El jinete maduro me esperó en la cocina del rancho
Ese verano cumplía dieciocho años y mi madre insistió en que fuéramos a visitar a sus hermanos al pueblo. No me apetecía. Yo era de ciudad, acostumbrada al tráfico y al aire acondicionado del coche, no a los caminos polvorientos del Bajío ni al olor a estiércol que llegaba de los corrales. Pero accedí porque ella me lo pidió con esa mirada que sabe usar cuando quiere algo.
El pueblo era pequeño, con una sola calle principal, una iglesia colonial y una plaza con kiosco. Las casas eran bajas, pintadas en colores fuertes, y la gente saludaba desde los portales como si todos se conocieran de toda la vida. Mi tío Ramón tenía un rancho a las afueras: una construcción larga de adobe con corrales para los caballos y un patio interior lleno de buganvilias.
Mis primas me arrastraron por todas partes el primer día. Tenía ganas de quererlas, pero ellas hablaban de muchachos del pueblo y de coqueteos en el río, y yo me sentía ajena a todo. Lo único que me sacudió la indiferencia fue saber que ese fin de semana caía la fiesta patronal.
—Y mi papá consiguió que viniera Esteban Cortázar —dijo Mariana, la mayor, mientras volvíamos del mercado—. ¿Tú sabes quién es?
Negué con la cabeza.
—El jinete. El que monta toros en el norte. Lo pasaron en la tele el año pasado.
Me encogí de hombros. Los jaripeos me parecían cosa de pueblo, ruidosa y violenta. Mis primas se rieron de mi cara de desinterés.
Mi tío Ramón, en cambio, no hablaba de otra cosa. Llevaba semanas preparando el ruedo, los carteles, los discursos. Y lo más importante, según él, era que Esteban se iba a quedar en el rancho. En nuestra casa.
—Es un honor que un hombre así duerma bajo este techo —repetía a la hora de la cena—. Un verdadero honor.
***
La noche anterior al evento no podía dormir. El cuarto que me habían asignado quedaba en la planta alta, con una ventana que daba al patio interior y, más allá, a los corrales. Hacía calor. Me revolvía entre las sábanas pensando en todo y en nada, hasta que se me antojó un café. Bajé descalza, en pijama: un short corto y una blusa de algodón sin manga.
La cocina estaba casi a oscuras. Encendí la luz del extractor, una luz amarilla y débil, y puse el agua a calentar. Por la ventana que daba al jardín vi a alguien.
Estaba de espaldas, fumando. Bajito, pero compacto, con los hombros anchos. Vestido todo de negro, las botas hundidas en la grava. El humo del cigarro le subía recto, sin viento, como si el aire se hubiera detenido a su alrededor.
Se dio la vuelta despacio, como si supiera que lo miraban. Levantó la mano. Le devolví el saludo, y por algún motivo me sentí descubierta, aunque no estaba haciendo nada malo.
Era un hombre común. Cuarenta años, quizás más. Moreno, curtido por el sol. La barba descuidada le rodeaba la boca como una sombra. No era guapo, no en el sentido en que a mí me habían enseñado a llamar guapo. No tenía nada que ver con los muchachos de mi facultad ni con los hijos de los amigos de mis padres, todos rasurados y perfumados con colonias caras. Pero algo tenía. Algo me detuvo en seco.
Estaba por salir de la cocina cuando él entró.
—Buenas noches —dijo, con un acento norteño que arrastraba las eses—. ¿Le importa si me sirvo un vaso de agua? No tenía sed, pero ahora sí.
Sonreí sin poder evitarlo.
—Si quiere le preparo un café.
Aceptó con la cabeza. Yo busqué la cafetera, las tazas, el azúcar. Sentía sus ojos en la espalda. Cuando me acerqué a entregarle la taza, lo olí.
Olía a una persona limpia, eso sí, pero también a tabaco y a campo, a sudor seco y a perfume barato, de los que se compran en las gasolineras. Un olor fuerte, denso, masculino de una manera que yo no conocía. Los hombres de mi entorno olían a mentol y a cedro, a colonias de tienda departamental. Él olía a otra cosa. Olía a lo que mi cuerpo no sabía que estaba esperando.
Me senté frente a él. Estiró las piernas debajo de la mesa, sin apuro.
—¿Y usted de dónde sale, muñeca? —preguntó—. No es de aquí, eso se nota.
—De la capital. Vine a visitar a mis tíos.
—Se nota también que no estaba muy convencida.
Me reí.
—¿Tanto se me ve?
—Se le ve todo —dijo, y le dio un sorbo al café sin quitarme los ojos de encima.
Hablamos un buen rato. De cosas tontas, de cosas serias. Él contaba historias del norte, de los rodeos, de un toro que casi le rompe la espalda en Sonora. Yo le hablaba de la universidad, de mis amigas, de lo aburrida que era la vida en la capital. Cuando le dije que tenía que subir a dormir, me tendió la mano para despedirse.
Esa mano fue lo que terminó de descomponerme. Fuerte, áspera, llena de callos. Una mano que había sostenido riendas, que había agarrado cuernos, que había trabajado. No la mano de mi padre ni la de los muchachos de la facultad. La mano de un hombre.
—Mañana mi montada va dedicada para usted —dijo—. Que descanse, muñeca.
***
Yo no pensaba ir al jaripeo. Pero a la mañana siguiente me arreglé como si fuera a una boda. Vestido floreado, sandalias de tacón bajo, el cabello suelto y húmedo. Mariana me miró con los ojos entrecerrados al verme.
—¿Y este milagro? Si ayer no querías ir.
—Cambié de idea.
Ella sonrió como si supiera algo. No dije nada.
El ruedo estaba lleno. Mi tío nos sentó a todos en el palco de honor, junto a la familia del cura y al presidente municipal. Pasaban jinetes uno tras otro: algunos aguantaban segundos, otros salían volando entre el polvo, sangrando, con las costillas rotas. La gente gritaba con cada caída. A mí se me revolvía el estómago.
Hasta que lo anunciaron.
—¡Y ahora, desde el norte, el rey del jaripeo, Esteban Cortázar!
Salió al ruedo sin prisa. Saludó al público con la mano levantada. Buscó nuestro palco. Encontró mis ojos y no los soltó. Mis tías y mis primas ahogaron un grito. Mi madre me miró sin entender.
Se quitó la camisa. El pecho moreno y sudado, el vientre apretado, los brazos llenos de venas. Encendió un cigarro. Fumó dos caladas mirándome solo a mí, antes de tirarlo y subir al cajón donde lo esperaba el toro.
Lo que pasó en el ruedo fue otra cosa. El toro saltó, dio vueltas, embistió. Él se mantuvo arriba, agarrado con una sola mano, el cuerpo doblándose en imposibles ángulos. Cada brinco le sacudía hasta los huesos, pero él aguantaba. Aguantaba y miraba al frente, como si el animal fuera un capricho y no una amenaza.
Cuando el toro finalmente se rindió y él bajó de un salto, todo el pueblo gritó su nombre. Saludó al público, hizo una caravana hacia mi tío y, otra vez, me miró.
Me apreté las piernas debajo del vestido. Estaba a punto de venirme sin que nadie me tocara. Y no entendía por qué.
***
Esa noche no pude dormir. Daba vueltas en la cama. Me imaginaba sus manos, su olor, su voz arrastrada. Aunque ya había estado con dos o tres muchachos antes, ninguno me había hecho sentir lo que sentía mirándolo desde el palco. Mi cuerpo no me pedía un novio. Me pedía un hombre.
Me toqué un rato, hasta que me dio vergüenza de mí misma. Me levanté con la garganta seca. Me dije a mí misma que solo iba por agua, pero por dentro sabía la verdad.
Bajé en el mismo short y la misma blusa de la noche anterior. Sin sostén, sin calzón, porque no acostumbraba dormir con ropa interior. Pensé que él ya se había ido al cuarto, que iba a encontrar la cocina vacía.
Pero estaba ahí, en el jardín, fumando, como si me hubiera estado esperando desde la madrugada.
Levantó la cara. Me vio a través del vidrio. Tiró el cigarro. Apagó la brasa con la bota. Y se acercó a la puerta.
Entró sin tocar. Cerró atrás de él. Yo me quedé contra la mesa, con el corazón en la garganta.
—Sabía que ibas a bajar —dijo, en voz baja—. Te lo leí en la cara desde la tarde.
—No se confunda —murmuré, y mi voz me sonó ridícula a mí misma.
Él no contestó. Caminó hasta donde yo estaba, sin prisa. Me tomó la cara con las dos manos. Y me besó.
Una parte de mí quería empujarlo, pegarle una cachetada, salir corriendo. Lo intenté. Lo intenté de verdad. Pero él me sostuvo con una sola mano, sin esfuerzo, como si yo no pesara nada. La otra mano me bajó por el cuello, por la blusa, hasta el costado de la cadera.
El beso sabía a tabaco y a café. La lengua me invadió la boca despacio, dueña de todo. Dejé de resistir. No por miedo. Por algo más profundo, más vergonzoso.
Su mano me subió la blusa. Los dedos ásperos me apretaron un pecho y después el otro. Bajó la boca y me mordió un pezón hasta hacerme gemir. La cocina entera olía a él.
Con la otra mano se desabrochó el cinturón. Se bajó el pantalón hasta los muslos. La verga no era enorme, pero era gruesa, dura, palpitante.
—De rodillas, muñeca —me dijo, sin levantar la voz.
Y me arrodillé. Sin pensarlo. Sin discutirlo. Como si llevara toda la vida esperando que un hombre me lo dijera así.
Me la metió en la boca. Me agarró del cabello como agarraba las riendas de su caballo. Me obligó a tragarla entera. Sentí que me ahogaba, que se me llenaban los ojos de lágrimas, pero no pude parar. Algo en su cara, en la forma en que apretaba la mandíbula, me obligaba a seguir.
Después me levantó. Me dio la vuelta contra la mesa. Me bajó el short de un tirón. Yo estaba empapada.
Pasó la punta de la verga por mi sexo, despacio, dejándome sentir cada centímetro. Me hizo arquear la espalda. Y cuando creí que iba a pedírselo en voz alta, me la metió de un solo empujón.
Me tapé la boca con la mano para no gritar. Toda la casa dormía arriba.
Me agarró de la cintura con las dos manos y se movió con un ritmo que yo no había sentido nunca. Lento al principio, midiéndome. Después rápido, profundo. Sin pedir permiso. Llevó las manos hasta mis pechos y me apretó los pezones entre el índice y el pulgar.
Me vine a los pocos minutos. Quise reprimirlo, pero no pude. Me empapé los muslos. Él se rio bajito, contra mi nuca.
—Apenas vamos empezando, muñeca.
Me dio la vuelta. Me sentó en el borde de la mesa. Se acomodó entre mis piernas y me besó otra vez, mientras volvía a entrar en mí.
—Mira cómo te entra —me decía, mirando hacia abajo—. Mira lo bien que te entra.
No podía contestar. Solo gemir, mordiéndome los nudillos. Me vine otra vez, más fuerte que la primera. Sentí el corazón en la garganta y en el sexo a la vez.
Él aceleró. La mesa rechinaba. Me dijo que quería terminar dentro y le dije que no, que por favor no. Se salió a tiempo. Me agarró del cabello y me obligó otra vez a arrodillarme. Acabó sobre mi vientre, sobre mi blusa, sobre mi cara.
—Ahora límpiame —me ordenó.
Y lo hice. Con la lengua, con los labios, con la lentitud que él me marcó.
Cuando terminé, me miró desde arriba, sin sonrisa, sin ternura, sin disculpa. Se subió el pantalón. Se acomodó la camisa. Sacó otro cigarro y lo prendió.
—Que descanses, muñequita —dijo, y salió al jardín a fumar, como si no hubiera pasado nada.
Yo me quedé en el piso de la cocina, con las piernas temblando, oliendo a él. Sintiéndome, por primera vez en la vida, una mujer en manos de un hombre de verdad.
Al día siguiente, antes del desayuno, ya se había ido. Mi tío me dijo que tenía un compromiso en otro estado. No volví a verlo nunca.
Pero todavía hoy, cuando huelo tabaco mezclado con campo y perfume barato, se me afloja el cuerpo entero.