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Relatos Ardientes

La tarde que mi prima quiso experimentar conmigo

Eran cerca de las cinco de la tarde cuando salí de casa de mi madre rumbo al departamento de Renata. El verano todavía no soltaba la mano del cielo, pero por la calle corría una brisa que olía a jazmín y a asfalto recalentado. Iba con una falda corta y una camiseta sin mangas, esa combinación que siempre me hacía sentir libre, y con la cabeza llena de nada en particular. Hacía meses que no veía a mi prima.

Renata me abrió la puerta antes de que terminara de tocar el timbre, como si llevara un rato esperándome detrás. Lo primero que pensé fue que se había puesto guapa de un modo que yo no recordaba.

—Hola, Lucía. Qué bueno que viniste —dijo, y me abrazó con una fuerza que me sorprendió.

Nos besamos en la mejilla, ese beso de prima que dura medio segundo más de lo necesario y nadie sabe explicar por qué. Olía a algo dulce, una mezcla de crema corporal y de algo más íntimo que no supe identificar.

—Estás distinta —le dije al verla bien.

Llevaba un vestido azul ajustado, de esos que parecen pintados sobre el cuerpo. La tela le tiraba en el pecho como pidiendo permiso para rendirse, y cuando levantó el brazo para cerrar la puerta detrás de mí, el ruedo se le subió un poco más arriba de lo decente. Vi sus muslos. Vi el comienzo de algo que no estaba pensado para ser visto a las cinco de la tarde de un martes cualquiera.

—Mis padres se fueron al campo —comentó, como al pasar—. Tengo el departamento para mí sola hasta mañana.

—¿Y tú qué hiciste? ¿Te aburriste?

—Bastante. Por eso te llamé.

Caminamos hasta su cuarto, que seguía igual de chico que cuando éramos niñas. La cama matrimonial ocupaba casi todo el espacio, y al pie había un televisor encendido en una serie cualquiera. Me senté en el borde del colchón. Ella se sentó al lado, dejando entre nosotras una distancia mínima.

—Me encanta esa falda que tienes —dijo de pronto, mirándome las piernas sin disimulo.

—Gracias. Tu vestido tampoco está nada mal.

Se rió, bajito, como si le diera vergüenza el cumplido. Y enseguida volvió a mirarme las piernas.

En la pantalla, dos actrices se acercaban en lo que claramente iba a ser un beso. Era una de esas series modernas donde todo el mundo, tarde o temprano, se enreda con todo el mundo, sin importar el género. Renata se quedó muy quieta. Yo también. Ninguna de las dos cambió de canal.

Cuando las chicas de la serie se besaron, fue un beso largo, con lengua, con manos en la espalda. La cámara se demoraba en el detalle. Mi prima se inclinó apenas hacia adelante.

—¿Alguna vez besaste a una mujer? —preguntó, sin despegar los ojos del televisor.

—Varias veces —respondí, también sin mirarla.

—¿De verdad? —ahora sí giró la cabeza—. ¿Y cómo es?

—Rico. Distinto. Más suave que con un hombre. Yo soy de las que les gusta meter mucha lengua y agarrarles las nalgas a la otra mientras la beso.

—Lucía —se tapó la boca para esconder la risa—, eres una pervertida.

—No soy yo la que está preguntando.

Renata no contestó al instante. Se mordió el labio inferior, miró otra vez la pantalla y después me miró a mí.

—Tengo mucha curiosidad —admitió—. Siempre tuve. Pero nunca me animé.

—¿Quieres probar?

La pregunta salió sin que yo decidiera hacerla. Quedó flotando en el aire entre las dos. Renata me miró fijo, los ojos oscuros más brillantes de lo que recordaba, las pupilas enormes a pesar de la luz que entraba por la ventana.

—¿Aquí? ¿Contigo?

—Prueba conmigo. Si no te gusta, paramos y no hablamos más del tema. Te lo prometo.

Me puse de pie. No sé por qué lo hice, supongo que necesitaba marcar un cambio en el aire. Ella se levantó también, despacio, como si temiera asustarme. La miré bien desde cerca. Era unos centímetros más baja que yo. Tenía pecas en la nariz que nunca había notado.

Le toqué la mejilla con la yema de los dedos. Apenas. Como si estuviera comprobando que era real.

Y entonces se acercó.

El primer beso fue tímido. Demasiado. Renata apretó los labios contra los míos como si fuera la foto de un beso, no un beso de verdad. Mantuvo los ojos abiertos los primeros segundos. Yo no me apuré. Esperé. La dejé acostumbrarse al contacto, al hecho de que mi boca era más blanda que la de cualquier chico con el que se hubiera besado.

De a poco se entregó. Cerró los ojos. Separó los labios. Cuando sintió mi lengua deslizándose despacio sobre los suyos, soltó un pequeño gemido de sorpresa contra mi boca.

—Más —murmuró, sin dejar de besarme—. No te contengas.

Fue lo único que necesité escuchar.

Mi lengua entró en su boca con más decisión, y la de ella salió a buscarme. Se enredaron como si supieran lo que hacían desde hacía años. La sentí respirar más rápido, sentí sus manos buscando dónde apoyarse y terminar en mi cintura, las palmas calientes a través de la tela.

Bajé las mías por su espalda hasta llegar al final del vestido y, sin pensarlo, le tomé las nalgas por encima de la tela. Apreté. Apreté fuerte, como me gusta a mí.

Renata se sobresaltó. Hizo una pausa de medio segundo. Pero no se apartó.

Al contrario: me devolvió el gesto, me apretó la espalda con las dos manos, me acercó a ella todavía más. Sentí sus pechos contra los míos, los pezones marcados a través de las dos telas finas.

Cuando nos separamos para tomar aire, yo todavía la tenía agarrada por las nalgas. No la solté.

—¿Qué te pareció? —pregunté.

—No tengo palabras —contestó, y la sonrisa que me dedicó era distinta a todas las que le había visto en la vida.

Volvió a buscarme la boca, esta vez sin pedir permiso. Este segundo beso no tuvo nada de exploratorio. Fue puro hambre. La sentí morderme el labio, despacio, como si estuviera descubriendo que se podía. Le subí el ruedo del vestido y le acaricié las nalgas desnudas, porque debajo no llevaba absolutamente nada.

—Sácamelo —pidió contra mi boca.

Le saqué el vestido por encima de la cabeza, despacio, deteniéndome cuando la tela le pasaba por los pechos para verla desnudarse en cámara lenta. Quedó parada en el medio del cuarto, completamente desnuda, mirándome con una mezcla de pudor y desafío.

—Ahora tú —dijo.

Me saqué la camiseta, la falda y el sostén en menos de un minuto. La ropa interior la dejé caer al piso de una patada. Ella no me quitó los ojos de encima en ningún momento.

—Eres hermosa —murmuró—. Más de lo que pensaba.

—¿Pensabas en mí?

Se rió, nerviosa, y no contestó.

La miré entera. Los pechos, no muy grandes pero firmes, con los pezones oscuros y duros. El vientre plano. El triángulo de vello recortado prolijo, entrenado, esperando. Tenía ganas de comérmela completa y no tenía sentido disimularlo.

—Tengo unas ganas tremendas de bajarte —le dije.

—¿De bajarme cómo?

—De hacerte sexo oral. De ponerte la boca ahí abajo y no sacarla hasta que te corras.

Renata tragó saliva. Asintió sin decir nada. Después se subió a la cama, se acostó boca arriba y muy despacio fue abriendo las piernas para mí.

—Sé buena conmigo —pidió—. Es la primera vez que alguien me hace esto.

—¿Ningún novio te lo hizo?

—Nunca bien.

—Entonces vas a llorar de risa con la diferencia.

Me arrodillé entre sus piernas. Le besé primero la cara interna de los muslos, mordí apenas, dejé marcas pequeñas que iba a sentir al día siguiente. Subí despacio. Le pasé la lengua por los labios externos sin tocarle el clítoris todavía. Renata se retorcía, levantaba las caderas buscándome, pero yo no tenía apuro. Quería que se acordara de esta tarde el resto de su vida.

Cuando por fin le pasé la lengua entera por el medio, soltó un gemido que se debió oír en el departamento de al lado. La tomé de los muslos con las dos manos para mantenerla abierta. Cada vez que intentaba cerrar las piernas por reflejo, yo se las separaba un poco más. Y seguía.

Le succioné el clítoris despacio, después más rápido. Le metí dos dedos sin avisar y los moví hacia adentro buscando ese punto donde casi todas las mujeres se rompen. Lo encontré enseguida. Renata arqueó la espalda.

—No pares —jadeó—. Por favor, no pares.

No paré. Le mordí apenas el clítoris, justo lo suficiente para que el dolor se mezclara con todo lo demás, y la sentí temblar bajo mis manos. Tenía las dos manos en mi pelo, agarrándome con una fuerza que yo no le conocía.

—Me voy a correr —avisó—. Lucía, me voy a correr.

—Córrete en mi boca.

Y se corrió. Largo, fuerte, con un grito ronco que se le escapó sin permiso. Sentí en la lengua un líquido tibio y dulce, distinto a lo que yo recordaba de otras mujeres. Me lo tomé hasta la última gota. No hay nada en este mundo que se compare con eso.

Subí por su cuerpo besándola. Le besé el ombligo, la curva de los pechos, los pezones uno por uno, hasta llegar a su boca. Renata me besó probándose a sí misma sin asco, con una naturalidad que me sorprendió.

—Quiero hacerte lo mismo —dijo después de un rato—. No sé si me va a salir, pero quiero.

—No te apures. Hay otra cosa que podemos hacer primero.

La di vuelta despacio, hasta que quedó encima de mí. La acomodé bien, con una pierna mía entre las suyas, la otra cruzada por encima. Le tomé la cadera y le mostré el movimiento.

—Frótate contra mí. Así. Siente cómo se tocan.

Renata aprendió rápido. Empezó a mover la pelvis con un ritmo torpe, después más seguro, después con un hambre que ya no era de principiante. Yo la acompañaba desde abajo, levantando las caderas para que el roce fuera más fuerte. Las dos estábamos empapadas. El sonido húmedo era casi vergonzoso.

Se inclinó hacia adelante y me tomó los pechos con las dos manos. Después se agachó y se llevó un pezón a la boca. Lo chupó, lo mordió suave, lo lamió. Mientras tanto su cadera seguía moviéndose contra la mía, y la mía contra la suya, y el calor entre las dos crecía sin freno.

—Me enseñaste algo nuevo —murmuró sobre mi pecho—. Me encantan las tetas. No tenía idea.

—A mí me encanta esto.

Le agarré las nalgas otra vez, le clavé las uñas. Renata gimió, levantó la cabeza, me miró con los ojos perdidos. No dijo nada más. No había con qué.

El segundo orgasmo lo tuvimos casi juntas. Yo me corrí primero, sintiendo cómo las contracciones le subían por el cuerpo a ella también, y después se vino encima de mí con un gemido sordo, mordiéndome el hombro para no gritar.

Quedamos un rato así, pegadas, sudadas, respirando como si hubiéramos corrido. Renata se acostó a mi lado con la cabeza apoyada en mi pecho. Le acaricié el pelo.

—Es el mejor sexo de mi vida —dijo en voz baja—. No es una frase. Te lo juro.

—Te creo. A mí también me sorprendiste.

—¿Sí?

—Sí. No esperaba que tuvieras tanto adentro guardado.

Se rió, despacio. La sentí respirar sobre mi piel.

—¿Vamos a contarle a alguien? —preguntó después de un rato.

—Ni de chiste.

—¿Lo vamos a hacer otra vez?

La miré desde arriba. Tenía las mejillas todavía rojas y el pelo revuelto sobre la almohada. Me dio una ternura rara mezclada con unas ganas nuevas de empezar de nuevo.

—La próxima vez que tus padres se vayan al campo —le dije—, llámame primero.

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Comentarios (5)

Lautaro_982

Increible!!! de lo mejor que lei ultimamente en esta categoria

MariaJoseBA

Por favor que haya segunda parte jajaja, me quede con ganas de saber que paso despues

ValentinaOk

Me recordo a algo parecido que viví en unas vacaciones de enero. Hay tardes que uno no olvida nunca. Muy buen relato, gracias por compartir

Anahi_77

Que bien narrado, todo fluye natural y no se siente forzado para nada. Es de los mejores de esta categoria sin duda

ElCurioso_Uy

Es autobiografico esto? porque se siente muy real jajaja. Excelente de todas formas, felicitaciones

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