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Relatos Ardientes

Lo que pedí a cambio de firmar ese informe

Marta llevaba veintiséis años trabajando en urgencias. Sabía cuándo un paciente mentía, cuándo exageraba y cuándo tenía miedo de verdad. El chico que esperaba sentado en la silla de plástico de la sala de consultas tenía miedo de verdad.

Se llamaba Ibra. Tendría veinte años, quizás veintiuno, aunque con esa cara resultaba difícil saberlo. Había llegado desde Guinea con una mochila pequeña y menos dinero aún. Alto, fibroso, con la musculatura de quien ha trabajado con las manos desde adolescente. Piel muy oscura, ojos grandes que seguían cada uno de sus movimientos desde que ella entró por la puerta.

Marta tenía cuarenta y ocho años y hacía mucho tiempo que había dejado de disculparse por cómo era su cuerpo. Pechos grandes que llenaban la bata de cualquier talla. Caderas que habían pasado por un embarazo y salido más generosas. Un culo que todavía merecía miradas. Se había divorciado a los treinta y cinco y desde entonces había aprendido a tomar lo que quería cuando lo quería.

Eran las dos y media de la madrugada. El pasillo estaba en silencio.

—Necesito el certificado —dijo Ibra en un español lento, midiendo cada palabra—. Sin él me echan del país. Por favor, señora.

Marta leyó los papeles que él le había extendido sobre la mesa. Todo era correcto: venía derivado del centro de acogida, la solicitud era legítima, solo faltaba la firma del médico de turno y el sello oficial. Ella tenía autoridad para firmar.

Lo miró durante un momento que duró más de lo que debía.

Era guapo. Muy guapo. Y estaba solo y asustado, que es una combinación que siempre le había resultado difícil de ignorar.

—¿Cuánto tiempo llevas en España? —preguntó, aunque no era eso lo que quería preguntar.

—Cuatro meses. Vivo en el centro de acogida de Carabanchel. —Hizo una pausa—. Si me deportan, no tengo adónde volver. Allí hay problemas. —No explicó qué problemas. No hacía falta.

Marta se levantó, fue hasta la puerta y echó el pestillo. Luego bajó la persiana de la ventana interior que daba al pasillo. Cuando se giró, vio que Ibra la seguía con los ojos sin entender todavía lo que estaba pasando.

—Los papeles los tengo aquí —dijo ella, apoyándose en el borde de la mesa—. Puedo firmarte el certificado ahora mismo, completo, con todos los sellos. Impecable.

—Sí, por favor, señora, yo —

—Pero quiero algo a cambio.

El silencio que siguió fue corto pero denso. Ibra la miró. Procesó lo que acababa de oír. Marta vio el momento exacto en que lo entendió, porque sus hombros se relajaron un milímetro y algo en su cara cambió.

—¿Qué quiere? —preguntó, con voz muy baja.

—Ya lo sabes.

***

Ibra no respondió con palabras. Se levantó de la silla despacio. Le sacaba a ella una cabeza larga, y cuando estuvo de pie la observó una vez más, como para asegurarse de que no había malentendido. Marta asintió con la cabeza, muy despacio.

Él levantó una mano y le tocó la cara. Un gesto suave, casi delicado, que ella no se esperaba. Le pasó el pulgar por la mejilla, le rozó el labio inferior.

—Es usted bonita —dijo, con esa sencillez extraña de quien no sabe todavía cómo adornar las cosas.

Marta sintió el calor subirle por el pecho. Se desabrochó la bata ella sola, con calma. Debajo llevaba una blusa oscura y una falda larga, nada especial, pero cuando la bata cayó en la silla algo cambió en la habitación.

Él le desabrochó la blusa. Lo hizo torpemente al principio, con los dedos grandes que no estaban acostumbrados a esos botones pequeños, y luego mejor. Cuando le abrió la tela y vio el sujetador negro —el de encaje que Marta siempre llevaba en los turnos de noche, por costumbre o por si acaso—, soltó el aire despacio.

Le bajó los tirantes con cuidado, como si tuviera miedo de romper algo, y cuando sus pechos quedaron libres los tomó con las dos manos. Grandes, pesados, con los pezones ya duros. Ibra los amasó despacio, con una concentración seria que a Marta le resultó más erótica que cualquier halago que hubiera podido decirle.

Luego se arrodilló frente a ella.

Le subió la falda con ambas manos, le bajó la ropa interior hasta los tobillos y la quitó. Miró lo que tenía delante durante un segundo largo. Luego levantó la vista hacia ella.

—¿Quiere que...?

—Sí —dijo Marta.

Su boca era caliente y precisa. No con la precisión mecánica de alguien que sigue instrucciones, sino con la concentración de alguien que presta atención de verdad. Le separó los muslos con los hombros, le puso las manos en las caderas para sostenerla y empezó a lamerla con calma. Despacio al principio, explorando, luego con más intención cuando encontró lo que la hacía apretar los dedos en su pelo.

Marta tuvo que llevarse el puño a la boca para no hacer ruido.

Duró varios minutos. Él no tenía prisa. Cuando ella empezó a temblar levemente en los muslos, él notó el cambio y apretó un poco más la boca, y Marta contuvo un gemido largo y profundo que le sacudió el pecho entero.

***

Se recuperó apoyada en la camilla, con las manos en el borde de plástico. Ibra seguía arrodillado, mirándola desde abajo, esperando. Cuando ella lo miró, en su cara no había urgencia ni impaciencia. Solo atención.

—Levanta —dijo ella.

Le desabrochó el cinturón. Los pantalones cayeron solos. Debajo, la tela del calzoncillo ya no disimulaba nada, y cuando Marta se lo bajó, lo que encontró le cortó la respiración un momento.

Hacía mucho tiempo que no veía algo así.

Lo tomó con la mano primero, para calibrar bien. Grueso, largo, oscuro, completamente duro. Lo palpó de la base al extremo y luego lo llevó a la boca despacio, abriendo todo lo que podía. Ibra hizo un ruido suave, involuntario, y apoyó una mano en la mesa para no perder el equilibrio.

Marta mamaba con paciencia, bajando despacio, dejando que la saliva hiciera su trabajo. Lo oía respirar cada vez más agitado. Le acarició los muslos con las uñas, tomó la base con los dedos y apretó suave, y él soltó un gemido que tuvo que taparse con el antebrazo.

Cuando lo sacó de la boca, brillaba húmedo bajo la luz blanca de la consulta.

—Siéntate en la silla —dijo ella.

Él obedeció. Marta se subió la falda, lo orientó bien y se sentó encima de él despacio, bajando poco a poco, dejando que la abriera. Era mucho. Tuvo que pararse a mitad y respirar, y cuando lo miró a la cara vio que él estaba aguantando con toda su fuerza de voluntad para no moverse.

—Quieto —le dijo—. Deja que yo.

Y bajó el resto sola.

Empezó a moverse con lentitud, con las manos apoyadas en sus hombros. Él le agarró las caderas, no para controlar el ritmo, sino porque no sabía dónde poner las manos. Marta caballó a su ritmo, sintiéndolo todo, subiendo y bajando con movimientos que iban siendo más amplios a medida que se abría más. Él sepultó la cara en su cuello y ella sintió su respiración caliente y entrecortada contra la piel.

—Así —murmuró ella.

Le sacó los pechos del sujetador que seguía llevando puesto en los hombros. Ibra los tomó con las manos, se inclinó hacia ellos, los lamió. Marta aceleró el ritmo. La silla crujía. Los dos crujían, respirando fuerte, conteniendo los sonidos que querían salir.

Él empezó a empujar desde abajo, sincronizándose con ella. El impacto de esas embestidas contra su interior la hizo cerrar los ojos. Agarró el respaldo de la silla detrás de su cabeza para tener donde apoyarse y se dejó llevar, dejando que el cuerpo del chico la llevara hasta donde tenía que llegar.

Llegó en silencio, mordiéndose el labio, con los muslos temblando a ambos lados de él.

***

Cambiaron de posición sin hablar. Marta se puso de rodillas en la camilla, las manos en el borde, la falda subida sobre la cintura. Ibra se colocó detrás. Cuando entró, lo hizo despacio esta vez, hasta el fondo, y ella soltó el aire entre los dientes.

La follaba con ritmo constante, agarrándola por las caderas, sin pausa pero sin brutalidad. Marta apoyó la frente en los brazos y se concentró en sentir. Cada embestida era precisa y profunda. Le puso una mano en la espalda, luego en el hombro, como si quisiera asegurarse de que ella estaba bien.

Era demasiado considerado para la situación. Eso lo hacía más excitante, no menos.

El ritmo fue aumentando solo. Los sonidos de la consulta —el zumbido del ordenador, el goteo de alguna cañería lejana— quedaron tapados por su propia respiración. Ibra empujaba más fuerte ahora, con las manos apretadas en sus caderas anchas, y Marta lo recibía todo sin moverse, dejándolo llegar.

Cuando él se tensó entero, lo sacó en el último momento. Se corrió sobre la falda de ella, sobre sus caderas, en pulsos largos y calientes que Marta sintió tibios contra la piel.

Los dos se quedaron quietos, recuperando el aliento.

***

Marta fue al cuarto de baño que había junto a la consulta. Cuando volvió, Ibra estaba sentado en la silla otra vez, con la ropa puesta pero sin abrochar el cinturón todavía. La miraba con una expresión difícil de interpretar. No era gratitud exactamente. Era algo más complejo que eso.

Ella se sentó al ordenador. Abrió el programa de informes, rellenó todos los campos con calma profesional, añadió los resultados de la exploración —inventados, todos perfectos—, firmó digitalmente, imprimió en papel con membrete oficial y estampó el sello de caucho en la esquina inferior derecha.

Lo metió en un sobre. Se lo extendió sin levantarse de la silla.

—Aquí tienes lo que necesitabas.

Ibra tomó el sobre. Lo miró un momento, luego la miró a ella.

—Gracias —dijo. Solo eso.

—Cuídate —respondió Marta.

Él salió. Ella escuchó sus pasos alejarse por el pasillo, luego el sonido de la puerta automática de urgencias abriéndose y cerrándose. Se quedó sola en la consulta con el ordenador encendido y la persiana todavía bajada.

Tardó un minuto en levantarse para subirla. Luego se puso la bata, recogió la sala y volvió al mostrador de enfermería como si nada hubiera pasado.

Eran las cuatro menos cuarto de la madrugada. Quedaban cuatro horas de guardia.

Había sido un buen turno.

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Comentarios (7)

Ferchu22

jajaja ese titulo me engancho desde el primero. tremendo, muy bueno!!

SantiG92

Se me hizo corto, quiero saber como termino todo. Segunda parte por favor!!

LauraCba_87

Que picardía... me encanto el juego de poder que hay entre los dos. Muy bien escrito, se siente real.

MarcosNocturno

De los mejores relatos que lei en esta categoria, excelente.

Dante_22

El titulo ya te dice todo sin decirte nada jajaj, genial. Espero mas relatos asi

Fede1985

Esto me recordo a una situacion que tuve hace años en el trabajo, demasiado parecido para ser casualidad jajaja. Buen relato, muy entretenido.

CuriosaLectora34

Me quede con la duda de como termino todo... muy intrigante. Queremos la continuacion!

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