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Relatos Ardientes

La tarde que Lorena aprendió a desearme

Lorena no lo sabía. Entró a mi casa con esa sonrisa amplia de siempre, los zapatos todavía puestos, el bolso colgado del hombro, pensando que solo veníamos a tomar algo después de la tarde de compras. Yo sí sabía exactamente lo que tenía planeado.

Era junio y hacía un calor de verdad, el tipo de calor que se pega a la piel y afloja las defensas. Habíamos pasado tres horas probándonos ropa y hablando de nuestros hijos, esa conversación interminable que une y separa a las madres al mismo tiempo. Lorena tenía un hijo, Mateo, que era inseparable del mío desde la secundaria. Lo que ninguna de las dos mencionaba era todo lo demás.

La hice pasar a la cocina. Saqué fruta del frigorífico y empecé a picarla para una ensalada de verano. El ventilador del rincón zumbaba sin conseguir gran cosa contra aquel bochorno.

—Tus hijos son muy atractivos —dijo ella, apoyándose en la encimera con una naturalidad que me resultó casi divertida.

—Mateo también —respondí, sin mirarla.

Y yo lo sé mejor de lo que crees.

Con el calor como excusa, me desabroché los dos botones de arriba del vestido, dejando al descubierto buena parte del escote. Lorena se alzó un poco la falda, aireando las piernas. Había algo en el ambiente que no era solo temperatura.

Dejé el cuchillo sobre la tabla. Me volví hacia ella despacio, como si fuera a decirle algo, y en cambio acerqué mi boca a la suya y la besé.

No fue un beso rápido. Fue uno de esos besos que se instalan y se quedan. Ella dudó apenas un segundo antes de abrir los labios y dejar que nuestras lenguas se encontraran. Sentí cómo su mano buscaba el borde de la encimera para apoyarse.

Cuando nos separamos, Lorena me miró con una expresión que mezclaba sorpresa y algo más difícil de nombrar.

—Yo no soy lesbiana —dijo, con una voz que no convencía a nadie.

—Yo tampoco —respondí—. Es solo que te tengo mucho cariño.

Era una excusa ridícula. Ella lo sabía. Yo lo sabía. Y aun así la aceptó, porque a veces las excusas ridículas son lo único que necesitamos para cruzar una línea que llevamos tiempo queriendo cruzar.

La besé de nuevo. Esta vez ella respondió sin dudar.

Le rodeé la cintura con las manos y la hice girar despacio, de espaldas a mí. Fui subiendo el vestido hasta dejar al descubierto sus caderas y un tanga oscuro, pequeño, que cubría lo justo. Le acaricié el culo con ambas manos, tomando mi tiempo, notando cómo su respiración cambiaba.

—Por favor —murmuró—, que mi hijo no se entere de esto.

—Claro que no —dije—. Lo mismo te pido de los míos.

Aunque Mateo ya iba a enterarse tarde o temprano. Eso ya estaba decidido.

Le quité el vestido por la cabeza. No llevaba sujetador. Se quedó de pie en mi cocina con solo el tanga puesto, y durante un momento ninguna de las dos dijo nada. Tenía los pechos grandes y preciosos, con los pezones ya endurecidos. Me arrodillé ante ella y pegué la boca a la tela del tanga, lamiendo despacio el contorno de lo que había debajo.

Lorena apoyó las palmas en la encimera y cerró los ojos.

Sus gemidos empezaron suaves, casi imperceptibles, como si quisiera retenerlos. Pero yo seguí, con paciencia, hasta que dejó de intentar contenerlos. Le bajé el tanga por las piernas y seguí lamiendo, ya sin tela de por medio, hasta que sentí que sus rodillas amenazaban con no sostenerla.

***

—Quiero hacerte yo a ti —dijo de repente.

Antes de que pudiera responder, ya me había desabrochado el vestido. Me sentó sobre la encimera de un gesto decidido y se quedó mirándome un momento, como evaluando algo interno.

—No me extraña que mi hijo diga que estás muy buena —susurró.

Me sacó los pechos del sujetador y se puso a chupármelos con una concentración que me sorprendió. Sin experiencia, pero con ganas genuinas. A veces las ganas compensan de sobra la falta de técnica.

Después bajó la mano hasta mi ropa interior, la deslizó a un lado con cuidado y metió los dedos despacio, tanteando.

Era su primera vez con una mujer. Lo noté en cada movimiento. Pero también noté que estaba aprendiendo rápido, corrigiendo sobre la marcha, buscando la respuesta en mis gestos y en mis sonidos. Cuando encontró el ángulo correcto, lo mantuvo sin soltar.

Me hizo llegar al orgasmo ahí, sentada en mi propia encimera, con el ventilador zumbando y la fruta todavía a medio picar sobre la tabla. Apoyé la frente en su hombro y me quedé así un momento, respirando.

—A ver si crees que eres la única que aprende cosas nuevas —dije cuando recuperé el habla.

Ella se rió, sorprendida de sí misma.

***

No estaba dispuesta a que la tarde terminara en la cocina.

La tomé de la mano y la llevé hasta el salón. Nos acomodamos en el sofá y durante un rato nos alternamos sin prisa: yo le lamía el sexo hasta que gemía, ella me lo hacía a mí hasta que sus rodillas temblaban contra el cojín. Cada vez que terminaba su turno, Lorena levantaba la cabeza con una expresión de alguien que acaba de descubrir algo que cambia la perspectiva de las cosas.

—Nunca pensé que una mujer pudiera dar tanto placer —dijo en algún momento, con la mejilla apoyada en mi muslo.

—¿Qué te parece si lo comprobamos de otra manera? —sugerí.

Le expliqué lo que tenía en mente. Ella tardó un segundo en entender y después asintió con una sonrisa nueva, de las que aún no tenían nombre.

Nos colocamos en posición. Cada una con la boca sobre el sexo de la otra, en sentido invertido.

El efecto fue inmediato. Lo que empezó como una exploración torpe se convirtió en algo completamente diferente: ella comiendo con ganas crecientes mientras yo hacía lo mismo, las dos encontrando el ritmo de la otra, ajustándose sin hablar. Llegamos casi al mismo tiempo, con los muslos temblando y los dedos hundidos en los cojines del sofá.

Descansamos un momento, enredadas y en silencio.

—Si nuestros hijos supieran lo que estamos haciendo —dijo ella, casi riendo—, pensarían que somos unas... —no terminó la frase.

—Lo mismo —respondí.

Aunque los míos lo saben perfectamente. Y no les parece mal en absoluto.

***

La llevé a mi habitación.

Lorena entró y miró la cama con una mezcla de respeto y curiosidad, como si el escenario le diera un peso distinto a lo que estaba pasando.

—¿Aquí es donde follas con tu marido? —preguntó.

—Con él es con quien menos follo, querida —respondí, y era completamente verdad.

Ella soltó una carcajada pequeña y honesta.

—Te entiendo. Desde que descubrí lo que es hacerlo con alguien que realmente sabe lo que hace... —hizo una pausa—. Bueno. Hasta hoy era lo mejor que había conocido.

La tumbé sobre la cama y me puse encima. Nuestros cuerpos encajaron de una manera que me pareció natural, como si lo hubiéramos hecho antes. La besé en la boca, en el cuello, bajé hasta sus pechos y me detuve ahí un rato largo, alternando la lengua con los dientes, suave.

Lorena tenía las manos enredadas en mi pelo y los ojos cerrados.

Bajé más. Le introduje un dedo despacio, luego dos, mientras le besaba el vientre y la cara interna del muslo. Ella se corrió con un gemido que no intentó contener, con las caderas levantadas del colchón y los pies apoyados en mi espalda.

Cuando le pedí que se pusiera a cuatro patas, obedeció sin preguntar. Me coloqué detrás de ella, acerqué la boca a la zona entre su culo y su sexo y empecé a lamer despacio, de arriba a abajo, tomando mi tiempo en cada centímetro.

—Eres una diosa —dijo con la frente hundida en la almohada—. La mujer que me llevó a un mundo que no sabía que existía.

—Calla —le dije con suavidad—. Y disfruta.

Siguió callada. Y disfrutó.

***

Lo que siguió fue largo y lento y maravilloso.

Lorena fue tomando confianza a cada minuto. Lo que al principio hacía con torpeza se convirtió en algo preciso y deliberado: sabía dónde poner la lengua, cuándo bajar el ritmo, cuándo acelerar. Había algo en verla aprender que me resultaba increíblemente excitante, casi tanto como lo que hacía.

Me propuse hacerla llegar una vez más con los dedos dentro de ella y la boca pegada a su muslo. Ella temblaba, se aferró a la sábana y después se quedó quieta, respirando a fondo, agotada de la mejor manera posible.

Descansamos las dos tumbadas en diagonal, sin hablar durante un buen rato.

—¿Le has sido infiel a tu marido alguna vez? —le pregunté al final.

Dudó apenas un segundo.

—Un par de veces —confesó—. Con chicos jóvenes. No sé cómo explicarlo, fue algo que simplemente ocurrió.

Mis chicos. Mis niños. Ya lo sé, Lorena.

—Yo también —dije—. Aunque de momento me guardo los detalles.

Ella sonrió y no preguntó más. Luego se volvió hacia mí y tomó mis pechos entre sus manos con una familiaridad que ya no era la de hacía dos horas.

—No me extraña que Mateo esté loco por ellos —murmuró.

—Ya lo había estado —respondí en voz baja, casi para mí misma.

Ella no lo oyó, o si lo oyó no lo entendió. Me mordió el pezón despacio y yo decidí que ese no era el momento de aclarar nada.

***

Volvimos al 69. Esta vez fue ella quien lo propuso, directa y sin rodeos.

—Con una vez no es suficiente —dijo—. Quiero repetirlo.

Yo me puse debajo. Ella se colocó encima, en posición invertida, con las rodillas a ambos lados de mi cabeza. La tomé por las caderas y la acerqué a mi boca.

Lo que siguió fue, sin duda, lo mejor de la tarde.

Trabajamos las dos sin prisa, con atención plena, leyendo la respuesta de la otra. Lorena había aprendido mucho en poco tiempo. Cuando se corrió, yo seguía activa; cuando yo llegué, ella ya había sustituido la lengua por los dedos para no perder el ritmo.

Nos besamos después, apasionadamente, con el sabor de la otra todavía en la boca.

—Eres mi mejor alumna de la tarde —le dije cuando recuperé el aliento.

Lorena se rió de verdad, con el cuerpo entero.

***

Quedaba poco tiempo. Lo sabíamos las dos sin mirar el reloj, con esa certeza que da el final de las tardes de verano.

Se tumbó boca abajo y yo me senté a su lado. Le acaricié el culo con ambas manos, tomando mi tiempo en apreciarlo. Introduje dos dedos despacio mientras le besaba la espalda baja, vertebra a vertebra.

Sus gemidos volvieron, más suaves ahora, casi satisfechos, como el final de algo que había sido muy bueno.

Cuando terminé, me tumbé a su lado. Lorena giró la cabeza y me miró con una expresión que no había visto antes en ella. Algo que era gratitud y también algo más: el principio de una complicidad que iba a durar.

—¿Nos veremos así otra vez? —preguntó.

—Siempre que quieras —respondí.

—Solo te pido una cosa.

—Lo sé —dije antes de que terminara—. Que tu hijo no se entere.

Asintió, aliviada. Yo sonreí hacia el techo.

Va a enterarse pronto. Y cuando lo haga, le va a parecer de maravilla.

***

Lorena se vistió y se marchó con el mismo bolso y los mismos zapatos con los que había llegado. Desde la ventana la vi alejarse por la calle, caminando un poco más despacio que de costumbre, como alguien que sale de un sitio que no esperaba encontrar y todavía está procesando lo que vivió dentro.

Me vestí yo también. Mis hijos llegaban en menos de media hora, y su padre no tardaría mucho más. Había que volver a ser la de siempre.

Me quedé un momento apoyada en la encimera de la cocina, donde todo había empezado. El bol de fruta seguía ahí, a medio preparar, con el cuchillo todavía encima de la tabla.

Lo terminé de picar.

Ya habría tiempo para todo lo demás.

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Comentarios (7)

SilviaCba

Dios mio, que relato. Se hizo cortisimo, quiero mas!!

lectora_silen

Me encanto como esta narrado, se siente tan real. Sigue escribiendo por favor

PatriZR

Tremendo. Me quede con ganas de saber como termino todo entre ellas despues 😍

valentina_noc

Que tensioooon al principio jajaj, lo lei de un tirón. Excelente

ClaraMdz

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años... esas tardes que uno no olvida. Muy bien escrito, felicitaciones

NocheBuena99

Segunda parte porfavor!!! me dejaste con muchisimas ganas de mas

Anto_baires

Muy morboso y bien contado. Me gusto bastante

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