Lorena volvió a buscarme cuando su marido dobló turno
Estaba acomodando la mercancía nueva en los anaqueles de la papelería cuando sonó el teléfono. Llevaba toda la mañana etiquetando cuadernos y bolígrafos, intentando que los proveedores nuevos justificaran el viaje hasta el sur de la ciudad. Levanté el auricular sin mirar la pantalla.
—¿Bueno?
—Hola, hermosa. ¿Cómo estás? —contesté en cuanto reconocí la voz al otro lado. Era Lorena.
—Bien, gracias —dijo ella, y noté el matiz de reproche—. Pensé que me llamarías después de lo que pasó. Quizás me equivoqué.
—Para nada. He estado ocupado con mercancía nueva y publicidad para el negocio. No me anda yendo todo lo bien que quisiera. Pero para desagraviarte, te invito a comer.
—Hoy no puedo, cariño. Mi marido llega temprano. Por eso me detengo en hablarte.
—Mejor seguimos como al principio, por chat —propuse—. Es más seguro para ti.
—Si tienes un rato, me conecto ahora.
—En una hora. Termino de etiquetar unas cosas y soy todo tuyo.
—¿Todo mío? —dijo con voz sugerente.
—Todo para ti, nena.
Cuando entré al chat, ella ya me esperaba. Hablamos casi dos horas, y entre frase y frase fue soltando lo que no se atrevía a decir en persona. Que solo había estado con su marido antes de mí. Que le había gustado todo: los avances en el cine, el roce en el metro, la discreción que mantuve frente a su comadre y a sus hijas. Que su esposo era de los que se ponían encima en posición misionera, terminaban en menos de diez minutos y no la volvían a tocar hasta tres días después. Si doblaba turno, podían pasar dos semanas sin que él la rozara.
—¿Y tú no haces nada cuando él se va?
—¿Como qué?
—Como cualquier cosa, Lorena. Tienes manos.
—No me gusta tocarme. Me da vergüenza.
—Conmigo no la tendrías.
Estuvimos en contacto los días siguientes. Las pláticas se volvieron cada vez más íntimas. Ella se animaba a contarme fantasías que jamás había compartido con nadie. Yo le contestaba con calma, sin presionar, sin pedirle nada. Esa lentitud era la única manera de que diera el siguiente paso.
El miércoles por la tarde, mientras atendía a un cliente que pedía cien sobres tamaño oficio, vi entrar un correo en mi teléfono. Era ella.
«Podríamos vernos el viernes. Mi marido dobla turno y mis hijas no van a la escuela. Quiero volver a sentirte.»
Le contesté en cuanto el cliente salió por la puerta.
«Será un placer. ¿A qué hora?»
Y enseguida abrí el chat. A los cinco minutos se conectó.
—Mi marido está por llegar. Las niñas se quedarán con mi comadre. A partir de las nueve estoy disponible.
—Paso por ti a las diez. ¿Te parece?
—Sí. Avísame y te espero en la esquina, en la base de las combis.
***
El viernes por la mañana cerré la papelería antes de tiempo y le dejé las llaves a mi madre. Le dije que iba a ver a unos proveedores nuevos, que llegaría después de comer. Asintió sin hacer preguntas; nunca las hacía.
Llegué a la base de las combis a las diez en punto. Lorena ya estaba allí, parada al borde de la banqueta, vestido azul marino corto y escotado, medias del mismo tono y zapatos negros. Llevaba un bolso pequeño y se mordía el labio inferior cada vez que pasaba un coche frente a ella. Cuando subió al asiento del copiloto, el perfume me golpeó antes que el saludo.
—¿A dónde quieres ir? —pregunté.
—A donde tú quieras, papi. Pero lejos de aquí.
Arranqué. Mientras manejaba con una mano, dejé caer la otra sobre su muslo. Ella la cubrió con la suya, sin retirarla.
—Conozco un motel discreto del lado de Zaragoza. Pasa desapercibido por el tráfico de la avenida.
—Perfecto. Por ahí no anda él.
Su mano subió desde mi muslo hasta el cinturón.
—¿Me decías en el metro que sabías dar masajes?
—Es lo mío. Y traigo aceites de romero y sándalo en la guantera.
—Estoy toda tensa, ¿sabes?
En cada semáforo aprovechaba para inclinarme y besarla. Le pasaba la mano por las piernas, le rozaba los senos por encima del vestido, pero ella no me dejaba subirle la falda. Decía que era de día, que cualquiera podía vernos. Le seguí el juego porque sabía que en el cuarto del motel la urgencia iba a ser otra.
***
Llegamos al motel veinticinco minutos después. Era de los que tenían cocheras individuales con cortinas para los autos. Cerré la lona, subimos por la escalera interna y abrí la puerta de la suite. Lorena entró primero. Cuando giró para verme, ya estaba abrazándose los codos como si tuviera frío.
—Tranquila, preciosa —le dije—. Aquí nadie se fija en nadie.
—Lo sé. Pero estoy nerviosa. Nunca había venido a un hotel para esto. Eres el segundo hombre de mi vida.
Me acerqué despacio y le quité el suéter ligero que llevaba sobre los hombros. Lo doblé en el respaldo del sillón.
—Hagamos esto. La suite trae servibar. Tomamos una copa, picamos algo, te relajas. Si en algún momento te incomoda algo, nos vamos. Sin reclamos.
Tomó mi mano y me besó la palma sin decir nada. Cuando me puse a servir las copas, ella se acomodó en el love seat de la esquina, junto a la ventana cerrada. Brindamos.
—Por que esto sea duradero —dije—, y por que disfrutes sin culpa, Lorena. Quiero que esta tarde seas tú misma. Sin freno.
—Voy a intentarlo. Mi marido es muy posesivo. Muy dominante.
—El primer paso ya lo diste al subir al coche.
Sonrió. Bebió un trago largo y vi cómo se aflojaban los hombros bajo el vestido. Tomé un puñado de cacahuates y nueces de la lata abierta y se los acerqué a la boca. Los aceptó con la lengua, masticando despacio. Mi otra mano subió por su rodilla y se metió bajo el dobladillo del vestido. No la detuvo. Separó un poco los muslos y dejó que mis dedos siguieran avanzando.
Tomé un trozo de chocolate, me lo puse en la boca y la besé. El beso se prolongó hasta que el chocolate se deshizo entre las dos lenguas. Ella se aferró a mi cuello con una fuerza que no esperaba. Mi mano llegó al elástico de la pantaleta y luchó por hacerla a un lado.
Cuando alcancé la piel cálida y húmeda, Lorena soltó un quejido contra mi oído. Pasé el dedo medio por sus labios de arriba abajo, presioné con el pulgar el clítoris y, al sentir cómo se arqueaba, hundí el dedo y lo curvé buscando el punto exacto. Se le encajaron las uñas en mi espalda. Me mordió el cuello.
—Despacio —pidió, sin querer que parara.
Bajé los tirantes del vestido y descubrí los senos, apenas contenidos en un brasier negro de media copa. Los pezones ya sobresalían por encima del encaje. Le bajé el vestido hasta dejarlo enrollado en la cintura y me quedé mirándola. Liguero negro, medias azules, una pantaleta de encaje con transparencias bajo un monte de Venus tupido y mojado.
—Eres demasiado, Lorena. ¿Lo sabías?
—Mi marido me dice que me visto como una cualquiera —murmuró, casi avergonzada—. Que estas cosas son para las putas.
—Tu marido no sabe nada.
***
La recosté en el love seat con una pierna doblada sobre el asiento y la otra apoyada en el suelo. Me incliné, le aparté la pantaleta y pasé la lengua de abajo arriba. Ella intentó cerrar las piernas por reflejo, pero mis hombros se lo impidieron. Le mordí los labios mayores con suavidad y volví a lamer, más profundo esta vez. Se le escapó un quejido grave, distinto a los anteriores.
—Estoy contracturada —dijo cuando levantó la cabeza—. Toda la espalda.
Le di la mano para que se levantara. El vestido azul cayó al piso. Quedó de pie, con liguero, medias, la pantaleta corrida bajo las nalgas y el brasier desabrochado. Fui por los aceites que había traído del coche y ya estaban tibios sobre el servibar.
—¿En verdad sabes hacerlo? —preguntó.
—Acuéstate boca abajo. Ahora vas a comprobarlo.
Se acomodó las pantaletas y se tendió sobre la alfombra. Me quité la ropa hasta el bóxer, calenté el aceite entre las manos y empecé por los hombros. Le terminé de soltar el brasier y lo aparté. Trabajé los nudos despacio, sin atajos. Hombros, omóplatos, espalda media, lumbares. La oí suspirar y entendí que la tensión se le iba sola.
Cuando empecé con los glúteos, le bajé un poco las pantaletas. Mi miembro, ya duro dentro del bóxer, rozaba sus muslos cada vez que me inclinaba sobre ella. Lorena se quedó callada, pero levantó las caderas un milímetro, lo justo para que entendiera lo que quería.
Saqué el miembro del bóxer y lo deslicé entre sus nalgas, primero en seco, después con el aceite resbalando por todas partes. Empezó a gemir bajito, mordiéndose el dorso de la mano. Le terminé de quitar la pantaleta y la dejé en un nudo a un lado. Mi cuerpo entero se concentraba en ese roce lento entre los glúteos, en la entrada de la vagina, en la retirada al filo del clímax.
—Ya me siento mejor —dijo en un susurro.
—Bien. Ahora el que necesita masaje soy yo.
—Yo no sé hacerlo.
—Te voy a enseñar.
***
La levanté de la alfombra y la llevé a la cama. Sus senos se mecían a cada paso. La acosté boca arriba y me coloqué a horcajadas sobre su pecho. Le puse el miembro entre los senos y los junté con sus propias manos. Empecé a moverme. Eran tan grandes que la punta apenas asomaba entre ellos.
Le rocé los labios con la cabeza del miembro y le metí los dedos en la boca.
—¿Te gustaría probarlo?
—No sé. Nunca lo he hecho.
—Mentirosa. ¿No le haces sexo oral a tu marido?
—Sí, pero no lo dejo terminar en la boca. Y cuando se me ha ido, lo escupo. Me da asco.
—Si nunca has tragado, ¿cómo sabes que no te gusta?
Saqué el miembro de entre sus senos y se lo apoyé en los labios. Me miró un segundo largo. Después sacó la lengua, recogió la gota que asomaba en la punta y la saboreó. No hizo gesto de asco. Abrió la boca y se metió varios centímetros. Empezó despacio, con la inseguridad de quien hace algo prohibido por primera vez. Me sostenía la base con una mano y, con la otra, me acariciaba los testículos.
—Qué gordos los tienes —dijo entre risas, sacándomelo un instante—. Y cómo cuelgan.
Se metió otra vez el miembro en la boca y aceleró el ritmo. Le sostuve la cabeza con la palma abierta, sin empujar, solo guiándola.
La giré sobre la cama y me tendí entre sus piernas en sesenta y nueve. Mientras ella seguía con la boca, le abría los labios con los pulgares y le pasaba la lengua sobre el clítoris en círculos lentos. Le metí dos dedos. Sentí cómo se le contraía la vagina, cómo me apretaba la base del miembro con la otra mano, y la oí soltar un grito que se debió escuchar en el pasillo.
—Ohhh, qué rico —jadeó—. Ya, ya, dámelo, por favor.
***
Me incorporé, la jalé hasta la orilla de la cama y, de un solo empujón, se lo metí entero. Se quedó un segundo en silencio, con la boca abierta, sin aire. Le acaricié los senos hasta que volvió a respirar. Después empecé a moverme con un ritmo continuo y profundo. Su vagina, estrecha al principio, se fue amoldando. Mis embestidas se volvieron más rápidas, más impetuosas, y ella encadenó dos orgasmos, uno detrás del otro, escandalosos.
La abracé y nos giré sobre la cama, dejándola encima. Empezó a cabalgarme. Le chupé los pezones mientras subía y bajaba. Se vio en el espejo lateral y aceleró el ritmo. Le puse las manos en las nalgas y la guié, marcándole el compás. Cuando cerró los ojos y se le tensaron los muslos, supe que no iba a aguantar mucho más. Le dejé ir todo dentro.
—No quiero moverme —murmuró sobre mi pecho, agitada.
—No te muevas.
***
Quedamos abrazados un rato largo. Mi miembro seguía duro dentro de ella. Cuando recuperó la respiración, la giré de costado y le subí una pierna hasta mi cintura. Empecé a moverme otra vez, lento, besándole el cuello, acariciándole el seno y la nalga.
—Para —pidió—. Estoy muy sensible.
Cambié el ritmo. Le humedecí el dedo medio con saliva y se lo apoyé en el otro orificio. Tensó al instante, pero no me detuvo. Empecé a presionar con suavidad, alternando con los besos en el cuello, hasta que cedió. Mi dedo entró sin resistencia. Se le escapó un quejido distinto, un quejido nuevo.
—Nunca lo había hecho así —susurró—. Pero se siente rico.
Saqué el miembro de la vagina. Ella lo agarró con la mano y se quedó quieta.
—No estoy lista para eso —dijo, mirándome.
—¿Pero te gustaría intentarlo?
—Tal vez. Pero hoy no. Ya es tarde, tengo que ir por las niñas.
—Otro día. Con tiempo, para hacerlo bien.
Me trepé sobre su pecho y le pasé el miembro por los labios.
—Necesito terminar. Quiero hacerlo en tu boca.
Separó los labios y me dejó entrar. Me agarró la base con la mano y empezó a llevarme hacia adentro y hacia afuera, marcando ella el ritmo. Cuando ya no pude más, empujé hasta el fondo y descargué. Tuvo un atisbo de arcada, pero tragó. Siguió chupando hasta que terminé y, después, me limpió con la lengua hasta dejarme totalmente seco.
—Hummm —dijo, con una sonrisa pequeña—. No saben tan mal.
***
Nos metimos a la regadera juntos. La enjaboné de hombros a tobillos, ella me devolvió el favor sin prisas, pero sin volver a tocarme con intención. Se vistió rápido. El vestido azul, el liguero, las medias. Se peinó frente al espejo y se pasó un labial discreto que sacó del bolso.
—¿Cómo me veo?
—Como una mujer que viene de comer con su comadre.
—Bueno. Esa será la versión oficial.
La acerqué hasta dos calles antes de la casa de la comadre. Antes de bajar, se inclinó y me dio un beso largo, distinto al de la mañana. Más suyo, menos urgente.
—Nos leemos en el chat —dijo.
—Cuando quieras.
Cerró la puerta y caminó sin mirar atrás. Me quedé un minuto con las manos en el volante, oliendo todavía el sándalo en la piel. Cuando arranqué, supe que no iba a ser la última vez.