Lo que mi suegro orquestó entre mi cuñada y yo
Soy Carolina, tengo cuarenta y siete años, y si alguien leyó la primera parte de lo que me ocurrió sabrá que mi suegro Anselmo, un hombre de sesenta y tantos pero conservado como un roble, padre de once hijos —entre ellos mi marido— y dueño de varias empresas, decidió un día sofocar el motín que sus hijos planearon contra él. La razón era que dejaba a mi suegra por una mujer mucho más joven, una tal Eloísa. Anselmo no perdonó la traición. A cada nuera nos ofreció la misma ruta. O nos convertíamos en sus putas, o nuestros maridos perdían sus puestos en los negocios.
Yo fui la primera. Acepté.
Después de mi iniciación con él y con Eloísa, Anselmo me prestó a un cliente importante, Damián, que salió tan satisfecho que mi suegro me convocó al chalet al día siguiente. Me recibió con un beso largo en la boca y me dijo que iba en buena dirección. Yo esperaba que me llevara a la habitación de invitados, donde la primera vez me había hecho de todo, pero esa tarde tenía otros planes.
—Hoy te toca mirar —dijo.
Me hizo subir al dormitorio del segundo piso. Eloísa me esperaba desnuda sobre la cama, con una sonrisa pícara. Nos dimos un beso suave en los labios y me pidió que me sacara la ropa.
—Tranquila —me susurró—. Hoy no te vamos a tocar. Necesitamos que llegues caliente a tu parte. Mientras tanto, mira la tele.
El televisor del dormitorio estaba conectado a una cámara escondida en el salón. Se veía en perfecta calidad el sofá donde mi suegro recibía a sus invitadas. Algo iba a ocurrir, y nosotras éramos el público.
Al rato sonó el timbre. Anselmo bajó a abrir y volvió hablando con alguien. Cuando se sentaron en el sofá pude reconocer a la otra mujer. Era Verónica, la esposa del tercer hijo, una rubia simpática diez años más joven que yo. Llevaba un vestido azul a lunares blancos y se había maquillado con esmero. Estaba claro que la habían convocado pensando que sería una visita formal.
—Tu marido y los demás se rebelaron contra mí —le dijo Anselmo, posando una mano sobre la rodilla de ella—. Tienen dos caminos. O te conviertes en mi puta y siguen trabajando, o se buscan la vida fuera de mis negocios.
Esperé que Verónica se ofendiera, se levantara, le gritara. Pero la muy zorra sonrió. Una sonrisa lenta, dulce, casi de alivio.
—Querido suegro, si tú siempre me has gustado —dijo, acariciándole el muslo—. Voy a follar contigo encantada.
Eloísa, a mi lado en la cama, soltó una risa breve.
Yo no me lo creía.
Anselmo le pidió que se levantara. Verónica obedeció. Le pasó los brazos por el cuello y se besaron de pie, hambrientos, mientras él le subía el vestido por detrás hasta dejarle el trasero al aire. Llevaba un tanga blanco diminuto.
—Menudo culo tienes, zorra —le dijo él.
—Todo para ti, suegrito —respondió ella, sin dejar de besarlo.
La giró contra su cuerpo, le metió la mano por delante y la tanteó por encima de la tela. Después la apartó hacia un lado y le hundió un dedo entre las piernas. Verónica gimió. Por un instante hizo un movimiento como queriendo separarse y volví a pensar que tal vez se arrepentiría, pero lo que hizo fue empezar a contonearse como una stripper, desabrochándose el vestido con lentitud. Cayó al suelo. Después el sujetador. Después el tanga. Tenía el coño completamente depilado y los pechos pequeños y firmes.
Se acercó a Anselmo y, mirándolo a los ojos, le bajó de un tirón el pantalón y el bóxer.
—Siéntate en el sofá, suegrito. Deja que tu nuera te haga feliz.
Se arrodilló frente a él, le quitó los zapatos, los calcetines, le terminó de sacar la ropa. Cuando la polla de mi suegro quedó al aire, ya completamente dura, Verónica abrió mucho los ojos.
—Vaya, suegro, menudo miembro te gastas. Mucho más grande que el de tu hijo.
Se la metió en la boca con destreza, sin titubear. Sabía lo que hacía. Yo no sabía si el afortunado era su marido o alguien más, pero ver a esa mujer chupando una polla como si llevara años entrenando era un espectáculo casi hipnótico. Eloísa, sentada a mi lado, me agarró la muñeca y se llevó mis dedos hasta su sexo.
—Masturbame —me ordenó en voz baja—. Pero sin perder de vista la pantalla.
Le obedecí. Mis dedos se movieron en círculos sobre su clítoris mientras mis ojos seguían pegados al televisor. Anselmo disfrutó de la mamada un rato largo, hasta que la apartó con suavidad.
—Mi polla quiere entrar en tu coño —le dijo a Verónica.
—Tus deseos son órdenes, suegro.
Sin soltarle la polla, se puso de pie, le pasó las piernas por encima y se sentó sobre él a horcajadas. Se la introdujo con un solo movimiento y empezó a cabalgarle despacio. Él le tomó los pechos con las dos manos.
—Me encantan, zorra.
—Son tuyos, cariño. Haz con ellos lo que quieras.
Luego le pasó las manos a la espalda, atrayéndola contra sí, y se puso a chuparle un pezón. Verónica gemía y entre gemidos le decía:
—Los manejas mucho mejor que el cabrón de tu hijo.
—Date la vuelta —le ordenó él al rato.
Ella lo hizo, sin perder el ritmo, y siguieron así, ella sentada de espaldas, él agarrándola por las caderas, hasta que él avisó:
—Me vengo.
Verónica intentó salirse. Anselmo se lo impidió, sujetándola por el vientre.
—Si te quedas preñada, el niño seguirá llevando mi sangre.
Y se corrió dentro de ella. Cuando terminó, la dejó levantarse. Verónica se acomodó pegada a su costado en el sofá y le acarició la polla mientras le susurraba lo maravilloso que era. En cuestión de minutos, mi suegro la tuvo otra vez dura como una barra.
—Ahora quiero follarte por el culo —le dijo.
—Todo mi cuerpo es tuyo, suegro. También mi culo.
Se pusieron de pie. Él se frotó contra ella un momento más y después le pidió que se apoyara sobre el respaldo del sofá, a cuatro patas. Le hundió la polla en el culo de un empujón lento. Verónica empezó a gemir como si estuviera siendo poseída por algo más grande que ella misma, pidiéndole más, más fuerte, más adentro. Anselmo la obedeció. La trató de toda clase de guarrerías mientras la embestía. Cuando se vino, las nalgas de Verónica quedaron brillantes de semen.
—Descansa un poco —le dijo él, recuperando el aliento—. Tengo una sorpresa para ti.
Verónica se quedó tendida boca abajo sobre los cojines, respirando hondo. Anselmo subió las escaleras y entró en el dormitorio. Me miró y me señaló con un gesto.
—Te toca, zorrita. Baja y dale a Verónica algo que no espera. Quiero un buen espectáculo.
Yo estaba empapada por todo lo que había visto. Llevaba media hora masturbando a Eloísa con una mano y a mí misma con la otra. Salí del dormitorio sin decir nada y bajé las escaleras descalza.
***
Verónica seguía sobre el sofá, ahora boca arriba, los ojos entrecerrados, el cuerpo flojo. No me oyó hasta que estuve casi sobre ella. Cuando abrió los ojos y me vio desnuda al lado del sofá, dio un pequeño respingo.
—¿Tú qué haces aquí? —preguntó, incorporándose.
—Lo mismo que tú —le dije—. Soy la sorpresa.
Tardó un par de segundos en encajar la información. Después soltó una carcajada incrédula.
—Nunca habría imaginado que tú, justamente tú, pudieras ser una puta. Pero si hay que demostrar lo que somos, hagámoslo bien.
Acerqué la cara y la besé. Verónica respondió con la lengua, sin prisa, como una mujer que sabe lo que hace. Yo bajé los labios por su cuello, por la clavícula, hasta llegar a sus pechos. Le chupé un pezón mientras le acariciaba el otro con el pulgar.
—Vaya con la mujer del primogénito —murmuraba ella entre suspiros—. Tan correcta, tan formal. Y mira qué bien chupa una teta.
Una de sus manos buscó mi culo y empezó a recorrerlo con la palma abierta. Lo hacía con calma, como midiendo el terreno. Después me empujó suavemente para que me tumbara sobre el sofá e intercambió posiciones conmigo.
—Cuñadita, si eres una zorra, habrá que hacer que disfrutes.
Bajó la mano hasta mi sexo y empezó a tantearme. Su dedo medio entró sin esfuerzo, mojado como yo estaba. Lo movió despacio, en círculos, alternando con el pulgar sobre el clítoris. La muy puta sabía lo que hacía. O bien se masturbaba mucho, o lo había practicado antes con otras mujeres.
—Nunca habría imaginado tener a la esposa del mayor de los hermanos abierta de piernas para mí —decía, riéndose—. Toma, cuñadita, toma.
Me hizo correr antes de lo que me hubiese gustado. Cuando todavía me temblaban los muslos, me levantó las piernas por debajo de las rodillas y me bajó la pelvis al borde del sofá. Después se arrodilló entre mis muslos y me hundió la lengua en el coño.
—¿Sabes comer coños, Carolina? —me preguntó al rato, sin levantar la cara del todo.
Asentí.
—Pues demuéstramelo.
Me dejó tumbada y se montó encima en sentido inverso, dejando su sexo a la altura de mi boca. Yo no necesité instrucciones. Saqué la lengua y empecé a recorrerla de abajo arriba, despacio al principio, cada vez más adentro. Tenía un sabor distinto al de Eloísa, más salado, más fuerte. No me molestó. Me gustó.
—Esto sí que no me lo esperaba —jadeó Verónica—. Resulta que la mujer del hijo mayor, la que parece tan decente, es una zorra y una lesbiana de las que saben. Sigue así, no pares.
Sus palabras me dieron una idea muy clara de cómo me veían las otras mujeres de la familia. Estirada. Aburrida. Distante. Tendría que cambiar esa imagen, una por una.
Mientras le devolvía cada lametón con la concentración de quien quiere ganar una apuesta, Verónica empezó a temblar. Soltó un gemido largo, ronco, y un chorro caliente me llenó la boca. Se dejó caer un instante encima de mí, jadeante, y después rodó hacia un lado.
—¿Sigues pensando que soy una estirada? —le pregunté, recuperando el aliento.
—Claro que no —rió—. Veo que las dos somos un par de putas y de tortilleras. Bienvenida.
Nos levantamos. Yo soy un poco más alta. Me coloqué detrás de ella, le pasé los brazos por delante y empecé a masajearle los pechos. No eran muy grandes, ni los de ella ni los míos. Quizá fuese algo de los hombres de la familia, esa preferencia por las mujeres delgadas. Bajé una mano hasta su sexo y se lo acaricié desde atrás, en un ángulo nuevo. Verónica se dejó caer contra mi cuerpo y empezó a gemir bajito. Le metí un dedo. Después dos. No tardó en correrse otra vez, apretándome la mano entre los muslos.
Se giró y me besó largo, con la boca húmeda.
—Si vamos a ser hermanas de leche, de la leche de nuestro suegro —me dijo, divertida—, déjame darte una muestra de cariño como debe hacer una hermana menor.
Me sentó en una silla del salón y me abrió las piernas. Volvió a arrodillarse delante de mí, esta vez con un propósito claro: hacerme acabar de la forma más intensa posible. Sus lamidas eran certeras, alternaban presión y velocidad, atacaban el clítoris desde ángulos que yo misma habría sido incapaz de encontrar. Le apreté la cabeza contra mí. Mis gemidos llenaron el salón. Me corrí con la espalda arqueada y los pies sin tocar el suelo, y ella se tragó todo sin perder una gota.
—Esto es más sabroso que el champán —dijo, riéndose, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano.
Después me hizo bajar al suelo. Se montó encima en sesenta y nueve, esta vez con el control. Mientras me lamía, yo le devolvía el gesto. Y a mitad de combate, con la lengua casi entumecida, tuve una última idea. Le subí la mano hasta el culo, le tanteé la entrada con el pulgar y, cuando la sentí relajarse, le metí un dedo entero.
Verónica pegó un brinco y soltó la presa.
—No me digas que también sabes hacerlo por ahí —se rió, mirándome por encima del hombro—. Vamos a terminar siendo buenas amigas, cuñadita.
Y volvió a la tarea. La sentí gozar más, los muslos le temblaban contra mis orejas, los jadeos se le acortaron. Acabó haciéndome correr otra vez antes que ella, pero yo no aflojé. Seguí lamiéndola con calma, moviendo el dedo dentro de su culo a un ritmo lento, hasta que la noté tensarse entera y soltar un grito apagado contra el cojín.
Se giró sobre mí. Nuestros sexos se rozaron un instante. Nos besamos despacio, con la boca todavía mojada del sabor de la otra. Y entonces, desde lo alto de la escalera, escuchamos la voz ronca de mi suegro.
—Putas, menudo espectáculo nos habéis dado. Eloísa y yo hemos terminado cuatro veces mirándoos.
Verónica me miró con esos ojos brillantes que tenía cuando estaba a punto de soltar una de sus carcajadas.
—Bienvenida a la familia, cuñada.