La novia de mi hijo llegó con una propuesta
Camila me llamó un miércoles por la mañana. Su voz sonaba nerviosa, medida, como cuando alguien ensaya lo que va a decir antes de marcar el número. Me pidió que quedáramos solas, en casa, a una hora en que estuviéramos sin compañía. La curiosidad me ganó por completo y acepté sin pensarlo demasiado.
La cité para las tres de la tarde. Me cambié de ropa más veces de lo que me importa reconocer: al final opté por una falda oscura que me quedaba por encima de la rodilla y una blusa de seda color crema. No me pregunté por qué me había arreglado tanto para recibir a la novia de mi hijo. O sí me lo pregunté, y preferí no responderme.
Llegó puntual. Jeans ajustados, una camiseta fina de color blanco, el pelo recogido en una coleta suelta. Tenía esa manera de entrar a un lugar como si ya le perteneciera, sin estridencias pero con una seguridad que resultaba muy difícil de ignorar.
La invité a sentarse en el sofá, le ofrecí algo de picar y una cerveza fría. Ella aceptó, miró alrededor un momento y luego me miró a mí.
—Gracias por recibirme —dijo—. Sé que es raro venir así, sin Rodrigo.
—Para nada —respondí—. Me alegra que hayamos encontrado el momento. ¿De qué querías hablar?
Sostuvo la botella entre sus manos y tardó un instante en contestar.
—Rodrigo y yo somos muy abiertos entre nosotros. Él me ha dicho que contigo puede hablar de cualquier cosa, incluso de lo que pasa en nuestra cama.
—Así es —dije, sin apartar los ojos de ella—. Entre nosotros hay mucha confianza.
—Entonces sabes que hemos explorado bastante. —Hizo una pausa—. Hace unos meses hicimos algo con una amiga mía, y después, hablando, a mí se me ocurrió que quería vivir algo parecido con alguien cercana a él. Él fue quien me sugirió que podría ser contigo.
Hubo un silencio breve. La observé, traté de leer su expresión. Nerviosa, sí, pero también decidida. Era evidente que había pensado mucho en esta conversación antes de marcar mi número.
Puse la mejor de mis sonrisas y me incliné apenas hacia ella.
—¿Y a ti te apetece? —le pregunté.
Camila abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera hacerlo acerqué mis labios a los suyos. El beso duró un segundo, dos, y ella no se apartó. Cuando me separé, su expresión era completamente diferente: el nerviosismo había desaparecido casi por completo.
—Tranquila —le dije en voz baja—. Mi hijo es un hombre inteligente. No se va a enfadar porque las dos personas que más quiere se quieran también entre ellas.
Volvimos a besarnos. Esta vez sin prisa. Ella sabía besar: ni demasiado ansiosa ni demasiado contenida, con una cadencia que me resultó muy placentera desde el principio.
***
Me pidió que me levantara del sofá. Lo hice. Me bajó la falda con una mano, dejándola caer al suelo, y después fue desabotonando mi blusa despacio, mirándome a los ojos entre cada botón. Me quedé con el conjunto de ropa interior blanca que había elegido esa mañana.
Ella seguía completamente vestida. Llevó las manos hacia mi pecho y las dejó ahí un momento, sin moverse, como sopesando algo.
—¿Así que estas son las que amamantaron a mi novio? —dijo en voz baja, casi para sí misma.
Le quité la camiseta de un tirón. No llevaba nada debajo. Sus pechos eran firmes, con los pezones oscuros y pequeños, y la miré durante un buen rato sin disimular que lo hacía.
Fue ella quien me quitó el sujetador. Lo hizo sin apresurarse, con los dedos seguros, y en cuanto me quedé descubierta llevó su boca a uno de mis pezones y lo tomó entre los labios. Lo chupaba lentamente, con la lengua y los dientes al mismo tiempo, alternando la presión. Cerré los ojos.
No esperaba que lo hiciera así.
Después fui yo quien tomó el control. Le bajé los jeans y la ropa interior de un solo movimiento y la dejé completamente desnuda delante de mí. Tenía un cuerpo precioso: caderas anchas, vientre plano, las piernas largas y bien formadas.
Le hice un gesto para que se sentara. Lo hizo, y abrió las piernas sin que yo se lo pidiera. Me arrodillé en el suelo frente a ella, le puse las manos en los muslos y acerqué la boca a su sexo.
Empecé con la lengua plana, despacio, recorriendo todo el contorno antes de concentrarme en el centro. Camila se reclinó hacia atrás y apoyó una mano sobre mi cabeza, sin presionar, solo para notar que estaba ahí. Cuando la escuché gemir por primera vez supe que iba bien.
No tardó demasiado. Se corrió con un temblor largo, los muslos apretándose un momento alrededor de mi cara, y un sonido que salió desde el fondo de la garganta.
Cuando me incorporé, me miró con los ojos todavía entornados.
—Ha sido divino —dije—. Pero ahora quiero que me lo hagas tú a mí.
***
Para mi sorpresa, en lugar de tumbarse a mi lado, Camila se subió al sofá y se colocó de pie encima de él, con el sexo a la altura de mi boca. Acerqué la lengua y me puse a lamerla. Mi hijo me había dicho que su novia tenía algo especial, y llevaba razón: lo hacía todo de manera distinta a lo esperado.
Antes de que pudiera correrse, me pidió que parara.
—Quiero que lo hagamos a la vez —dijo.
Nos recolocamos: yo tumbada boca arriba, ella encima en la dirección contraria. Su boca encontró mi sexo al mismo tiempo que yo encontré el suyo. Nos movimos despacio al principio, luego con más urgencia a medida que el placer se acumulaba entre las dos.
Me corrí primero por apenas unos segundos. Ella me siguió enseguida, con el cuerpo arqueándose sobre el mío. Nos quedamos así un momento, sin movernos, recuperando el aliento.
—Gracias, mamita —dijo ella desde abajo.
—Gracias a ti —respondí.
***
Descansamos un rato, bebimos lo que quedaba de las cervezas y hablamos de cosas sin importancia. Pero ninguna de las dos tenía intención de terminar ahí.
Fue Camila quien se levantó primero y me tomó de la mano.
—¿Vamos a ducharnos? —preguntó.
No era una pregunta que esperara respuesta. Me dejé llevar.
La ducha era amplia. Abrí el agua y nos metimos las dos. Ella se puso detrás de mí y empezó a enjabonarme la espalda con las manos, muy despacio, bajando desde los hombros hasta las caderas. Sentí su cuerpo pegarse al mío por detrás y el calor de su piel incluso bajo el chorro de agua tibia.
Me giré hacia ella. Nos besamos con el agua cayéndonos por la cara y el cuello. Bajé las manos hasta sus caderas y la acerqué hacia mí. Ella respondió rodeándome la cintura con los brazos.
Después se arrodilló sobre el suelo de la ducha, me separó las piernas con las manos y me puso la boca entre los muslos. El contraste entre el agua caliente que caía por encima y su lengua por debajo era algo muy difícil de describir. Me tuve que apoyar en la pared con una mano para no perder el equilibrio.
Me corrí con el agua todavía corriendo, mordiéndome el labio para no hacer demasiado ruido.
Cerré el grifo y le tendí una toalla.
—Creo que deberíamos ir a la habitación —dije.
Asintió sin decir nada.
***
En la cama nos tomamos el tiempo que no habíamos tenido antes. Nos tumbamos la una frente a la otra, nos miramos un momento, y ella sonrió de esa manera que ya me resultaba familiar.
Le recorrí el cuerpo despacio con las manos: el cuello, los hombros, el contorno de los pechos, el vientre, las caderas. Ella se dejaba tocar con los ojos abiertos, observándome. Después hizo lo mismo conmigo, con la misma calma y la misma atención, como si estuviéramos aprendiéndonos la una a la otra.
Volvimos al sesenta y nueve, esta vez tumbadas sobre la cama. Sin prisa, sin competir, dándonos placer de manera simultánea hasta que las dos nos corrimos casi al mismo tiempo. Nos quedamos en silencio durante un buen rato. La tarde había avanzado más de lo que pensaba: la luz que entraba por la ventana era ya anaranjada y larga.
—Espera aquí —dijo Camila, y salió de la habitación.
Volvió al cabo de un minuto con algo que había sacado del bolso: un arnés compacto con un consolador del color de la piel. Lo sostuvo un momento, mirándome.
—¿Esto está bien? —preguntó.
—Está muy bien —dije.
Se lo puso con una naturalidad que me resultó muy atractiva. No era la primera vez que lo hacía, eso estaba claro.
—¿Te apetece? —preguntó, de pie junto a la cama.
Me arrodillé sobre el colchón y lo tomé en la boca. Era diferente, claro: ni el calor ni la textura de la piel real. Pero ella lo usaba bien, con los movimientos de caderas justos, y la situación en sí tenía un morbo que no esperaba.
Me tumbé boca arriba. Ella se colocó encima de mí, me guio las caderas con las manos y me penetró despacio. Solté el aire de golpe. Me la puse a cabalgar, marcando el ritmo yo primero, después dejando que lo llevara ella mientras me agarraba por las caderas.
Hacía mucho tiempo que no disfrutaba así.
Cuando me corrí, ella se quedó quieta encima de mí y me miró.
—¿Bien? —preguntó.
—Muy bien —respondí.
Me pidió que me pusiera a cuatro patas. Lo hice. Se colocó detrás de mí y empujó despacio, con cuidado, hasta que encontró el ángulo correcto. Lo que siguió fue lento y constante, y me llevó a un orgasmo que tardó en llegar pero que, cuando lo hizo, fue de los que dejan a una sin palabras durante un rato.
—Ya sé de dónde ha sacado tu hijo lo que sabe —dijo ella, con la respiración todavía agitada.
—Eso espero —respondí riendo.
***
Cuando terminamos, nos tumbamos en la cama sin hablar durante varios minutos. Después nos vestimos despacio, cada una en su lado, y volvimos al salón.
—Me alegra mucho que hayamos hecho esto —dijo Camila mientras se recogía el pelo frente al espejo del recibidor.
—A mí también —respondí—. Y creo que mi hijo también se va a alegrar de que nos llevemos bien.
Camila sonrió. Era la misma sonrisa de cuando había llegado a la puerta, pero ahora ya la entendía del todo.
Se fue poco antes de que empezara a oscurecer. Cuando Rodrigo llegó esa noche y me preguntó cómo había ido la tarde, le dije simplemente que muy bien, que su novia era una chica estupenda y que me alegraba mucho de haberla conocido mejor.
Él me miró un momento. Después soltó una carcajada.
—Ya me imaginaba —dijo.
Una simple mirada entre los tres en la cena fue suficiente para comprender que aquella tarde había sido solo el primero de muchos encuentros.