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Relatos Ardientes

La milf de mi colega y sus propias reglas

Llegué a Estocolmo un martes de noviembre con dos maletas y la firme convicción de que iba a portarme bien. No era algo difícil de admitir: los últimos meses en Madrid habían sido un desastre de cama en cama, de una complicación a la siguiente, y cuando salió la oportunidad de un traslado temporal a la oficina nórdica, la tomé sin pensarlo dos veces. Más sueldo, menos líos. En teoría.

El trabajo era bueno. El equipo era una mezcla de veinte nacionalidades que chapurreaban un inglés impecable y tenían esa eficiencia fría que uno asocia con el norte. El único que hablaba español en todo el edificio era Pablo, un colombiano que llevaba once años allí y ya se movía por la ciudad como si hubiera nacido en ella. Cincuenta y tantos, alto, con esa energía nerviosa de los que nunca se quedan quietos. Me cayó bien desde el primer día.

Su mujer era Valentina. La vi por primera vez en un bar del centro, un jueves que Pablo me invitó a tomar algo después del trabajo. Entró con diez minutos de retraso, todavía en ropa de trabajo, y algo en la habitación cambió cuando cruzó la puerta. No de forma dramática. Solo cambió.

Cuarenta y dos o cuarenta y cinco, no supe calcular bien. Un metro setenta y ocho, pelo negro corto, ojos oscuros que miraban como si ya supieran lo que ibas a decir antes de que abrieras la boca. Delgada pero con curvas donde correspondía: caderas, pecho, ese culo que se insinuaba incluso bajo la ropa de oficina. Trabajaba en el sector sanitario y la conocía medio mundo, según Pablo.

—Así que tú eres Diego —dijo cuando nos presentaron, como si hubiera oído hablar de mí antes.

Me dio la mano con firmeza, me miró un segundo de más y se sentó al lado de su marido.

Iba a ser muy difícil portarme bien.

Durante las semanas siguientes, Pablo y yo desarrollamos una rutina de almuerzos que incluía a Valentina cuando el horario lo permitía. Cuando aparecía, yo me dedicaba a mirar el menú con una concentración que no tenía nada que ver con la comida. Un viernes por la tarde, ella salía tarde de turno y Pablo pasó el rato en mi piso mientras esperaba. Yo vivía a diez minutos del trabajo; ellos, bastante más lejos. Era un apartamento funcional: cocina, baño, salón y una habitación con cama grande.

Estábamos hablando de trabajo cuando Valentina llamó para decir que saldría media hora más tarde de lo previsto. Les ofrecí quedarse a dormir. Aceptaron. Fuimos a buscar algo de ropa para ella a una tienda pequeña cerca del metro —las otras ya cerraban— y compramos cena hecha de camino a casa.

Cuando llegamos, Valentina se fue directa al baño. Pablo le llevó lo que habíamos comprado. Yo empecé a poner la mesa.

La escuché salir del baño antes de verla.

El vestido era cortísimo. Negro, de una tela fina que no dejaba nada a la imaginación. Sin sujetador: los pezones se marcaban con la claridad de quien no tiene ningún interés en disimularlos. El pelo, mojado, caía en mechones oscuros sobre el cuello. Cuando se giró para decirle algo a Pablo, el vestido subía lo suficiente para confirmar lo que ya sospechaba.

—Seguro que lo compraste por metros de tela —le dijo a su marido con una sonrisa.

—Te quedaba lo más largo —respondió él.

Yo me concentré en los vasos.

La cena fue buena: comida tailandesa, vino tinto y conversación fácil. Valentina contaba bien, con ese humor seco que hace gracia sin proponérselo. A veces miraba a Pablo con una complicidad que excluía al mundo entero. Otras me miraba a mí con algo que no era complicidad, pero tampoco era nada del otro mundo. O eso me dije.

Cuando recogimos la mesa, Valentina anunció que iba a lavarse los dientes. Sacó un cepillo del bolso —vino preparada para quedarse, pensé— y se los lavó en el baño junto a mí mientras Pablo ordenaba la cocina. Terminó, me miró en el espejo y salió.

Yo me senté en el sillón del salón con las copas de vino que quedaban.

Valentina apareció tres minutos después. Se había quitado el vestido. Llevaba solo la ropa interior: un conjunto negro, sencillo, que hacía que todo lo anterior pareciera recatado. Cruzó el salón sin prisa, como si fuera lo más normal del mundo, y se sentó sobre mis piernas con las rodillas abiertas a los lados de mis muslos.

Me miró a los ojos.

—Si te molesto, me dices —dijo. No era una pregunta.

Pablo salió de la cocina, nos vio y se detuvo en el marco de la puerta con una expresión que no sabía cómo leer.

—Valentina... —dijo.

—¿Qué? —respondió ella sin girar la cabeza.

—No le hagas eso al chico.

Ella sonrió. Se movió apenas sobre mis piernas, ajustando la posición, y yo noté el calor de ella a través de la ropa. Mi cuerpo tuvo una opinión sobre la situación antes de que yo pudiera formarme ninguna.

—¿Ves? —le dijo a Pablo con voz tranquila. —Ya no molesto.

Su mano derecha se apoyó en mi pecho y empezó a bajar despacio. Yo mantuve las manos en los reposabrazos del sillón porque era lo único que podía hacer sin que todo se desmoronara. Cuando apoyó la palma sobre mí a través del pantalón y cerró los dedos, escuchó mi respiración cambiar.

—Pablo —murmuró sin dejar de mirarme. —Ven a ver esto.

Él se había acercado sin que yo me diera cuenta. Estaba de pie al lado del sillón, mirando la mano de su mujer. Ella lo miró desde abajo.

—¿Te gusta? —le preguntó.

Él asintió con un movimiento mínimo.

—Dilo —ordenó ella. La voz había cambiado. Ya no era familiar ni cómplice: era otra cosa. —Di que te gusta ver a tu mujer con la mano en la polla de otro.

Silencio. Después, Pablo tragó saliva.

—Me gusta —dijo. —Me gusta verte así.

Valentina desabrochó mi pantalón con la eficiencia de quien sabe lo que está haciendo y deslizó la mano adentro. Cuando me encontró —completamente, sin ropa de por medio— soltó un suspiro largo y deliberado.

—Dios mío —murmuró. —Esto sí que es un hombre.

Se bajó de mis piernas, se arrodilló en el suelo entre los dos, y nos agarró a los dos con una mano cada uno. Pablo ya llevaba la mano sobre sí mismo desde hacía un rato. Ella nos acercó, nos juntó, y empezó a turnarse entre los dos con una calma que hacía que todo pareciera muy estudiado y al mismo tiempo completamente espontáneo.

Pasó así un tiempo que no supe medir.

Entonces paró. Nos miró a los dos, una mano en cada uno, y habló con la naturalidad de quien comenta el tiempo.

—Pablo, amor. Mira esto.

Él miró.

—No es que sea un poco más grande —dijo ella. —Son dos categorías distintas. Esta es una polla adulta. La tuya es... Rica, no digo que no. Pero tiene otra escala.

Pablo abrió la boca. Ella se inclinó y me chupó la punta antes de que pudiera contestar. Lenta, mirándolo a él mientras lo hacía. Cuando se separó, levantó la vista hacia su marido.

—No te enfades —dijo. —Solo te digo la verdad. Y tú sabes que siempre me ha gustado la verdad.

Se puso de pie. Se sacó la ropa interior. Tenía el cuerpo que había intuido por encima de la ropa: musculoso, firme, con esa combinación de fuerza y elegancia que solo dan los años y el hábito. Los pechos eran grandes, los pezones oscuros y duros.

—Quiero probarlo —le dijo a Pablo con una voz que no admitía debate. —¿Qué necesito de ti?

Él la miró. Había resignación en sus ojos, pero había otra cosa también. Algo encendido y oscuro.

—Que disfrutes —dijo en voz baja.

—Eso ya lo tengo asegurado.

Se arrodilló de nuevo, pero esta vez agarró a Pablo del brazo y lo obligó a arrodillarse a su lado. Los dos frente a mí, ella mirándome a los ojos, él mirando lo que ella tenía entre las manos.

—Voy a enseñarte algo —le dijo a su marido con tono de profesora paciente. —Primero la punta. Con la lengua. Despacio.

Pablo obedeció. Lo hizo con esa torpeza que viene de la vergüenza y no de la ignorancia. Valentina frunció el ceño.

—No así —dijo. —Así.

Y lo demostró. Sin vacilación, sin intermediarios. El ruido que hizo cuando se separó le arrancó a Pablo una expresión que no tenía nombre.

—¿Ves? —dijo. —Sin miedo. A ver, otra vez.

Los dos ahí, ella dirigiendo, él aprendiendo, yo incapaz de apartar la vista. Fue absurdo y perfecto al mismo tiempo.

Después Valentina se puso de pie. Me agarró de la mano, me llevó hacia el centro del salón y se puso a cuatro patas sobre la alfombra. Me miró por encima del hombro y esperó.

Le di un azote. Fuerte.

Jadeó. No de dolor.

—Eso —dijo. —Eso es lo que le falta a este matrimonio.

Otro azote. La nalga se enrojeció de inmediato. Pablo miraba desde el lado con la boca entreabierta y una expresión que ya no era incomodidad. Era fascinación pura.

—Díselo a él —le ordené.

Valentina levantó la cabeza y miró a su marido.

—Me encanta —dijo con voz temblorosa. —Me encanta que me traten así. Que me den duro.

Me puse detrás de ella. Apoyé la punta en su entrada y esperé un segundo, nada más. Lo suficiente para que Pablo viera exactamente lo que iba a pasar.

Empujé.

El grito de Valentina llenó todo el salón. No era un grito de dolor: era de los que salen de más adentro, desde un lugar que no tiene que ver ni solo con el dolor ni solo con el placer, sino con los dos a la vez. Empujó el culo hacia atrás buscando más.

—Dios mío —gimió. —Pablo, ¿ves? ¿Ves lo que es esto?

Pablo asentía sin hablar, una mano sobre sí mismo, los ojos fijos en donde nos uníamos.

Empecé a moverme. Primero despacio, marcando cada golpe, dejando que ella se acostumbrara al ritmo antes de subirlo. Luego más rápido. Cada embestida la empujaba hacia adelante y ella volvía, siempre volvía, buscándome con el culo.

—Llámalo —le ordené.

Valentina levantó la cabeza.

—Pablo —dijo entre jadeos. —Ven. Bésame.

Él se arrodilló frente a su mujer, cara a cara, mientras yo la follaba por detrás. La besó con una intensidad que no esperaba de él: un beso sucio, real, de los que no se planean. Después ella lo empujó hacia abajo.

—Las tetas —le dijo contra su boca. —Chúpalas.

Él obedeció. Se inclinó y empezó a chuparle los pezones mientras yo seguía sin parar. El cuadro era surreal: el marido a cuatro patas comiéndole los pechos a su mujer mientras yo le daba desde atrás con una cadencia que ya no tenía nada de delicada.

—¿Te gusta verme llenarla? —le pregunté.

Pablo levantó la vista. Tenía los labios húmedos, los ojos perdidos.

—Sí —susurró. Después, más fuerte: —Sí.

Valentina llegó primero. Lo hizo con un grito cortado, apretando, temblando de pies a cabeza. Yo la sostuve por las caderas hasta que terminó de vaciarse y después me corrí adentro, largo y hondo, mientras ella seguía apretando.

Cuando me salí, un hilo de leche empezó a caerle por la pierna.

—Límpiala —le dije a Pablo.

Dudó medio segundo. Después se inclinó y empezó a lamer.

Valentina cerró los ojos con una sonrisa amplia y satisfecha.

—Así —susurró. —Qué bien se está cuando hay alguien que sabe lo que hace.

***

Me senté en el sillón. Ella caminó hacia mí como si la noche apenas empezara, se montó a horcajadas y apoyó la cabeza en mi hombro. Yo le pasé una mano por la espalda, despacio. Pablo se quedó de rodillas en el suelo durante un rato, mirando, esperando.

—Ven —le dije.

Se levantó y se acercó. Lo hice arrodillarse de nuevo, al lado del sillón, a la altura de nuestras piernas. Valentina, todavía encima de mí, abrió apenas los ojos y lo miró desde arriba con una expresión de satisfacción absoluta.

—¿Te gusta verla así? —le pregunté.

—Sí —dijo con voz ronca.

—¿Te gusta saber que acabo de llenarla y que ahora está sentada encima de mí sintiéndolo todo?

Cerró los ojos un segundo. Asintió.

—Dilo.

—Me gusta —dijo. —Me gusta verla así. Me gusta que la hayas... —Tartamudeó. Lo agarré del pelo. No fuerte, pero lo suficiente para que entendiera. —Que la hayas llenado —terminó al fin. —Que le hayas dejado todo adentro.

Valentina se rio contra mi cuello. Una risa baja, cómplice.

—Ay, amor —murmuró sin mirarlo. —Qué lindo cuando aceptas quién eres.

***

Más tarde, los tres en mi cama, Valentina preguntó por las compañeras de trabajo. Concretamente por Sofía —la pelirroja de ojos claros con ese cuerpo largo que parecía un problema permanente— y por Imara, la finlandesa de origen ghanés que miraba a todo el mundo como si estuviera eligiendo.

Pablo levantó la cabeza de la almohada.

—¿Cómo sabes que a él le gustan?

—Porque es obvio, amor —dijo Valentina. —Y porque me lo dijo él mismo.

Resultó que eran amigas suyas de hacía años. Dos parejas en relaciones abiertas, bisexuales los cuatro, con la norma de que cualquier nuevo participante necesitaba el visto bueno de los maridos. Y los maridos, según Valentina, no eran exactamente su tipo.

—Pero ellas sí están dispuestas a probar —dijo con esa sonrisa que yo ya conocía. —Y si alguien les cuenta lo que tienes entre las piernas, creo que el visto bueno lo tienes antes de pedirlo.

Pablo volvió a cerrar los ojos sin decir nada.

Yo miré el techo de mi apartamento en Estocolmo y pensé que hay sitios en el mundo donde portarse bien es una idea que dura exactamente lo que tarda un traslado en materializarse.

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Comentarios (6)

Andresito_BA

De lo mejor que lei en esta categoria. Tremendo relato!!

FernandoLector

Por favor que haya segunda parte, me quedé con ganas de saber como siguió todo

Rafa_Cba

Jaja la descripcion de cómo ella toma el control desde el principio... eso si que es una milf de verdad. Me recordó a una situacion parecida con una conocida, aunque nunca llegó a tanto jaja

SolanoK

Buenísimo. ¿Y el colega nunca se enteró de nada?

Marce_L

me encantó el personaje de ella, tiene mucho carácter. Sigue escribiendo!!

DiegoLec

Qué bien escrito, se nota que sabes crear tensión antes de que pase todo. Una de las mejores historias de maduras que lei aca. Espero mas relatos como este, saludos

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