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Relatos Ardientes

Lo que el rector mayor me pidió por la corona

El rector del Instituto Belmonte había pasado los sesenta hacía rato, pero no era de esos viejos que se dejaban estar. Llevaba trajes a medida, mocasines lustrados y un anillo grueso en la mano izquierda que cualquiera habría confundido con compromiso. No era compromiso: era un rubí que él mismo se había regalado el día que firmó la escritura del edificio.

Manejaba un coupé alemán color grafito y aparcaba siempre en el lugar más visible del estacionamiento, donde lo veían las alumnas al entrar. Lo conocíamos mejor de lo que él imaginaba.

Mi hermana Camila y yo llevábamos dos años en esa academia privada y, desde el primer día, sentimos que su mirada nos buscaba en los pasillos. Camila tiene un año más que yo y comparte mi tipo: morenas, altas, con esa estructura que el uniforme escolar no consigue disimular. Yo cumplí los diecinueve en marzo. Valeria, dijo el rector la primera vez que pasé lista frente a su despacho, nombre de reina.

Tenía fama de aprovecharse, eso lo sabía media academia. Las chicas se reían en los baños, contaban historias a medias, dejaban caer detalles. Ninguna terminaba la frase. Mi hermana me había advertido a comienzos del semestre.

—Valeria, no te quedes a solas con él. Nunca.

Yo le sonreí y no le contesté.

Si esa puerta se abre, prefiero ser yo quien decida cuándo cruzarla.

***

El lunes amanecieron pegados los carteles por todo el edificio. «Certamen Reina del Belmonte. Inscripciones abiertas en el despacho del rector». Letras doradas, una corona impresa que parecía sacada de un casino y, abajo, su firma redonda. Un premio en metálico, una banda y, lo más jugoso, la representación oficial del instituto en los actos del año. Era el tipo de cosa que servía para inflar currículos y abrir puertas afuera.

En menos de dos días había treinta nombres en la lista. Mi hermana se negó a participar.

—Es un circo —dijo masticando el sándwich del recreo—. Hace eso para tocar.

—Lo sé.

—¿Y aun así te inscribes?

Le sostuve la mirada. Camila me conocía lo suficiente para no insistir. Apretó los labios, sacudió la cabeza y siguió comiendo.

Esa misma tarde fui a inscribirme.

***

El despacho olía a madera vieja y al perfume amaderado que él se ponía de más. Estaba sentado detrás del escritorio, con el saco colgado del respaldo y los puños de la camisa doblados dos vueltas. Cuando entré, se le iluminó la cara como si yo fuese justo lo que estaba esperando.

—Pasa, preciosa. Cierra la puerta.

La cerré. No con llave, pero la cerré.

—Quería inscribirme.

—Por supuesto que sí. Acércate. Llena este formulario aquí, con tranquilidad.

Empujó hacia mí una hoja con campos que cualquiera podría completar en treinta segundos. La diferencia era que no me ofreció una silla. Me incliné sobre el escritorio para escribir y sentí en la nuca el silencio raro de un hombre conteniendo el aliento. La falda se me subió un dedo, dos, tres. No la bajé.

Escribí mi nombre en mayúsculas. Mi hermana habría girado la cabeza para increparlo. Yo seguí escribiendo.

—Tienes la letra clara —murmuró por encima de mi hombro—. Eso me gusta.

Levanté la vista. Estaba a un palmo. Olía a tabaco frío y a café del de máquina.

—Sé lo que puede significar este certamen para una chica como tú —dijo—. Si te interesa de verdad, vuelve hoy a las siete. Cuando ya no haya nadie. Te voy a contar cómo se gana.

Le di las gracias con la voz más suave que tenía. La de las alumnas modelo. Le sonreí con la boca cerrada, le devolví el formulario y caminé hacia la puerta sabiendo que él me miraba el contorno hasta el último paso.

***

A las siete y diez toqué la puerta. Quería que pensara que no iba a venir. Quería que se le acelerara el pulso por adelantado.

—Pensé que ya no aparecías —dijo. Tenía la corbata floja y un vaso bajo en la mano. Whisky—. Pasa.

—Estaba esperando que se vaciaran los pasillos.

—Inteligente.

Cerró él esta vez. Con llave.

—Siéntate.

Me senté en el sillón de cuero frente al escritorio, con las rodillas juntas y las manos sobre el regazo. Él se sirvió otro dedo de whisky y se acercó.

—Tú y tu hermana siempre me llamaron la atención —dijo despacio, como saboreando cada palabra—. Pero contigo es distinto. Tú sabes lo que tienes. Camila se lo niega. Tú lo administras.

—¿Eso es bueno o malo, rector?

—Para mí, buenísimo.

Dejó el vaso sobre el escritorio. Me tendió la mano. La acepté. Tiró de mí hacia arriba sin esfuerzo, como si yo fuese una de las cosas que se le permitían en ese despacho.

—Una alumna preciosa, lista, con un cuerpo así —dijo apoyándome la otra mano en la cintura—. Sería injusto que no fueras tú la reina.

—¿Y qué hace falta, rector?

Le tomé la corbata con dos dedos y le aflojé el nudo. No me di prisa. Quería que entendiera que la prisa la marcaba yo.

—Que estés a la altura.

—Estoy a la altura.

Me besó. No fue un beso de hombre tímido. Fue el de alguien que se sabe propietario del despacho, del edificio y, durante esa noche, de mí. Le seguí el ritmo y, cuando intentó retroceder para mirarme, fui yo la que lo empujó contra el escritorio.

***

—Quítate la falda —dijo con la respiración corta.

Me la bajé despacio. Él hizo lo mismo con mi blusa. Quedé en ropa interior blanca, exactamente como quería que él me viera. El rector emitió un sonido raro, a medio camino entre el suspiro y el rezo. Me sentó sobre el escritorio, apartó papeles y agendas con el antebrazo y se inclinó hasta apoyar la frente contra mi vientre.

—Llevo meses pensando en esto.

—Lo sé.

Me bajó las bragas con los dientes. Me abrió los muslos con las dos manos y enterró la cara entre ellos. La barba canosa me raspó la piel antes de que la lengua me alcanzara el clítoris. Cerré los ojos. Sentí el aire frío de la oficina contra los pezones y, debajo, la boca tibia de un hombre que llevaba demasiado tiempo imaginándose ese momento.

Era hábil. No fingía. La mano izquierda me sujetaba la cadera; la derecha me abría sin pedir permiso, dos dedos dentro, tres después. Yo respiraba por la nariz, bajito, controlando cada sonido como quien administra un fondo.

—Mírame —pidió.

Lo miré. Tenía los ojos vidriosos, la boca brillante, una sonrisa de hombre que había olvidado lo que era pedir.

—Sigue, rector.

Siguió. Me hizo correrme la primera vez ahí mismo, contra el cuero del escritorio, mordiéndome la palma de la mano para no avisar a todo el pasillo.

***

Después fue su turno. Se reclinó en su sillón, abrió las piernas, me señaló el suelo con un gesto que en cualquier otro contexto habría sido humillante. Me arrodillé. No por sumisión: por estrategia. Si quería la corona, esa noche tenía que dejar de ser yo y convertirme en el mejor recuerdo de su vida.

Le bajé la cremallera y le saqué la verga con dos dedos. La tenía dura desde que entré. Le miré la cara mientras me la metía en la boca y vi en sus ojos lo mismo que veía siempre que pasaba frente a su despacho: que para él yo no era solo una alumna. Era también una idea, una fantasía vieja a la que por fin le ponía nombre.

—Ven aquí —jadeó.

Me levantó, me dio la vuelta, me apoyó las manos contra el escritorio. Mi cara contra la madera, las nalgas levantadas, las piernas separadas por la suya. Sentí la punta entrar despacio, después el empujón seco que me arrancó un quejido sordo. El rector apretó los dientes y empezó a moverse al ritmo viejo, terco, de un hombre que se sabe campeón en su despacho.

—¿Quién va a ser la reina, Valeria?

—Yo.

—Más alto.

—Yo, rector. Yo.

Se rio bajito y empujó más adentro. Fue largo. Mucho más de lo que esperaba de un hombre de su edad. Me dio la vuelta otra vez, me tumbó sobre el escritorio y terminó mirándome a los ojos, con la frente perlada y la corbata todavía colgándole del cuello como una bandera rendida.

—Eres mía —murmuró cuando se vino—. Aunque sea solo esta noche.

Le acaricié la mejilla.

—Esta noche, rector. Las demás ya veremos.

***

Al día siguiente me llamó por el altavoz a media mañana. La secretaria pronunció mi nombre con un tono raro, como si supiera. Camila, sentada a tres pupitres, me clavó los ojos. Yo le sostuve la mirada y me levanté.

El rector estaba detrás de su escritorio, otra vez con saco, otra vez con cara de hombre intachable. Como si lo de la noche anterior no hubiera ocurrido. Como si el formulario no estuviera dentro de un cajón cerrado con llave.

—Valeria, has dado un paso enorme hacia la corona —dijo sin levantarse—. Quedé muy satisfecho con tu desempeño.

—¿Solo usted?

—La Junta Directiva del Instituto. Doce socios fundadores. Quieren conocerte personalmente antes de aprobar tu candidatura. Es un trámite habitual.

—Trámite —repetí.

—Te están esperando en la Sala de Juntas. No los hagas esperar.

Lo miré durante un segundo más largo de lo necesario. Él me devolvió la mirada con una calma que me dijo todo lo que necesitaba saber. Salí del despacho sin contestarle. Caminé por el pasillo despacio, midiendo cada paso, sintiendo en la piel la tela del uniforme y el peso de lo que venía.

***

La Sala de Juntas estaba al fondo del segundo piso. Empujé la doble puerta y entré. Doce hombres, ninguno por debajo de los sesenta. Trajes oscuros, relojes pesados, agendas cerradas. En la cabecera, un señor con bigote blanco y manos enormes me hizo una seña para que me acercara.

—Siéntate, señorita.

Me senté. La silla, sola en mitad de la mesa, era el escenario que habían preparado para mí.

—El rector nos contó de tus méritos —empezó el del bigote—. Estamos sinceramente complacidos. Solo nos resta darle el visto bueno definitivo a tu candidatura.

Otro carraspeó. Un tercero se inclinó sobre la mesa y la corbata le rozó el borde como una serpiente lenta.

—Confiamos plenamente en el criterio del rector —siguió el del bigote—. Pero nosotros tenemos el nuestro. Esperamos que estés a la altura de las circunstancias.

Y entonces oí la cerradura por dentro. Alguien, detrás de mí, había echado el pestillo.

Levanté la barbilla.

Doce pares de ojos. Una sola corona.

—Estoy a la altura —dije.

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Comentarios (6)

Nati_Baires

que bueno estuvo!!! me dejo con ganas de mas

MikelMX

Tremendo relato, la tension desde el primer parrafo ya te engancha. Ojala haya segunda parte

RubenVoy

jaja la situacion del despacho me recordo a algo que me paso en el laburo, aunque obviamente no llego a eso jajaja. Muy bien contado

LuzMar22

Muy bien narrado, se siente todo muy verosimil. Enhorabuena

Gabi_lect

Se va a continuar esto no? quede con mucha intriga y sin poder cerrar la pestana jaja

CarlosB_77

excelente!!! de los mejores que lei ultimamente en esta categoria

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