Lo que pagué por ser la imagen del instituto
El Instituto Meridiana de Formación Continua no era el lugar más lujoso de la ciudad, pero tenía algo que otros centros no tenían: Gonzalo Fuentes. El rector llevaba más de veinte años al frente de esa institución y, con los sesenta y cuatro que cargaba encima, seguía siendo un hombre que sabía cómo entrar en una habitación. Se vestía con trajes de corte italiano, usaba gemelos de plata y conducía un sedán oscuro que aparcaba siempre en el mismo sitio, como si el asfalto le debiera algo.
Tenía una manera de mirar a las mujeres que no era exactamente descaro sino algo más calculado: una evaluación lenta, sin prisa, que te hacía saber con precisión lo que estaba pensando sin que él tuviera que decirlo. La piel bronceada, el cabello gris peinado hacia atrás y esa costumbre de quitarse los anteojos antes de hablar, como si quisiera verte mejor. Era un hombre que había aprendido a leer a las personas como quien lee un periódico: con rapidez y sin perder nada importante.
Yo llevaba un año y medio en el programa de actualización profesional. Tenía treinta y ocho años, dos divorcios en el historial y la determinación tranquila de alguien que ha aprendido, a golpes, que nadie regala nada. También tenía, según me decían sin que yo lo pidiera, un cuerpo que no correspondía con mi edad: tetas firmes que todavía se sostenían solas, un culo redondo y respingón, y un coño que, según el último idiota que había pasado por mi cama, sabía apretar como si tuviera veinte años. Y no iba a fingir que eso no me había servido de nada en la vida.
Gonzalo me había mirado desde el primer día. No era ningún secreto. Tampoco era el único, pero sí era el que miraba con más paciencia, y esa paciencia me interesaba más que la urgencia de los demás.
***
Un lunes de marzo apareció en los tablones de anuncio un cartel impreso con letras grandes: Concurso de Embajadora del Instituto — inscríbete antes del viernes. Según explicaba el texto, la ganadora representaría a la institución en ferias educativas, jornadas de puertas abiertas y eventos del sector durante el resto del año. Foto oficial, mención en la web del centro, una compensación económica modesta.
Había al menos treinta mujeres que iban a apuntarse antes del mediodía. Lo supe antes de que terminara el primer descanso. Lo supe porque escuché los comentarios en el pasillo, porque vi cómo se agolpaban frente al tablón, porque conozco cómo funciona la ambición cuando se le pone un nombre y una fecha límite.
Yo me apunté el martes. Sola, sin hacer ruido, sin contárselo a nadie.
***
La oficina del rector estaba al fondo del pasillo principal, detrás de una puerta de madera oscura que siempre olía a cera de parqué y papel viejo. Entré a las diez de la mañana con el formulario en la mano y la determinación de alguien que sabe que está jugando con ventaja, aunque todavía no sepa exactamente cuál.
— Señorita Montoya —dijo él sin levantarse, mirándome por encima de los anteojos—. ¿A qué debo este placer?
— Quiero inscribirme en el concurso —respondí, dejando el formulario sobre su escritorio.
Gonzalo lo cogió, lo leyó durante exactamente un segundo y lo dejó a un lado. Luego me miró a mí. Ese tipo de mirada que empieza por los ojos y baja despacio, sin disimulo, sin la menor intención de disimularlo. Se detuvo en mis tetas el tiempo justo para hacerme saber que las había visto, y siguió bajando hasta la falda como si estuviera calculando exactamente qué había debajo.
— Siéntese, por favor.
Me senté. Crucé las piernas despacio, con la falda un dedo más arriba de lo estrictamente necesario. Él lo notó y no apartó la mirada.
— ¿Ha participado antes en este tipo de concursos? —preguntó.
— No —dije—. Pero sé cómo ganarlos.
Él arqueó una ceja. Una sonrisa muy pequeña le cruzó la comisura del labio.
— Eso me gusta. La confianza en una mujer madura es algo difícil de encontrar.
— En algunas mujeres.
— En las que valen la pena, sí.
Mientras yo rellenaba los datos que faltaban en el formulario, Gonzalo se levantó y se colocó detrás de mí. No dijo nada. Solo estaba ahí, cerca, con ese perfume suyo a madera y tabaco que llenaba el espacio sin pedir permiso. Yo incliné la cabeza sobre el papel y seguí escribiendo. Sentía su presencia sobre la nuca como algo físico, como calor, y también sentía cómo se me tensaban los pezones bajo la blusa sin que yo se lo hubiera pedido a mi cuerpo.
— Tiene muchas competidoras —dijo finalmente.
— Lo sé.
— Algunas considerablemente más jóvenes.
— También lo sé.
— ¿Y aun así se presenta?
Levanté la vista y lo miré directamente a los ojos.
— Precisamente por eso.
***
Antes de salir, Gonzalo me retuvo un momento con una mano sobre el dorso de la mía. Un gesto breve, calculado, que duró exactamente lo necesario para que el mensaje llegara sin lugar a dudas.
— Si quiere algún consejo sobre cómo preparar su candidatura —dijo—, puede pasarse esta tarde, después de las seis. Cuando el edificio esté más tranquilo.
Asentí. No dije nada más. No hacía falta.
Esperé a que salieran los últimos alumnos. Recogí mis cosas despacio, sin prisa, y cuando el pasillo quedó en silencio y los pasos en la escalera se apagaron del todo, me dirigí hacia su despacho y llamé con tres golpes discretos.
— Pase.
Estaba de pie junto a la ventana, con una copa de coñac en la mano y la ciudad detrás, ya encendida en luces. Me ofreció otra copa. La acepté. Nos quedamos un momento así, los dos de pie, sin decir nada, dejando que la situación se asentara antes de que cualquiera de los dos la moviera.
— ¿Sabe por qué la elegí a usted? —preguntó finalmente.
— Todavía no me ha elegido —respondí.
Sonrió con más amplitud que por la mañana.
— Tiene razón.
Se acercó despacio. Dejó la copa sobre el escritorio sin apartar los ojos de mí y colocó una mano sobre mi cintura, con una firmeza que no era violenta sino simplemente segura. Yo no me moví. Lo dejé llegar porque quería que llegara, porque había algo en aquel hombre mayor, tranquilo y seguro de sí mismo que despertaba en mí una parte que yo creía más dormida de lo que estaba.
Me besó despacio, con una calma que no esperaba. Los hombres de su edad, cuando llegan a ese punto, suelen ir deprisa, como si tuvieran miedo de que el cuerpo los traicione. Gonzalo no. Gonzalo besaba como alguien que sabe exactamente lo que va a pasar después y no tiene ninguna prisa en llegar. Eso me descolocó más que cualquier urgencia.
Sus manos recorrieron mi espalda, bajaron hasta la falda y la subieron lentamente, centímetro a centímetro, hasta que la tela quedó arrugada sobre mis caderas. Me desabrochó la blusa botón por botón, sin apartar la boca de mi cuello, y cuando mis tetas quedaron al aire, sujetas todavía por el sujetador negro, murmuró algo que no entendí del todo pero que sonó a satisfacción. Me bajó las copas con los pulgares, dejó los pezones tiesos al descubierto y se agachó a chupármelos uno detrás del otro, sin prisa, mordiéndolos apenas, tirando de ellos con los labios hasta que se me escapó un jadeo que no supe contener.
— Qué tetas —dijo contra mi piel—. Qué tetas, joder.
Yo apoyé los brazos sobre sus hombros y me dejé levantar hasta quedar sentada en el borde del escritorio, entre sus papeles y su copa a medio terminar. Él me abrió las piernas con las dos manos, sin preguntar, y se quedó mirándome el coño a través de las bragas negras un momento largo, como quien evalúa una pieza que va a comprar.
— Hay algo en usted —murmuró contra mi cuello— que me ha tenido distraído desde que entró por esa puerta el primer día del curso.
— Lo sé —dije.
— ¿Y no le molestaba?
— Depende de lo que hiciera con esa distracción.
Metió la mano bajo mi falda y apartó la tela de mi ropa interior con cuidado, sin prisa. Sus dedos encontraron exactamente lo que buscaban: el coño ya húmedo, entreabierto, esperándolo desde hacía más rato del que yo iba a admitir en voz alta. Deslizó un dedo por toda la raja, de abajo hacia arriba, recogiendo mi humedad y llevándola hasta el clítoris con una precisión que me hizo cerrar los ojos. Yo solté el aire que estaba reteniendo.
— Está empapada —dijo—. Empapada desde esta mañana, me atrevería a decir.
— Desde hace más —respondí, y él sonrió.
Era hábil. No torpe ni impaciente, sino deliberadamente hábil, como alguien que ha prestado mucha atención durante muchos años y ha aprendido que la paciencia tiene sus propias recompensas. Me metió dos dedos despacio, hasta el fondo, y los curvó buscando ese punto que solo encuentran los hombres que llevan décadas follando y prestando atención. Con el pulgar me frotaba el clítoris en círculos lentos, exactos, mientras los dos dedos entraban y salían con un ritmo que iba subiendo grado a grado. Me tocó sin prisa ninguna, leyendo cada respuesta de mi cuerpo, hasta que yo empecé a moverme contra su mano sin darme cuenta de que lo estaba haciendo, echando el coño hacia adelante, buscando más, apretándolo dentro de mí.
— Míreme —dijo.
Lo miré. Eso fue lo único que me pidió en todo ese tiempo. Y mientras me miraba, sin apartar los ojos ni un segundo, me metió un tercer dedo y aceleró el ritmo hasta que se me escapó un gemido largo, sostenido, que rebotó en las paredes forradas del despacho. No me dejó correrme. Justo antes, cuando yo ya estaba empezando a temblar, sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándome.
— Todavía no —dijo—. Todavía no.
***
Me bajé del escritorio. Le desabroché el cinturón, le bajé la cremallera y le liberé la polla, que era más gruesa de lo que un hombre de sesenta y cuatro años tiene derecho a tener. Estaba dura, tiesa contra su vientre, con la punta ya brillando de líquido preseminal. Me arrodillé frente a él sobre la alfombra oscura de su despacho.
Gonzalo apoyó la mano en mi cabeza con una ligereza que no era debilidad sino control absoluto. Yo le agarré la verga con una mano por la base, saqué la lengua y le lamí despacio de arriba abajo, siguiendo la vena gruesa que le subía por el lado, hasta que llegué al glande y me lo metí entero en la boca. Escuché el sonido de su respiración cambiar, profundizarse, convertirse en algo menos administrado que cualquier otra cosa que le hubiera escuchado decir. Eso me gustó. Que un hombre tan contenido perdiera aunque fuera un centímetro de esa compostura por lo que yo hacía con la boca.
Se la mamé despacio al principio, dejando que se me llenara la boca de saliva, moviendo la lengua alrededor del glande cada vez que llegaba arriba. Luego empecé a bajar más, hasta que la punta me tocaba el fondo de la garganta y tenía que aguantar la respiración. Le chupaba los huevos entre embestida y embestida, se los lamía uno por uno mientras le trabajaba la polla con la mano, y volvía a metérmela hasta atragantarme, dejando hilos de saliva colgando de la barbilla. Cuando empezó a tensar la mano sobre mi cabeza, cuando su respiración se convirtió en algo que ya no podía controlar del todo, supe que iba por el camino correcto.
— Así —murmuró—. Exactamente así.
Me empujó la cabeza contra su verga con una firmeza medida, sin llegar a forzarme, marcando el ritmo que él quería. Yo me dejé. Que me follara la boca era parte del acuerdo que aún no habíamos firmado con palabras. Cuando lo sentí demasiado cerca, cuando noté que la polla se le hinchaba un grado más dentro de mi boca, me la saqué y le lamí la punta con la lengua plana, mirándolo hacia arriba, sonriendo.
— Todavía no —le devolví—. Todavía no.
***
Se sentó en la silla de cuero detrás del escritorio, con la polla dura apuntando al techo, brillante de saliva. Yo me quité las bragas, me subí la falda hasta la cintura y me coloqué encima, de espaldas a él, con el culo apoyado en su regazo. Con una mano me sujeté a los reposabrazos, con la otra le agarré la verga y me la fui metiendo despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría el coño, cómo me llenaba de una manera que no esperaba de un hombre de su edad.
— Joder —dije, cuando la tuve entera dentro.
— Muévete —susurró él contra mi nuca—. Como tú quieras.
Empecé a subir y bajar despacio, ondulando las caderas, apretando el coño alrededor de su polla cada vez que la tenía dentro hasta el fondo. Él me sujetaba por la cintura sin forzar nada, dejándome llevar, siguiendo mi compás con una disciplina que empezaba a parecerme su rasgo más seductor. Con las manos me subió la blusa del todo y me agarró las tetas por detrás, pellizcándome los pezones al ritmo que yo marcaba con las caderas.
Era una sensación densa, completa, que me llenaba entera. Yo me montaba encima de él con una furia contenida, apoyando los pies en el suelo para tener más impulso, dejándome caer con todo mi peso sobre esa verga que parecía hecha a medida. Le oía respirar detrás de mi oreja, le oía morderse los labios para no gemir, le oía murmurar cosas contra mi cuello: qué coño más rico, qué coño más apretado, así, así, no pares.
El silencio del edificio vacío amplificaba cada sonido. La silla de cuero crujiendo bajo el peso de los dos, el chapoteo de mi coño empapado tragándose su polla una y otra vez, la respiración de los dos, mis propios gemidos que yo intentaba contener y que él no me pedía que contuviera.
Después de un rato me hizo levantarme. Me dobló sobre el escritorio, boca abajo, con las tetas aplastadas contra la madera fría y el culo en pompa. Me subió la falda del todo, me abrió las nalgas con las dos manos y se hundió otra vez de una sola embestida, sacándome un grito que me tapé yo misma con la mano.
— Silencio —dijo, aunque con una sonrisa en la voz—. Aún queda gente en el edificio.
— Pues fóllame callado —le respondí.
Y me folló callado. Con embestidas largas, profundas, cogiéndome del pelo con una mano y de la cadera con la otra, entrando hasta el fondo cada vez, haciendo que el borde del escritorio se me clavara en el hueso de la cadera. Yo apretaba el coño alrededor de su polla en cada retirada, chupándosela desde dentro, notando cómo cada embestida me llegaba más adentro que la anterior. No tardé en sentir que algo se acumulaba en mí, apretado y urgente, con esa presión familiar que sube desde dentro y que cuando llega no pide permiso.
Gonzalo se dio cuenta antes que yo. Bajó la mano libre por debajo, me buscó el clítoris con dos dedos y empezó a frotármelo en círculos apretados sin dejar de embestir. Luego se inclinó sobre mí y me mordió el cuello con suavidad en el momento exacto en que yo menos me lo esperaba, y eso fue suficiente. Más que suficiente. Me corrí sobre su polla con un gemido largo que él me sofocó tapándome la boca con la otra mano, sintiendo cómo las paredes del coño se me contraían alrededor de él en oleadas que no podía controlar.
Él aguantó unas embestidas más, notándome venir, y luego se salió a tiempo. Me dio la vuelta, me sentó en el borde del escritorio y se corrió sobre mis tetas y mi vientre en chorros gruesos, calientes, mientras yo le acababa de exprimir la polla con la mano, mirándolo a los ojos. Se corrió mucho. Más de lo que esperaba. Chorros largos que me marcaron desde el cuello hasta el ombligo, resbalando entre los pechos, cayéndome por los costados.
Tardamos un buen rato en recomponernos. Cuando me limpié y me arreglé la ropa frente al espejo pequeño del baño contiguo, él ya estaba otra vez sentado en su silla, con la corbata perfectamente en su sitio y la copa recién rellenada en la mano, como si la última hora hubiera sido un paréntesis que ni siquiera merecía nombrarse. Eso también, inexplicablemente, me gustó.
***
A la mañana siguiente, una de las auxiliares administrativas me entregó en mano una nota escrita con tinta azul sobre papel del instituto. Solo decía: Pase por mi despacho a las diez. G.F.
Cuando entré, Gonzalo estaba revisando documentos. No levantó la vista de inmediato.
— Siéntese, por favor.
Me senté.
— Su candidatura avanza bien —dijo, pasando una página—. Más de lo que esperaba, francamente. Ha despertado un interés particular entre los miembros del patronato.
— ¿El patronato?
— Doce personas. Financiadores históricos del instituto, hombres con criterio propio y mucha experiencia en la toma de decisiones. —Por primera vez desde que entré, me miró—. El veredicto final siempre lo da el patronato. Es la norma desde la fundación del centro. Yo puedo hacer una recomendación, naturalmente, pero ellos tienen la última palabra sobre cualquier representación oficial.
Hizo una pausa. Volvió a dejar el bolígrafo sobre el escritorio.
— Han pedido conocerla personalmente. Una reunión en la sala de juntas, esta tarde a las cinco. Informal, me han dicho. Solo quieren hacerle algunas preguntas antes de dar el veredicto definitivo.
Asentí despacio, procesando cada palabra.
— ¿Cuánto tiempo durará la reunión? —pregunté.
Gonzalo me miró durante un momento que se extendió más de lo cómodo.
— Eso —dijo— depende de usted.
***
La sala de juntas estaba al final de un corredor que yo no había recorrido nunca, detrás de una puerta más ancha y más pesada que la del despacho del rector. Llamé una vez. Alguien desde dentro dijo «adelante» con una voz grave que no reconocí.
Empujé la puerta.
Había doce hombres sentados alrededor de una mesa larga de madera oscura. Todos mayores. Todos con traje. Todos con esa misma expresión de paciencia calculada que tenía Gonzalo, pero multiplicada por doce y sin ninguno de sus matices amables. Me miraron en silencio durante un momento que duró demasiado. Me recorrieron con los ojos como si ya me hubieran desnudado antes de que yo cerrara la puerta.
El hombre que presidía la mesa, canoso y con las manos entrelazadas sobre el tablero, señaló la silla vacía al otro extremo.
— Señorita Montoya —dijo—. Nos alegra que haya aceptado la invitación. El rector nos ha hablado muy bien de usted. Extraordinariamente bien, si le soy franco.
Sonreí. Me senté. Crucé las piernas. Noté cómo doce pares de ojos seguían el mismo movimiento.
— Solo queda que nosotros corroboremos el criterio del rector —continuó—. Confiamos en él, naturalmente, pero en este patronato tenemos la costumbre de formarnos nuestras propias opiniones. Espero que lo comprenda.
Pensé en la copa de coñac. En el escritorio. En la nota escrita a mano con tinta azul. En el semen todavía caliente resbalando entre mis tetas la noche anterior.
Pensé en todo lo que había hecho para llegar hasta esa silla y me pregunté, por primera vez desde que me apunté en el tablón aquel martes, si todavía era suficiente.