La noche que papá me hizo suya por primera vez
La lámpara del salón estaba encendida con poca intensidad y las copas de vino a medias sobre la mesita baja. Éramos cuatro en la casa de campo: mis tres hijos y yo. Yo tenía cuarenta y cinco años y llevaba toda la tarde con la sensación de que algo se iba a romper antes de que acabara la noche.
Laura, la mayor, tiene veinticinco años y se había puesto colorada desde el principio de la conversación. Se mordía el labio con los ojos fijos en mí, sin parpadear. Andrés, mi hijo del medio, veintiún años, no despegaba la vista de mis labios mientras yo hablaba. Sofía, la pequeña, veinte años recién cumplidos, llevaba un rato con las piernas cruzadas apretadas y los brazos sobre el pecho como si tuviera frío, aunque la habitación estaba caliente.
Fui yo quien empecé a contar. Siempre soy yo.
—Tenía diecisiete años recién cumplidos —les dije con esa voz que me sale cuando quiero que me escuchen de verdad—. Era el verano de 1963. Un calor que apretaba desde primera hora de la mañana y no aflojaba ni de noche. Las piedras del pueblo guardaban el sol hasta las dos de la madrugada.
Laura soltó un suspiro muy suave.
—Mamá… cuéntanos la primera vez. La primera de verdad.
Andrés asintió sin decir nada. Sofía me miró con los ojos muy abiertos.
Yo sonreí, crucé los tobillos y empecé a hablar despacio, eligiendo cada palabra.
***
Era la menor de tres hermanas y la única que había heredado el físico de mi abuela materna: pelo negro brillante cortado a la oreja, cara de ángel con los pómulos altos, y un cuerpo que desde los catorce años empezó a llamar la atención de los hombres del pueblo. Tenía las caderas anchas, la cintura estrecha, las piernas fuertes y torneadas, y desde muy joven comprendí que ese cuerpo producía un efecto concreto y reconocible en la gente que me rodeaba. Lo notaba en las miradas. Lo notaba en los silencios.
Mi padre se llamaba Manuel. Tenía sesenta y ocho años ese verano. Alto todavía, de espaldas anchas, manos grandes y oscurecidas por el sol y el trabajo. El pelo le blanqueaba en las sienes y tenía una voz grave que se te metía en el pecho cuando te hablaba de cerca. Era un hombre de pocas palabras y de gestos lentos, del tipo que piensa dos veces antes de hablar y que cuando dice algo lo dice en serio.
Desde que era pequeña, mi padre me sentaba en su regazo. Era algo que hacía con naturalidad, sin darle mayor importancia. Me cogía por las caderas y me colocaba sobre sus muslos. Me pasaba las manos por los brazos, me apretaba suave, y a mí me gustaba. Me parecía lo más normal del mundo porque siempre había sido así, desde que tenía memoria.
Con los años, esas caricias fueron cambiando. O quizás fui yo quien cambié, y empecé a notar cosas que antes no notaba. Cuando me sentaba en su regazo a los quince años ya no era lo mismo que cuando tenía diez. Notaba la tensión en sus manos cuando me sujetaban. Notaba que tardaba más en soltarme cuando yo me intentaba bajar. Y notaba, muy claramente, que algo se ponía duro debajo de mí si permanecía quieta demasiado tiempo.
No me asustó. Al contrario: me fascinó de una manera que no supe explicarme durante mucho tiempo.
Aquellas noches en que mi madre estaba ya en el cuarto y yo pasaba por el salón en camisón y lo encontraba solo, él me llamaba con un gesto. Yo me acercaba, me subía a sus piernas, y durante un rato nos quedábamos así en silencio mientras la radio sonaba bajito desde la cocina. Sus manos se movían sobre mí con calma, como si estuviera comprobando algo. Como si cada noche hubiera algo nuevo que encontrar.
A los dieciséis empecé a entender exactamente lo que pasaba entre nosotros. Y a los diecisiete ya no quería seguir esperando.
***
La noche que decidí que iba a pasar fue una noche de agosto. Hacía tanto calor que dormir era imposible incluso con la ventana abierta de par en par. Mi madre se había acostado temprano con dolor de cabeza. Mis hermanas llevaban diez días fuera, en casa de una tía en el norte, y yo me había quedado sola en la casa con mi padre.
Me puse el camisón más corto que tenía. Me quité las bragas. Me miré en el espejo del cuarto antes de salir y reconocí en mis propios ojos algo que solo había visto en los de él cuando me miraba sin saber que yo me daba cuenta: ganas. Muchas ganas de que pasara algo que ya no había forma de seguir ignorando por ninguno de los dos.
Mi padre estaba sentado en su sillón grande, en calzoncillos, con un vaso de agua sobre la mesita. Tenía la radio encendida a volumen bajo. Cuando entré levantó la vista y la mantuvo fija en mí durante un segundo más de lo normal antes de mirar hacia otro lado.
—Elena —dijo, con ese tono que usaba cuando me avisaba de algo.
—Papá —respondí yo, deteniéndome delante de él.
Hubo un silencio largo y denso. La radio sonaba. La noche olía a tierra caliente y a higos maduros que entraba por la ventana abierta del salón.
—¿Qué quieres, hija? —preguntó con la voz grave, sin mirarme todavía.
Yo no contesté con palabras. Me acerqué, me subí a horcajadas encima de él y le puse las dos manos en los hombros. Noté cómo se tensaba toda su espalda de golpe. Le sostuve la mirada.
—Ya sé lo que pasa entre nosotros —le dije bajito—. Lo sé desde hace mucho tiempo. Y yo también lo quiero.
Él me cogió las muñecas. Me las sujetó sin apretar, solo para que no siguiera moviéndome.
—Eres mi hija —dijo.
—Lo sé perfectamente.
—Tengo sesenta y ocho años, Elena.
—Eso también lo sé.
Le sostuve la mirada sin bajarla. Sus manos no me soltaban. Y debajo de mí notaba con toda claridad que su cuerpo no estaba de acuerdo con sus palabras.
—Papá. —Me incliné despacio hasta que mis labios quedaron a un dedo de su oreja—. Por favor. Llevo años esperando esto. Ya no puedo más.
Sus manos soltaron mis muñecas y se posaron en mis caderas.
***
Lo que pasó después ocurrió con una lentitud que yo entonces encontré desesperante y que ahora, recordándolo, agradezco. Mi padre no era un hombre impulsivo. Cada cosa la hacía con cuidado y con intención, como si quisiera asegurarse de que no había posibilidad de arrepentimiento posterior.
Me llevó al sofá. Me tumbó despacio, con sus manos grandes en mis hombros. Me levantó el camisón por los muslos. Me pasó los pulgares por las caderas desnudas y cuando comprobó que no llevaba nada debajo dejó escapar un sonido suave, casi inaudible, que quedó flotando en el aire caliente de la habitación.
—Elena… —dijo, con una voz diferente. Más oscura. Más baja.
—Sí —respondí yo, porque sabía que no era una pregunta.
Empezó con los dedos. Con paciencia y con cuidado, abriéndome, preparándome. Yo estaba tan húmeda que sus dedos gruesos entraron sin apenas esfuerzo. Me recosté contra el respaldo del sofá, con los ojos cerrados y las manos aferradas al cojín, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro. Gemí la primera vez que llegó al fondo.
—Eso es —dijo él en voz muy baja—. Relájate, hija.
No sé cuánto tiempo estuvo así. El calor de la noche se había metido dentro de la habitación y yo tenía la frente sudada y la respiración cortada. Cuando sentí que ya no podía aguantar más le cogí la muñeca con las dos manos.
—Papá. Ahora. Por favor.
Se colocó encima de mí con cuidado, apoyándose sobre los codos para no aplastarme. Noté la punta, caliente y gruesa, posicionarse en la entrada de mi cuerpo y respiré hondo, preparándome.
Empujó despacio.
El dolor fue inmediato y agudo, como si algo cediera por dentro de manera irreversible. Abrí la boca y solté un sonido que no era un grito pero que tampoco era un suspiro. Él se detuvo.
—¿Bien? —preguntó, con la frente pegada a la mía.
—Sigue —respondí entre dientes—. No pares.
Siguió. Centímetro a centímetro, con una paciencia que yo ya no tenía pero que él mantuvo hasta el final, fue entrando. Yo notaba cada parte de él: el grosor, el calor, la presión que se extendía hacia adentro y hacia arriba. Me llenaba de una manera que no había imaginado que fuera posible. Cuando por fin llegó al fondo y noté sus caderas pegadas a las mías solté el aire que había estado conteniendo desde que empezó.
—Ya está —dijo él muy quieto, con la frente apoyada contra la mía—. Ya estás entera, hija.
Nos quedamos así un momento, inmóviles. Yo procesaba el dolor y el placer al mismo tiempo, incapaz de distinguir dónde terminaba uno y empezaba el otro. Luego él empezó a moverse.
Fue lento al principio. Movimientos largos y deliberados, sacando casi todo y volviendo a entrar sin prisa. Yo gemía con cada embestida, aferrada a sus hombros, con los talones apretados contra la parte baja de su espalda. El dolor fue cediendo. Lo que ocupó su lugar fue una sensación densa y profunda que me subía desde el vientre y no me dejaba pensar con claridad.
—Papá —dije con la voz rota—. Más fuerte.
Él levantó la cabeza y me miró a los ojos un instante. Luego aceleró.
Me corrí antes de que terminara. Un orgasmo largo y violento que me arqueó la espalda y me hizo apretar los muslos alrededor de él sin poder evitarlo. Grité bajito, con la cara enterrada en su cuello. Él gruñó y siguió moviéndose sin detenerse hasta que unos segundos después le sentí tensarse entero y descargar dentro de mí un calor que me empapó por dentro.
Nos quedamos quietos mucho tiempo después. La radio seguía sonando en la cocina. Por la ventana entraba olor a tierra y a verano.
—Elena —dijo mi padre al fin, con la voz ronca.
—Papá —respondí yo, sin moverme de debajo de él.
No hizo falta decir nada más. No había nada que decir.
***
Pero esa primera vez no fue toda la noche. Cuando me incorporé y quise bajarme del sofá, mi padre me cogió por la cadera y me detuvo con una presión suave pero firme en el costado.
—Espera —dijo.
Le miré sin entender. Él me miraba con esos ojos oscuros que nunca decían todo lo que pensaban.
—Date la vuelta, hija.
Lo entendí al momento. Me quedé quieta un segundo, procesándolo. Luego me puse a cuatro patas sobre el sofá, despacio, con el camisón subido hasta la cintura.
—Ten cuidado —le dije, con la voz que me temblaba un poco.
—Siempre —respondió él.
Lo que vino después fue diferente. Más lento todavía, con más cuidado, con más tiempo. El dolor fue más intenso al principio y tardó más en ceder, pero cuando cedió lo hizo de una manera que no esperaba: no desapareció del todo, sino que se mezcló con el placer de una forma tan completa que ya no había forma de separarlos. Era todo lo mismo. Era una sola cosa.
Me corrí por segunda vez aferrada al cojín del sofá, mordiendo la tela para no gritar demasiado fuerte y despertar a mi madre. Mi padre terminó poco después, con las manos apretadas en mis caderas y un gemido grave y contenido que nunca olvidé.
Esa noche aprendí que el cuerpo sabe cosas que la cabeza tarda mucho en admitir. Y aprendí que hay sensaciones que, una vez conocidas, ya no te abandonan.
***
Cuando terminé de hablar, el salón estaba en silencio. Laura tenía los ojos brillantes y la mano apretada contra el muslo. Andrés miraba el techo con la respiración pausada y controlada, la mandíbula apretada. Sofía tenía las mejillas encendidas y los labios entreabiertos.
Yo cogí mi copa de vino, bebí un sorbo largo y los miré a los tres.
—Esa fue la primera vez —dije.
—¿Y los días siguientes? —preguntó Sofía con la voz muy queda, casi sin aliento.
Sonreí. Dejé la copa sobre la mesita con cuidado.
—Los días siguientes fueron otra historia completamente distinta. Pero eso os lo cuento mañana. Esta noche ya ha sido suficiente para todos.
Nadie protestó. Nadie se movió. Nos quedamos los cuatro en silencio, con la lámpara baja y el ruido de los grillos entrando por la ventana, cada uno con sus propios pensamientos y con el calor de esa noche de verano pegado a la piel.