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Relatos Ardientes

Bajé por hielo y encontré a la madre de Lucía

La casa de Lucía olía a verano: a protector solar de la mañana, a refresco derretido y a esa humedad pesada que se mete en julio por debajo de las puertas. Lucía nos había convocado a Daniela y a mí para una pijamada como las del instituto, de las que ya casi no hacíamos. Su madre se había acostado pronto, dijo, y la casa era nuestra hasta el desayuno.

Subimos al cuarto con bolsas de patatas, una botella de refresco caliente y la promesa de no dormir hasta que saliera el sol. Lucía llevaba un pijama corto que dejaba ver sus piernas trabajadas; Daniela, una camiseta enorme que le llegaba a medio muslo y que insistía en resbalársele por el hombro derecho. Yo me había puesto un top deportivo y unos shorts, segura de que el calor nos haría tirar capas en cuestión de minutos. No me equivoqué.

Llevábamos media película tirada en la cama king de Lucía cuando se me ocurrió bajar por hielo. La cocina quedaba al final del pasillo, dos tramos de escalera. Bajé descalza, pisando con cuidado para no despertar a nadie, segura de que la encontraría vacía.

No estaba vacía.

Carmen, la madre de Lucía, estaba apoyada en la encimera con un vaso de agua en la mano. No me había oído. Tenía cuarenta años —lo sabía porque Lucía me lo había dicho un par de veces—, pero esa noche no parecía una madre. Era una mujer alta, con el pelo negro suelto cayéndole en una cortina pesada hasta la cintura, y un vestido rojo que parecía pintado sobre la piel. El escote en V se hundía hasta una sombra que yo no había visto jamás en ninguna de las madres de mis amigas. Sus pechos, grandes y redondos, se movían apenas con la respiración, y me quedé clavada en el último escalón sin atreverme a dar el siguiente.

—Bea, ¿no podías dormir? —dijo sin mirarme, como si me hubiera oído desde el principio.

Carraspeé. Conseguí decir algo del hielo. Ella señaló el congelador con el mentón, y yo crucé la cocina rezando para que no me notara los ojos, ni el rubor, ni la torpeza con la que llené el vaso. Cuando subí, derramé la mitad del agua en la escalera.

—¿Te has cruzado con un fantasma? —preguntó Daniela en cuanto entré.

Me senté al borde de la cama con el vaso entre las manos. El corazón me iba a doscientas y, peor todavía, una corriente caliente me bajaba desde el estómago hasta donde no quería pensar. Nunca me había pasado eso con una mujer. Yo coqueteaba con chicos en las fiestas, me imaginaba con chicos cuando me masturbaba, hablaba de chicos. Lo que acababa de sentir bajando por hielo no encajaba en mi guion.

—Estás roja —dijo Lucía—. Suéltalo.

Lo intenté con una excusa boba sobre el calor, pero las dos me conocían demasiado bien. Daniela gateó por la cama y me clavó esos ojos verdes suyos que pesan más que cualquier pregunta. Cedí.

—He visto a tu madre —solté—. En la cocina. Llevaba un vestido rojo y, joder, Lucía, no sé tu madre cómo se viste en casa, pero esa mujer ahí abajo no es una madre.

Lucía se quedó callada un segundo. Después se rió, una risa entre orgullosa y traviesa.

—Mi madre se pone esos vestidos cuando cree que no la veo. Dice que es para sentirse ella. ¿Tan fuerte ha sido?

—Tiene unas tetas que no son de este mundo —murmuré, y me tapé la cara con las manos en cuanto lo dije.

Daniela se atragantó con un sorbo de refresco. Lucía se dejó caer de espaldas en la cama, riendo a carcajadas tapadas con la almohada para no despertar a nadie.

—Eres una guarra —dijo Lucía cuando recuperó el aire—. Mirando a mi madre así. Aunque, bueno, no me sorprende. Las heredé yo también, en versión reducida.

—No las he mirado a propósito —protesté—. Han aparecido ellas. En ese escote no caben.

Daniela, que había estado callada, se mordió el labio.

—Ahora me has dejado con ganas de ver —dijo, y se rió bajito, como si la idea la sorprendiera a ella misma.

—Pues bajemos —propuso Lucía con la voz a medio camino entre la broma y otra cosa—. Vamos a por limonada. Si está despierta, está despierta. Y si no, mejor.

***

Bajamos en fila, pisando el centro de los escalones para no hacer crujir la madera. Yo iba la última, mirándole la nuca a Daniela y reconociendo, con una claridad que me asustaba, que estaba excitada por adelantado. El pulso me latía donde no debía latir.

Carmen seguía en la cocina. Se había sentado en la isla, con una taza humeante entre los dedos, y nos sonrió como si nos esperara. El vestido rojo le seguía dibujando todo. El pelo le caía a un lado.

—¿No podéis dormir ninguna? Es el calor —dijo, y se levantó a sacar una jarra de la nevera—. He hecho limonada esta tarde. Sentaos.

Nos sentamos las tres en los taburetes, frente a ella. Carmen sirvió los vasos inclinándose, y aunque no creo que lo hiciera a propósito, el escote se abrió un dedo más de lo que mi cordura podía manejar. Daniela tragó saliva, audible. Lucía me dio una patada bajo la encimera, mitad advertencia, mitad complicidad.

—Está buenísima —dijo Daniela, refiriéndose a la limonada, y luego se ruborizó como si la frase hubiera sonado a otra cosa.

Carmen se rió bajito.

—Llamadme Carmen. «Señora» me hace mayor.

La charla empezó por el calor, por la peli que habíamos visto, por la universidad que arrancaba en septiembre. Pero el aire estaba cargado de algo que ninguna nombraba. Carmen se inclinaba sobre la encimera, apoyaba los codos, y sus pechos se juntaban como si quisieran salir a saludar. Yo intentaba mirarle los ojos. Fallaba. Daniela ni lo intentaba. Lucía, sentada al lado de su madre, alternaba entre vigilarnos y desviar la mirada con un cosquilleo que se le veía en la cara.

—En mi cuarto hay aire acondicionado de verdad —dijo Carmen de pronto—. Aquí abajo me estoy derritiendo. ¿Subimos un rato? Charlamos más cómodas.

Nadie dijo que no.

***

El dormitorio de Carmen era distinto al resto de la casa: más adulto, más serio, con sábanas de seda blanca y una lámpara baja que apenas alcanzaba para reconocer las caras. El aire frío nos abrazó al entrar, y sentí la piel sudada erizándose de golpe. Lucía se sentó en la silla del escritorio, marcando distancia. Daniela y yo acabamos en la alfombra, espalda contra el borde de la cama, hombro con hombro. Carmen se sentó frente a nosotras y cruzó las piernas. El vestido le subió un dedo. Después dos.

—Contadme algo interesante —dijo—. ¿Novios? ¿Líos? A vuestra edad, esto debería estar lleno de líos.

Daniela suspiró. Habló de un ex celoso, aburrido en la cama, incapaz de preguntarle qué le gustaba. Yo conté lo del último, un chico que se vino y se durmió, y que cuando se despertó me explicó cosas de fútbol. Carmen escuchaba con la barbilla apoyada en la mano, con una sonrisa que iba creciendo.

—¿Y nunca os habéis preguntado cómo sería con una mujer? —dijo, sin levantar el tono, como si preguntara la hora.

El silencio fue distinto. Lucía se enderezó en la silla. Daniela me buscó la pierna con el meñique. Yo me oí decir la verdad.

—Últimamente sí.

Carmen asintió despacio, como si hubiera ganado algo.

—Yo lo probé en la universidad —dijo—. Con una amiga, Sofía. Una rubia bajita, de risa sucia, que dormía en mi misma residencia. Una noche nos quedamos solas, con una botella de vino malo y la lluvia golpeando la ventana. Hablábamos de chicos y de orgasmos que no llegaban. Y Sofía me miró y me dijo: «¿Y si lo intentamos nosotras, solo para ver?».

—¿Y lo intentasteis? —preguntó Daniela en un hilo.

—La besé yo —dijo Carmen, y se pasó un dedo por el labio inferior, como si lo recordara con la piel—. Tenía la boca dulce. Nada que ver con un chico. Después le quité la camiseta y ella me quitó la mía. Le besé los pechos, le mordí los pezones hasta que se arqueó. Bajé más. La primera vez que probé a una mujer no me dio vergüenza ninguna. Solo curiosidad y hambre. Cuando ella terminó, me tocó a mí, y fue el primer orgasmo de verdad que tuve en mi vida.

Nadie respiraba. Daniela tenía las dos manos cerradas sobre sus rodillas. Yo tenía los pezones marcados a través del top, sin disimulo. Carmen nos miró una por una, despacio, y cuando llegó a mí, no apartó los ojos.

—Bea, llevas toda la noche mirándolas —dijo—. ¿Te gustan?

Tragué saliva. La verdad salió más fácil de lo que esperaba.

—Son brutales. Sí. Me gustan más de lo que sabría explicar.

Carmen sonrió. Se enderezó en la cama. Con dos dedos, bajó el escote del vestido lo justo para liberar uno de los pechos. La luz baja lo dejó a medias en sombra: redondo, pesado, con el pezón oscuro y duro apuntando al frente. Después liberó el otro.

—Ven —dijo.

Me levanté como si tirara una cuerda invisible. Subí a la cama de rodillas. Mis manos estaban tan temblorosas que me dio risa, pero la risa se me murió en cuanto las apoyé. Eran calientes y pesadas. La piel olía a perfume suave y a jabón limpio. Le pasé el pulgar por encima del pezón y Carmen suspiró bajito, sin teatralidad, lo que me dio cien veces más calor que cualquier gemido fingido.

—No tengas miedo —dijo—. Hazlo como quieras.

Me incliné y la lamí. Despacio primero, en círculos, sintiendo cómo el pezón se ponía más duro debajo de mi lengua. Después chupé. Carmen me puso la mano en la nuca, sin empujar, solo guiando. Daniela, que no había dicho nada, se levantó de la alfombra y se subió a la cama por el otro lado sin pedir permiso. Tomó el otro pecho con las dos manos, se lo llevó a la boca, y cuando empezó a chupar la miré de reojo y supe que esa noche ninguna de las tres íbamos a dormir.

El cuerpo de Carmen se relajaba debajo de nosotras como si llevara años esperando. Con la mano libre, me bajó el tirante del top, y mi pecho —mucho más pequeño que el suyo, pero igualmente firme— quedó al aire. Me lo cubrió con la palma entera, sin prisa. Sentí el calor del contacto en todo el cuerpo y un gemido se me escapó sin permiso, contra su otro pezón.

Daniela se había sentado a horcajadas sobre uno de los muslos de Carmen, sin darse cuenta del todo de lo que hacía. La camiseta enorme se le había subido hasta la cintura, y por debajo solo llevaba unas bragas blancas, mojadas en el centro. Cada vez que chupaba, su cadera se mecía despacio contra el muslo de Carmen, y Carmen subía la rodilla para darle algo donde apoyarse.

Lucía seguía en la silla del escritorio. Tenía los muslos apretados uno contra otro, las manos clavadas en el asiento, los ojos enormes. Carmen le tendió la mano libre, con la palma hacia arriba.

—Ven, hija —dijo en voz baja—. No te quedes ahí.

Lucía no se movió enseguida. Se mordió el labio. La mano de su madre seguía tendida, sin prisa, sin reproche, solo abierta. Cuando finalmente se levantó de la silla, fue como si el aire entero de la habitación se levantara con ella.

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Comentarios (6)

Carmencita_88

que relato mas intenso!!! me quede pegada hasta el final sin poder parar

SofiLectora

Por favor continua esta historia, me quede con ganas de saber que paso despues

CeciMendoza

Me recordo a algo que viví una vez... esas noches que te cambian de golpe sin que lo esperes. Muy bien escrito

NachoReader

Esto es real o ficcion? porque tiene una carga emotiva que pocas veces encontras en estos sitios

Nadia_sur

Lo que mas me gusto es que no cae en lo obvio, tiene sutileza. Muy bien!

Lola_BA

increible!!!

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