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Relatos Ardientes

La amiga de mi hija me descubrió el placer lésbico

Me llamo Clara. Tengo cincuenta y dos años, estoy casada desde hace veinticinco y soy madre de tres hijas. Mi vida sexual era lo que se dice funcional: mi marido llegaba, hacíamos lo nuestro con la luz apagada, y ninguno de los dos preguntaba si el otro quería algo más. Pensaba que así era como funcionaban las cosas después de tantos años juntos.

Lo que pasó aquel agosto me demostró que estaba completamente equivocada.

***

Vivimos en un chalé a las afueras. Tiene jardín y piscina, lo que en verano convierte nuestra casa en punto de encuentro para las amigas de mis hijas. Ese martes en concreto mi marido estaba en el trabajo, mis dos hijas mayores habían ido a pasar unos días con mis suegros en la costa, y Sofía, la pequeña, había tenido que entrar a cubrir un turno en el bar donde trabajaba ese verano.

Antes de salir, Sofía me avisó de que había invitado a su amiga Valeria a pasar la tarde en la piscina. Le dije que no había ningún problema.

Valeria tiene veintitrés años. Pelo oscuro y largo hasta los hombros, cuerpo menudo, una sonrisa un poco torcida que siempre me había resultado difícil de ignorar. Mi marido la miraba cada vez que venía a casa, aunque nunca habían pasado de ahí las cosas, al menos que yo supiera.

Cuando llamó al timbre la abrí yo misma. Intercambiamos los dos besos de rigor, me explicó que Sofía le había enviado un mensaje avisándola del cambio de turno pero que, como yo estaba sola en casa, le había preguntado si podía venir de todas formas. Le dije que claro, que me alegraba tener compañía esa tarde.

La llevé al cuarto de Sofía para que se cambiara y yo me fui al mío a hacer lo mismo.

***

Tenía varios bañadores colgados en el armario. Me puse frente al espejo, completamente desnuda, sin terminar de decidirme. Llevaba tiempo sin mirarme así, sin prisa ni excusas. Me sorprendí haciéndolo: siguiendo con los ojos la línea de mis caderas, la forma de mis pechos, la piel que ya no era la de los treinta años pero que tampoco estaba nada mal.

Estaba evaluando cuál de los bikinis me sentaría mejor cuando oí un sonido en el pasillo. Un sonido que no supe identificar. Sin pensar que seguía desnuda, me asomé a la puerta.

Lo que vi me dejó sin palabras.

Valeria estaba en el pasillo, a menos de dos metros de la puerta de mi cuarto. Llevaba puesto el bikini, uno pequeño de color negro, pero tenía una mano metida dentro de la braguita y los ojos cerrados. La otra mano le tapaba la boca con poca eficacia: los gemidos se filtraban de todas formas entre sus dedos. Estaba tan concentrada que no me oyó abrir la puerta.

Me quedé inmóvil durante varios segundos. Lo primero que sentí fue confusión. Lo segundo fue algo que no esperaba: calor. Un calor que empezó en el pecho y bajó despacio.

Decidí hacer el teatro de la indignada.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —dije, en voz más alta de lo necesario.

Ella abrió los ojos de golpe. Se quedó paralizada, con la mano todavía dentro del bañador, mirándome. Primero a los ojos. Después a mis pechos. Después a los ojos otra vez.

—Yo... lo siento mucho, Clara. Es que... —se interrumpió.

—¿Es que qué? —me acerqué despacio, todavía desnuda, sin el menor gesto de cubrirme—. ¿Verme así te pone de esa manera?

Ella no respondió. Tenía las mejillas encendidas y los labios entreabiertos.

—Ven —le dije—. Vamos al salón y hablamos.

***

Nos sentamos en el sofá, sobre unas toallas que yo tenía preparadas para la piscina. Valeria tardó un momento en hablar.

—Llevo tiempo... —empezó—. Desde hace un par de años, te veo en casa de Sofía y no puedo evitarlo. Sé que es raro, sé que eres la madre de mi amiga, pero me pasa lo que me pasa.

Me confesó que le gustaban las mujeres. No solo yo: las mujeres en general. Que llevaba meses deseándome en silencio. Que lo de esa tarde había sido un impulso que no había podido controlar.

Yo podría haberle dicho que lo entendía, haberle dado una palmada en el hombro y haberla mandado a la piscina. Eso habría sido lo razonable.

En cambio le dije:

—Nunca he estado con una mujer.

Ella me miró fijamente durante un momento.

—¿Nunca?

—Nunca.

Hubo un silencio breve. Ella se mordió el labio inferior, ese gesto suyo que siempre me había parecido inocente y que en ese momento no lo era en absoluto.

—¿Quieres? —preguntó, en voz baja.

Me eché hacia atrás en el sofá. Abrí las piernas ligeramente. No dije nada, pero no hizo falta.

***

Valeria se puso de rodillas en el suelo delante de mí. Apoyó las manos en mis muslos y me miró desde abajo durante un momento, como evaluando el terreno. Después bajó la cabeza y su boca llegó donde nunca había llegado una boca de mujer.

Era diferente. Diferente a todo lo que conocía. Más atenta, más precisa, como si supiera exactamente dónde buscar porque ella también tenía ese cuerpo y sabía cómo funcionaba desde dentro. Mi marido me lo había hecho alguna vez, siempre deprisa, siempre con ese aire de estar cumpliendo un trámite. Valeria lo hacía como si tuviera todo el tiempo del mundo y ningún otro lugar en el que estar.

Gemí antes de darme cuenta de que estaba gimiendo.

—¿Bien? —levantó la vista un momento.

—No pares —le dije.

No paró. Siguió con la lengua trazando círculos lentos, cambiando el ritmo cuando yo cambiaba la respiración, leyendo mi cuerpo con una atención que me desconcertó. Cuando me corrí lo hice con un gemido que no controlé, con las manos enredadas en su pelo oscuro, temblando.

Cuando recuperé el aliento, ella se sentó a mi lado y dijo:

—Así que sí te gustan las mujeres.

—Aparentemente —respondí.

Se rió. Yo también.

***

Le pedí que se quitara el bañador. Lo hizo sin apresurarse, con esa seguridad que tienen las personas que han aprendido a estar bien en su propio cuerpo. Me quedé mirándola un momento antes de moverme.

Empecé por donde sabía: la masturbación. Si de algo entendía yo era de eso, de conocer un cuerpo de mujer desde dentro, de saber qué ritmo funciona y cuándo acelerar. Ella cerró los ojos y se arqueó ligeramente hacia delante cuando introduje los dedos.

—Clara —dijo, en un tono distinto al de antes.

—¿Qué?

—Nada. Sigue.

Seguí. Aumenté el ritmo poco a poco, prestando atención a sus reacciones, a cómo cambiaba su respiración cuando hacía una cosa u otra. Oírla gemir sin ningún pudor, sin controlarse, me resultó más excitante de lo que habría imaginado. Cuando se corrió, se aferró a mi hombro con los dedos y soltó el aire en un largo suspiro.

—¿En qué piensas? —me preguntó después.

—En que esto me gusta mucho más de lo que esperaba —respondí.

Ella sonrió sin decir nada.

***

Pasamos a la piscina cuando el calor de la tarde empezaba a apretar de verdad. Nos metimos al agua con los bañadores puestos, como si necesitáramos ese paréntesis para respirar. Pero el paréntesis duró poco.

Valeria nadó hasta donde yo estaba, apoyada en el borde en el lado más profundo. Se colocó delante de mí, dentro del agua, y me besó. Un beso largo, con sabor a cloro y a algo más. Sus manos encontraron mi nuca y las mías rodearon su cintura sin pensarlo.

—Quítate el bikini —me dijo al oído.

—Estamos en la piscina.

—Lo sé.

Nunca había hecho topless. Nunca había estado desnuda al aire libre. Pero me desaté el nudo de la parte de arriba y lo dejé flotar a mi lado. Después ella deshizo el de la braguita y lo mismo.

Me senté en el bordillo de la piscina con las piernas colgando dentro del agua. Valeria se colocó de pie en la piscina, a la altura perfecta, y se inclinó hacia mí.

—El agua le da un sabor diferente —dijo, antes de bajar la cabeza.

Lo que hizo ahí, con la luz de la tarde cayendo oblicua sobre el jardín y el ruido del agua moviéndose despacio, fue el orgasmo más largo que recuerdo haber tenido. Llegó poco a poco y se quedó, como una ola que no termina de romperse.

Cuando salió del agua, me miró con una expresión que no supe descifrar del todo.

—¿Cuánto tiempo llevas sin correrte así con tu marido? —preguntó.

Pensé la respuesta un momento.

—Demasiado —dije.

***

Nos tumbamos en las hamacas a que se nos secara la piel. El sol ya empezaba a bajar y la tarde olía a hierba caliente. Ninguna de las dos habló durante un rato largo.

Fue ella quien se movió primero. Se giró hacia mí y deslizó una mano por mi vientre.

—¿Sabes lo que me gustaría? —preguntó.

—Dímelo.

—Que me lo hicieras tú. Con la boca.

Me quedé mirando el cielo durante un momento. Era la primera vez en mi vida que iba a hacer eso: llevar mi boca a otro sexo que no fuera el mío. Sentí algo entre el vértigo y la curiosidad, y decidí que la curiosidad podía más.

Me puse entre sus piernas.

No tenía técnica. Lo que tenía era instinto y las ganas de hacerlo bien, de darle algo parecido a lo que ella me había dado a mí. Empecé despacio, tanteando. Ella dirigió suavemente con la presión de sus manos sobre mi cabeza, sin palabras, solo con gestos. Fui aprendiendo sobre la marcha, prestando atención a cada señal que me daba su cuerpo.

—Así —dijo una vez, en voz muy baja.

Seguí. Sus caderas empezaron a moverse ligeramente, acompasadas con lo que yo hacía. Cuando llegó al orgasmo lo hizo con un gemido largo y un gesto lento con la mano sobre mi pelo que me resultó, por alguna razón que no supe explicarme, profundamente satisfactorio.

—Llevas una tarde entera siendo muy buena en esto —dijo después.

—Motivación —respondí.

***

Antes de que oscureciera del todo nos metimos en el baño. La bañera era grande y nos cupo a las dos sin dificultad. Nos quedamos un rato en el agua caliente, sin decir mucho. Ella apoyó la nuca en mi hombro desde atrás y cerró los ojos.

—¿En qué piensas? —preguntó al cabo de un momento.

—En que no sé cómo he llegado a los cincuenta y dos años sin saber que esto existía —dije.

—Estabas esperando a que alguien te lo enseñara.

Pasé la mano por su muslo dentro del agua tibia. Ella cubrió mi mano con la suya y me la apretó suavemente.

Seguimos en la bañera hasta que el agua se enfrió. Nos besamos una última vez antes de salir, un beso tranquilo, sin apresuramiento. Después nos vestimos en silencio y bajamos a la cocina a beber algo frío.

Cuando Valeria se marchó, me quedé en el salón con las luces apagadas durante un rato. Escuchaba el silencio de la casa, el mismo silencio de siempre, pero algo en él había cambiado de sitio.

Esa noche, cuando mis hijas llegaron a cenar, las miré de otra manera. No con deseo: con algo más parecido a la conciencia de que el mundo es más amplio de lo que creía. Y de que a veces hace falta que alguien de veintitrés años se plante en tu pasillo para que por fin lo veas.

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Comentarios (6)

CuriosaSiempre

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Adriana_76

Me emociono leerlo, se siente muy real. Esas cosas que uno nunca espera que pasen y de repente ahi estan...

NadiaQBA

Por favor necesito saber si hubo una segunda vez. Me quede con ganas de mas!

VivianaRC

Me recordo a cuando me di cuenta de cosas que no sabia de mi misma jaja. Excelente relato, muy bien contado

Mili_BA

Buenisimo!!! Me encanto

MarcelinaF

Me quedo la duda de como siguio todo despues. A veces estos descubrimientos lo cambian todo. Muy autentico, se lo siente real

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