esto desde el primer día —dijo, y me bajó una copa con los dientes.
Cuando sentí su lengua en el pezón pensé que me corría ahí mismo. Me arqueé contra el respaldo. Solté un quejido que no llegó a grito porque me mordí los labios. Ella succionaba, dejaba el pezón al aire, soplaba, volvía a chupar, todo eso mientras los dedos no paraban de moverse abajo.
—Más —pedí.
Sacó los dedos. Me empujó hacia atrás con suavidad, se levantó y, sin preguntar, me agarró de las caderas y me sentó arriba de la mesa. El cuaderno y los lápices cayeron al piso. No me importó. Me abrió las piernas, se arrodilló entre ellas y, sin más prólogo, bajó la cabeza.
La primera lengüetada me hizo arquear todo el cuerpo. La segunda me sacó un gemido que no pude contener. Le agarré la cabeza con las dos manos, los dedos enredados en su pelo, y la apreté contra mí. No quería que se separara, no quería que se moviera, quería esa lengua exactamente ahí, exactamente así, hasta el final.
—No pares —le supliqué—. Por favor, no pares.
No paró. Aceleró, encontró el ritmo justo, y cuando empecé a temblar me clavó las uñas en los muslos para que no me cerrara. Me vine con un espasmo que me sacudió desde los pies hasta la cabeza, mordiéndome la mano para que no me escucharan los vecinos del piso de abajo.
Me quedé tirada en la mesa, sin aire, las piernas todavía abiertas y los brazos colgando a los costados. Mariana se incorporó despacio, con la cara brillosa, y me sonrió.
—Ahora te toca a vos —le dije.
***
La hice levantarse, le di la vuelta y la senté en mi lugar. Ella llevaba una musculosa de tirita y un short de jean. Le bajé la tira con los dientes, el corpiño no resistió mucho, y se le escaparon los pechos. Eran más chicos que los míos, pero firmes, con los pezones oscuros y muy duros. Le agarré uno entre los dedos y apreté hasta que se le escapó un gemido.
—Así —le dije—. Aguantá vos ahora.
Le pasé la lengua entre los pechos, despacio, dibujando un camino hasta el ombligo y volviendo a subir. Le solté el botón del short y se lo bajé hasta las rodillas. El calzón era blanco, de algodón, y estaba empapado. Lo retiré de un tirón.
Me arrodillé delante de ella tal como ella había hecho conmigo. Le besé las ingles, le mordí la cara interna de los muslos. Mariana se agarró del respaldo de la silla con las dos manos y se preparó. La primera vez que le pasé la lengua sintió un sacudón, como si una corriente le hubiera bajado por la espalda. Repetí el movimiento. Le encontré el clítoris con los labios y lo succioné suave, después fuerte, alternando.
—No te aguanto —jadeó—. Vení.
Subí. Me trepé encima de ella, las dos en la misma silla, mi rodilla apretada contra su entrepierna y la suya contra la mía. Empezamos a movernos. Ella enganchó la pierna en mi cintura y nos frotamos así, vestidas a medias, los pechos chocando, las bocas buscándose y mordiéndose. La silla crujía. La mesa crujía. No nos importaba nada.
—Al sillón —le dije.
Caímos en el sillón del living, ella arriba, yo abajo. Se acomodó sobre mi muslo y se restregó contra él, marcando el ritmo. Yo le agarraba las caderas y la guiaba, sintiendo cómo se humedecía contra mi piel. Cuando estaba por venirse le agarré los pechos y se los apreté justo en el momento en que cerraba los ojos. Acabó así, sentada arriba de mí, con la cabeza echada hacia atrás y un grito que esta vez no se molestó en contener.
Se desplomó encima mío. Nos quedamos así un minuto, las dos jadeando, la piel pegada por el sudor y el calor de la tarde.
—Tengo algo en la mesa de luz —le dije al oído.
Levantó la cabeza, me miró con una sonrisa cómplice y se fue al cuarto. Volvió con el consolador en la mano. Era uno con forma realista, mediano, que tenía hacía meses sin estrenar como correspondía.
—¿Vos primero o yo? —preguntó.
—Vos. Quiero verte.
Me arrodillé al lado del sillón. La acomodé boca arriba, le abrí las piernas y le acerqué la punta. Entró despacio, sin resistencia. Mariana cerró los ojos y se mordió el dorso de la mano. Empecé a moverlo, primero suave, después con más ritmo. Le miraba la cara, los ojos cerrados, la boca entreabierta, la forma en que los pies se le tensaban contra el apoyabrazos cada vez que aceleraba.
—Más rápido —pedía—. Más.
Le pasé el pulgar por el clítoris al mismo tiempo. Eso bastó. Se arqueó entera, las caderas levantadas, los pechos hacia arriba, y se vino con un quejido largo que se le murió en la garganta.
—Ahora vos —jadeó.
Limpié el consolador con un pañuelo, lo cambiamos de mano, y me tiré yo en el sillón. Ella se sentó a horcajadas sobre mis piernas y me lo metió mientras me besaba la boca por primera vez en toda la tarde. Fue raro darme cuenta recién en ese momento que no nos habíamos besado en la boca todavía. Lo arregló enseguida. Me besó como si me debiera ese beso desde el principio del cuatrimestre.
El consolador entraba y salía con un ritmo que ella manejaba con una mano mientras con la otra me sostenía la nuca. Me agarré de sus hombros. Le mordí el labio. Cuando me empecé a venir le clavé las uñas en la espalda y solté todo, sin contenerme, gritando contra su boca.
Quedamos despatarradas en el sillón. Yo a un lado, ella al otro, las piernas enredadas, el vestido todo arremangado, la musculosa colgándole de un brazo. El consolador en el piso. La hoja de ejercicios olvidada en algún rincón.
Nos miramos. Y nos empezamos a reír. Una risa nerviosa al principio, después una carcajada larga, las dos sin entender bien qué acababa de pasar.
—Profe —dijo cuando se le pasó—, tengo que confesarte algo.
—¿Qué?
—Quería besarte los pechos desde la primera clase.
—Mentira.
—En serio. Cada vez que te inclinabas sobre el cuaderno me distraía. Por eso me iba mal en los parciales.
Me reí. La abracé. Le besé la frente, después la sien, después la boca.
—¿Y los ejercicios? —le pregunté.
—Los hago en casa.
—¿Y la próxima clase?
Se acomodó contra mi pecho, me pasó un dedo por el cuello y me miró desde abajo, con esos ojos que ya no estaban hinchados.
—La próxima clase —dijo— vamos a hacer esto antes. Y después los ejercicios. ¿Te parece?
Le contesté que sí con un beso, despacio, mordiéndole el labio inferior, dejándole en la boca el gusto de todo lo que acababa de pasar. Cuando me separé tenía los ojos cerrados y una sonrisa que no le había visto en cinco meses de tutoría.
Esa noche, cuando se fue, me quedé sentada en el sillón un rato largo, mirando la mesa donde antes había ejercicios y ahora solo había un cuaderno boca abajo. Pensé en su madre, en lo que diría si supiera. Pensé en mí, en cuánto hacía que no me sentía así. Pensé en el lunes, en la próxima clase, y me reí sola.
El otoño, finalmente, había llegado.