Atrapada en el aeropuerto, rendida ante ella
Tenía veintidós años cuando tomé el primer viaje de trabajo importante de mi carrera. Seis semanas exactas para mi boda. Una presentación en Valencia que no fue el triunfo que esperaba mi jefa pero tampoco el desastre que yo temía. Regresaba a Bilbao sintiéndome como quien termina un partido en empate: nadie gana, nadie pierde, todo sigue igual.
Hasta que el vuelo de conexión en Barajas desapareció de la pantalla.
Primero «demorado». Luego «cancelado». Una borrasca había cerrado el espacio aéreo del norte y no habría más vuelos hasta la mañana siguiente. Los mostradores de la compañía estaban rodeados de gente furiosa, y cuando finalmente llegué a la cabecera de la cola, la chica de uniforme me miró con cara de disculpa y me dijo que todos los hoteles del entorno estaban completos.
Me llamo Sofía Ramírez. Sofi, para mis amigos. Mido un metro sesenta y cuatro, tengo el pelo oscuro hasta los hombros y los ojos grises que heredé de mi abuela asturiana. Soy delgada, llevo años corriendo los domingos y tengo las piernas de quien corre los domingos. En aquel momento también tenía un anillo de compromiso en el dedo y un novio en Bilbao que me esperaba con la mitad de los preparativos de la boda sin cerrar.
Nada de eso me sirvió de nada aquella noche.
Deambulé por la terminal durante un rato con la maleta de mano arrastrando detrás de mí y los hombros cada vez más hundidos. El aeropuerto estaba lleno de gente varada igual que yo: familias con niños que lloraban, ejecutivos con el teléfono pegado a la oreja, jubilados mirando las pantallas con expresión de no comprender bien qué había pasado.
Encontré un bar pequeño al fondo de la terminal. Todas las mesas estaban ocupadas salvo una, y en esa mesa había una sola persona: una mujer pelirroja de unos treinta y tantos años con una copa de vino blanco a medias y un libro cerrado frente a ella. Me miró cuando me acerqué.
—¿Buscas sitio? —preguntó. Su voz era tranquila, como la de alguien que no tiene prisa por nada.
—Si no te molesta —dije yo.
—En absoluto. Siéntate.
Pedí un vino blanco cuando pasó la camarera. La mujer pelirroja señaló su copa y dijo que trajera otra botella, que ella ya iba a la mitad. La camarera asintió.
—Elena Vidal —se presentó, extendiendo la mano.
—Sofía Ramírez.
—¿Bilbao? —adivinó por el acento.
—Bilbao —confirmé.
Sonrió. Tenía una sonrisa tranquila que no prometía nada en particular pero que tampoco mentía. Resultó ser abogada en un bufete de Madrid. Viajaba a Londres por trabajo y también la había pillado la borrasca. Hablamos de la situación, del caos del aeropuerto, de lo absurdo que es montar toda una civilización de vuelos y que una tormenta lo tire todo abajo en cuestión de horas.
Le conté lo de la presentación en Valencia y ella me escuchó sin interrumpirme, que ya es bastante. Cuando terminamos la segunda copa, el ambiente del bar se había vuelto más ruidoso y yo me sentía considerablemente mejor que una hora antes.
—¿Tienes dónde dormir? —preguntó Elena en un momento dado, sin ningún tono especial en la voz.
—Dicen que no queda habitación en ningún sitio.
—Tengo una suite en el hotel de la terminal. —Sacó una tarjeta del bolsillo de la chaqueta y la puso sobre la mesa—. Hay dos camas. No tiene sentido que pases la noche en una silla de la terminal.
Dudé. Era una desconocida. Llevábamos menos de dos horas hablando y eso no cambiaba el hecho de que no la conocía de nada. Pero el aeropuerto estaba lleno, tenía sueño y tenía el vino encima, y ella no había dado ninguna señal de ser una persona peligrosa. Todo lo contrario.
—Gracias —dije—. Lo acepto.
***
El hotel era uno de esos sitios funcionales y caros que sirven exactamente para lo que sirven: dormir unas horas entre un vuelo y otro. Moqueta gris, cuadro genérico en la pared, dos camas dobles con colchones decentes.
No llegué a verlas bien.
Para cuando entramos en la habitación el vino me pesaba más de lo que había calculado. Me senté en el borde de la cama con la intención de quitarme los zapatos y lo siguiente que supe fue que estaba arrodillada en el baño con la frente apoyada en la taza del váter.
Elena apareció en el marco de la puerta sin decir nada. Cuando levanté la vista la encontré mirándome con una expresión que no era lástima exactamente. Era algo más difícil de descifrar.
—Lo siento —susurré—. No estoy acostumbrada a beber.
—Ya me di cuenta —dijo ella, tranquila—. ¿Puedes ponerte de pie?
Me ayudó a levantarme. Me llevó hasta la ducha, abrió el grifo y me metió debajo del agua fría con ropa y todo. Grité. El chorro era helado y me sacudió de golpe, pero ella me sujetó del brazo y no me dejó salir hasta que dejé de temblar por el vino y empecé a temblar por el frío.
Cuando cerró el grifo me envolvió en una toalla y me frotó la espalda con fuerza. Luego me ayudó a quitarme la ropa mojada y me metió en la cama con una camiseta suya que me quedaba dos tallas grande.
Me quedé dormida casi antes de que cerrara la luz.
***
No sé cuánto tiempo pasé dormida. Lo suficiente para que el alcohol se disipara un poco y no lo suficiente para que la cabeza dejara de darme vueltas.
Sentí el peso de ella en la cama cuando se metió.
Está fría, pensé. Se ha duchado y está fría y se ha metido en mi cama porque debe de tener frío.
Su mano se deslizó por mi cadera y siguió bajando por debajo de la camiseta prestada, palma abierta sobre la piel desnuda de mi vientre. No llevaba bragas: ella misma me había quitado la ropa mojada y no me había puesto nada debajo.
Protesté. O intenté protestar. Dije algo con la voz pastosa del sueño y del vino, y ella respondió con una presión leve pero firme que dejó claro que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Quédate quieta —dijo. Solo eso.
Su mano encontró el interior de mi muslo y lo apretó, marcando los dedos. Yo tenía los pulmones apretados.
—Soy heterosexual —dije, y sonó más ridículo en voz alta que dentro de mi cabeza.
—Lo sé —respondió ella—. Y en diez minutos vas a estar corriéndote en mi boca. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.
No se detuvo. Su mano subió, resbaló por el vello del pubis y sus dedos se abrieron paso entre mis labios sin ninguna ceremonia. Me encontró mojada. Yo no quería estar mojada y sin embargo lo estaba, y ella lo notó y soltó una risita corta contra mi cuello.
—Mírate —murmuró—. Toda la boca protestando y el coño diciendo otra cosa.
Cerré los muslos. Ella metió la rodilla entre los míos y los volvió a abrir sin esfuerzo, como quien desdobla una servilleta. Dos dedos suyos me recorrieron entera, desde la entrada hasta el clítoris, extendiendo mi propia humedad con una lentitud calculada. Trazaron círculos alrededor del capuchón, apenas rozándolo, hasta que se me escapó el primer jadeo entre los dientes apretados.
—Ahí está —dijo ella—. Ahí está.
Había algo en su forma de tocarme que no se parecía a nada que hubiera sentido antes. No era torpe ni impaciente. Era metódica. Como alguien que conoce un territorio y lo recorre sin prisa porque sabe adónde lleva cada camino. Sus dedos volvían al mismo punto una y otra vez, presionando un poco más, retirándose antes de que yo terminara de arquear la espalda, obligándome a levantarme buscándolos.
Me resistí. Cerré las rodillas. Ella las abrió. Le pedí que parara. Ella no paró. En algún momento insistí con más fuerza y ella me dio una bofetada breve y seca que me cortó las palabras en la boca.
Me quedé inmóvil.
Debería levantarme e irme, pensé. Debería coger la maleta y largarme ahora mismo.
Pero no me fui.
Dos dedos suyos se hundieron dentro de mí de golpe, hasta el fondo, y el gemido que se me escapó no lo reconocí como mío. Los movió despacio, curvándolos hacia arriba, buscando y encontrando un punto que yo ni siquiera sabía que existía. Con el pulgar seguía atendiendo el clítoris, presión constante, círculos apretados, mientras los otros dedos me follaban con un ritmo que subía y bajaba sin darme tregua.
—Escucha cómo suenas —dijo ella cerca de mi oreja—. Escucha lo empapada que estás. Se oye desde aquí.
Se oía. Yo lo oía. El chapoteo obsceno de sus dedos entrando y saliendo, mi respiración rota, un sollozo que no venía de ningún dolor. La vergüenza me subía por el pecho al mismo tiempo que el placer me subía por las piernas, y las dos se me juntaron en la garganta.
—Voy a... —empecé a decir.
—Ya lo sé. Córrete. Ahora.
Y me corrí. Sobre sus dedos, con las caderas levantadas del colchón y las manos aferradas a la sábana, sacudiéndome de una manera que no había hecho nunca con nadie. Ella no sacó los dedos. Los mantuvo dentro, quietos, sintiendo cómo mi coño se cerraba y se abría alrededor de sus nudillos, y me miró la cara mientras yo me corría con una atención tranquila, casi profesional.
La vergüenza llegó al mismo tiempo que el primer orgasmo, mezcladas las dos hasta que no supe distinguir una de la otra.
—Ahora te vas a poner de rodillas —dijo ella—. Y me la vas a comer hasta que yo te diga que pares.
Y me puse de rodillas.
***
La noche fue larga. Más larga de lo que había sido ninguna noche anterior de mi vida.
Elena se tumbó boca arriba, se abrió la camiseta y se bajó las bragas hasta las rodillas con una sola mano, sin apartar los ojos de los míos. Tenía las tetas pequeñas y muy blancas, con los pezones rosados y erguidos, y un triángulo de vello rojizo entre los muslos que yo no había visto nunca de cerca en ninguna mujer.
—Ven aquí —dijo, agarrándome de la nuca—. Despacio. Aprende.
Me bajó la cabeza entre sus piernas. Yo no había hecho aquello nunca. No sabía dónde poner la lengua ni cómo respirar ni qué hacer con las manos. Ella me guio con la palma en el pelo, subiéndome y bajándome, marcándome el ritmo, apretando cuando quería más presión y aflojando cuando yo tenía que subir a por aire.
—Con la lengua plana —murmuró—. Lame de abajo hacia arriba. Así. Otra vez. Cuando llegues al clítoris no lo muerdas, chúpalo. Métetelo en la boca como si fuera una polla pequeña. Eso es.
La probé. Tenía un sabor distinto al mío, más denso, más adulto. Le lamí los labios internos, le metí la lengua entre ellos, la sentí ceder debajo de mi boca y agarrarme más fuerte del pelo. Cuando encontré el clítoris y lo chupé como me había dicho, la oí soltar un gruñido bajo desde el fondo del pecho.
—Así, joder —dijo—. Así, niña. Aprendes rápido.
Me metió dos dedos suyos en la boca junto a los suyos, para que yo entendiera cómo se combinaba lengua y dedos, y luego me guio la mano derecha hasta su entrada. Metí un dedo, después otro, torpe al principio, con miedo de hacer daño. Ella me corrigió el ángulo, me dobló los dedos hacia arriba, me marcó el mismo ritmo que había usado ella conmigo. —Sigue chupando. No pares. No pares aunque me corra. Sobre todo si me corro.
Se corrió cuatro o cinco minutos después, con los muslos apretados alrededor de mi cabeza y una mano cerrada en mi pelo con tanta fuerza que se me saltaron las lágrimas. Sentí la contracción alrededor de mis dedos, la humedad extra que me bajó por la muñeca, el temblor de sus caderas. Yo no paré, como me había dicho. Seguí chupando su clítoris hinchado hasta que ella misma tuvo que apartarme la cara de un tirón porque no aguantaba más.
Me tuvo en esa posición un rato más, con las manos cruzadas detrás del cuello y las rodillas separadas sobre el colchón, mientras ella me tocaba y yo dejaba de resistirme de forma gradual y casi imperceptible, como quien suelta lastre sin darse cuenta.
En un momento dado intenté cambiar de postura sin permiso y ella me puso sobre su regazo, boca abajo, con el culo levantado, y me azotó con la palma abierta. Diez, quince, veinte veces, alternando nalgas, sin prisa, esperando entre golpe y golpe a que yo respirara. Se me llenaron los ojos de lágrimas y solté el aire que llevaba rato conteniendo. Entre nalgada y nalgada su mano bajaba a comprobar entre mis piernas, y cada vez me encontraba más mojada, chorreando por los muslos. —Míralo —dijo—. Cuanto más te pego, más se te empapa el coño. Fíjate qué zorra eres, y ni tú lo sabías.
No dijo nada más. No hacía falta.
Luego me tumbó boca arriba, me abrió las piernas del todo colocándome los talones contra las nalgas y se me arrodilló entre los muslos. Miró un momento, sin tocarme, como quien admira algo que acaba de ganar.
—Estás toda abierta —dijo—. Ni siquiera tengo que separarte con los dedos. Se te ve el coño entero.
Su boca bajó por mi vientre, siguió por mis caderas, llegó al interior de mis muslos. Me mordió justo donde el muslo se junta con la ingle, un mordisco corto que me hizo dar un respingo, y después su lengua se posó sobre mi clítoris y ya no se apartó. Cerré los ojos. No porque quisiera evitar lo que venía sino porque no quería ver cómo mi cuerpo cedía de aquella manera, con aquella facilidad, ante una mujer que no conocía de nada.
Su lengua trabajaba en círculos lentos, muy suaves al principio, sin permitirme adelantarme. Yo movía las caderas buscándola y ella se retiraba unos milímetros para que no la alcanzara. Cuando por fin cedió y me chupó el clítoris entero, hundiéndolo dentro de su boca, ya llevaba cinco minutos jadeando como una perra. Metió la lengua muy adentro, la sacó, subió otra vez al clítoris, bajó a la entrada, todo en un patrón que parecía diseñado para tenerme al borde sin dejarme cruzar.
Me llevó al orgasmo dos veces más con la boca. La primera me pilló de improviso: un chupetón fuerte sobre el clítoris y dos dedos entrando de golpe hasta el fondo, y me corrí gritando contra el dorso de mi propia mano. La segunda vez me agarré a las sábanas y gemí contra la almohada con los dientes apretados, y no supe si lo que sentía era placer o alivio o algo para lo que todavía no tenía nombre. Sentí mi propio flujo bajarme por el perineo, empapar la sábana debajo del culo, y ella lo lamió también sin ningún asco, subiendo desde el ano hasta el clítoris con una lengua ancha y caliente que me hizo estremecer entera.
—Una más —dijo. Y su boca volvió a bajar.
Cuando terminó me envolvió con su brazo, me colocó la mejilla sobre su pecho y me dejó dormir. Yo estaba temblando todavía, con el coño hinchado y la piel de las nalgas caliente por las nalgadas, y me quedé dormida oliendo su cuello y el olor mezclado de las dos sobre las sábanas.
***
Por la mañana la cama estaba vacía.
Me duché, me vestí con la ropa del día anterior y tomé el primer vuelo de regreso a Bilbao. Durante las dos horas de vuelo no hablé con nadie. Miré por la ventanilla el cielo despejado sobre la costa y traté de ordenar lo que había pasado en alguna categoría conocida. No encontré ninguna que encajara.
Llegué a casa. Abracé a mi novio. Cené con él como si nada.
Cuatro días después, le devolví el anillo.
No le di demasiadas explicaciones. Le dije que no podía seguir adelante, que lo sentía, que no era culpa suya. Todo eso era verdad, aunque no era toda la verdad. La verdad completa era que desde aquella noche en el hotel me resultaba imposible imaginarme casada con él o con nadie que se le pareciera.
Una semana más tarde me despidieron. La presentación de Valencia había sido peor de lo que yo pensaba y mi jefa llevaba tiempo esperando una excusa. La discusión fue larga y a gritos, y cuando salí de la oficina me di cuenta de que no me importaba tanto como debería.
Pasé tres días sin salir del apartamento. No llamé a nadie y no contesté el teléfono. Comí lo que había en la nevera y dormí demasiado y no dormí lo suficiente.
***
El sobre llegó al octavo día.
Sin remitente. Mi nombre escrito a mano con una letra apretada y muy vertical. Dentro había un billete de tren a Madrid y un papel doblado con una dirección en el barrio de Salamanca.
No le dije nada a nadie. Hice una maleta pequeña, devolví las llaves del apartamento a mi casera, dejé la mayoría de mis cosas sin recoger. Cerré la cuenta bancaria y guardé el efectivo en el bolso interior de la mochila.
Llegué a Madrid una tarde de martes con el cielo cubierto y el olor a lluvia reciente en el suelo. La dirección era un edificio de principios del siglo pasado con portero automático y ascensor de rejilla. Llamé al timbre del quinto.
Elena abrió la puerta al cabo de un momento y me miró desde el umbral. Llevaba una camisa blanca con las mangas recogidas hasta el codo y el pelo suelto. Estaba exactamente como la recordaba.
Me detuve antes de entrar.
—Primero necesito que me prometas algo —dije.
—¿Qué?
Respiré hondo.
—Cuando te canses de mí, prométeme que me pasarás a alguien. Que no me dejarás simplemente en la calle.
Elena inclinó la cabeza ligeramente. En sus ojos había algo que podría haber sido sorpresa o podría haber sido satisfacción. O las dos cosas a la vez.
—Te lo prometo —dijo—. Cuando llegue ese momento, buscaré a alguien que te merezca. Lo haré con calma y con cuidado, como hago las cosas. Y tú estarás presente cuando cierre el trato.
Asentí.
Crucé el umbral y ella cerró la puerta detrás de mí.