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Relatos Ardientes

La vecina del otro lado del muro me cambió

Hace unos meses tuve que mudarme. El dueño anterior vendió el edificio y me quedé con cuatro semanas para encontrar algo dentro de mi presupuesto de estudiante. Lo único que apareció cerca de la universidad fue un cuarto piso sin elevador en la colonia Reforma, más chico que el anterior, con una sola habitación, baño minúsculo y una cocina que en realidad era un pasillo. Lo firmé en el momento, sin mirar dos veces.

El primer detalle que descubrí cuando dormí ahí la primera noche fueron las paredes. Eran de tablarroca, o algo todavía más delgado. Del lado de la cocina vivía una pareja que peleaba en voz alta sobre dinero, suegras y por qué él no levantaba los platos. Del lado de mi habitación vivía Renata, una mujer sola, mayor que yo, que ponía cumbias en la mañana mientras se arreglaba para ir al trabajo. Me acostumbré pronto, una se acostumbra a todo.

Hubo dos semanas de remodelación que me sacaron de quicio. Renata estaba moviendo muebles, taladrando, cantando boleros desafinada a las once de la noche. Compré unos tapones de espuma en la farmacia y dormí así varios días, hasta que el silencio volvió.

Una noche, ya sin tapones, no podía pegar el ojo. No era el ruido, era el estrés. Examen final el lunes, dos trabajos atrasados, mi madre llamando para preguntar si estaba comiendo bien. Daba vueltas en la cama, contaba ovejas, meditaba con una aplicación gratuita. Nada.

Y entonces lo escuché.

Un suspiro. Breve, contenido, justo del otro lado del muro. Me incorporé asustada. Pensé en fantasmas, en intrusos, en mil cosas antes de aceptar lo evidente. Era Renata. Estaba en su cama, pegada a la pared, y respiraba de una forma muy específica.

Me quedé inmóvil bajo las cobijas. Sentí vergüenza por ella y vergüenza por mí. No quería escuchar su intimidad, pero tampoco podía moverme sin hacer ruido y delatar que estaba despierta. Me imaginé que su cama, después de la remodelación, había quedado justo del otro lado de la mía. Solo nos separaban diez centímetros de yeso barato.

Pensé que al día siguiente movería mis muebles, que reorganizaría todo el departamento si era necesario. Mientras lo decidía, sin pretenderlo, empecé a imaginarla. La había visto dos veces en la entrada del edificio. Era más alta que yo, unos diez años mayor, con el cabello teñido de rubio cobrizo. La imaginé acostada con las piernas abiertas, una mano entre los muslos, el camisón subido hasta la cintura. Me pregunté si estaría desnuda, si tendría los pechos descubiertos, si se mordería el labio.

Su respiración se aceleró. Después se ahogó, como si se hubiera tapado la boca con la almohada para que nadie la oyera. Después, silencio. Un par de minutos más tarde, unos ronquidos suaves. Se había quedado dormida.

Yo no.

Yo me quedé caliente, despierta, con el corazón retumbándome contra las costillas. Pensé en tocarme también, pero me dio pena, como si eso ya fuera cruzar una línea. Encendí la lámpara y me puse a leer una novela aburrida hasta que me venció el cansancio.

***

La encontré al día siguiente bajando con la bolsa de la basura. La saludé sin levantar mucho la mirada.

—Buenos días, vecinita —me dijo—. ¿Te vas a la escuela?

—Sí, hoy tengo examen —murmuré.

Aproveché para mirarla bien. Tendría unos treinta y cinco, la piel clara con un rubor permanente en las mejillas, el pelo lacio amarrado en un chongo descuidado. No era delgada y no era gorda, era una de esas mujeres a las que la ropa les queda bien por como pisan el piso, no por el cuerpo. Tenía las caderas anchas, los pechos medianos, los ojos pequeños y muy atentos.

—Mucha suerte —dijo, y entró antes que yo al edificio.

Volví a escucharla esa misma noche. Llegó tarde, cansada. Distinguí cada sonido: la llave en la cerradura, los zapatos cayendo al piso, una queja por los pies adoloridos, la cama crujiendo bajo su peso. Después, ese ritmo otra vez. La respiración corta, los suspiros tragados, el orgasmo ahogado contra la almohada.

Esa noche sí me toqué. Pegué la oreja contra el muro y me masturbé con los dedos, lento, escuchando cómo se levantaba al baño y abría la regadera. Imaginé que el agua le caía sobre la espalda, que se enjabonaba los pechos, que recordaba lo que acababa de hacerse. Llegué al orgasmo sin emitir un solo sonido.

***

Pasaron semanas. Renata se tocaba tres, cuatro veces a la semana. Casi siempre al volver del trabajo, a veces de madrugada, una vez una mañana antes de salir. Aprendí a reconocer sus patrones como quien aprende los horarios de un tren. Empecé a tener una doble vida secreta: la estudiante seria de día, la voyeur insomne de noche.

La imaginaba de mil formas. Boca arriba con dos dedos dentro, boca abajo con la mano debajo del vientre, sentada en la silla de su escritorio con la falda subida. La imaginaba conmigo. Empecé a soñarla. Soñaba que entraba a su departamento por la ventana, que la encontraba dormida, que la despertaba con la lengua entre las piernas. Soñaba con su sabor y me despertaba con la pijama empapada.

Llegó un punto en que ya no me bastaban los videos ni las lecturas eróticas. Necesitaba su voz, su respiración, los crujidos de su colchón. Si en algún momento se me ocurrió comprar un estetoscopio para escucharla mejor, prefiero no admitirlo.

Una semana de exámenes finales fue mi infierno. Me dormía antes de las once, agotada, sin energía para esperarla. Las mañanas siguientes andaba irritada, ansiosa, como si me faltara una droga.

***

Un sábado feriado bajé con mi escritorio cojo, decidida a llevarlo a un carpintero. Me crucé con ella en la escalera y, sin que se lo pidiera, agarró el otro extremo.

—Has andado muy cansada, ¿verdad, vecinita? —dijo mientras bajábamos peldaño a peldaño—. Tu cama y la mía quedan pegaditas y te he oído moverte de un lado a otro, dormir mal. Hay que cuidarse.

Sentí un escalofrío del cuello al estómago.

—Ah… sí, los exámenes —tartamudeé—. No sabía que nuestras camas estaban tan cerca.

Me sonrió con una de las comisuras de la boca. No dijo nada más. Yo no recuerdo el resto del trayecto, ni cuánto le pagué al carpintero, ni cómo regresé al edificio. Solo recuerdo esa media sonrisa.

Esa noche traté de fingir que no la oía. Tenía práctica, después de todo. Pero el sábado siguiente, alrededor de las dos de la madrugada, llegó con alguien.

Era un hombre. Lo entendí por la voz grave que se rio en el pasillo. Entraron tropezando, besándose con esa torpeza ansiosa de la gente que ya se desea desde el coche. Escuché ropa cayendo al suelo, cinturones golpeando madera, palabras a medio decir. Después escuché otra cosa, un sonido de succión húmedo y ahogado.

Le estaba mamando. Me la imaginé sentada en el borde de la cama con la melena revuelta, una mano sosteniendo la base, los ojos cerrados. Él gemía bajito, contenido por respeto a los vecinos o por costumbre. Yo ya tenía la mano dentro de la pijama.

Después fue el turno de ella. Distinguí cuándo él se arrodilló entre sus muslos, cuándo empezó a chuparla, cuándo ella se aferró a las sábanas con esa respiración que yo conocía mejor que cualquier melodía. Me llevé los dedos a la boca, los humedecí, volví abajo.

Los resortes del colchón se desataron. Él la estaba penetrando con fuerza, la pared vibraba con cada embestida, gruñían los dos, se besaban entre estocadas. Cambiaron de posición. Ahora eran saltos rítmicos, ella encima, las nalgas chocando contra los muslos de él. Me la imaginé erguida, los pechos rebotando, la cabeza echada hacia atrás.

Yo estaba desnuda de la cintura para arriba. Me masajeaba un pezón con una mano y me hundía dos dedos con la otra. Trataba de no hacer ruido, pero ella ya no se molestaba. La oí gritar al llegar al orgasmo. Después llegó él. Después llegué yo, mordiéndome el dorso de la mano para no delatarme.

Cuando recuperé el aliento, los escuché hablar.

—¿Y los vecinos nunca se quejan? —preguntó él, riéndose.

—Espero que no. La de aquí del lado seguro se despertó, su cama queda contra esta pared.

—Mejor invítala —bromeó él.

—Pobre, ya debe estar acostumbrada. Hasta debe escuchar cuando me meto los dedos por las tardes.

—¿Y tú la escuchas a ella?

—Una vez, una sola. Es mucho más callada que yo. Mañana que la vea me voy a morir de vergüenza.

Siguieron platicando, pero el sueño me jaló como una resaca. Me quedé dormida con una sonrisa rara, mezcla de pudor y descaro. Decidí, antes de cerrar los ojos, que iba a devolverle el favor.

***

El lunes en la noche, cuando la oí entrar y meterse en la cama, saqué de un cajón el vibrador que casi nunca usaba. Lo puse al máximo. Me desnudé entera, encendí una vela, me acosté pegada a la pared. Empecé despacio, después dejé de fingir. Gemí en voz alta, dije su nombre una vez, dejé que el sonido del aparato se metiera entre los ladrillos.

Imaginé que era ella quien me lamía el cuello, que era su lengua la que bajaba por mi vientre, que eran sus dedos los que abrían mis labios. Tuve dos orgasmos seguidos. Cuando terminé, escuché un suspiro al otro lado del muro. Un suspiro de complicidad.

A partir de esa noche perdimos el pudor las dos. Algunas veces nos turnábamos, una se masturbaba y la otra escuchaba sin moverse. Otras veces lo hacíamos al mismo tiempo, sincronizadas como si hubiéramos ensayado. Yo pegaba la espalda al muro frío y juraba sentir el calor del cuerpo de ella a través del yeso.

***

El final llegó un martes en la mañana. Yo estaba desayunando café con pan, ya casi por salir, cuando alguien tocó la puerta. Era ella, con una camisa de cuadros, sin maquillaje y el pelo suelto.

—Vecinita, antes de que te vayas, ¿me ayudas a subir una cajonera que dejaron abajo? Eres la única despierta a esta hora.

—Claro —dije, fingiendo normalidad.

Bajamos al portal, agarramos la cajonera entre las dos y la subimos a tirones hasta su departamento. Cuando la acomodamos en el rincón, me limpié las manos en el pantalón y avancé hacia la puerta.

—Déjame darte algo por ayudarme —dijo ella.

—No, cómo crees.

—No me digas que no.

—De verdad, no es…

No me dejó terminar. Me agarró por la cintura desde atrás y subió las manos hasta mis pechos, sobre la blusa.

—Ay, vecinita, ya no aguantaba las ganas de tenerte así, calladita.

Me besó el cuello despacio, primero apenas con los labios, después con la lengua. Me quitó la blusa sin dejar de besarme. Me dio la vuelta y me besó en la boca con un sabor a café que no era el mío.

—Andas tímida —dijo riéndose—. A ver si ahorita sigues así de muda.

Me llevó a la cama. Esa cama. La cama que yo conocía de oído, en la que la había imaginado mil veces. Me desnudó con paciencia, sin prisa, como quien lleva semanas planeando. Me besó los pechos, me mordió las costillas, bajó por el ombligo hasta abrirme las piernas y poner la boca donde yo había soñado tantas noches.

No me callé. Gemí, dije palabras feas, dije su nombre. Llegué al primer orgasmo con su lengua succionándome el clítoris y dos dedos suyos dentro. Después fui yo. La desnudé despacio, le mordí los pezones oscuros, descubrí el corazón de vello púbico recortado que tenía y me reí contra su piel.

Pasamos la mañana entera ahí, perdiendo la cuenta de los orgasmos, cambiando de posición, riéndonos entre besos. Me senté sobre su cara, ella sobre la mía, juntamos las caderas hasta hacer chocar nuestros sexos. En algún momento se nos enfrió el café, en otro me acordé de la universidad y decidí que ese día no existían los exámenes.

Después nos metimos juntas a la regadera. Sentir su cuerpo mojado pegado al mío, los pezones duros contra mi espalda, sus manos enjabonándome el vientre, me hizo llegar otra vez sin que tuviera que tocarme.

Desde ese día, Renata ya no espera al otro lado del muro. Toca tres golpecitos suaves, abro la puerta y la dejo entrar. Ahora soy yo la que se acuesta primero y la que decide a qué hora se queda dormida. La pared, por costumbre, sigue ahí, pero ya no nos hace falta.

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Comentarios (6)

LilaRosada

excelente!!! me encantó, de verdad

Clara_BA

Por favor seguí con este relato, quede con ganas de mas...

Rosana_76

Me hizo acordar a una situacion parecida que viví hace años jaja, nunca llegué a hacer nada pero lo pensé mucho. Muy bueno!

SofíaMdq

Lo lei de un tiron, muy fluido y natural. Sigue escribiendo asi!

PatriciaOK

habrá segunda parte?? espero que si!

Daniela_V

Muy bien escrito, se siente tan real. Felicitaciones!

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