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Relatos Ardientes

La entrenadora que me atrapó en la ducha

Andrés tenía veintitrés años y la puntualidad de un reloj suizo cuando se trataba de la piscina. Cuatro días a la semana, sin falta, aparecía en el Club Deportivo Acuático San Lorenzo con su mochila azul desgastada y sus gafas de natación colgando del cuello. Había empezado a los seis años por insistencia de su madre. A los veintitrés seguía haciéndolo porque ya no sabía no hacerlo.

Era un chico alto, de hombros anchos y cintura estrecha, con ese tipo de cuerpo que la natación construye sin que uno se dé cuenta. En tierra, sin embargo, Andrés parecía encoger. Le costaba mantener el contacto visual, le costaba hablar primero, le costaba todo lo que no fuese deslizarse por el agua en silencio.

Aquel domingo fue al polideportivo sin ningún motivo especial. No había quedado con nadie, no había competición ni entreno programado. Era simplemente que necesitaba moverse, y el partido de selección que reunía a casi todos sus conocidos en los bares del centro le ofrecía la coartada perfecta para desaparecer sin dar explicaciones. La soledad de la piscina en domingo era uno de esos pequeños lujos que Andrés se concedía a sí mismo sin sentirse culpable.

El complejo estaba casi vacío. Una familia con niños pequeños ocupaba el carril de iniciación, salpicando sin demasiada técnica. Un señor mayor hacía largos lentos y regulares en el carril del fondo, con la concentración tranquila de quien lleva décadas en ello. Y Andrés. Nada más. La entrenadora Silvia estaba en su despacho con la puerta entornada cuando él firmó en el registro de entrada, y ni siquiera levantó la vista del ordenador.

Silvia Marquina llevaba veintiséis años trabajando en aquel polideportivo. Había entrado a los veinticuatro como monitora de niños y había ido escalando sin prisa pero sin pausa hasta convertirse en la coordinadora de las instalaciones acuáticas. Tenía cincuenta y uno, el cuerpo de alguien que ha nadado toda la vida —ancha de hombros, de movimientos precisos y seguros— y la mirada directa de quien ha aprendido a no perder el tiempo en cosas que no importan. No era una mujer que pasara desapercibida. Tampoco era una mujer que lo pretendiera.

Andrés no pensaba en ella cuando entró a las duchas. Pensaba en todo lo demás, que era justamente el problema.

Llevaba semanas tenso. Una compañera de la facultad con la que había estado a punto de quedar. Un mensaje que había redactado y borrado cuatro veces. Una situación que no había llegado a ninguna parte y que se había instalado en su cabeza como música de fondo imposible de apagar. El cuerpo acumula esas cosas. Andrés lo sabía, y lo ignoraba, que es lo que uno hace con las cosas que sabe y no quiere atender.

Se puso bajo el chorro de agua caliente y cerró los ojos. El vapor fue llenando el espacio con lentitud. El ruido de la piscina quedó lejos, amortiguado por las paredes de azulejo blanco.

Al principio fue solo para relajarse. El calor del agua, el silencio de las duchas vacías, el eco suave que hacía que el mundo exterior desapareciera por completo. Pero el cuerpo tiene su propia lógica, y la mente de Andrés empezó a derivar hacia donde llevaba semanas queriendo ir sin permitírselo. Primero fue un pensamiento suelto. Luego otro. La imagen de ella, el gesto de sus manos, la risa que había escuchado dos veces y que no conseguía olvidar.

Y entonces ya no fue gradual.

Sus dedos se movieron solos. Apoyó la mano libre contra el azulejo frío de la pared y cerró los ojos con más fuerza. El contraste entre el agua caliente en la espalda y el frío del azulejo en la palma era lo más nítido del mundo en ese momento. No había nadie. Era domingo por la tarde. El partido duraría otras dos horas, al menos. Estaba completamente solo.

***

Silvia hacía la ronda de cierre parcial todos los domingos a la misma hora. Era un hábito adquirido tras el incidente de hacía nueve años, cuando un adolescente había dejado un grifo abierto en los vestuarios femeninos y la inundación había llegado al pasillo antes de que alguien se diera cuenta. Desde entonces, comprobaba personalmente que todo estuviera en orden antes de que el equipo de limpieza hiciera el último turno. El almacén de material, el cuarto de bombas, la sala de primeros auxilios. Una rutina de quince minutos que nadie le había pedido y que ella mantenía por puro orden.

Cuando llegó al pasillo de los vestuarios masculinos, escuchó el agua.

No debería haber nadie. El último nadador había salido diez minutos antes; ella lo había visto marcharse desde la ventana del despacho mientras terminaba un informe. Se detuvo frente a la puerta y prestó atención. Solo el sonido del chorro, continuo y constante. Nada más.

¿Un grifo mal cerrado?

Golpeó la puerta con los nudillos, fuerte y claro.

—¿Hay alguien?

Nadie respondió.

Empujó la puerta despacio, con la precaución de quien no quiere sorprender a nadie pero tampoco quiere sorpresas. Las duchas estaban al fondo, detrás de una pared divisoria en forma de L. Dio unos pasos. El vapor era denso y olía a gel de ducha. Dobló la esquina.

Y se detuvo.

Andrés tardó exactamente un segundo en darse cuenta de que no estaba solo. Un segundo durante el cual Silvia ya lo había visto todo. Cuando sus ojos se encontraron, él se quedó paralizado: la mano todavía en la posición equivocada, el agua cayendo sobre su cabeza, el mundo entero deteniéndose en ese punto preciso e irremediable.

—Oh —dijo Silvia.

No gritó. No se tapó los ojos. No dio media vuelta. Lo miró.

Andrés retiró la mano de golpe, como si le hubiera quemado, y se giró hacia la pared intentando cubrirse con lo que el espacio estrecho de la ducha le permitía, que no era gran cosa. Tenía el cuello rojo hasta las orejas. Las palabras no le salían. Le salió solo un sonido extraño, a medio camino entre una disculpa y un gemido de desesperación.

—Yo... perdona, creí que no había nadie y... lo siento, no volverá a pasar, yo me voy ahora mismo...

—Date la vuelta.

La voz de Silvia no era un grito. Era exactamente lo contrario: baja, controlada, con la precisión de alguien que sabe que no necesita levantar la voz para ser obedecida.

Andrés se quedó inmóvil de cara a la pared, con la frente casi apoyada en el azulejo.

—He dicho que te des la vuelta.

—Por favor, yo no quería... de verdad que no...

—Andrés. —Ella conocía su nombre porque lo había visto firmar en el registro todas las semanas. Ese detalle, por alguna razón, lo hizo todo más real. —Date la vuelta ahora mismo, o llamo a dirección y explicamos los dos juntos lo que estabas haciendo aquí. Tú decides.

Se giró. El agua seguía cayendo sobre sus hombros.

Silvia no apartó la mirada. Lo estudió con la misma calma con la que podría estar evaluando la técnica de un nadador desde el borde de la piscina: sistemática, sin prisa, completamente dueña de la situación. No había asco en su expresión. Tampoco compasión. Había algo más difícil de nombrar.

—Esto está prohibido en las instalaciones —dijo—. Es conducta inapropiada. Podría costarte la inscripción. En algunos casos, dependiendo de si hay menores en el edificio, podría llegar más lejos.

—No había nadie —dijo Andrés, con la voz quebrada—. Lo juro. Pensé que estaba solo.

—Pero no lo estabas. —Silvia hizo una pausa—. Lo que sí vas a hacer ahora es terminar lo que empezaste. Aquí. Delante de mí.

Andrés parpadeó. Pensó que no había entendido bien.

—¿Qué?

—Me has oído perfectamente.

—Eso no... no puedo hacer eso...

—Puedes —dijo ella, con una lentitud que hacía que cada palabra cayera por separado—. O puedes recoger tus cosas, irte a casa y esperar la llamada de dirección el lunes por la mañana. Tú decides. Tienes diez segundos.

El silencio que siguió fue el más largo de la vida de Andrés. El agua caliente seguía cayendo. El vapor seguía llenando el espacio entre los dos. Silvia no se movió, no parpadeó, no dio ninguna señal de que estuviera bromeando o de que fuera a ceder.

No estaba bromeando.

Andrés no tomó una decisión consciente. Fue más bien que el miedo y la vergüenza y algo que no era exactamente vergüenza se mezclaron en una proporción que su cuerpo entendió antes que su cabeza. Su mano se movió.

—Eso es —dijo Silvia, en voz baja.

Andrés no la miraba. Miraba la pared, el azulejo, la línea donde el agua resbalaba por el borde de la mampara. Pero sabía que ella sí lo miraba a él. Lo sentía con una claridad que no tenía explicación racional, como se siente el calor de un foco aunque tengas los ojos cerrados.

—Mírame.

Andrés tardó unos segundos. Cuando la miró, Silvia tenía los brazos cruzados y la expresión de alguien que observa algo que le resulta interesante. No había burla exactamente. Había algo más complicado.

—No te detengas —dijo.

Andrés obedeció. El ritmo cambió. Al principio mecánico, casi disociado, como si no fuera él sino alguien que lo habitaba temporalmente. Pero el cuerpo tiene memoria, y la mirada de Silvia era un peso físico, y la situación tenía una lógica propia que lo arrastraba hacia adelante sin pedirle permiso.

Respiraba con dificultad. El calor del agua y el calor de la vergüenza se habían fundido en algo indistinguible. Tenía las piernas tensas, la espalda ligeramente arqueada. Esto está pasando. Esto está pasando de verdad.

—Bien —murmuró Silvia. Solo eso. Una sola palabra.

Fue entonces cuando Silvia, con un movimiento deliberadamente lento, apartó un lado de su propio bañador de trabajo, dejando visible un instante de piel que no debería haber estado visible. No fue un gesto de invitación. Fue una demostración: de poder, de control, de que ella dictaba los términos de todo lo que ocurría en esa habitación.

Ese destello fue la chispa final.

Andrés cerró los ojos en el último segundo. El clímax llegó brusco e intenso, con un gemido que no pudo contener y que resonó contra los azulejos húmedos. Las rodillas le cedieron un momento. Se apoyó con las dos manos en la pared y dejó que el agua se llevara todo mientras recuperaba la respiración, lento, muy lento.

El silencio duró varios segundos.

—Lávate —dijo Silvia. Su tono había cambiado, como el de alguien que cierra un paréntesis—. Y hazlo bien.

Andrés no dijo nada. No había nada que pudiera decir.

Escuchó los pasos de ella alejarse por el suelo mojado. Luego se detuvieron.

—El próximo domingo —dijo Silvia, desde donde estaba, sin girarse—. A la misma hora. Llegas, nadas tus largos, y después te quedas en la ducha.

No era una pregunta.

La puerta de los vestuarios se cerró con un golpe suave y definitivo.

***

El trayecto a casa fue algo que Andrés recorrió sin percibir. Los semáforos, las calles, las dos paradas de metro. Entró a su apartamento, se sentó en el borde de la cama con la mochila todavía en la espalda y se quedó mirando la pared durante un rato que no supo medir.

Lo que había pasado era objetivamente humillante. Lo sabía. Lo reconocía sin esfuerzo. Había obedecido a una mujer a la que apenas conocía, en las duchas de un polideportivo, mientras el agua caliente le caía encima. Había obedecido porque tenía miedo, sí. Pero también porque en algún punto entre el miedo y la vergüenza había aparecido otra cosa, algo que no tenía del todo claro cómo nombrar.

Silvia no se había reído de él. No lo había tratado como si fuera un idiota o un perturbado. Lo había mirado con esa calma de quien conoce bien el terreno que pisa, y le había dado una orden como si fuera lo más natural del mundo. Y lo más desconcertante no era que él hubiera obedecido. Lo más desconcertante era cómo se había sentido obedeciéndola.

Se tumbó en la cama sin quitarse los zapatos y miró el techo.

La opción racional era no volver. Cambiar de instalación, buscar otra piscina en el otro extremo de la ciudad, olvidar que aquello había ocurrido. Eso era lo que tenía sentido hacer. Se lo dijo a sí mismo con claridad, como se dicen las cosas cuando uno quiere convencerse de algo.

También sabía, con esa otra claridad más incómoda que a veces llega sin que uno la invite, que iba a volver el domingo siguiente. No por el miedo a la denuncia, que ya apenas recordaba. Iba a volver porque Silvia lo había dicho con esa voz, porque durante los diez minutos más extraños de su vida había sentido algo que quería entender mejor aunque no estuviera seguro de querer entenderlo.

El próximo domingo. A la misma hora.

Cerró los ojos. Seis días. Los contaría.

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Comentarios (6)

Ricky_CBA

jajaja tremendo!!! no me esperaba ese giro, muy bueno

Valentina_mdp

Que bueno que encontre este relato. Me recorde de una vez en el gym que el entrenador me miraba de mas y nunca supe si era lo que yo pensaba... jaja. Sigue escribiendo!

martin_rr

necesito la segunda parte ya!!!

Gabi_Tucuman

Muy bien narrado, se nota que sabes crear tension antes del momento clave. Me gusto mucho como esta construido.

pabloSur22

Excelente!!! me dejo con ganas de mas, espero que haya continuacion pronto

Lucrecia_BA

Leido en el colectivo y casi me bajo en la parada que no era de lo entretenida que estaba jajaja. Que morbo rico, muy buen relato

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