La sesión que me enseñó a tener el control
Laura tenía cincuenta y tres años y hacía mucho que había dejado de contar los meses desde la última vez. El divorcio, tres años atrás, no solo había terminado con el matrimonio. Había terminado con algo más difícil de nombrar: las ganas. No de sexo en abstracto, sino de esa tensión específica, ese nudo en el estómago que precede a algo que todavía no sabes cómo va a terminar.
Los juguetes que compró tras la separación seguían en el cajón de la mesita. Algunos sin abrir. Otros sin batería. Su cuerpo no respondía a nada que ella misma controlara, y eso era una paradoja que llevaba tiempo sin saber resolver.
Fue Sandra quien lo cambió todo.
La conocía desde hacía más de diez años. Habían compartido una oficina, luego una amistad de las de verdad: de las que llaman borrachas y también a las tres de la mañana si algo va mal. Sandra era cuatro años menor, divorciada también, con una vida sexual que Laura escuchaba con una mezcla de envidia y ligera incomodidad.
Esa noche habían abierto la segunda botella cuando Sandra se inclinó sobre la mesa del comedor y bajó la voz como si hubiera alguien más en el apartamento.
—¿Conoces el femdom? —preguntó.
—Sé lo que significa —respondió Laura—. No es lo que yo...
—Escúchame. Hay un chico. Se llama Diego. Cobra por sesión, pero no es un escort normal. Es sumiso profesional. Tú llevas el control absoluto y él hace lo que tú ordenas. —Sandra hizo una pausa—. Fue la primera vez en años que me corrí sin pensar en absolutamente nada más.
Laura dio un sorbo largo de vino y no dijo nada.
—Hace tres meses decías lo mismo del sushi —añadió Sandra con una sonrisa.
***
Lo pensó durante dos semanas. Buscó en internet, leyó foros, leyó testimonios de mujeres que describían algo parecido a lo que Sandra le había contado. Le pareció extraño, luego comprensible, luego casi razonable. La tercera semana le pidió el contacto a su amiga.
Diego respondió el mismo día. Tono directo y profesional, sin doble sentido, sin insinuaciones. Acordaron día y hora. Cuando llamó al timbre, llegó con puntualidad exacta.
Laura lo esperaba en la puerta con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, preparada para que el primer segundo lo arruinara todo. Pero Diego tenía cara de persona completamente normal: veintiséis o veintisiete años, pelo castaño corto, constitución delgada y atlética. Llevaba una bolsa de tela oscura al hombro y saludó con naturalidad, como si viniera a entregar un paquete.
—Hola, soy Diego. Sandra me comentó que es la primera vez. No hay ninguna prisa para nada.
Entraron y se sentaron en el sofá. Hablaron veinte minutos. Del tráfico, de una serie que los dos habían visto por casualidad, de qué límites quería respetar Laura. Diego escuchaba de verdad. No miraba el reloj. No fingía interés.
—¿Tienes alguna pregunta antes de empezar? —dijo él.
—Sí. ¿Por qué haces esto?
Lo pensó un segundo.
—Porque me gusta. Y porque soy bueno haciéndolo.
Fue la respuesta más honesta que Laura había recibido en mucho tiempo.
***
Diego desapareció en el baño y regresó sin ropa. Sin rodeos, sin insinuaciones previas: simplemente volvió y se quedó de pie frente a ella, las manos a los lados del cuerpo y la mirada ligeramente baja. Completamente depilado. El pene, flácido y pequeño, perfectamente inofensivo. Laura no supo qué cara poner y soltó una risa corta, casi involuntaria, antes de cubrirse la boca con la mano.
—Perdona —dijo.
—No te disculpes —respondió él, y sonrió de verdad—. Es buena señal. Significa que ya estás más relajada.
Laura se levantó despacio. Extendió una mano y lo tocó. Fue un gesto casi clínico al principio, de pura curiosidad. El contacto no le produjo ningún impulso erótico inmediato. Solo perplejidad. Y debajo de esa perplejidad, algo más difuso que todavía no sabía reconocer.
—Pégame una patada —dijo Diego.
Laura lo miró.
—¿Cómo?
—Aquí. —Separó un poco las piernas y la miró con calma—. No tienes que hacerlo fuerte. Solo inténtalo.
—No quiero hacerte daño.
—Eso es lo que quiero que decidas tú.
El silencio duró varios segundos. Luego Laura respiró, se colocó bien los pies, y lo pateó. Sin fuerza. Un golpe torpe, casi simbólico. Diego hizo un sonido breve, los músculos del abdomen se tensaron y dobló un poco las rodillas.
—Otra vez —dijo, recuperándose.
La segunda fue más segura. La tercera, más firme. Para la cuarta, Laura ya no pensaba en si estaba bien o mal hacerlo. Solo notó que el pene de Diego, ese pene pequeño y discreto, había empezado a crecer. No mucho. Pero lo suficiente para que no hubiera forma de ignorarlo.
Y algo en ella se encendió. No fue exactamente excitación, no todavía. Fue otra cosa: una claridad rara, como cuando llevas tiempo mirando un objeto en la penumbra y alguien enciende una luz de repente.
—Tengo las bragas húmedas —dijo, y le sorprendió decirlo en voz alta.
Diego asintió, sin sorpresa, sin aspavientos.
—Entonces pasamos a la segunda parte.
***
Abrió la bolsa sobre la mesita baja con el orden de quien lo ha hecho muchas veces: lubricante, un arnés de cuero marrón oscuro, un consolador de tamaño considerable. Luego se colocó a cuatro patas frente al sofá, la cabeza baja y la espalda recta.
—¿Sabes cómo funciona el arnés?
—Me imagino —respondió Laura.
—Te ayudo si quieres.
—No hace falta.
Le llevó un minuto ponérselo. Las manos le temblaban un poco, no de miedo sino de algo parecido a la adrenalina antes de un examen. Cuando lo tuvo puesto, miró hacia abajo y la imagen le resultó completamente irreal durante medio segundo. Luego dejó de resultarle irreal.
Se acercó a Diego. Tomó el lubricante y lo aplicó despacio, tomándose su tiempo. Él no se movió.
—¿Puedo hacerte daño? —preguntó.
—Depende de cómo lo hagas.
—No quiero hacerte daño de verdad.
—Entonces no me lo harás.
Entró despacio. Diego exhaló con fuerza, los brazos se tensaron, los hombros subieron. Laura se detuvo y preguntó si estaba bien. Él dijo que sí y que siguiera. Siguió.
Los primeros movimientos fueron cautelosos, casi mecánicos. Pero algo cambió cuando Diego dejó caer la cabeza hacia abajo y ella puso una mano en su espalda y sintió los músculos moverse bajo su palma. Aceleró. Él emitió un sonido que no era queja ni del todo gemido. Laura se inclinó hacia adelante y le tomó el pelo con una mano, no con violencia, solo para tener dónde sujetarse.
—¿Así? —preguntó, la voz más ronca de lo que esperaba.
—Exactamente así —respondió él.
En algún momento se quitó la camisa. No lo decidió conscientemente: fue un gesto automático. El aire del apartamento le rozó la piel y no le importó. Llevaba más de un año sin desnudarse delante de nadie y tardó exactamente dos segundos en olvidarlo.
—Soy tu ama —dijo, y no lo dijo para él. Lo dijo para escuchárselo a sí misma.
—Sí, ama —respondió Diego, y la palabra no sonó a teatro.
El orgasmo llegó tarde y llegó largo. No fue el tipo de orgasmo rápido y funcional al que se había acostumbrado en solitario. Fue uno de esos que empiezan antes de que te des cuenta y terminan después de que crees que ya terminaron. Laura se quedó quieta unos segundos, con las manos en las caderas de Diego, sintiendo que las rodillas no eran del todo fiables.
***
Después se sentaron en el sofá con una manta. Diego tenía una bolsa de hielo que había sacado de la cocina sin pedirle permiso, y la sostenía contra sí mismo con total naturalidad. Laura lo miró.
—¿Te hice daño de verdad?
—Un poco. Es parte del trato.
—¿Y no te molesta?
—Menos que muchas otras cosas.
Hablaron otro rato sin el peso que había al principio. De Sandra, de cómo él había llegado a dedicarse a esto, de qué hacía cuando no trabajaba. Estudiaba diseño gráfico, le gustaba cocinar, odiaba el fútbol. Era completamente normal en todos los sentidos excepto en ese, y Laura no supo por qué eso le resultaba tan desconcertante.
Antes de irse, se vistió, recogió la bolsa y se detuvo en la puerta.
—¿Cómo te has sentido? —preguntó.
Laura lo pensó de verdad antes de responder.
—Como si hubiera empezado a existir otra vez.
Él asintió con la cabeza, como si eso también fuera exactamente lo que esperaba escuchar. Luego hizo una pequeña reverencia completamente en serio.
—Mis huevos y mi culo están a tu disposición cuando quieras, ama —dijo, y cerró la puerta.
***
Laura durmió once horas seguidas. Cuando se despertó, la luz que entraba por las persianas le pareció distinta. La misma habitación, pero con otro tamaño.
Tres días después salió a comprar y se cruzó con Felipe.
Su exmarido estaba saliendo de un bar con un grupo de amigos a media mañana de un martes, el tipo de mediodía de entre semana que solo funciona cuando no tienes trabajo fijo. La reconoció desde lejos. Le vio la cara que ponía cuando intentaba decidir si ignorarla o no, y eligió no ignorarla.
—Vaya, Laura —dijo, en voz suficientemente alta para que sus amigos lo oyeran—. ¿Cómo va la vida de solterona? ¿Ya encontraste a alguien que te aguante, o sigues dando lástima?
Las risas llegaron puntuales. Laura los miró uno por uno. Luego miró a Felipe.
No pensó en Diego. No pensó en ningún tipo de control ni en nada de lo que había aprendido esa tarde. Solo existió un segundo de silencio, y luego el movimiento: limpio, directo, que salió del mismo lugar que la risa involuntaria de aquella primera tarde, de algún sitio por debajo del pensamiento.
Felipe no la vio venir. Cayó hacia adelante emitiendo un sonido que no era una palabra, doblado sobre sí mismo con las manos en la entrepierna. Sus amigos dieron un paso atrás sin saber exactamente qué hacer.
Laura no esperó respuesta. Giró sobre sus talones y empezó a caminar.
Detrás, antes de que doblara la esquina, oyó aplausos. Dos, tres personas. Una voz de mujer: —¡Así se hace.— Otra: —Ya era hora.— El dueño del bar asomado a la puerta, sin decir nada, pero sin llamar a nadie tampoco.
Laura no se detuvo. Siguió caminando con las manos en los bolsillos y algo que no sabía cómo llamar instalado en el pecho. No era orgullo exactamente. Era más bien la sensación de que el espacio que ocupaba en el mundo era ahora del tamaño correcto.
Esa noche le escribió a Diego un mensaje corto: —La semana que viene. Mismo día, misma hora.—
La respuesta llegó en menos de tres minutos.
—Confirmado, ama.—
Laura apagó el teléfono, se arrellanó en el sofá y sonrió.