Esa noche de fiesta terminó en un trío inesperado
Soy Sandra, tengo 46 años y llevo poco más de seis meses separada. Dos hijos en la primaria, un trabajo de media jornada y el gimnasio como válvula de escape casi diaria. No me quejo de cómo estoy físicamente: morocha, de metro sesenta y pico, con curvas que me costaron años de esfuerzo y que noto cada vez que alguien se da vuelta en la calle. Tetas grandes, culo parado, la cintura todavía marcada. Pero llevaba meses sin salir de verdad, sin bailar, sin sentirme otra cosa que madre o ex esposa. Sin coger, para ser franca. Esa noche fue distinta a todo lo que había vivido hasta entonces.
El evento era un festival de salsa y bachata en un predio enorme del centro de Córdoba. Fui sola. Tenía ganas de moverme, de sudar de otra manera, de olvidarme por unas horas de los abogados y las cuotas y el departamento que todavía olía a alguien que ya no vivía ahí. Había coordinado encontrarme allí con Diego, un chico del gimnasio con el que compartíamos horario desde hacía más de un año. Era colombiano, tenía 26 años y uno de esos acentos que suenan a caramelo aunque estés hablando de la nada. Siempre me había parecido atractivo, pero lo había archivado en la categoría mental de «no seas ridícula». Esa noche archivé esa categoría.
Lo que no planeé fue llegar y encontrar la puerta del predio cerrada bajo una lluvia que empezó sin aviso y no paró. En diez minutos me había arruinado el maquillaje y el short de cuero ajustado que me había puesto con tanto entusiasmo. Estaba pegada a una columna de la entrada, maldiciendo en voz baja, cuando apareció Diego con una sonrisa que decía que la situación le parecía bastante graciosa.
—¿Mucho tiempo esperando? —preguntó.
—El suficiente para odiar este look —respondí.
Se rio. Me ofreció la campera para cubrirme mientras decidíamos qué hacer. Le dije que prefería volver a casa a arreglarme y que lo encontraba después adentro. Me acompañó hasta el auto sin que se lo pidiera. Cuando llegamos, el cordón estaba completamente inundado, el agua corría entre los autos estacionados y no había forma de cruzar sin empaparse hasta la rodilla. Le pedí ayuda sin pensarlo demasiado. Él me pasó un brazo firme por la cintura y me levantó lo justo para que pudiera dar el paso hacia el interior del auto sin pisar el charco. Fue un instante, apenas dos o tres segundos, pero en ese instante su mano terminó apoyada más arriba de la cadera, con los dedos abiertos sobre la carne del culo por debajo del short empapado. Sentí cada uno de esos dedos clavados en la nalga, sentí la palma caliente amasando, sentí cómo tardaba en soltarme más de lo necesario. Ninguno de los dos dijo nada. Ninguno de los dos la corrió.
Algo había cambiado entre ese primer contacto y nada más que eso.
Manejé a casa con el coño mojado y la marca de su mano todavía tibia en el culo. No pude sacármela mientras me cambiaba. Me miré en el espejo con la bombacha bajada hasta los tobillos y me metí dos dedos apenas para comprobar lo que ya sabía: estaba empapada, chorreando, con los labios hinchados solo por haber sentido la mano de un pibe de veintiséis años agarrarme fuerte durante tres segundos.
***
Volví al evento dos horas después. Cambio de ropa completo: vestido negro ajustado, maquillaje rehecho desde cero, el pelo que por una vez me quedó exactamente como quería. Sin corpiño. Sin bombacha. Esa decisión la tomé mirándome al espejo, sabiendo perfectamente lo que estaba decidiendo. Diego me estaba esperando en la entrada y me recorrió de arriba abajo con una mirada que no necesita traducción. Entramos juntos.
Bailamos sin parar durante las primeras dos horas. La salsa te obliga a estar cerca, a leer el cuerpo del otro, a anticipar el siguiente movimiento. Con Diego era fácil. Se movía bien y sabía cómo llevar sin hacerse el que manda, que es lo difícil. Entre canción y canción tomábamos algo en la barra y volvíamos a la pista. Yo sentía el calor de su mano en mi espalda, cada vez más abajo, hasta que en la tercera canción de bachata la tenía directamente apoyada en el culo, apretándome contra él sin ningún disimulo.
En un momento, sin buscarlo, la danza se volvió otra cosa. Sus caderas se apoyaron contra las mías con una intención que ya no era solo el baile. Sentí su verga endurecida clavándose contra mi vientre, contra la tela del vestido, contra la piel de abajo que él no sabía que estaba desnuda. Era evidente, no podía fingir que no lo notaba ni él podía fingir que no quería que lo notara. Seguimos así, pegados, con la música cubriéndolo todo, y yo completamente empapada con solo eso. Solo con la presión de esa polla dura contra mi cadera y la certeza silenciosa de adónde iba esto. En un giro le agarré la mano y la deslicé por el costado del vestido hasta hacerle notar, con un roce mínimo, que abajo no había nada. Se le cortó la respiración contra mi oreja.
—Boluda —murmuró, con ese acento suyo—. Me estás matando.
—Esa es la idea —le contesté.
Le propuse buscar un rincón más tranquilo. Había un jardín en un lateral del predio, con bancos de madera y luz tenue que venía de unos faroles bajos. Nos sentamos. Con el calor del baile, la tela del vestido se me había pegado al cuerpo y se me marcaban los pezones duros contra el escote. Me di cuenta cuando vi que Diego tardaba en responder lo que le preguntaba porque estaba mirando otro lado. No me molestó. Me encantó.
Nos besamos. Fue directo, con la lengua adentro desde el primer segundo, con las manos metidas en el problema desde el principio. Sus dedos en mi nuca, los míos abriéndole la camisa. Me subió una mano por el muslo por debajo del vestido y cuando llegó y comprobó con los dedos lo que ya había adivinado —el coño abierto, mojado, sin nada en el medio— soltó un gruñido bajo contra mi boca. Deslizó dos dedos hacia adentro. Me arqueé contra él, mordiéndole el labio para no gritar en un jardín semipúblico. Los movió despacio, sacándolos brillantes, volviéndolos a meter, presionando con el pulgar el clítoris hasta que sentí que se me iban las piernas. Le agarré la muñeca.
—Acá no —le dije jadeando—. Vamos a algún lado.
Se chupó los dedos delante de mí, mirándome a los ojos, sin cortar el contacto. Asintió antes de que terminara la oración.
***
Paramos en un alojamiento que había a tres cuadras del predio. Una habitación cualquiera, cama grande, cortinas gruesas. Llevaba tanto tiempo sin coger que no sabía bien qué esperar de mí misma. Lo que sí supe, muy rápido, es que Diego no era de los que van directo al final. Era detallista. Paciente. Sabía exactamente dónde poner las manos, la lengua y los dientes y cuánto tiempo dejarlos ahí antes de seguir.
Me sacó el vestido por la cabeza de un tirón y me dejó parada contra la puerta, completamente desnuda, mientras él seguía vestido mirándome. Recorrió con la mano las tetas, apretó los pezones entre el índice y el pulgar hasta hacerme gemir, bajó por la panza, se arrodilló. Me abrió las piernas ahí mismo, contra la puerta, y me metió la lengua entera en el coño como si tuviera hambre. Le agarré la cabeza con las dos manos y me monté en su boca, sin vergüenza, refregándome el clítoris contra su nariz mientras él chupaba y lamía y metía la lengua adentro y afuera. Me hizo acabar así, con las rodillas temblando, apretándole la cara entre los muslos y gritando contra la puerta.
Todavía no había recuperado el aire cuando me llevó a la cama, boca arriba. Se desnudó despacio, mirándome. La verga se le paró apenas se sacó el bóxer: dura, gruesa, curvada apenas hacia arriba, con la punta ya brillante. Le hice señas de que se acercara y se la agarré con la mano. La sopesé. Le pasé la lengua por abajo, de la base a la punta, y me la metí en la boca hasta el fondo. Diego soltó un puteo largo en colombiano que no entendí del todo. Se la chupé despacio, cerrando los labios, moviendo la lengua sobre el glande, sacándola con un ruido húmedo para volver a metérmela. Se la mamé con ganas, escupiendo, mirándolo, dejándome un hilo de saliva colgando del mentón. Cuando lo sentí a punto me sacó la polla de la boca de un tirón.
—Todavía no —dijo—. Quiero cogerte primero.
Me abrió de piernas, se puso el forro, se posicionó y me la metió de una sola vez, hasta el fondo. Grité. La sentí llegar hasta el útero, empujando cada centímetro, forzando el coño a abrirse alrededor de esa verga que no había pedido permiso. Se quedó adentro un segundo, mirándome a los ojos, y empezó a moverse. Despacio primero, largo, saliendo casi entera y volviendo a entrar entera. Después más rápido. Me agarraba las tetas, me tiraba de los pezones, me daba palmadas suaves en el costado del culo. Me giró de lado, después boca abajo, me levantó las caderas con una mano y me cogió por atrás con la otra mano hundida en la nuca, aplastándome la cara contra la almohada. Yo me dejaba, respondía, apretaba el coño contra su verga para sentirlo mejor.
Acabé tres veces antes de que él acabara la primera. La cuarta la tuve cuando él se corrió adentro del forro con un gruñido largo, agarrado a mis caderas, empujando hasta el fondo mientras yo temblaba abajo. Estuve en el cielo varias veces seguidas. No exagero.
Cerca de las nueve de la mañana salimos a desayunar a una confitería del centro. Estábamos los dos despeinados y sonrientes y con esa complicidad particular que se instala cuando dos personas acaban de coger de esa manera. Con el café y las medialunas encima, se me ocurrió que tenía todo el domingo libre y que no me apetecía nada volver a casa todavía.
Diego propuso ir a su departamento, que quedaba a quince minutos. Acepté sin pensarlo demasiado. Tenía todo el día y ningunas ganas de que terminara.
***
El departamento era chico pero prolijo. Diego convivía con un compañero al que yo conocía de vista del gimnasio, Matías. Nos habíamos cruzado alguna vez, nada más que un saludo y el nombre. Diego me dijo que probablemente no estaría. Asumimos que no estaba y pasamos directamente a su cuarto.
Retomamos lo que habíamos dejado en el hotel, pero con otra intensidad. La habitación propia tiene algo distinto al alojamiento de paso: más libertad, menos urgencia de llegar al final porque el tiempo no corre contra un reloj. Yo estaba completamente desinhibida, en uno de esos estados en que el cansancio y el placer se mezclan y el cuerpo pierde sus filtros habituales. Me desnudó de vuelta apenas cerró la puerta. Me tiró en la cama boca abajo, me abrió el culo con las dos manos y me metió la lengua entre las nalgas, lamiendo desde el ojete hasta el coño y de vuelta. Yo gritaba contra la almohada, con las caderas levantadas, ofreciéndole todo. Me metió dos dedos en el coño y el pulgar apoyado apenas en el ojete y me tuvo así, jugando, hasta que le supliqué que me la volviera a meter.
Me cogió de perrito, agarrándome del pelo, tirando hacia atrás para que arqueara la espalda. Después me subió arriba de él. Me monté a horcajadas, me clavé la verga entera y empecé a moverme, agarrada del respaldo de la cama, con las tetas colgando en su cara. Él me chupaba los pezones, me mordía, me daba palmadas en el culo. Grité sin importarme quién escuchaba. Le dije guarradas en la cara, cosas que no me había oído decir en años.
—Cogeme fuerte, dale, más fuerte, así, papi, no pares.
Seguí cada impulso sin pensar en el siguiente ni en lo que diría de mí misma después. La música que habíamos puesto de fondo tapaba parte del ruido. Lo suficiente para que no escucháramos la puerta del departamento cuando se abrió.
Estaba boca abajo, con el culo en pompa, completamente ida, con Diego cogiéndome desde atrás, cuando sentí una mano en mi espalda. Era una mano diferente. Lo supe de inmediato y sin ninguna duda: tamaño diferente, presión diferente, el ángulo desde el que llegaba. Me quedé quieta un segundo. El corazón se me fue a las orejas. Diego no paró de moverse dentro de mí.
Diego me tomó la cara con suavidad, me acercó a él y me habló muy cerca del oído.
—Tranquila. Solo disfrutá.
Sabía perfectamente lo que tendría que haber dicho en ese momento.
No lo dije.
La mano desconocida empezó a moverse despacio por mi espalda, sin apuro, recorriendo cada curva como si tuviera todo el tiempo del mundo. Bajó hasta el culo, lo amasó, se metió entre las nalgas mientras Diego seguía cogiéndome por abajo. Sentí que me temblaban las piernas. Giré apenas la cabeza y ahí estaba Matías, en el borde de la cama, ya sin remera, mirándome con una calma que no me esperaba, esperando una señal. Se la di. Estiré la mano y le agarré la bragueta.
Se desnudó sin decir nada. Se puso frente a mi cara. Tenía la verga más gruesa que la de Diego, no tan larga pero más ancha, con las venas marcadas. Se la agarré con la mano y me la metí en la boca, sin pensarlo, mientras Diego me seguía cogiendo por atrás. Los dos empezaron a moverse a la vez. Uno adelante, uno atrás. Yo en el medio, con la boca llena, atragantándome un poco, con la baba cayéndome sobre las tetas y las caderas de Diego chocándome el culo con cada embestida. Nunca en mi vida había hecho algo así. Nunca en mi vida me había sentido así.
La situación era completamente fuera de mis parámetros, absurda si la miraba desde afuera, y precisamente por eso me encendió de una manera que no supe cómo manejar. No intenté manejarla. Me dejé llevar.
Lo que pasó en los siguientes cuarenta minutos fue un territorio completamente nuevo para mí. Cambiaron de lugar. Matías se acostó boca arriba y yo me monté encima, con la verga gruesa clavada en el coño, sintiendo cómo me abría por dentro de una manera distinta. Diego se paró en la cama frente a mi cara y me la metió en la boca. Después Diego se puso atrás de mí, me abrió las nalgas y me pasó la punta por el ojete, despacio, mojado con lubricante que sacó de la mesa de luz. Nunca me habían cogido por ahí. Le dije que fuera despacio. Fue despacio. La punta primero, después un poco más, después un poco más, hasta que sentí las dos vergas al mismo tiempo, una en el coño y una en el culo, y creí que me partía a la mitad. No me partí. Se acomodaron, empezaron a moverse coordinados, uno entrando cuando el otro salía, y yo dejé de saber cómo se llamaba lo que estaba sintiendo.
El cuerpo llega a un punto en que deja de procesar los estímulos uno por uno y los convierte en una sola corriente continua que te arrastra. No sabés dónde empieza una sensación y termina la siguiente. Solo sabés que no querés que pare. Grité, gemí, insulté, supliqué. Les pedí más, les pedí más fuerte, les pedí que no pararan. Acabé una vez, dos veces, seguí acabando sin cortar, con el cuerpo temblando entero.
Matías acabó primero, adentro mío, y sentí el chorro caliente llenándome el coño. Diego salió del culo, se sacó el forro, me giró boca arriba y se corrió sobre las tetas y el cuello y la boca, con la mano cerrada moviéndose rápido, mientras yo abría la boca y sacaba la lengua sin ninguna vergüenza. Terminé cubierta de semen, con el coño chorreando el de Matías, y con la sonrisa más grande que había tenido en años.
Tuve orgasmos que me dejaron sin palabras, sin energía, sin pensamiento. Cuando todo terminó me quedé tendida sin poder mover los brazos, respirando entrecortado, con una sonrisa que no podía controlar aunque hubiera querido. Eran casi las dos de la tarde.
Me vestí despacio mientras los dos dormían. Recogí mis cosas, tomé las llaves y salí cerrando la puerta sin hacer ruido.
Manejé de vuelta a casa con las ventanillas completamente abiertas y el sol de octubre entrando de lleno en el auto. El cuerpo pesaba diferente. Pesaba bien, de esa manera particular en que pesa cuando fue usado exactamente como quería que fuera usado. Llegué a casa, me duché larga y despacio, sintiendo cómo el semen seco se me despegaba de la piel, y me metí en la cama y dormí hasta las siete de la tarde sin escuchar nada.
A Diego lo volví a ver en el gimnasio esa semana. Nos saludamos igual que siempre, en el pasillo entre las máquinas. Me sonrió un segundo más de lo habitual. Yo también.
A Matías no lo volví a ver.
Hay noches que se quedan exactamente como fueron, perfectas en su propia lógica, sin necesidad de repetirse ni de explicarse. Esta fue una de esas. La primera en mucho tiempo. Ojalá no sea la última.