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Relatos Ardientes

Mi rival de vóley terminó en mi cama esa noche

Habían pasado casi dos semanas desde la confesión de Mateo y, lejos de odiarlo, aquello me había dejado un cosquilleo permanente entre las piernas. Él mismo me había enseñado las fotos de sus encuentros con Camila, una chica del gimnasio con el pelo cortísimo y una sonrisa que parecía morder. Debería haber sentido rabia. Sentí algo más confuso.

Las olimpiadas internas de la empresa empezaban el viernes. Mateo estaba de comisión en otra ciudad y se perdería todo. Yo jugaba vóley y los uniformes habían llegado el martes: short ajustado, top corto, medias hasta la rodilla. Cuando me lo probé delante del espejo, supe que iba a montarle un pequeño espectáculo por webcam antes de que se acostara.

—Date la vuelta —me pidió desde la pantalla, con la voz tomada—. Despacio.

Le hice caso. Me bajé el short hasta dejar a la vista la curva del culo. Me toqué por encima de la licra y vi cómo a él se le marcaba la vena del cuello mientras se la trabajaba al otro lado. Me había regalado un vibrador con forma de bala que se colaba debajo de la ropa sin notarse. Lo pegué a mi clítoris, sobre la tela del uniforme, y la licra se oscureció en segundos.

—Mojaste el uniforme entero —dijo riéndose.

—Mañana voy a jugar pensando en esto.

Nos despedimos cuando los dos terminamos. Él me deseó suerte. Yo le mandé un beso desde el borde de la cama, exhausta y feliz, ya pensando en el partido.

***

El polideportivo de la empresa estaba a reventar. Compañeros de oficina, hasta los del piso de arriba que apenas saludaban en el ascensor, se habían acercado a mirar los partidos femeninos. No miraban el vóley. Miraban los muslos. Lo notaba en cómo aplaudían cualquier saque, en cómo se quedaban callados cuando alguna se agachaba a atar el cordón.

El equipo rival entró al campo cuando estábamos calentando. Eran las chicas de la planta de logística. Entre ellas, una rubia altísima, de hombros marcados y abdomen plano que terminaba en la cinturilla del short. No llevaba sujetador deportivo. No le hacía falta. Tenía los pechos pequeños y tan firmes que se mantenían en su sitio sin que nada los sostuviera. Cuando saltó al red para probar el bloqueo, sentí un pinchazo en el bajo vientre. Yo. A mí. Una compañera más de la empresa.

—Esa es Valeria —me dijo Lucía, mi armadora—. La de logística. La quieren fichar todos los años para el equipo grande.

—No me extraña.

Jugábamos a las nueve de la noche, de fondo, después de los partidos masculinos. El gimnasio olía a goma de zapatillas y a sudor frío. El primer set se nos escapó. El segundo lo remontamos. El tercero se decidió en los últimos puntos, con Valeria saltando del otro lado de la red como si el suelo le rebotara debajo de los pies.

En el último saque, me lancé a salvar una bola corta, pisé mal el lateral y oí el crujido antes que el dolor. Caí de costado. El tobillo se me dobló hacia dentro de una manera que no debería haberse doblado.

—No te muevas —dijo alguien.

Ganamos el partido. No estoy segura del último punto porque ya me estaban vendando en el banquillo. La enfermera de la empresa me dio un analgésico fuerte, de los que solo se reparten cuando una firma en una hoja. Me dijo que descansara, que nada de alcohol.

***

Olvidé lo del alcohol antes de salir del polideportivo.

La celebración fue en un bar a tres calles. Mi equipo, el equipo rival, dos jefes que se sumaron sin que nadie los invitara. Yo estaba sentada en un sofá del fondo con el pie sobre una silla y un vaso de gin tonic en la mano. Era el tercero. El analgésico hacía rato que se había mezclado con el alcohol y todo lo que me decían me parecía gracioso.

Valeria se sentó a mi lado en algún momento. No la había visto acercarse. De pronto su muslo desnudo estaba contra el mío y su mano descansaba en el respaldo del sofá, detrás de mi nuca.

—¿Cómo va el tobillo?

—Hinchado.

—Te llevo a casa cuando quieras.

—Puedo pedir un taxi.

—Estás vista. Tres tragos y un analgésico. Te llevo yo.

No me di cuenta de que le había dicho que sí hasta que estuvimos dentro de su coche. Conducía con una mano y con la otra subía el volumen de la música. Yo miraba sus dedos en la palanca de cambios. Tenía las uñas cortas, pintadas en un rojo oscuro que parecía negro debajo de las luces de la calle.

Cuando bajé del coche frente a mi edificio, el tobillo me falló. Me agarró por la cintura antes de que tocara el suelo. Sentí su perfume contra mi cuello.

—Te subo.

Iba a decirle que no hacía falta. No lo hice.

***

Me cargó hasta el sofá como si yo pesara la mitad. Recuerdo pensar que era ridículo, que no era pequeña, que ella tampoco era enorme, pero ahí estaba, llevándome en brazos por mi propio pasillo. Olía a salida de gimnasio: jabón neutro, un resto de desodorante, sudor limpio. Se me escapó un suspiro contra su clavícula y, cuando levanté los ojos, ella ya me estaba mirando.

—¿Te molesta si me ducho? —preguntó—. Vine directo del partido.

—El baño es la segunda puerta. Las toallas, en el armario de la izquierda.

Asintió. Me dejó tendida en el sofá, con un cojín bajo el tobillo. Encendí la televisión sin mirarla. Escuché el agua correr y traté de imaginar otra cosa. No pude.

Salió descalza, envuelta en una de mis toallas grandes, el pelo mojado pegado a la nuca. Se quedó de pie delante de mí, escurriéndose ligeramente sobre las baldosas.

—¿Quieres que te ayude a ducharte tú también? Apoyada en mí no te caes.

Debería haber dicho que no. Mateo estaba a setecientos kilómetros y, aunque me hubiera dado permiso ya hacía tiempo en mil charlas hipotéticas, esto no era una charla. Esto era una mujer mojada en mi salón ofreciéndome ayuda con una sonrisa que no era de enfermera.

—Vale.

Me cargó otra vez. Esta vez, cuando me apoyó contra su pecho, dejé escapar un gemido. No fue un grito. Fue ese sonido bajo, casi un suspiro alargado, que se escapa cuando una entrega algo.

Ella me besó. En la boca. Sin preguntar. Con la lengua entera. Sentí el sabor del gin tonic que se había tomado en el bar y el jabón del baño en su piel. La toalla cayó al suelo antes de que llegáramos a la ducha. No la levantó.

El agua estaba demasiado caliente. Me apoyó contra la pared y se arrodilló delante de mí sin esperar a que me lavara nada. La vi mirarme entre las piernas, abrirme con dos dedos y meter la lengua de plano. Cerré los ojos. Apoyé la cabeza contra los azulejos. Su lengua entraba y salía sin urgencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Es una mujer. Estoy con una mujer. Una compañera de la empresa.

Pensar eso, en lugar de sacarme del momento, me lanzó. Le agarré el pelo mojado, le aguanté la cabeza contra mí y me corrí en su boca con un temblor que me bajó hasta el tobillo malo. Ni siquiera me acordé del dolor.

Cuando se puso de pie, me besó otra vez. Sentí mi propio sabor en sus labios. No me dio asco. Me dio hambre.

***

Me llevó a la cama envuelta en otra toalla. Se tumbó a mi lado, abierta, esperando. Entonces fui yo.

Bajé por sus pechos pequeños, los lamí uno a uno, le mordí los pezones con cuidado y después sin cuidado, mientras le pasaba la mano por la pelvis y la sentía húmeda. Era distinto. Todo lo que había hecho mil veces conmigo misma, hacérselo a otro cuerpo era otra cosa. No tenía que adivinar nada. Sabía cómo se sentía cada gesto del otro lado.

Estiré la mano hasta la mesilla de noche. Mateo me había regalado un dildo largo, ligeramente curvado, que yo usaba sola cuando él estaba de viaje. Se lo enseñé.

—¿Quieres?

—Mete.

Lo deslicé despacio. La vi arquear la espalda, abrir la boca sin emitir sonido, agarrar la sábana con las dos manos. Le entraba con una facilidad que me dejó la boca seca. La empecé a mover y, con la otra mano, le toqué el clítoris en círculos pequeños. Se corrió en menos de dos minutos, mojando la sábana de una forma que yo nunca había visto fuera de mi propio cuerpo.

—Pónmelo a ti —dijo cuando recuperó el aire.

—No. Quiero otra cosa.

La hice ponerse encima de mí, al revés. Su cara contra mi pubis. Mi cara contra el suyo. Un sesenta y nueve de manual, pero con un detalle: yo tenía sus nalgas pegadas a las mejillas, y desde abajo veía cómo se le contraía el ano cada vez que mi lengua entraba en ella. Le pasé la lengua por ahí. Sentí cómo se tensaba.

—Si quieres ahí también —murmuró, con la boca todavía en mí.

Me chupé dos dedos. Le metí primero uno. Lo aguantó. Le metí el segundo. Pegó un grito ahogado contra mi muslo. Le metí el tercero y noté cómo todo su cuerpo se sacudía. No paraba de venirse. Una detrás de otra, como si yo hubiera encontrado un interruptor escondido.

Cuando creí que ya no daba más, se giró, me bajó por la cama y me hizo lo mismo a mí, pero al doble. Me metió primero dos dedos, después tres, después la mano entera. Despacio. Con un cuidado que ningún hombre me había tenido. Mateo lo había intentado una vez y yo lo había parado a los dos minutos. Con ella no dolía. Con ella era otra cosa. Sentirla dentro, entera, mientras me besaba el cuello, fue lo más cerca que estuve esa noche de pedir tregua.

No pedí tregua. Le pedí más.

***

Nos dormimos sobre la sábana mojada, sin taparnos. Cuando abrí los ojos por la mañana, ella seguía ahí, con un brazo cruzado sobre mi cintura y la respiración pegada a mi nuca. El tobillo me dolía menos. La cabeza tampoco me dolía. El móvil parpadeaba con un mensaje de Mateo preguntando cómo había ido el partido.

Le contesté con tres palabras: «Ganamos el partido». Dejé el móvil sobre la mesilla. Me giré despacio para no despertarla y le pasé la mano por la cintura, justo encima de la cadera, donde la piel todavía estaba caliente.

El siguiente partido era el sábado. Y ella seguía siendo del equipo rival.

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