El premio que mi jefa había preparado para mí
Hasta ese viernes por la tarde pensaba que conocía bastante bien los límites de mi vida. Tengo treinta y seis años, soy de cuerpo lleno, tetas grandes, caderas anchas y apenas un metro sesenta de estatura. Trabajo en una agencia de marketing en Rosario, no tengo hijos, y la mayor parte de mis horas, mis preocupaciones y mis ganas se las dedico a la oficina. Mi jefa, Mariana, lleva conmigo casi tres años. Sabía de ella lo que sabe cualquiera que trabaje a su lado: que tiene un carácter de hierro, que viste impecable, que huele a algo cítrico y caro, y que cuando entra a una reunión todos enderezamos la espalda sin pensarlo.
De su vida privada no sabía casi nada. Tampoco preguntaba. Sospechaba, sin embargo, que detrás de esa armadura ejecutiva había alguien con un apetito que yo no terminaba de descifrar. La forma en que me miraba a veces, una décima de segundo más de lo necesario. La manera en que se acercaba a corregirme un informe, apoyando los dedos sobre el dorso de mi mano. Pequeños gestos que yo me explicaba como confianza, como afecto profesional, porque la otra explicación me daba vértigo.
El viaje a la cabaña apareció como un premio. Un fin de semana en la zona de los lagos, ofrecido por la empresa a las dos vendedoras del año. Ella y yo. Cuando me lo anunció en su oficina, sentí que el aire se volvía más espeso. Me dijo que descansaríamos, que aprovecharíamos para conversar de proyectos. Sus palabras fueron neutras, pero su mirada no.
Llegamos un viernes a media tarde. La cabaña era de madera oscura, con una galería que daba a un lago quieto y una chimenea ya armada esperando. Cenamos en un restaurante del pueblo, con vino tinto y una conversación que poco a poco fue cambiando de tema. Me preguntó si me sentía sola viviendo sin pareja. Le respondí que sí, casi sin pensar. Ella sonrió como si esa respuesta confirmara algo.
Volvimos caminando por un sendero que bordeaba el lago. La temperatura había bajado y yo me abrazaba el saco. En un recodo, donde la luz de la luna nos llegaba filtrada por las ramas, se detuvo. Me miró como nunca me había mirado en la oficina y me besó. Fue un beso corto, exploratorio, casi una pregunta. Yo no respondí con palabras. Le devolví el beso, más largo, más mío, y supe que algo se acababa de quebrar para siempre.
Caminamos en silencio el resto del trayecto, tomadas de la mano por debajo del nivel de los abrigos. Cuando ella metió la llave en la puerta de la cabaña, mis bragas ya estaban empapadas. No me sentía incómoda ni asustada. Sentía un hambre que no sabía que tenía.
—Sabía que eras tan caliente como yo —me dijo apenas cerró la puerta.
Apoyó las dos manos contra la madera, una a cada lado de mi cabeza, y me dejó atrapada entre la puerta y su cuerpo. Su perfume llenaba todo el aire que me quedaba para respirar.
—A partir de ahora vas a ser mía. Mi mujer, mi puta, lo que yo quiera. ¿Entendiste?
Asentí. No me salió la voz. Ella sonrió y bajó la mano hasta mi cintura.
—Quiero escucharlo.
—Sí —dije, en un susurro—. Lo que vos quieras.
Me sacó el saco con una calma que era más excitante que cualquier apuro. Después el suéter, los zapatos, el pantalón. Me dejó en ropa interior en medio del living, con la chimenea recién encendida iluminándome la mitad del cuerpo. No me dijo que me tapara. Tampoco me sacó el corpiño. Solo me miró, despacio, de los pies a la cara, como si estuviera evaluando una compra.
—Caminá hasta el dormitorio.
Lo hice. Cada paso me hacía sentir más expuesta y más excitada al mismo tiempo. La cama era enorme, con sábanas blancas. Me senté en el borde, sin saber bien qué hacer con las manos. Ella entró segundos después, se sacó la camisa sin dramatismos, se sacó los pantalones. Quedó en un conjunto de lencería negra que claramente había elegido pensando en esa noche.
—Vení —ordenó.
Me levanté y me acerqué. Mariana me bajó los breteles del corpiño con dos dedos y me dejó las tetas al aire. Las miró unos segundos antes de tocarlas, como si quisiera grabarlas en la memoria. Después se inclinó y se llevó un pezón a la boca. La sensación me sacudió desde la base de la espalda.
***
Lo que siguió no se parecía a nada que yo hubiera vivido. Mariana me chupaba con una mezcla de hambre y precisión que me hacía perder pie. Pasaba de un pezón al otro, los mordía apenas, los dejaba mojados y soplaba para que el frío me hiciera arquear la espalda. Sus manos se metieron debajo de la bombacha y encontraron lo que ya estaba esperando.
—Mojadísima —murmuró contra mi cuello—. Hace cuánto que te imaginás esto.
No era una pregunta. Era una constatación. Yo escondí la cara contra su hombro porque me daba vergüenza la respuesta. Hacía meses. Quizá más de un año.
Me empujó con suavidad y caí sentada en la cama. Me terminó de sacar la bombacha y me abrió las piernas con las dos manos. No me preguntó si estaba bien, no me preguntó si quería seguir. Tampoco hizo falta. Bajó la cabeza y me lamió de abajo hacia arriba, una sola vez, larga y firme. Solté un sonido que no sabía que podía hacer.
—Esto también es mío ahora —me dijo, levantando la cara apenas lo suficiente para que la viera.
Volvió a hundirse entre mis piernas. Su lengua se movía con un ritmo que parecía estudiado, como si supiera exactamente qué parte tocar y por cuánto tiempo. En algún momento metió dos dedos. Curvó la mano hacia arriba y encontró un punto que me hizo agarrar las sábanas con las dos manos. Le pedí que no parara. Le pedí más. Se lo pedí muchas veces, sin reconocer mi propia voz.
Me corrí con un grito que retumbó en la madera de la cabaña. Cuando subió a besarme, sentí su sabor en la boca por primera vez y no me dio asco. Me dio ganas de devolverle el favor.
—Quiero aprender —le dije, todavía sin aliento.
Sonrió. Esa sonrisa fue lo más dominante que vi esa noche.
—Tranquila. Tenemos toda la noche y todo mañana.
Me enseñó. Me explicó dónde poner la lengua, cómo respirar, cómo usar los dedos. Me dejaba probar y después me corregía con voz baja, paciente, pero sin perder la autoridad. Cuando se vino la primera vez, me apretó la cabeza contra ella y me dijo que era una alumna aplicada. Sentí algo parecido al orgullo, mezclado con la humedad que volvía a aparecer entre mis piernas.
Probamos una posición que ella llamó la tijera. Me explicó cómo encajar las piernas, cómo encontrar el ángulo. Nos movimos juntas durante un rato largo, frotándonos despacio, mirándonos a los ojos como si fuera otro tipo de conversación. Esa cercanía me hizo entender algo que no había entendido antes: dos cuerpos iguales pueden encontrarse de maneras que dos cuerpos distintos no pueden. Me corrí otra vez, más callada, más profunda.
Nos quedamos dormidas enredadas, una pierna entre las piernas de la otra, mi mejilla apoyada en su pecho. Cuando me desperté, todavía era de noche y ella ya me estaba acariciando otra vez. No dijimos nada. Volvimos a empezar.
***
El sábado fue una larga continuación de esa noche. Nos bañamos juntas en la ducha de mármol gris. Ella me jabonó la espalda y después me agarró del pelo y me bajó la cabeza hacia su sexo, ahí mismo, con el agua corriendo. Aprendí a darle placer arrodillada, con los azulejos calientes bajo las rodillas. Después fue ella quien se arrodilló para mí, en el borde de la cama, y me obligó a mirarme en el espejo del placard mientras me lo hacía. Verme la cara mientras me corría fue una experiencia que todavía no sé cómo describir.
Comimos cuando nos acordamos. Cenamos algo liviano en la galería, envueltas en mantas, sin hablar demasiado del trabajo. Sobre el final, cuando ya estaba claro que la rutina iba a volver, me agarró la mano por encima de la mesa y me habló en serio por primera vez en todo el viaje.
—A partir de hoy sos mi mujer. Te quiero solo para mí. En la oficina vamos a disimular, porque tenemos que disimular. Pero quiero verte siempre que se pueda. ¿Estamos?
—Estamos —respondí.
—Te deseaba desde hace mucho. Por eso preparé este premio. Esto no fue casualidad.
Lo había sospechado, pero escucharlo confirmado en su voz me hizo apretarle la mano con más fuerza. No me importó haber sido objeto de un plan. Me importó haber sido elegida.
Antes de dormir esa noche me dio algunas indicaciones. La frecuencia con la que me mandaría mensajes, las palabras clave que iba a usar para que yo supiera qué quería sin necesidad de explicárselo, las cosas que esperaba que no hiciera con nadie más. Las anoté en mi cabeza como si fueran condiciones de un contrato. Y de algún modo lo eran.
***
El lunes volví a la oficina. Saludé a todos como cualquier otro lunes. Me hice un café. Ella pasó a mi lado en el pasillo y apenas me miró. La actuación era convincente, pero su perfume me dejó floja un segundo. Esa misma tarde recibí el primer mensaje: «vení a mi oficina, quiero probarte las tetas otra vez».
Cerré la laptop, respiré hondo y caminé hasta su puerta. Antes de tocar pensé que esto recién empezaba, y que iba a contar cómo seguimos llevando esta vida doble en cuanto encontrara un rato tranquilo para escribirlo.