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Relatos Ardientes

Mi amiga entró a la ducha y nada volvió a ser igual

La invitación llegó un jueves por la tarde, entre mensajes de voz y fotos de una terraza con vistas al mar. Miriam y su marido Rodrigo habían alquilado un apartamento en Menorca durante el puente de junio y querían compañía. Dije que sí antes de que ella terminara de explicar los detalles.

Llevaba meses encerrada en la rutina de la oficina y la idea de tres días en una isla me pareció exactamente lo que necesitaba. Miriam era mi amiga desde hacía casi diez años: una de esas personas con las que puedes pasar una semana entera sin que el silencio se vuelva incómodo. Rodrigo era agradable, discreto, del tipo que desaparece a tiempo cuando hace falta. Una combinación ideal.

El apartamento quedaba a cinco minutos a pie de una playa que Rodrigo había encontrado en un foro de viajeros: sin hamacas, sin chiringuito, con una franja de arena fina que a esa hora de la mañana compartíamos con quizás quince personas. El agua era turquesa de verdad, no del color del folleto turístico, sino turquesa auténtico, casi irreal.

Miriam extendió la toalla y se quitó la parte de arriba del bikini con total naturalidad. La miré un segundo. La playa lo permitía, y ella nunca había necesitado permiso de nadie para nada. Me quité el mío también.

El sol de junio a esa hora tiene un peso agradable. Cae sobre la piel con una calidez que no quema sino que envuelve, y combinado con la brisa del mar —constante, salada, fresca— hacía que cada poro de tu cuerpo estuviera despierto. Cerré los ojos. Escuché el sonido del agua y las voces lejanas de la gente. Miriam decía algo a mi lado que dejé de escuchar a mitad.

En algún momento pasé la mano por la línea de mi bañador, por la frontera entre la piel que el sol había alcanzado y la que estaba todavía pálida. Sentí el calor de mi propia piel bajo los dedos. Y sentí otra cosa también, algo más difuso, que guardé sin mirarlo demasiado.

A las seis de la tarde, con la piel tensa de sal y el sol ya bajo, volvimos al apartamento. Rodrigo dijo que bajaba al pueblo a buscar algo para cenar. El apartamento tenía una sola ducha y yo quería quitarme la sal del cuerpo antes de nada, así que entré primero al baño.

Abrí el grifo y esperé a que saliera el agua a temperatura correcta. Me miré en el espejo mientras esperaba: la línea del bañador era perfectamente visible, la parte baja del cuerpo bronceada, el resto todavía blanco. Pasé el índice por el borde, por la cadera, por la curva del vientre.

No sé exactamente en qué momento empecé a tocarme. Fue gradual, como una continuación natural de algo que había empezado en la playa sin que yo lo supiera. Metí la mano entre mis piernas bajo el chorro de agua, cerré los ojos, y cuando el agua tibia cayó directamente sobre mi clítoris, el sonido que escapó de mi garganta fue involuntario.

Llamaron a la puerta.

—¿Sara? Necesito el baño un momento.

Era Miriam. Le dije que sí, que pasara.

Entró, se sentó en el váter y orinó sin ningún pudor. Yo me metí bajo el chorro e intenté parecer normal. No lo conseguí del todo, pero ella tampoco pareció notarlo.

—¿Sabes que eso me produce un placer enorme? —dijo de pronto.

Asomé la cabeza fuera de la mampara.

—¿El qué?

—Tocarme al mismo tiempo. El contraste de sensaciones es increíble.

Lo dijo con esa naturalidad que Miriam tenía para todo: sin incomodidad, sin rodeos. Me miró un segundo y sonrió antes de levantarse a lavarse las manos.

—Rodrigo tardará un rato —dijo después, apoyada en el lavabo—. ¿Te importa si entro? Así acabamos antes las dos.

Dudé. No más de tres segundos, pero los conté.

—No me importa —dije.

Entró al plato de ducha. El espacio era justo para dos personas sin margen de sobra. Tomó el gel de baño y empezó a enjabonarse los hombros, los brazos, el cuello. Yo seguía bajo el chorro, mirando hacia la mampara, con la espalda hacia ella.

—La espalda me cuesta —dijo—. ¿Me ayudas?

Tomé la esponja que me ofreció. Empecé a pasarla por su espalda, de arriba a abajo, de manera mecánica. Pero al cabo de un momento dejé la esponja en el borde de la ducha y seguí solo con las manos.

La diferencia era inmediata. Mis palmas contra su piel mojada, sin intermediario, con el gel formando espuma entre mis dedos. Miriam no dijo nada.

Bajé por su columna despacio. Llegué a los riñones y sentí cómo su respiración se hacía más lenta, más consciente. Mis manos se movieron hacia sus caderas, las rodearon, subieron por sus costados hasta rozar los bordes de sus pechos desde atrás.

—Sara —dijo. Solo mi nombre. Sin indicación de nada más.

Me incliné y le puse los labios en el cuello, justo donde el pelo mojado no llegaba a cubrir. La sentí tensarse un instante y luego soltar el aire muy despacio.

Giró.

Nos miramos. Tenía el pelo pegado a la cara por el agua y los ojos abiertos, con una expresión que no era exactamente sorpresa sino algo más complejo. Esperé.

Fue ella quien se acercó primero.

El beso fue largo y húmedo, con el agua cayendo entre nosotras y las manos de las dos buscando dónde sujetarse. La suya en mi cadera. La mía en su nuca. Cuando nos separamos para respirar, ella tenía los ojos todavía cerrados.

—No esperaba esto —murmuró.

—Yo tampoco.

La apoyé contra la pared del plato de ducha. Le tomé los pechos con las manos: grandes, cálidos, con los pezones erectos que el agua hacía brillar. Los apreté con suavidad y ella dejó caer la cabeza hacia atrás. Aproveché para morderle el cuello con cuidado, para lamer su clavícula, para seguir bajando.

Metí la rodilla entre sus piernas para abrirlas un poco. Bajé una mano por su vientre, centímetro a centímetro, disfrutando de cada señal que su cuerpo me daba: los músculos que se tensaban, la respiración que se cortaba, el pequeño sonido involuntario que hacía cada vez que me acercaba.

Cuando llegué entre sus piernas, la encontré completamente húmeda de una manera que no tenía nada que ver con el agua de la ducha.

Empecé a acariciarla con dos dedos. Lentamente, siguiendo el contorno, aprendiendo. Cada vez que rozaba su clítoris, algo en ella se contraía. Lo repetí varias veces hasta entender exactamente qué ritmo le gustaba, qué presión, qué ángulo.

La besé de nuevo mientras la tocaba. Ella me mordió el labio inferior con suavidad. Metí los dedos dentro de ella y los sentí envolverse en calor.

—No pares —dijo contra mi boca.

No paré.

La llevé al borde varias veces sin dejarla llegar. Cuando sentía que su cuerpo empezaba a tensarse, reducía el ritmo, la dejaba volver a tierra. Quería aprenderla entera antes de darle lo que pedía. Sus caderas empujaban ligeramente hacia mi mano, buscando más, y yo retiraba la presión justo a tiempo. El vapor de la ducha lo envolvía todo.

Cuando finalmente bajé, arrodillándome frente a ella con el agua cayéndome por la espalda, ella apoyó una mano en la pared para no perder el equilibrio.

Nunca había estado así con otra mujer. Pero en ese momento, con los labios contra ella y su aroma mezclado con el vapor del agua, la sensación de que era la primera vez quedó completamente eclipsada por lo natural que resultaba todo. Pasé la lengua en círculos lentos sobre su punto más sensible. Escuché el sonido que hizo. Y quise que durara.

Metí dos dedos dentro de ella mientras seguía con la boca. Los moví hacia arriba, buscando el punto exacto, y cuando lo encontré noté cómo sus muslos se cerraban ligeramente alrededor de mi cara y sus manos se aferraban a mi pelo.

El orgasmo llegó con un gemido que ella contuvo a medias, entrecortado, real. Su cuerpo tembló desde las caderas hacia arriba en oleadas. Sujeté su muslo con la mano libre para que no perdiera el equilibrio y seguí con los dedos hasta que las últimas contracciones se apagaron.

Me levanté.

Nos miramos otra vez. Tenía las mejillas encendidas y la respiración todavía alterada. Me pasó los pulgares por la cara para quitarme el agua.

—Gracias —dijo, y las dos nos reímos un momento sin saber muy bien por qué.

Nos aclaramos en silencio. Salió primero de la ducha. Yo terminé de lavarme el pelo y cerré el grifo.

***

Cuando salí del baño, Miriam estaba sentada en el borde de la cama con una toalla alrededor del cuerpo y el pelo envuelto en otra. Me senté a su lado. Ninguna de las dos dijo nada durante un momento.

—¿Eres lesbiana? —me preguntó al fin.

—No lo sé. Nunca había estado con una mujer.

Asintió, pensativa.

—Yo sí, antes de Rodrigo. Una vez.

No supe si eso cambiaba algo o no cambiaba nada. Me quedé mirando la toalla que tenía en las manos, pensando en que hacía veinte minutos no tenía ningún plan de que esto ocurriera y ahora no me imaginaba que no hubiera ocurrido.

—¿Te arrepientes? —preguntó.

—No. Para nada.

—Yo tampoco.

Nos tumbamos en la cama. No pasó nada más durante un rato: hablamos, con la terraza entreabierta y el sonido del mar entrando por la ventana, con esa ligereza de la conversación después de algo que no estaba planeado. Hablamos de cosas sin importancia y de otras que sí la tenían. Pero en algún momento la conversación se fue apagando y empezamos de nuevo, más despacio esta vez, sin el sonido del agua de fondo, con las manos y los labios y sin ningún apresuramiento.

Cuando escuchamos la llave en la cerradura, llevábamos más de una hora así.

Nos levantamos, nos vestimos, salimos al salón. Rodrigo entró con bolsas de comida y una botella de vino blanco y nos encontró sentadas en el sofá con el pelo todavía húmedo.

—¿Aprovecharon el tiempo? —dijo, sin saber lo que preguntaba.

—Mucho —respondió Miriam.

Cenamos los tres en la terraza con el mar a lo lejos. La noche era tibia y el vino estaba frío y nadie dijo nada fuera de lo ordinario.

Yo pensé, con el vaso en la mano y la vista en el horizonte oscuro, que a veces un fin de semana puede abrirte a algo que llevabas tiempo sin saber que necesitabas. Que el cuerpo reconoce ciertas cosas antes que la mente. Que hay placeres que no caben fácil en ninguna categoría, y que quizás tampoco necesitan caber.

Y que compartir una ducha puede ser, simplemente, el principio de algo que todavía no tiene nombre.

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Comentarios (5)

ValeriaMQ

Que relato tan hermoso. Lo lei de un tiron y me dejó con una sonrisa enorme. Seguí escribiendo!!

ElenaK

Lo lei casi sin respirar jajaja. Hay segunda parte? necesito saber como sigue todo entre ellas dos.

Sandra_BS

Me recorda a una situacion muy similar con mi mejor amiga hace algunos años... no llegó tan lejos pero esa tension que describís, esa la sentí igualita. Muy real.

Camila_Gtz

sigue asi!!! muy bueno

Niky_Lec

Esa parte en la que ninguna dice nada pero las dos saben... tremendo. Eso es saber escribir.

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