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Relatos Ardientes

La pareja del resort que lo cambió todo

Llevábamos poco más de un año juntos cuando mi madre nos regaló una semana en un resort de spa en la costa mediterránea. Yo me llamaba Andrés y estudiaba segundo de económicas. Sofía, mi novia, compartía campus aunque en otra facultad, y entre exámenes, prácticas y trabajo en grupo no nos habíamos dado un respiro en meses. La noticia nos cayó como agua fresca en agosto: una semana lejos, sin agenda, sin obligaciones.

Sofía era de esas chicas que detenían las conversaciones cuando entraban en una habitación, sin proponérselo. Tenía una figura de curvas amplias y generosas, el tipo de cuerpo que en las revistas solo existe con retoques, pero el de ella era completamente real: pechos grandes y firmes, caderas anchas, una cintura que pedía ser rodeada. Yo, la verdad, era del montón. Mediano en todo. Pero siempre me habían dicho que sabía hablar, y con Sofía eso había sido más que suficiente.

La mañana del viaje pasé a buscarla temprano. Cuando abrió la puerta llevaba un vestido de tirantes corto, color crema, y unas sandalias planas. Sin sujetador, eso lo noté de inmediato. Tenía el pelo recogido en una cola alta y se había pintado las uñas de rojo. Antes de que dijera «buenos días», ya me había puesto duro.

El trayecto era largo, casi seis horas. Sofía se quedó dormida al poco de salir de la ciudad. Mientras conducía la miraba de reojo: el vestido se le iba subiendo con cada curva, dejando a la vista la parte alta de los muslos y el borde del tanga. Cuando pasaban camiones, notaba cómo el conductor bajaba la vista un momento. Eso me generó algo extraño, una mezcla de orgullo y de algo más difuso que entonces no supe nombrar exactamente. No eran celos. Era otra cosa.

Paré a repostar en una gasolinera solitaria de carretera. El empleado era un hombre de unos sesenta años, manos curtidas, con una sonrisa lenta. Limpió el parabrisas con una parsimonia innecesaria mientras miraba a Sofía, que seguía dormida con el vestido levantado. Cuando fui a pagar dentro, me dijo algo sobre que llevaba «buena compañía de viaje». Me molestó. Salí sin responder y arranqué sin darle más vueltas. Pero el hecho era que, diez kilómetros después, seguía empalmado.

***

El resort superó todas las expectativas. Era uno de esos complejos de adultos donde el silencio es un servicio más: sin niños corriendo, sin animadores con micrófonos, sin música de fondo estridente. Solo piscina, spa, restaurante y gente que venía a descansar de verdad. Sofía se despertó justo cuando apagué el motor y tardó un momento en ubicarse, mirando alrededor con los ojos entornados.

—Es bonito —dijo.

En ella, eso era un cumplido enorme.

En la habitación, mientras deshacíamos las maletas, Sofía sacó los bikinis. La mayoría eran los de siempre: discretos, funcionales. Pero entre ellos apareció uno que me dejó sin palabras: minúsculo, apenas unos triángulos de tela naranja unidos con cordones finos.

—¿Y ese? —pregunté.

—Me lo compró Claudia, mi hermana —dijo, guardándolo rápido—. Me convenció en la tienda. Lo traje para ponérmelo aquí, solo contigo, pero no pienso ir a la playa con eso. No quiero que me miren los babosos.

Yo me quedé con la imagen en la cabeza mientras terminaba de cambiarme de ropa. El simple hecho de imaginármela con ese bikini me puso en un estado que Sofía notó de inmediato, señalando mi bañador con una ceja levantada.

—Primero baja eso. Luego bajamos a la piscina.

***

La piscina era amplia y tranquila, rodeada de tumbonas de madera y una barra de cócteles en un extremo. La media de edad era elevada: cuarentones bien conservados, cincuentones con ese bronceado de quien veranea en serio, algún jubilado con la barriga al sol. Nosotros éramos, con diferencia, los más jóvenes. Sofía eligió un bikini blanco, se ató el pareo en la cadera y se peinó con descuido. Aun así, cuando caminamos hacia las tumbonas, varias cabezas giraron.

Nos instalamos a mitad de camino entre el agua y la barra. Sofía se tumbó y se aplicó crema en las piernas con esa lentitud inconsciente que tenía para hacer que cualquier gesto rutinario pareciera algo más. Yo me recosté en mi tumbona y observé el entorno con calma.

A nuestro lado había una pareja que llamaba la atención. Ella rondaba los cincuenta y cinco pero lo llevaba de una manera que muchas mujeres más jóvenes envidiarían: cabello oscuro, piel morena por el sol, con una figura generosa que no disimulaba. Estaba en topless, sin ninguna incomodidad visible, con los pechos redondos caídos de forma natural y las areolas oscurecidas por años de veraneos. Él era más alto, calvo, con una barriga cervecera rotunda y franca, pero irradiaba esa seguridad tranquila de los hombres que han dejado de preocuparse por lo que piensan los demás.

Cuando fui a la barra a buscar algo de beber, el hombre se acercó también. Me miró con ojos risueños.

—Roberto —dijo, tendiéndome la mano. Era grande y áspera—. Y aquella es Carmen.

—Andrés. Mi novia se llama Sofía.

—Primera vez aquí, ¿verdad? Lo sé porque si hubierais venido antes os recordaría.

—Nos lo regalaron. Necesitábamos desconectar después del año.

—Venimos dos veces al año —dijo Roberto—. El spa es una maravilla. Y hay una cala a veinte minutos que es de otro mundo. Mañana, si os apetece, podríamos ir juntos. Llevamos carpa, así que sombra no os faltaría.

Algo en su tono era directo sin ser invasivo. Me cayó bien de inmediato. Volvimos a las tumbonas con las bebidas y pasamos la tarde charlando los cuatro. Sofía se animó pronto, con esa facilidad suya para conectar con cualquiera. Y yo me di cuenta de que cada vez que ella reía o se movía, los ojos de Roberto la seguían con una atención discreta pero inequívoca.

Lo que me sorprendió no fue notarlo. Lo que me sorprendió fue lo que sentí al notarlo.

La misma sensación de la gasolinera. No era rabia. Era algo con más carga que los celos.

Carmen, mientras tanto, no era exactamente discreta conmigo. En un momento en que los otros dos estaban enfrascados en una conversación, se acomodó de lado en su tumbona y una de sus areolas oscuras quedó perfectamente a la vista. No pareció importarle que yo lo viera. Creo que era exactamente lo que buscaba.

Fui dos veces más a la barra a buscarle a Sofía el «zumo gratis de la pulsera», que descubrí demasiado tarde llevaba alcohol incorporado. Nada excesivo, solo lo suficiente para que se riera más y se moviera con menos inhibiciones. Roberto tampoco dejó que su copa estuviera vacía en ningún momento de la tarde.

***

A media tarde subimos a la habitación antes de la cena. En cuanto cerré la puerta, me lancé sobre Sofía. Le quité la parte de arriba del bikini y la sujeté por los pechos, firmes y pesados, con los pezones duros por el sol. Ella empezó a besarme con una urgencia que no era la de siempre, mordiéndome el labio, empujando las caderas contra las mías como si no pudiera esperar.

La tumbé en la cama. Le quité el resto de un tirón. Estaba más húmeda de lo habitual, mucho más, y cuando le pasé la lengua por el clítoris soltó un gemido que casi me hizo perder el control antes de tiempo. La llevé al orgasmo así, y después ella me bajó el bañador y me miró con esa expresión que solo ponía cuando estaba realmente encendida.

—Fóllame —dijo. Nunca me hablaba en esos términos.

No lo dije dos veces. La penetré despacio al principio, notando cómo me envolvía, y luego empecé a moverme con más fuerza. Cuando estaba a punto de correrse por segunda vez, me paró sujetándome las caderas.

—Espera. Todavía no.

Se colocó encima de mí. Empezó a moverse muy despacio, arriba y abajo, con los ojos entornados y el pelo suelto cayéndole por la cara.

—¿Te han gustado los pechos de Carmen? —preguntó, sin dejar de moverse.

—Sí —dije. No tenía sentido mentir.

—A ti Roberto no te quitaba ojo. Se veía que le gustabas mucho —respondí, intentando que el juego fuera en los dos sentidos.

—Sí que miraba, el muy... —se rio a medias, mordiéndose el labio inferior, sin parar.

Seguimos así hasta que ninguno de los dos pudo aguantar más. Fue el polvo más intenso que habíamos echado desde que estábamos juntos. Algo en hablar de ellos mientras lo hacíamos le añadía una carga distinta a todo.

***

Nos duchamos juntos, nos vestimos y bajamos al restaurante. Carmen llevaba un top ajustado sin sujetador y una falda blanca que se transparentaba con la luz de las velas. Roberto, camisa de lino y bermudas. Sofía se había puesto un vestido negro de tirantes con unas sandalias de tacón bajo, el pelo suelto. Cuando nos saludamos, vi que Roberto observó el detalle del vestido en cuanto la miró. Ella también se dio cuenta. No dijo nada.

La cena fue larga y buena: vino tinto, conversación, risas. Roberto tenía ese talento de los hombres que han vivido mucho para contar cualquier cosa sin que resultara aburrida. Carmen era más contenida pero más afilada: cuando soltaba un comentario, solía dejar a alguien sin respuesta con una sonrisa tranquila.

Después de los postres, Carmen propuso el plan de la cala para el día siguiente y quedó acordado. Sofía aceptó mirándome para que yo confirmara, ya con el vino corriendo.

Fuimos a la terraza donde tocaba un grupo en directo. No había demasiado ambiente, pero bailamos de todas formas. Roberto sacó a Sofía a bailar una bachata y yo lo vi colocarle la mano en la parte baja de la espalda, justo en el límite. Sofía no la apartó. Se movían bien juntos, mejor de lo que habría esperado para alguien con su físico.

Carmen me sacó a mí. Me dijo que la dejara llevar, y lo hice. Olía a coco y a algo más cálido que no supe identificar. Cuando se pegó, lo hizo sin disculparse, y notó perfectamente lo que ese contacto me provocó a través de la tela del pantalón.

—Me alegra saber que todavía genero ese efecto —dijo al oído, con una sonrisa en la voz.

—No es algo que pueda controlar —respondí, intentando no sonar como un adolescente.

—No querrías poder hacerlo —dijo ella, separándose apenas lo suficiente para mirarme a los ojos un momento antes de volver a moverse.

***

Nos despedimos alrededor de la una. En el ascensor, Sofía apoyó la cabeza en mi hombro y no dijo nada. Cuando entramos a la habitación se quitó el vestido directamente y se metió en la cama desnuda. Hacía calor. Me quedé mirándola un momento antes de desvestirme yo también y tumbarme a su lado.

La luz de la luna entraba por las persianas y dibujaba una línea blanca sobre las sábanas.

—Roberto sabe bailar —dije, sin saber muy bien por qué lo decía.

—Sí que sabe. Carmen tampoco se quedó atrás contigo. Os he visto.

—Baila bien —dije yo—. Roberto se pegó bastante a ti.

—Todos nos pegamos bastante esta noche. —Pausa corta—. Además... tengo que decirte una cosa.

—Dime.

—Se le notaba una erección enorme mientras bailábamos. No de las normales. Una tranca seria.

Lo dijo sin dramatismo, casi como una observación de pasada, y eso por alguna razón que no entendí del todo hizo que yo me pusiera duro en ese instante. Me giré hacia ella. Estaba húmeda otra vez, no de antes sino de ahora mismo, de haberlo pensado mientras me lo contaba.

La penetré sin preámbulos, de un solo movimiento, y ella soltó un sonido que no era exactamente un gemido sino algo más primario, como si lo hubiera estado esperando desde que habíamos vuelto al cuarto. Fue rápido, cargado, sin adornos. Nos corrimos casi a la vez y después me tumbé boca arriba mirando el techo mientras ella se pegaba a mi costado.

Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato.

—Mañana en la cala —murmuró ella al final, casi dormida—. ¿Crees que irá en topless?

—Carmen —respondí—. Seguramente sí.

—Bien —dijo Sofía, y cerró los ojos.

Yo me quedé despierto un poco más, pensando en cómo ese día había empezado siendo unas vacaciones normales y había terminado siendo otra cosa completamente distinta. Algo había cambiado entre los dos, o quizás dentro de cada uno por separado, sin que ninguno lo hubiera decidido exactamente. Afuera, el mar rompía contra la orilla con la misma calma indiferente de siempre, como si todo aquello fuera lo más natural del mundo.

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Comentarios (6)

Charly_mdp

excelente relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

gustavo_nocturno

Por favor que haya una segunda parte. Me quede con ganas de saber como siguio todo eso entre las dos parejas.

RobertoViajero

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace años, esas situaciones de resort tienen algo especial que te baja las defensas. Muy bien contado.

SebasLector

Habrá continuacion? El final deja con ganas de mas...

MauriRosario

Lo que mas me gusto fue ese momento inicial, cuando describe la confusion de sentimientos. Bien escrito, sin ser burdo.

Patricia_86

Increible como lo narraste, se siente muy real. Sigue escribiendo!

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