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Relatos Ardientes

Dos hombres en un día y ningún arrepentimiento

La semana que me tumbó en cama terminó el domingo sin aviso, como termina la lluvia fuerte: de golpe. Me desperté con hambre, con energía y con esa inquietud en el cuerpo que solo conoce quien lleva días encerrada sin tocarse. Abrí la ventana, el sol entraba despejado y supe que esa tarde tenía que ser mía.

Llevaba varios días mensajeándome con Damián entre fiebre y malestar. Me mandaba textos que me ponían los pelos de punta aunque estuviera envuelta en cobijas, descripciones precisas de lo que me iba a hacer en cuanto me viera. Habíamos quedado el lunes por la tarde y yo ya no cabía de la emoción. Cuarenta y dos años y todavía me ponía así leyendo mensajes en la cama.

A media mañana me llamó mi hermana para pedirme un favor: necesitaba unas cosas del mercado que yo tenía cerca. Le dije que sí sin pensarlo. Agarré el bolso, me puse unos pantalones ajustados y una blusa escotada que me ponía siempre que quería sentirme bien, y salí. Hacía calor. Perfecto.

El mercado era el de siempre, con los mismos locatarios de siempre que me conocían de verme llegar cada semana. Compré lo que me pidió mi hermana, pasé por tortillas calientes y, mientras esperaba, los mecánicos del taller de enfrente me miraban sin disimulo. Uno silbó. Otro le dijo algo al de su lado en voz baja. Yo los miré de frente y sonreí despacio.

Eso me puso de un humor fantástico.

Caminé de regreso moviendo las caderas un poco más de lo necesario, escuchando algún piropo suelto por el camino. Para cuando llegué a mi departamento, ya tenía todo el cuerpo encendido y la tarde todavía estaba lejos. Dejé las bolsas en la cocina, me cambié rápido —falda corta, blusa de tirantes, sin brasier— y le escribí a Ernesto para que pasara por mí.

Ernesto era una especie de taxista de cabecera desde hacía años. Sabía cuándo no preguntar y cuándo llevarme adonde fuera sin hacer comentarios. En diez minutos estaba abajo tocando el claxon.

Le pedí que me llevara a la base de transporte donde trabajaba Damián. Él asintió sin sorprenderse y tomó la carretera que bordea las colonias del sur. Llegamos en menos tiempo del que calculé. La zona era amplia, con calles sin pavimentar y terrenos baldíos por todos lados. La base tenía camiones estacionados en filas y varios conductores sentados afuera tomando agua, revisando motores, matando el tiempo.

Bajé y busqué el camión de Damián. No estaba.

Un hombre joven se acercó enseguida, con bermuda y playera grande, mirada directa y una sonrisa que llegó antes que sus palabras. Me preguntó a quién buscaba.

—A Damián —le dije.

Asintió despacio.

—Acaba de salir. Va a tardar un par de horas por lo menos.

En ese momento llegaron dos hombres más. Uno era mayor, con manos oscuras de grasa, uniforme de trabajo y cara curtida por el sol. El otro traía la camisa de la ruta, cabello corto y los brazos llenos de tatuajes hasta los codos. El joven se fue con el mecánico a revisar algo, y el chofer tatuado se quedó conmigo.

—¿Eres conocida de Damián? —preguntó.

—Algo así —respondí.

Me miró diferente a partir de ese momento. No con disimulo sino con la franqueza de alguien que decide ir directo. Me dijo que él podría llevarme con Damián de camino, que iba a llevar su unidad a un taller y quedaba de paso. Así no tendría que esperar tanto.

Sabía exactamente qué me estaba ofreciendo.

Y yo también lo sabía. Pero llevaba una semana encerrada, tenía el cuerpo pidiendo guerra desde el mercado, y ese hombre me miraba como si pudiera leerme el pensamiento. Acepté.

Me tomó por el codo y caminamos a una camioneta grande estacionada entre dos camiones de carga. Algunos conductores que estaban afuera intercambiaron miradas al vernos pasar. Subí al asiento del copiloto sintiéndome observada por todos, con el corazón acelerado y las mejillas calientes.

La cabina era amplia. Salimos de la base y tomó un camino lateral paralelo a unas torres de alta tensión, con la excusa de que por ahí se cortaba tiempo. Las calles eran de tierra, íbamos despacio, y cada bache me hacía rebotar en el asiento. Él aprovechaba cada pausa para mirarme las piernas.

Yo se las dejaba ver.

A los pocos minutos frenó en un tramo sin casas.

—Damián me habló de ti —dijo, sin rodeos—. Me contó cosas.

Me giré a mirarlo. Él ya se estaba desabrochando el cinturón.

—Me dijo que eres muy buena —continuó—. Y que a él le cuesta compartirte, pero yo llevo tiempo pensando en comprobarlo.

Abrió el pantalón. Sacó su pene, ya duro, y empezó a sobárselo mientras me miraba esperando mi reacción. Le dije que seguramente me estaba confundiendo con alguien. Sonrió.

—Damián te describió perfectamente —respondió—. Pelo castaño. Falda corta. Ojos que no mienten.

Sacó la cartera del bolsillo y dejó un billete doblado sobre el tablero.

—Solo quiero que me lo chupes. Te pago bien por eso.

Debería haberme bajado. Eso era lo razonable. Pero llevaba días sin tocar a nadie, tenía el cuerpo encendido desde el mercado, y ese hombre olía a trabajo y a algo que no podía nombrar pero que me revolvía el estómago de una manera muy específica. Me incliné hacia él.

Tomé su pene con la mano y lo sopeé. Estaba caliente. Me acerqué y le di un beso en la punta, apenas rozando. Él contuvo el aire. Me gustó ese momento, esa fracción de segundo en que un hombre seguro de sí mismo queda quieto esperando lo que vas a hacer.

Lo lamí de abajo hacia arriba, despacio, sintiéndolo latir bajo mi lengua. Puso la mano en mi nuca, sin presionar, solo apoyándola. Lo atrapé entre los labios y empecé a succionar con calma, saboreando cada centímetro, escuchando sus respiraciones cortarse de a una.

—Damián no exageró nada —murmuró.

Lo chupé varios minutos. Cuando levanté la cabeza para respirar, él me miraba con la mandíbula apretada y los ojos más oscuros que antes.

—Quiero cogerte —dijo.

—Eso no estaba en el trato —respondí, y me senté recta en el asiento.

Silencio. Me miró sin desesperarse. Sacó otro billete y lo puso encima del primero.

—Todo lo que traigo —dijo—. Y nadie se va a enterar. Te lo juro.

Lo pensé el tiempo justo para que no pareciera demasiado fácil. Tomé los billetes, los guardé en el bolso y bajé de la cabina. Abrí la puerta trasera y subí.

Él llegó detrás, sujetándose el pantalón, con esa urgencia de quien no puede creer que el momento sea real. Extendió una toalla vieja sobre el asiento. Cuando se arrodilló frente a mí y me pasó la lengua sin más preámbulo, me aferré al respaldo.

Hacía una semana que no sentía eso.

Cuando empezó a penetrarme, cerré los ojos. Era grueso y llenaba bien, con esa firmeza de quien no necesita demostrar nada. Me levantó la blusa y me apretó los senos con las dos manos mientras empujaba. Yo gemí sin intentar callarlo.

Cambiamos de posición varias veces. Primero con él encima, después yo sentada sobre él con más libertad. Cuando bajamos de la camioneta para seguir afuera, sobre la toalla extendida en el suelo, el sol pegaba fuerte y un hombre en una propiedad cercana nos miraba desde su barda sin fingir que no lo hacía.

Eso me puso todavía más.

Me vine dos veces. La segunda encima de él, con la espalda arqueada y el sol en la cara, escuchando al de la barda silbar desde lejos. Cuando él ya no aguantó más, me aparté y me puse en cuclillas para acabarlo en la boca. Sus dedos se enredaron en mi pelo.

Nos lavamos con agua de una cubeta que guardaba bajo el asiento de la cabina. Nos vestimos despacio, con esa calma que viene después de hacer algo que no habías planeado. Me dio su número antes de bajar. Me dijo que se llamaba Rodrigo. Hasta ese momento no lo sabía.

Le escribí a Ernesto y Rodrigo esperó conmigo hasta que llegó. Me miró alejarse con el taxi y no dijo nada más.

***

Llegué a casa pasada la una. Me duché, me puse algo cómodo y me recosté en el sofá a ver televisión sin verla de verdad. Tenía la cabeza en otro lado.

Mi celular vibró. Era Damián.

Me decía que ya venía de regreso, que se moría por verme, que me pusiera algo cortito porque quería sentir mis piernas todo el camino. Leí el mensaje dos veces.

Tendría que estar cansada. No estaba cansada en absoluto.

Subí a buscar ropa. La falda más corta que tenía, una blusa sin mangas, bragas chiquitas. Me recogí el pelo y pedí un taxi. En veinte minutos estaba en el punto que habíamos acordado. Damián cruzó las vías del tren con el camión y cuando me vio en la esquina empezó a tocar la bocina.

Subí haciendo como si pagara el pasaje.

—¿A dónde va, señorita? —preguntó con esa sonrisa torcida que tenía.

Miré hacia el fondo del camión, vacío.

—A donde me puedas coger —le dije.

Me senté a su lado. Íbamos hablando, él paraba en algunas esquinas, los pasajeros iban bajando de a poco. Cuando el camión quedó vacío, me subió la falda con una mano mientras manejaba con la otra. Yo lo dejé. Tenía el volante ocupado, así que no podía hacer mucho más, pero le bastaba para recordarme por qué había venido.

Paramos a comer en una marisquería que él conocía. Comimos bien, tomamos cerveza, nos besamos en la mesa aprovechando que los manteles largos cubrían lo que hacían sus manos en mis piernas. Salimos de ahí con ganas de no seguir esperando.

Cuando volvimos al camión, me puse de rodillas en el pasillo antes de que él dijera nada. Lo saqué y lo chupé mientras el camión estaba estacionado. Después volvimos a circular, los dos con el deseo ya sin disimulo, y en una calle ancha y poco transitada me pidió que me sentara sobre él mientras manejaba.

Lo hice.

Condujimos así varios minutos. Lento, muy lento, yo moviéndome apenas para no perder el equilibrio, él con una mano en mi cadera y los ojos entre el espejo y la calle. En un semáforo, unos taxistas en la base de enfrente nos vieron. Uno llamó a los otros. Yo los saludé con la mano mientras seguía moviéndome. Damián se rió bajo la respiración.

Nos fuimos a una calle sin salida que él conocía y terminamos en la parte trasera, sin ropa, sin prisa, con la música puesta para que no se escuchara nada más. Me corrí encima de él con una intensidad que me temblaron las piernas. Él acabó dentro, con las manos en mi cintura y la cabeza echada hacia atrás.

Después fuimos a su casa. Se duchó, yo también, y nos metimos a su cama todavía con el pelo mojado. Esta vez fue diferente: más lento, más adentro, sin urgencia. Me puse de lado y él entró desde atrás, moviéndose con una cadencia que no tenía prisa. Me estimulaba con los dedos mientras lo hacía. No tuve que pedirle nada.

Me vine otra vez antes de que él acabara. Cuando terminó, me quedé escuchando su respiración normalizarse en la oscuridad del cuarto.

Eran casi las siete. Tenía que volver.

Me vestí mientras él me miraba desde la cama sin decir mucho. Antes de salir me pidió algo para recordarme. Me quité las bragas y se las dejé sobre la almohada. Caminé las dos cuadras hasta donde me esperaba el taxi sin ropa interior, con el aire de la noche entrando fresco entre mis piernas, pensando que había sido un lunes extraordinariamente bueno.

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Comentarios (7)

Pancho_BsAs

Que relatazo!!! Uno de los mejores que lei en mucho tiempo

CristinaLZ

Por favor necesito una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues con los dos jajaja

Marito_lector

Me encanto la forma en que lo contaste, se siente autentico. Sigue escribiendo asi!

RocioLect

increible!!! me dejo sin palabras

EduardoFdez

La verdad que es un relato muy bien escrito, con personalidad propia. Lo que mas me gusto es que la protagonista no tiene culpa de nada, vive y listo. Eso se agradece porque muchos relatos le dan demasiado drama a cosas que no lo necesitan. Esperando mas de este estilo.

LorenaMdQ

jajaja el titulo lo dice todo, sin arrepentimientos!!!

Valeria_NQN

Me pregunto si es una historia real o de ficcion... porque suena muy creible jeje. Muy bueno de todas formas

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