Mi ama lesbiana y el contrato virtual de seis meses
Antes de empezar tengo que aclarar algo, porque si no después llegan los mensajes preguntando lo mismo. En el ambiente del bdsm existe el llamado «mommy kink», una dinámica de regresión de edad entre dos adultas donde la sumisa adopta el rol de una nena pequeña y la dómina ejerce un cuidado maternal. En mi caso, todas las personas involucradas éramos mayores de edad y, salvo algún detalle puntual que voy a contar, la práctica no tuvo carga sexual explícita. Lo cuento como fue, sin maquillaje.
Hace unos seis años, a través de una aplicación de lectura donde los usuarios suben sus propias novelas por capítulos, conocí a una chica que terminó marcándome más de lo que esperaba. Se hacía llamar Camila. Era castaña, con el pelo largo cayéndole por la espalda, delgada, de pechos firmes y casi un metro setenta de altura. La estatura me llamó la atención porque era exactamente la misma que la primera dómina con la que había explorado este mundo unos meses antes, y supongo que mi cabeza ya asociaba ese cuerpo concreto con el tipo de mujer que me atraía.
En aquel momento yo arrastraba una relación intermitente con un chico que se ponía agresivo sin motivo, que me trataba bien dos días y al tercero me hablaba como si yo no valiera nada. Nunca le habíamos puesto un nombre formal a lo nuestro, y esa indefinición me daba la coartada perfecta para hablar con quien quisiera. Yo sabía, en el fondo, que él no me quería como yo necesitaba que me quisieran. Eso me empujaba a buscar otras cosas en otros lados, aunque entonces no me animaba a confesármelo.
La publicación de Camila estaba debajo de uno de sus relatos digitales. Era breve, casi seca, escrita en mayúsculas como un cartel pegado en una farola: «Busco una baby». Tres palabras. Nada más. La leí dos veces, miré la hora —pasadas las dos de la madrugada— y respondí desde la cama, con la luz apagada, escribiendo en voz baja sobre el teclado para no despertar a nadie de la casa.
Le dije que estaba interesada, que ya tenía algo de experiencia previa con otra dómina y que me gustaría conocer las reglas y peticiones que ella manejaba. Con el tiempo había aprendido que cada ama es distinta. Algunas son cariñosas hasta el empalago; otras prefieren la disciplina seca y los castigos correctivos. Camila tardó en contestar. Vi sus dos ticks azules a las nueve de la mañana del día siguiente, y a las nueve y cuarto me llegó un mensaje pidiéndome que le contara un poco más sobre mí.
Estuvimos un par de días hablando sin entrar en materia. Me preguntó qué estudiaba, qué leía, qué había probado y qué no, cuáles eran mis límites duros y cuáles los blandos. Yo le respondí con honestidad, intentando no inflar la experiencia que tenía. Aprendí pronto que mentirle a una dómina sobre lo que sabés o no sabés solo termina haciéndote daño a ti misma. A las cuarenta y ocho horas ya tenía la sensación de que esta chica me iba a importar, aunque no de la forma en que me había importado la anterior.
La diferencia con la primera fue clara desde el principio. A la primera me había enamorado sin permiso, ilusionada como una idiota, y obviamente no fui correspondida en la misma medida. No vuelvas a confundir el rol con el cariño. Con Camila, en cambio, sentí desde el primer mensaje que esto iba a ser un acuerdo entre adultas con un comienzo y un final pactados. Yo lo que quería era seguir aprendiendo sobre la dinámica de regresión y sobre el bdsm en general, y a ella le venía bien sumar otra sumisa a su grupo.
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Al cuarto día me llegó el mensaje que estaba esperando. —Me encantaría que fueras mi baby por un período corto, de tres a seis meses como máximo —escribió—. Aquí te adjunto las reglas que tendrás que seguir durante todas las sesiones. Podés modificar las que no te convenzan, pero las cuatro principales son innegociables.
La primera regla era sencilla en el papel y vertiginosa en la práctica: «Te voy a tratar como una nena pequeña». En el ambiente esto se llama regresión de edad. La sumisa baja mentalmente a una edad infantil —cinco, seis años— y se permite expresarse desde ahí: lloriquea, pide mimos, hace berrinches, se duerme abrazando un peluche. La dómina, por su parte, cumple el papel de figura maternal: contiene, regaña con dulzura, premia con paciencia. No hay sexo en ese estado. No tiene que haberlo.
La segunda hablaba de la utilería: «Vas a usar ropa, accesorios y cosas de nena pequeña: biberón, chupete y pañal». De los tres, solo usé los dos primeros. El pañal era un límite duro mío que ella respetó sin protestar. El biberón lo compré al día siguiente en una farmacia, sintiendo cómo se me subían los colores a la cara cuando la cajera me preguntó si era para mi sobrino. Mentí que sí. El chupete lo conseguí en un bazar dos calles más abajo, junto con una cinta rosa para colgármelo del cuello.
La tercera regla me hizo dudar tres días enteros antes de aceptar. «Te voy a amamantar como si fueras mi nena pequeña». Yo pensé, en un primer momento, que se refería al gesto simbólico: ella sosteniéndome la cabeza contra su pecho mientras yo fingía. Pero la forma en que lo escribió, con esa frialdad clínica que la caracterizaba, me dejó la duda de si lo decía de manera literal. Decidí no preguntar. Algunas dudas se aclaran antes de tiempo y matan la magia.
La cuarta era la más social: «Vas a jugar como una nena pequeña y me vas a ayudar a cuidar a mis otros dos babys». Camila tenía a otras dos sumisas activas: una chica que se hacía llamar Manu, más o menos de mi edad, y un chico que firmaba como Tito, también veinteañero. Los tres íbamos a coincidir en sesiones grupales por videollamada, donde haríamos cosas de nenes: dibujar, contar cuentos, jugar a la maestra. Esa parte era la que más curiosidad me daba, porque nunca había compartido este tipo de juego con otra sumisa.
Después de pensarlo el fin de semana, acepté. Le pasé mi número de WhatsApp porque las sesiones iban a ser por ahí: ella prefería esa aplicación a las videollamadas formales porque le daba más libertad para mandarme audios, fotos y videos cortos sin que quedara registro en otras plataformas. Esa misma noche me llegó el primer mensaje en mi nuevo rol: «Hola, baby. Mami quiere darte las buenas noches». Lo leí en la oscuridad, con el biberón todavía sin estrenar sobre la mesita.
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Las primeras sesiones fueron raras, no voy a negarlo. Yo me sentaba en el suelo de mi habitación, con la espalda apoyada en la cama, el chupete colgándome del cuello con la cinta rosa, y le mandaba audios con voz infantilizada contándole lo que había «hecho» ese día. Inventaba: que había dibujado, que había jugado con un peluche viejo, que me había peleado con otra nena en un jardín imaginario. Ella respondía en personaje, dulce y firme a la vez, regañándome cuando me ponía caprichosa, felicitándome cuando me portaba bien.
Al cabo de un mes ya no me costaba entrar en estado. Bastaba que me llegara un audio suyo diciendo «baby, ¿estás lista para mami?» para que algo en mí cambiara: se me suavizaba la postura, se me ablandaba la voz, dejaba de pensar como adulta. Era una forma de descanso mental que no había encontrado en ningún otro lado. Después de un día entero discutiendo con el chico al que decía estar saliendo, meterme en mi rol con Camila era como hundirme en agua tibia.
La primera sesión grupal con Manu y Tito fue por videollamada un sábado por la tarde. Los tres con pijamas en tonos pastel, los tres con chupetes, los tres mirando una película infantil mientras Camila, desde otra cámara, nos vigilaba desde el sillón. Manu era extrovertida, hacía bromas constantes y se metía conmigo cuando yo me ponía tímida. Tito era todo lo contrario: callado, retraído, miraba a la cámara con una intensidad que daba a entender que para él esto era mucho más serio que un juego.
Lo curioso es que, entre los tres babys, nunca hubo el menor coqueteo. Manu y yo intercambiamos en alguna ocasión una mirada larga, pero las dos sabíamos que las reglas de Camila eran estrictas: nada entre nosotras sin su permiso explícito. Y ella nunca lo dio. Decía que eso rompería el equilibrio del cuidado. Nosotros tres éramos sus crías, no sus amantes. La dinámica era maternal, no sexual. Y, durante los primeros tres meses, así se mantuvo.
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Hasta esa noche. Estaba sola en mi cuarto, eran cerca de las once, y me llegó un video sin texto. Lo abrí. Camila aparecía en plano medio, sentada en su sillón, con la blusa abierta y un muñeco realista pegado al pecho izquierdo, de esos que usan en las clases de puericultura. Lo estaba amamantando. Literalmente. Le salía leche. No dejaba de mirar a la cámara mientras lo hacía, con una calma que me puso la piel de gallina. El video duraba veintisiete segundos. Cuando terminó, me llegó un solo mensaje: «Para que sepas que mami no miente».
Me quedé un buen rato mirando la pantalla. Me daba vergüenza confesar incluso a mí misma que aquello me había excitado. No tanto por el contenido en sí —que era extraño, ajeno, casi clínico— sino por la confirmación de que ella cumplía sus reglas al pie de la letra. Camila no era un personaje que se inventaba para WhatsApp. Camila era una mujer adulta que había construido toda una vida alrededor de esta dinámica y que me estaba invitando a entrar de verdad, sin red.
No le respondí esa noche. Al día siguiente le mandé un audio breve, con mi voz adulta, diciéndole que entendía el mensaje y que necesitaba unos días para pensar hasta dónde quería llegar yo. Ella respondió con un audio igual de adulto: que no había prisa, que la sesión literal era opcional y que jamás me iba a imponer algo que yo no pidiera. Esa fue la primera vez que sentí, con todas las letras, que aquello era una relación seria entre dos personas que se respetaban, no un capricho con disfraz.
Los meses siguientes fueron una mezcla de sesiones tranquilas, juegos grupales con Manu y Tito, audios de buenas noches y, sí, un par de sesiones más intensas donde exploramos la regla tres en versiones simbólicas. Yo apoyaba la cabeza contra una almohada mientras ella me hablaba al oído como si me estuviera amamantando, sin imágenes, solo voz. Esa fue la forma en que conseguimos cumplir la regla sin cruzar mi límite personal, y a Camila le pareció bien. Decía que la imaginación pesa más que el cuerpo.
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Llegamos a los cinco meses y medio cuando decidí, de común acuerdo con ella, cerrar el contrato. Mi situación con el chico se había definido —para mal, eventualmente— y yo necesitaba enfocar mi atención en otra cosa. Camila lo entendió sin drama. No hubo escenas, no hubo reproches, no hubo intentos de retenerme. Hicimos una última sesión, larga, en la que ella me despidió de mi rol y yo me despedí del suyo. Me regaló, simbólicamente, el chupete y el biberón. Le dije que los iba a guardar.
Hoy, seis años después, todavía los conservo en una caja de zapatos al fondo del placard. No los uso. No volví a entrar en una dinámica así con nadie más, en parte porque no encontré otra Camila y en parte porque mi vida cambió de rumbo. Pero cada tanto los miro y me acuerdo de ella, de Manu, de Tito, y sobre todo de aquella nena que fui durante esos meses, que encontraba en una voz dulce a través de WhatsApp el descanso que su vida adulta no le sabía dar.
Si alguien me pregunta si lo recomiendo, contesto que sí, siempre que sea con una ama que entienda que detrás del juego hay una persona, y siempre que se firme un final tan claro como el comienzo. Lo demás —los biberones, los chupetes, las videollamadas en pijama— es decorado. Lo importante es la confianza, y eso Camila lo tenía de sobra.