El hijo de mi amante me atrapó en la ducha
Las aplicaciones de citas me han dado muchas cosas: diversión, historias que contar y algunos hombres que terminan considerándome más de lo que yo les ofrezco. Rodrigo era uno de esos casos. Lo conocí hace casi un año en una de esas apps, divorciado, tranquilo, con un hijo que vivía con su ex en otra ciudad. Para él yo era su novia. Para mí, era uno de mis amantes favoritos: sin dramas, generoso y con un departamento amplio donde yo tenía incluso algo de ropa.
Ese verano, su hijo Matías vino a quedarse las vacaciones completas. Rodrigo me lo había mencionado varias veces con esa mezcla de orgullo y nostalgia que tienen los padres separados: que el chico acababa de terminar su primer año en la universidad, que era reservado, que extrañaba tenerlo cerca. Yo escuché con la atención justa y no pensé más en eso hasta el día que fui a visitarlos.
Llegué sin avisar, como solía hacer. Rodrigo abrió la puerta con una sonrisa y me guió hacia el comedor. Ahí estaba Matías, sentado frente a su computadora con los auriculares colgados en el cuello. Era alto, de hombros anchos, con el pelo oscuro un poco desordenado y esa mirada tranquila de alguien que todavía no sabe del todo lo que tiene.
—Mati, te presento a Valeria —dijo Rodrigo.
Le di la mano y lo llamé «cariño» desde el primer momento, como hago con casi todos los hombres jóvenes que conozco. No es coquetería calculada, o sí lo es, pero me sale solo. Matías me respondió con un «mucho gusto» muy correcto y luego me miró exactamente donde yo quería que mirara.
Esa mañana había elegido una blusa anudada al centro que usaba como top. El escote era generoso. No escandaloso, pero generoso. Matías lo notó de inmediato y luego fingió que no lo había notado, que es siempre la reacción más interesante.
Me fui a la cocina a buscar café. Cuando volví con la cafetera en la mano y pregunté si alguien quería, Rodrigo dijo que sí sin levantar la vista del teléfono. Me incliné despacio para servirle, y desde esa posición podía ver perfectamente cómo Matías dejaba de escribir a mitad de una frase. Tenía la taza levantada y los ojos clavados en mi escote. Joven y predecible, en el mejor sentido.
—Yo también quiero —dijo cuando ya iba a sentarme—. ¿Me podés servir?
Fui por una taza más. Al volver, me incliné junto a él con la misma parsimonia de antes, quizás un segundo más de lo necesario. Podía sentir su mirada como calor en la piel. Cuando me enderecé, él tomó un sorbo largo y lento sin despegar los ojos de donde no debía. Su padre seguía mirando el teléfono, ajeno a todo.
Después de un rato, Rodrigo se paró a buscar algo en su habitación. Quedamos solos menos de un minuto. Me puse detrás de donde él había estado sentado y, mientras miraba hacia otro lado como si estuviera distraída, con un dedo jalé uno de los lados de mi blusa. El nudo cedió lo justo. Un pecho quedó al descubierto, el pezón visible sin que yo hiciera ningún gesto dramático.
Matías casi derramó el café. El líquido le salpicó la camisa y él soltó una especie de tos que no era tos. Cuando Rodrigo volvió preguntando qué había pasado, Matías inventó algo sobre haberse atragantado. Rodrigo se molestó por la camisa manchada y se fue a cambiarla. Yo me acomodé la ropa con cara de absoluta inocencia.
Ese muchacho que hasta hace diez minutos parecía un estudiante serio ahora me miraba con una mezcla de sorpresa y algo que no podía disimular del todo. Me gustó esa mirada. Me gustó mucho.
***
Rodrigo salió apurado poco después. Se había quedado más de lo previsto y ya llegaba tarde al trabajo. Se despidió de los dos en la puerta y desapareció casi corriendo. Matías se quedó en el living. Yo subí al baño.
Me saqué la blusa, me miré en el espejo un momento y entonces me llegó un mensaje de Rodrigo. Decía algo que él nunca decía: que verme esa mañana lo había puesto mal y que le mandara fotos para el resto del día. El tono me pareció extraño, más directo de lo habitual, pero no le presté demasiada atención.
Me saqué el resto de la ropa, busqué el ángulo que más me favorecía y le mandé unas ocho fotos: algunas con los brazos cruzados sobre el pecho, otras desde arriba con la cámara en alto. Al minuto, llegó otro mensaje: «Más, estás buenísima.» Le mandé cinco fotos más, solo del torso, porque no tenía tiempo ni ganas de organizar una producción entera. Segundos después llegó una foto de vuelta. Era la punta de un pene tomada con poca luz y desde una distancia rara, algo que no cuadraba para nada con Rodrigo.
«Qué rico se ve. Ojalá estuvieras aquí», escribí sin pensar demasiado.
Dejé el celular sobre el lavabo y entré a la ducha.
Llevaba quizás un minuto bajo el agua cuando escuché que la puerta del baño se abría. El chirrido fue casi imperceptible, pero yo siempre escucho ese tipo de cosas. Me dije que no había cerrado bien. Después vino un paso. Luego otro, más cerca.
Aparté la cortina.
Matías estaba apoyado contra la pared del fondo, sosteniéndose el pene con una mano y con el celular de su padre en la otra. Me miró sin moverse, sin decir nada, sin soltar ninguna de las dos cosas.
Nos miramos en silencio unos segundos que parecieron más largos.
—Ahhh —dijo al fin, con esa calma que da el que sabe que ya no tiene nada que perder—. La que mandó ese mensaje «ojalá estuvieras aquí»... era yo.
No contesté de inmediato. El agua seguía cayendo. Él sostuvo mi mirada sin moverse, y después, despacio, comenzó a masturbarse otra vez mientras me miraba de frente. Colocó el celular sobre el borde del lavabo y avanzó un paso.
—Entonces quizás…
—¿Qué? —le pregunté, aunque ya sabía exactamente qué.
Extendió los dedos hacia la cortina del baño.
—Dejame entrar.
Me tomé un segundo. No porque dudara, sino porque ese segundo era parte de lo que quería disfrutar. Lo miré a los ojos y le dije:
—Ven aquí.
***
Salió de detrás de la cortina sin apuro. Lo tomé del pene antes de que pudiera decir nada y empecé a masturbarlo despacio, con la cortina todavía entre los dos, cubriendo la mitad de mi cuerpo. Él puso los ojos en blanco casi de inmediato, ese tipo de reacción desmedida que tienen los jóvenes cuando algo los supera. Era alto, sin circuncidar, y se ponía duro sin ningún esfuerzo.
Después solté la cortina.
—¿Te gusta lo que ves?
—Sí —dijo, con la voz un poco apagada.
Salí de la ducha sin soltarlo. Él preguntó si podía tocar, con esa mezcla extraña de educación y urgencia que me resultó encantadora. Le dije que sí. Puso las dos manos sobre mis pechos, me chupó un pezón, luego el otro, luego los dos a la vez con la cara hundida entre ellos como si llevara años esperando hacer eso exactamente.
Lo empujé contra la pared, me arrodillé frente a él y le dije:
—Esto es todo lo que vas a obtener.
Metí su pene en la boca.
Me entraba entero sin problema. Lo chupé rápido, con ritmo, y a los pocos segundos él me puso las manos en la cabeza y empezó a marcar la velocidad él mismo. Primero suave, después más firme, hasta que me empujó hacia adelante y su pene tocó el fondo de mi garganta. Hice una arcada, él me soltó, yo escupí saliva sobre el suelo del baño y volví a meterlo.
Así estuvimos un rato. Él quería controlar, y para ser la primera vez que alguien le daba ese tipo de permiso, lo hacía bien: me jalaba el cabello, me sostenía la cabeza, marcaba el ritmo. En un momento me levantó de los hombros, se puso él de pie, y colocó su pene entre mis pechos. Empujó despacio mientras me miraba desde arriba con los ojos entrecerrados.
Cuando me soltó, lo tomé yo del pelo y lo empujé al suelo.
—Ahora te toca a vos.
Me puse en cuclillas sobre su cara, dándole la espalda, y bajé. Él no tardó nada en entender. Mientras me lamía, yo me incliné y lo metí otra vez en la boca. Así quedamos los dos, en el piso del baño, entre el vapor de la ducha que seguía abierta y el ruido del agua sobre las baldosas.
Él me lamió con constancia, abriendo con las manos. Yo lo chupé más rápido que él, pero los dos nos tomamos el tiempo necesario. En un momento dado levantó la cadera y empezó a follarse mi boca desde abajo, empujando con ritmo mientras yo me quedaba quieta con la boca abierta. Lo dejé hacer hasta que metió demasiado y tuve que sacar la cara para tomar aire. Me quedé un segundo así, recobrada, y le dejé caer saliva sobre el pene.
***
Me levanté, lo tomé del brazo y lo hice ponerse de pie. Lo empujé contra el tocador del lavabo y me monté encima en cuclillas, de espaldas a él. Me metí su pene con la mano y empecé a rebotar.
Duró poco en ese papel. Enseguida me tomó de las caderas, me levantó un poco y empezó a empujar él desde abajo, con esa energía que tienen los de su edad y que a veces me parece casi injusta. Me llenaba rápido y fuerte, y cada vez que nuestros cuerpos chocaban el sonido resonaba en las paredes del baño como un aplauso.
Me corrí la primera vez ahí, sin esperarlo del todo, con los brazos apoyados en sus rodillas y los ojos cerrados. Tuve que levantarme para que se saliera y esperar un momento, respirando.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Perfecto —le dije, y me di vuelta.
Me puse en cuatro en el suelo con la cara apoyada contra las baldosas frías. Él se acercó y entró despacio esta vez, casi con cuidado, hasta que yo le dije que no hacía falta que tuviera tanto cuidado. Empezó a cogerme rápido y fuerte, las manos en mis caderas, el ritmo sostenido. Cuando empezó a bajar la velocidad empujé mi trasero contra él. Me agarró del pelo y me jaló la cabeza hacia atrás.
—Quieta.
Me quedé quieta.
Volvió a empujar con más fuerza, hasta que de nuevo empecé a gemir en voz alta y él no paraba. Continuó así hasta que cambié de posición sola: me levanté, lo empujé yo a él sobre el tocador y me senté encima de cara a él, con las piernas abiertas a sus costados.
Le metí su pene de nuevo y empecé a moverme yo, subiendo y bajando el cuerpo. Él puso las manos en mis pechos y los apretó mientras me miraba a la cara. Cada tanto me jalaba hacia él y me daba besos en el cuello, en la clavícula, en el hombro. Después me agarraba de las caderas y tomaba el control otra vez.
Así fue el resto: él tomando el control, yo quitándoselo, los dos cediendo y recuperándolo de vuelta.
En un momento me bajé del tocador, lo hice ponerse de pie frente a mí y me arrodillé. Le chupé el pene otra vez, despacio esta vez, mirándolo a los ojos mientras bajaba la cabeza hasta llevar su pene al fondo de mi garganta. Él me sostuvo la cabeza con ambas manos y se lo hice varias veces seguidas, con pausa entre una y otra para tomar aire.
—Me voy a venir —dijo, con la voz ronca.
Me saqué su pene de la boca y lo masturbé con la mano. Tres chorros largos le salieron seguidos y me cubrieron desde los labios hasta la frente. Seguí masturbándolo mientras caían las últimas gotas, con la lengua afuera. Después le pasé la punta del pene por la mejilla para limpiarme un poco, y volví a metérmelo en la boca unos segundos, succionando despacio.
Estaba haciéndolo cuando sonó el celular de su padre sobre el lavabo.
Matías se separó sin que yo dijera nada, fue a buscar el teléfono y lo miró.
—Es él —dijo.
—Contestá —le dije.
Lo miré agarrar el celular y hacerse a un lado. Yo me bajé del tocador, abrí la canilla de la ducha y volví a meterme al agua.
***
Nunca supe exactamente qué le dijo su padre en esa llamada. Tampoco pregunté. Lo que sí sé es que cuando Rodrigo llegó al departamento esa tarde, encontró a su hijo viendo televisión en el living y a mí leyendo en el cuarto como si no hubiera pasado nada.
Cuando Rodrigo me preguntó si las fotos le habían llegado bien, le dije que sí, que me había parecido raro que las pidiera así, con ese tono. Él me respondió que no sabía de qué le hablaba, que él no me había mandado ningún mensaje esa mañana, que había dejado el teléfono en casa.
Lo miré y no dije nada más.
Matías, desde el living, tampoco dijo nada.