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Relatos Ardientes

La señora que cedió al chico del barrio

4.3(12)

Tengo cuarenta y seis años, un divorcio a cuestas y la certeza recién adquirida de que uno puede adaptarse a cualquier cosa si no le queda más remedio. Mi marido me dejó por alguien del trabajo. El cliché más viejo del mundo, convertido en mi vida real.

Lo peor no fue el engaño. Lo peor fue tener que dejar el barrio donde había vivido los últimos dieciséis años y acabar en este edificio de la calle Acacia, donde las paredes huelen a humedad y los vecinos no se miran al cruzarse en el portal. El alquiler era lo único que podía permitirme con la pensión de mi ex y los pocos ahorros que conservé tras el divorcio.

Mi hijo Marcos tiene dieciocho años y es la única razón por la que me levanto cada mañana. Es reservado, tranquilo, del tipo que no busca problemas. En el barrio de antes eso no importaba. Aquí importa demasiado.

La primera señal llegó un martes: la nariz partida y esa mirada de quien ha entendido algo brutal sobre cómo funciona el mundo antes de estar preparado para entenderlo.

—¿Qué te ha pasado? —le pregunté, intentando tocarle la cara.

Me apartó la mano sin violencia pero sin dudarlo.

—Nada. Ya se me pasa.

Se encerró en su cuarto. No cenó.

Después vinieron los silencios prolongados, las tardes enteras frente a la pantalla, las excusas para no salir. Y luego empezaron a desaparecer cosas: primero un billete del monedero, después algo del cajón de la cocina. Pequeñas cantidades que yo veía y callaba, observando.

Una noche me puse el abrigo oscuro y lo seguí.

Se dirigió al parque Minerva, a tres manzanas de casa. En la pista de baloncesto había cuatro chicos con música saliendo de un altavoz portátil. Todos un par de años mayores que mi hijo. Me escondí detrás de un árbol grande y me quedé quieta, con el frío de noviembre en las piernas y el corazón en la garganta.

Me fijé en uno de ellos enseguida: alto, hombros anchos, una camiseta de tirantes pese al frío, los brazos cubiertos de tatuajes hasta el codo. Tenía esa forma de ocupar el espacio que tiene la gente que no necesita demostrar nada porque su sola presencia ya lo demuestra.

Vi cómo Marcos sacaba un billete del bolsillo con los dedos temblando.

Vi cómo el chico lo cogía, lo guardaba y empujaba a mi hijo con una suavidad que era peor que un golpe.

—El miércoles el resto —dijo.

Caminé de vuelta a casa sintiendo que algo frío y decidido se instalaba en mi estómago.

***

Dos noches después volví al parque. Sola. Con las manos apretadas dentro de los bolsillos del abrigo y una historia improvisada en la cabeza.

—¡Abel! —grité desde el borde de la pista.

El chico se giró. Me miró como si fuera una mancha fuera de sitio, algo que no encajaba.

Se acercó despacio.

—¿La conozco?

—Soy la madre de Marcos —dije, intentando que la voz me saliera firme—. He venido a avisarte de que si vuelves a extorsionar a mi hijo, lo denuncio. Tengo un abogado y la otra noche grabé lo que vi.

Era mentira. No tenía nada.

Abel soltó una risa corta y miró de reojo a sus amigos.

—Esta señora dice que soy extorsionista —anunció al grupo, con una carga de burla que me hizo encoger.

Las carcajadas llegaron desde el fondo de la pista. El calor de la humillación me subió a la cara.

Los demás volvieron al aro. Abel se quedó frente a mí, demasiado cerca, hasta que pude sentir el calor de su cuerpo pese al frío de la noche.

—Señora, yo no extorsiono a nadie. A Marcos le presto un servicio: me aseguro de que nadie lo moleste. Este barrio es complicado y hay quien no sabe moverse solo. —Hizo una pausa, sin apartar los ojos de mi cara—. Si usted prefiere que lo deje a su aire, puedo hacerlo. A ver cómo le va.

El pánico me golpeó antes de que pudiera razonarlo. Le agarré del brazo sin pensar, notando el calor de su piel.

—¿Cuánto quieres? —solté.

Abel bajó la vista hacia mi mano en su brazo. Se tomó su tiempo para responder.

—Eso ya lo vemos. Venga el lunes por la noche. Sin su hijo.

Se dio la vuelta y volvió a la cancha.

***

Pasé la semana convenciéndome de que no iría. Me repetí que llamaría a la policía, que hablaría con Marcos, que encontraría otro camino. Pero cada tarde, cuando mi hijo llegaba a casa y soltaba esa tensión acumulada en el sofá como quien llega a un refugio, se me iba la convicción.

El lunes por la noche le dije que bajaba a tirar la basura.

Abel estaba solo en el parque, sentado en un banco junto a la pista, fumando con la espalda apoyada en el respaldo. Al verme llegar, apagó el cigarrillo contra la suela de la zapatilla y se levantó sin prisa.

—Puntual —dijo.

—Dime cuánto —respondí, clavando los pies en el suelo.

Pero no me estaba escuchando. Me estaba mirando. Esa mirada lenta, sin prisa, sin disimulo, que empezaba en mi cara y bajaba sin detenerse, deteniéndose en mis tetas bajo la blusa, en la curva de las caderas, en los muslos que la falda dejaba entrever. La clase de mirada que te hace consciente de cada centímetro de tu propio cuerpo.

—Hay que estar muy equivocado de la vida para dejar escapar a una mujer como usted —dijo, casi en voz baja—. Con esas tetas, ese culo… Su ex es gilipollas.

—Esto no va de eso.

—¿No? —Acortó la distancia entre nosotros—. Tengo curiosidad por saber una cosa. ¿Lleva bragas o tanga? ¿Está afeitado ese coño o tiene pelito?

El calor me subió a la cara tan rápido que no tuve tiempo de controlarlo.

—Eso no es asunto tuyo.

—Me lo pregunté desde la primera vez que la vi. Con esa falda. Se me puso dura ahí mismo, en la cancha, pensando en cómo debe follar una mujer como usted.

—Abel, he venido a hablar de dinero y de mi hijo, no de...

—Hay formas de arreglar esto que no pasan por el dinero.

Me quedé quieta. Su voz era tranquila, casi razonable, lo cual resultaba más desconcertante que cualquier amenaza directa.

—¿Qué formas? —logré articular, aunque ya sabía la respuesta.

—Quítese las bragas aquí y dármelas. Eso es todo. Esta semana.

El mundo se redujo a ese banco, esa farola, ese metro y medio de distancia entre nosotros.

Me dije que era absurdo. Me dije que tenía que irme. Me repetí las dos cosas mientras mis manos buscaban el dobladillo de la falda con una decisión que no venía de mi cabeza sino de algún lugar más oscuro y más práctico, ese lugar donde habita el instinto de proteger a un hijo.

Me subí la tela despacio. Sentí el frío del aire de noviembre golpeándome los muslos. Me bajé la ropa interior por las rodillas y la saqué con cuidado para no engancharme el tacón en la puntilla. La entrepierna de la braga estaba húmeda, y ese detalle me dio más vergüenza que estar mostrándome desnuda debajo de la falda ante un desconocido de veintipocos.

Abel no dijo nada durante todo ese tiempo. Me miraba con una atención fija que hacía que cada movimiento me pareciera enorme, definitivo. Cuando la tela se despegó de mí, sus ojos bajaron un instante al triángulo que la falda ya no cubría del todo, y sonrió.

—Coño de mujer madura. Con pelo. Como me gustan.

Le tendí la prenda con la mano extendida, sin levantar los ojos.

Él la cogió, se la llevó a la nariz sin ningún disimulo y aspiró despacio, cerrando los ojos un segundo como quien saborea algo. Después la miró a la luz de la farola, palpando la mancha húmeda entre el índice y el pulgar.

—Mojada —murmuró—. Mírala. Viene a hacerse la digna y viene con las bragas empapadas.

—Cállate —susurré, con la voz temblando.

Se la guardó en el bolsillo interior de la sudadera, contra el pecho.

—Hasta el lunes que viene.

Caminé de vuelta al portal sintiendo la falda rozando directamente mi piel, el aire frío colándose entre mis muslos y humedeciendo aún más un coño que llevaba años sin ser mirado por nadie, y la certeza de haber cruzado una línea que no tiene vuelta atrás.

***

Cuatro días después sonó el timbre.

Marcos abrió. Escuché dos voces en el recibidor y me asomé al pasillo.

Abel. En el umbral de mi casa, con la misma sudadera negra de siempre, llenando el espacio con esa presencia física que hacía parecer más pequeño todo lo que había a su alrededor.

—Mamá, te presento a Abel. Es un amigo del barrio.

Abel me miró. Sonrió apenas, lo justo para que yo entendiera que estaba disfrutando de este momento concreto. Se llevó dos dedos al bolsillo del pecho, sobre el corazón, y presionó la tela con una lentitud deliberada. Mis bragas seguían ahí. Debajo de esa sudadera. En mi propio recibidor.

—Encantada —logré decir.

—Tu madre parece muy seria, Marcos —dijo Abel, y en su voz había una ironía que solo yo podía descifrar.

Se metieron en el cuarto de mi hijo. Estuve dos horas paseando por el pasillo como un alma en pena, incapaz de sentarme, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera que ese chico estaba a seis metros de mí, al otro lado de una puerta fina, y que llevaba mis bragas usadas encima como un trofeo.

Cuando salieron, Abel pasó por la cocina y se despidió con un gesto de cabeza.

—Señora. El lunes.

***

El segundo lunes llegué al parque con los nervios convertidos en algo físico: un temblor que empezaba en las rodillas y no paraba de subir.

Abel estaba solo, fumando en el banco, con una lata de cerveza al lado. Al verme, apagó el cigarrillo.

Me acerqué y llevé las manos al dobladillo de la falda, decidida a acabar con aquello lo antes posible. Pero antes de que pudiera subir la tela, su mano grande se cerró sobre mi muñeca y me detuvo en seco.

—Hoy no.

—¿Cómo que no?

—Hoy quiero algo diferente.

Se levantó. Me puse rígida, pero no retrocedí. No supe luego por qué no retrocedí.

Me llevó hacia la oscuridad detrás del árbol más grueso de la plaza, donde la farola no llegaba. Me empujó contra la corteza con una firmeza que no era violencia pero tampoco era una pregunta.

Su boca llegó a la mía antes de que pudiera decir nada.

El primer instante fue solo presión y sorpresa. Después, en algún punto que no fui capaz de identificar, dejé de resistirme. Su boca sabía a tabaco y a algo más oscuro, y besaba sin vacilar, sin pedir permiso, ocupando el espacio que yo iba dejando libre. Su lengua se metió entre mis labios y la mía respondió sin que yo se lo hubiese ordenado, como si tuviera memoria propia y hubiese esperado años a que la usaran.

Cuando se separó, su frente rozaba la mía.

—Llevas mucho tiempo sin que nadie te bese de verdad —dijo. No era una pregunta.

No respondí. Bajó una mano y me la coló bajo la falda de un solo movimiento. Los dedos ásperos me buscaron directamente entre los muslos y me encontraron mojada otra vez, sin bragas, expuesta.

—Joder —murmuró contra mi oreja—. Está usted chorreando, señora.

Me pasó dos dedos por la raja del coño, arriba y abajo, sin prisa, empapándolos. Encontró el clítoris y lo apretó con la yema como quien prueba un botón. Se me escapó un jadeo que quise tragarme y no pude.

—Calladita —dijo, sonriendo contra mi cuello—. Que este parque tiene ventanas.

Metió un dedo. Después dos. Los curvó dentro de mí y empezó a moverlos con una seguridad que me hizo pensar, en un rincón absurdo de mi cabeza, en cuántas mujeres del barrio habrían pasado por ese árbol antes que yo. Su palma me golpeaba el clítoris a cada empuje. Le mordí el hombro para no gritar.

—Así, sí —murmuró—. Móntese en mi mano. Vamos.

Empujé la cadera contra sus dedos sin darme cuenta. Me odié por hacerlo y seguí haciéndolo. Sentí que se me venía algo desde el fondo, algo que llevaba años sin sentir, y él lo notó, porque sacó los dedos justo antes.

—No. Todavía no.

Me chupó los dedos delante de mí, uno tras otro, sin apartar los ojos de los míos.

—Sabes a mujer buena —dijo—. A las que no se les da bien follar solas mucho tiempo.

Tomó mi mano y la colocó contra su cuerpo, sobre la tela del chándal. Sentí la dureza debajo. Caliente. Insistente.

—Quiero que lo hagas tú —murmuró—. Con la mano. Sácamela.

—No pienso...

—Para proteger a Marcos, sí piensas.

Lo odié en ese momento. Lo odié con una claridad que no cambiaba nada porque tenía razón.

Le bajé el elástico del chándal y del bóxer. La polla saltó fuera dura, gruesa, pesada, con la vena marcada por debajo y la punta ya brillando de humedad. Era la primera vez en años que tocaba a alguien que no fuera mi ex marido, y la diferencia fue tan evidente que tuve que cerrar los ojos un instante para recuperarme. Mi ex nunca había tenido una polla así. Nunca me había pesado así en la mano.

La rodeé con los dedos y no me llegaban a cerrarse del todo. Empecé a moverme. Lento al principio, deslizando el prepucio sobre el glande, subiendo, bajando, notando cómo cada pasada le arrancaba un jadeo apretado entre los dientes. Abel apoyó una mano en el árbol por encima de mi cabeza y dejó escapar un sonido bajo, casi contenido, como si no quisiera dar demasiado.

—Escúpela —ordenó—. Que resbale bien.

Junté saliva y la dejé caer sobre la punta. La extendí con el pulgar, dando vueltas alrededor del glande, y la mano se me deslizó de golpe con un ruido húmedo que en aquella oscuridad me sonó obsceno.

—Así, señora. Así. Con las dos manos.

Puse la otra mano abajo, en la base, y empecé a subirlas y bajarlas a la vez, girando la muñeca en cada pasada, apretando más en la punta. Abel se estremeció y su cadera empezó a moverse por su cuenta, follándome las manos.

—No te detengas —dijo entre dientes.

—Prométeme que no le pasará nada a mi hijo —pedí. Mi voz salió más floja de lo que quería.

No respondió con palabras. Metió la mano por el cuello de mi camisa con una firmeza que me cortó el aliento y me sacó una teta por encima del sujetador. La sopesó, la apretó, se agachó y me atrapó el pezón con la boca. Chupó fuerte, con los dientes rozándolo, hasta que se me endureció como una piedra, y después bajó la boca a mi cuello. Lo mordió. Primero con suavidad, después con más presión, hasta que tuve que apretar los dientes para no hacer ruido.

—Más rápido —gruñó—. Ordéñamela.

Aceleré. La polla se le hinchó más entre mis manos, el glande morado, tenso. Sentí su respiración volverse más corta, más irregular. Me apretó la teta con una mano mientras con la otra me agarraba la nuca y me forzaba a mirar hacia abajo, entre nuestros cuerpos, para que viera lo que le estaba haciendo. La quería ver corriéndose. Quería que yo la viera.

En algún momento dejé de pensar en el barrio, en los lunes, en Marcos, en todo lo que me había traído hasta ese árbol, y solo estaba allí, en esa oscuridad, con esa sensación extraña y perturbadora de tener algún poder sobre alguien que creía tenerlo todo sobre mí. Sentía mi propio coño palpitando bajo la falda, vacío, chorreando por dentro de los muslos.

—Me voy —jadeó—. Me corro.

—Aquí no, encima de mí no —susurré, asustada.

—Abre la boca.

—Abel, por favor…

—La boca. O te lo escupo en la blusa y así vuelve a casa.

Me arrodillé sin pensarlo, con las medias hundiéndose en la tierra húmeda. La tuve delante de la cara, roja, dura, latiéndome contra los labios. Abrí la boca. Él se agarró la base y se la sacudió dos veces sobre mi lengua.

Cuando llegó al final lo hizo con un sonido que le vibraba en el pecho, tenso y contenido. Sentí el primer chorro caliente golpearme el paladar, después otro en la lengua, otro que se me escapó por la comisura y me bajó por la barbilla. Espeso, salado, mucho más de lo que recordaba. Me quedé quieta, con la boca abierta y la corrida acumulándose dentro, sin saber qué hacer con ella.

—Trágatela —dijo, agarrándome del pelo por detrás—. Toda. Sin escupir.

Cerré los ojos y tragué. Bajó ardiendo. Después me pasó el pulgar por la comisura, recogió lo que se había escapado y me lo metió en la boca. Se lo chupé sin abrir los ojos, hasta que quedó limpio.

—Buena chica —murmuró, y esa palabra en su boca me quemó más que todo lo demás.

Me quedé unos segundos de rodillas, escuchando cómo volvía al ritmo normal de su respiración. Me ayudó a levantarme tirándome del codo, casi con cortesía. Después me metió una mano bajo la falda otra vez, encontró el clítoris hinchado y me lo frotó rápido, apretado, sin dejarme respirar.

—A ver si esa señora se corre también, que se lo debe.

No aguanté ni un minuto. Me vine contra su mano mordiéndole el hombro por encima de la sudadera, con las rodillas cediéndome y el orgasmo saliéndome desde tan hondo que me dio miedo. Años. Habían pasado años desde la última vez.

Después me aparté. Busqué el pañuelo en el bolso. No lo miré a la cara.

—Cuida de mi hijo —dije, en voz muy baja.

—Ya lo hago —respondió. Con la misma calma de siempre—. Y usted la próxima semana viene sin ropa interior desde casa. Lo pensé mientras me corría en su boca.

Me di la vuelta y caminé hacia la salida del parque. La hierba mojada amortiguaba mis pasos. El frío me golpeaba la cara. Y yo seguía sin bragas bajo la falda, con el sabor de su corrida todavía en la garganta y el coño palpitándome entre los muslos por un orgasmo que no había pedido.

En el portal me detuve un momento, apoyando la espalda contra el buzón metálico, dejando que el frío del metal me aclarara la cabeza.

Marcos estaría en el sofá. Con la serie puesta. Sin saber nada.

Subí las escaleras sin encender la luz.

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Comentarios(8)

Marta_77

excelente, de los mejores que lei ultimamente!!

Nico_BA99

quede con ganas de mas! necesito saber como sigue esto, porfa segunda parte

JuanCruz88

me recordo a algo que paso en mi barrio hace anos jajaja, muy real todo

Luna_de_noche

esperando ansiosa la continuacion!! cuando publicas mas?

LectorBA_99

muy bien narrado, la tension se siente desde el principio. Me encanto

Tomas_cba

jaja el chico sabia bien lo que queria y fue directo nomas

VeroFan42

pocas veces un relato te atrapa tan rapido. Muy buena la manera de contar la historia, autentica y sin vueltas. Mas por favor!

Caro88

hermoso relato :)

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