Lo que hice con aquel grupo en el crucero
Beatriz tenía cincuenta y ocho años, un grupo editorial que se manejaba solo y una agenda en blanco por primera vez en tres décadas. El año sabático era una decisión que había pospuesto hasta que su médico, con la franqueza que solo tienen los buenos amigos, le dijo que la presión que cargaba iba a matarla antes que ninguna deuda financiera. Firmó los poderes notariales un martes por la tarde y compró el billete a Colonia el miércoles por la mañana.
El folleto del crucero lo había encontrado por casualidad en la sala de espera de una clínica: siete noches por el Rin, «experiencias para adultos abiertos de mente», barco con aforo limitado a veintidós pasajeros. El lenguaje era discreto, casi anodino. Pero la tercera vez que lo releyó entendió exactamente lo que ofrecía: sexo. Sexo entre desconocidos, sexo en grupo, sexo sin las cortesías de la vida cotidiana. Y esa palabra, que llevaba años sin pronunciar salvo en pensamiento, le humedeció el coño ahí mismo, sentada en la sala de espera con una revista sobre las rodillas.
Embarcó en Colonia un atardecer fresco de mayo, con una maleta demasiado pequeña para lo que trajo y demasiado grande para lo que necesitaba. El barco se llamaba Madeleine y tenía cuatro cubiertas, camarotes con ventanales amplios sobre el agua y una terraza en la proa que de noche se convertía en el mejor mirador del río. Su suite era sencilla pero bien pensada: cama con colchón firme, ducha de lluvia, escritorio que nunca usó.
En la cena de bienvenida, el comedor olía a vino alsaciano y a las flores blancas que alguien había puesto en cada mesa. Beatriz eligió un sitio cerca de la ventana y pidió agua mientras observaba a los otros pasajeros llegar.
Cyrus llegó el último, con esa puntualidad calculada de quien sabe que una entrada tardía dice más que diez minutos de conversación. Era persa, de cuarenta y cuatro años, cabello negro veteado de gris y la clase de mirada que no suelta lo que mira. Viajaba como guía cultural: cada escala tendría su visita guiada, cada noche su conferencia breve sobre el patrimonio fluvial de Europa central. Pero algo en su forma de sentarse, de inclinar la cabeza cuando escuchaba, sugería que lo suyo no era solo la historia del arte.
—¿Es tu primer crucero de este tipo? —preguntó sin presentarse todavía, como si la pregunta fuera suficiente introducción.
—Eso depende de lo que quieras decir con «de este tipo» —respondió Beatriz.
Cyrus sonrió levemente.
—Ya me responderás al final de la semana.
***
Monika y Rafael llevaban once años juntos y cinco viajando de esta forma. Ella era suiza, de cincuenta y tres años, con ese pragmatismo alpino que convierte cualquier conversación en algo directo y sin rodeos. Él era de Bilbao, cuarenta y nueve, fisioterapeuta de profesión y, según Monika, «el hombre más curioso del mundo». Se habían sentado enfrente de Beatriz en la cena y en diez minutos ya sabían dónde había estudiado, qué tipo de novelas prefería y por qué llevaba el pelo cortado tan corto.
—Te queda bien —dijo Monika—. La mayoría de mujeres tarda años en atreverse.
—Yo tardé cincuenta y seis —admitió Beatriz.
Gordon era inglés, de sesenta y un años, viudo desde hacía tres. Arquitecto jubilado, hablaba un español sorprendentemente bueno para alguien que nunca había vivido en un país hispanohablante. Tenía manos grandes, acostumbradas a los planos, y la costumbre de escuchar con los brazos cruzados y los ojos entrecerrados, como si procesara las palabras antes de darles crédito.
Claudine era francesa y llevaba el silencio como una segunda piel. Cincuenta y seis años, empresaria de Lyon, viajaba sola con la misma tranquilidad con que otros viajan en familia. Cuando hablaba lo hacía poco y bien.
Andrea y Marco cerraron el grupo. Italianos, ella cuarenta y siete, él cincuenta y uno. Llevaban quince años haciendo esto y se notaba: no en ninguna especie de arrogancia, sino en la facilidad con que ponían cómoda a la gente. Andrea tenía risa fácil. Marco tenía paciencia.
La cena duró tres horas. El Rin pasaba negro y ancho al otro lado de los cristales.
***
Al día siguiente visitaron la catedral de Colonia de madrugada, antes de que abriera al turismo masivo. Cyrus habló de los arbotantes, de los vitrales modernos que cubren una nave lateral entera, de cómo el edificio sobrevivió intacto a los bombardeos porque los aliados lo usaban como punto de referencia aéreo para las rutas de vuelo. Era bueno explicando cosas, bueno eligiendo qué contar y qué callar.
De vuelta al barco, mientras desayunaban en cubierta con el Rin moviéndose lento abajo, Monika se sentó a su lado sin pedir permiso.
—¿Sabes dar masajes? —preguntó directamente.
—No especialmente —admitió Beatriz.
—Rafael sí. Si algún día te apetece, díselo. Es su forma de conocer a la gente. Empieza por los pies y, si le dejas seguir, termina con los dedos dentro de tu coño. Es muy bueno.
Beatriz no respondió, pero no desvió la mirada. Entendía exactamente lo que le estaban ofreciendo, y sintió el pinchazo caliente entre las piernas.
Por la tarde, el barco navegó río abajo mientras los pasajeros usaban el spa o la sala de lectura. Beatriz eligió el jacuzzi de la cubierta superior. El agua estaba caliente y el paisaje cambiaba cada diez minutos: viñedos en los riscos, castillos medievales sobre las colinas, barcazas lentas que pasaban cargadas de mercancía a contracorriente.
Claudine ya estaba en el jacuzzi cuando llegó.
—¿Te molesta? —preguntó Beatriz.
—Todo lo contrario —dijo Claudine.
Estuvieron en silencio durante casi media hora. No era un silencio incómodo: era el tipo de silencio que hay entre personas que no necesitan demostrar nada. En un momento, bajo el agua, el pie descalzo de Claudine rozó la pantorrilla de Beatriz y siguió subiendo despacio hasta el interior del muslo. No llegó al coño, pero se quedó cerca el tiempo suficiente para que Beatriz entendiera que no era casualidad. Beatriz separó las piernas un dedo. Claudine sonrió sin girar la cabeza.
Cuando Beatriz salió del agua, Claudine le tendió la toalla sin que se lo pidiera.
—Esta noche hay velada en la terraza de proa —dijo—. El barco ancla en Andernach. Está bien allí arriba.
Beatriz la miró. La frase tenía peso adicional.
—¿Vas tú? —preguntó.
—Siempre —respondió Claudine—. Y esta noche pienso follar hasta que no me tenga en pie. Espero que tú también.
***
La terraza de proa era un espacio rectangular con lonas laterales que bajaban para dar privacidad cuando el barco estaba anclado. Alguien había puesto cojines gruesos sobre las tumbonas y luz cálida de velas eléctricas. El Rin estaba quieto. Al fondo, las luces de Andernach parpadeaban sobre el agua oscura.
Llegaron de uno en uno, sin que nadie lo organizara explícitamente. Cyrus llevó vino alemán del Mosela. Gordon trajo queso de un mercado de Colonia. Andrea encendió incienso que olía a maderas oscuras y sándalo.
La conversación empezó siendo lo que siempre empieza siendo: anécdotas de viaje, comparaciones entre ciudades, diferencias entre el Rin y el Danubio según los que habían hecho ambos. Pero a medida que el vino bajaba de nivel en las botellas, las palabras cambiaron de peso. Las frases se acortaron. Los gestos empezaron a completar lo que no se decía.
Fue Monika la que dijo en voz alta lo que todos pensaban ya en silencio.
—¿Alguien tiene ganas de que esto sea otra cosa? Yo llevo dos horas mojada. Y no soy la única.
Nadie respondió de inmediato. Nadie se levantó. La pregunta quedó flotando sobre el agua como una propuesta sin urgencia.
Cyrus puso la mano sobre el muslo de Beatriz con una presión suave. Ella sintió el calor de esa mano a través de la tela del pantalón, y luego los dedos subiendo hasta que el pulgar rozó, apenas, el bulto del pubis.
—¿Qué dices tú? —le preguntó en voz baja—. ¿Te dejas follar esta noche?
Beatriz pensó que en cincuenta y ocho años había tomado más decisiones de las que podía recordar: empresas, contratos, juicios, divorcios. Esta era diferente porque nadie la necesitaba de ella. Era solo suya.
—Digo que sí —respondió—. Toda la noche.
***
Lo que pasó en esa terraza no tuvo el ritmo de una película. Fue más lento al principio, más real: la torpeza inicial de dos cuerpos que no se conocen, el ajuste, la pausa para respirar. Y después dejó de ser lento.
Cyrus la besó primero. Tenía la boca firme y la costumbre de poner una mano en la base del cuello, sin apretar, solo para marcar que estaba allí. Con la otra mano le desabrochó los botones de la blusa de arriba a abajo, sin dejar de besarla, y le sacó los pechos del sujetador con la palma abierta, sopesándolos.
—Qué buenas tetas tienes, joder —murmuró contra su boca.
Beatriz notó que era la primera vez en mucho tiempo que alguien la tocaba con esa clase de atención real: sin prisas, sin agenda. Que le dijera la palabra tetas con ese hambre le hizo apretar los muslos.
Monika se acercó por detrás y le quitó la rebeca con movimientos precisos. Sus manos tenían la temperatura de alguien que sabe exactamente lo que hace. Le recorrió los hombros con las palmas abiertas, desanudando la tensión acumulada, y bajó por delante hasta juntar sus manos con las de Cyrus sobre los pechos de Beatriz. Le pellizcó los pezones a la vez, uno con cada mano, y se los retorció despacio hasta que Beatriz gimió.
—Relájate —dijo Monika cerca de su oído—. Tienes los hombros como piedras. Y los pezones ya me piden boca.
—Pues chúpamelos —murmuró Beatriz, sorprendida de su propia voz.
Monika la giró un poco y bajó la cabeza. Le mamó el pezón izquierdo con la lengua plana, luego lo mordió suave, luego lo chupó fuerte. Beatriz sintió un tirón directo al coño, como si un hilo invisible fuera desde el pezón hasta el clítoris y Monika estuviera tirando de él a propósito.
Rafael se sentó frente a ella y empezó con los pies. Era exactamente lo que había dicho Monika: su forma de conocer a la gente. Los pulgares trazaron el arco de la planta, subieron por los gemelos con presión sostenida, encontraron nudos que Beatriz no sabía que tenía. El dolor era suave, casi placentero. Le abrió el pantalón, se lo bajó junto con las bragas y siguió subiendo con las manos por los muslos, sin prisa, hasta que le abrió las piernas del todo y se quedó mirándole el coño abierto con la calma de quien contempla un plano de casa.
—Estás empapada —dijo, y hundió dos dedos hasta el fondo.
Beatriz arqueó la espalda. Los dedos de Rafael eran gruesos, precisos, y sabían exactamente dónde curvarse. Los movió con un ritmo lento, buscando ese punto interior que hacía años nadie encontraba, y cuando lo encontró Beatriz apretó los dientes para no gritar.
—Ahí —jadeó—. Ahí, joder, no pares.
Rafael no paró. Bajó la boca al mismo tiempo y le pasó la lengua por el clítoris con la punta, muy despacio, mientras los dedos seguían dentro. La combinación era brutal. Beatriz agarró el pelo de Rafael con una mano y la nuca de Monika con la otra, sin soltar ninguna de las dos sensaciones.
Cyrus se había puesto de pie y se estaba desabrochando el pantalón. Cuando se lo bajó, Beatriz vio la polla dura, gruesa, curvada ligeramente hacia arriba, con la punta ya brillante. Alargó una mano y se la agarró, sin pedir permiso, y se la llevó a la boca desde el ángulo torcido en el que estaba echada. La chupó desde la base hasta la punta, con la lengua enrollada, saboreando el gusto salado del líquido preseminal que le brotaba.
—Así, así —murmuró Cyrus, con la mano en su nuca marcándole el ritmo—. Métetela toda, mi amor, que tienes boca de puta buena.
Beatriz gimió con la polla en la boca. La palabra la hizo apretar el coño alrededor de los dedos de Rafael, que sintió el espasmo y sonrió sin levantar la cabeza.
Gordon se había sentado junto a Claudine al otro extremo de la terraza y ya no procesaba nada: le había subido la falda a Claudine hasta la cintura y le estaba comiendo el coño con avidez, agarrado a sus muslos, mientras ella le apretaba la cabeza con las dos manos y jadeaba en francés cosas que sonaban a órdenes. Andrea y Marco estaban desnudos ya del todo, ella a horcajadas sobre él en una tumbona, cabalgándolo despacio, con las tetas balanceándose sobre la cara de Marco, que le mordía los pezones alternándolos.
***
Beatriz no recordaría exactamente cuándo dejó de haber ropa sobre los cojines. El frescor del Rin a esa hora de la noche hacía que los cuerpos buscaran calor entre sí, y ese calor tenía su propia lógica.
Lo que sí recordaría es el momento en que Cyrus le sacó la polla de la boca, la recostó sobre los cojines y le abrió las piernas del todo, con las rodillas dobladas contra el pecho, dejándole el coño y el culo expuestos a la luz de las velas.
—¿Bien así? —preguntó, con la polla apoyada en la entrada, mojándose ya con su humedad.
—Métemela —dijo Beatriz—. Hasta el fondo. Ya.
Cyrus empujó de una sola vez. Beatriz sintió cómo la polla la abría, cómo el glande le rozaba el cuello del útero, cómo el cuerpo entero se le acomodaba a ese llenado que llevaba años sin sentir. Se quedó quieto un segundo, dejándola respirar, y después empezó a follarla con embestidas largas, rítmicas, que le hacían rebotar las tetas y le sacaban un gemido con cada empuje.
Ella aferró sus caderas con las manos y marcó el ritmo desde abajo, empujando contra él. Era exactamente lo que quería: no ser llevada. Follar en paridad.
—Así —dijo entre dientes—. Más fuerte. Rómpeme.
Cyrus obedeció. Le agarró las piernas por detrás de las rodillas y se las abrió más, apoyándoselas contra los hombros, y empezó a embestir con toda la cadera. El sonido de los cuerpos chocando llenó la terraza, mezclado con los gemidos de Beatriz, los jadeos de Claudine al fondo, el ritmo húmedo de la boca de Rafael que ahora se había puesto a chuparle el clítoris a Beatriz mientras Cyrus la penetraba, la lengua trabajándole el capuchón con la polla entrando y saliendo a dos centímetros de su nariz.
Claudine se acercó, todavía con Gordon detrás. Se acuclilló sobre la cara de Beatriz, con el coño depilado, brillante, y descendió sin preguntar. Beatriz sacó la lengua y le lamió la raja de abajo a arriba, encontrándose el clítoris hinchado. La chupó como quería que la chuparan a ella, sin miramientos, metiéndole la lengua dentro y volviendo al capuchón para succionar. Claudine gimió arriba y le apretó la cara contra el coño.
—Sí, cariño, cómemelo —jadeó—. Cómemelo entero.
Monika se había arrodillado al lado y le chupaba los pechos alternando, un pezón y luego el otro, mordiéndoselos, escupiendo saliva sobre ellos y volviendo a chuparlos. Le pasó una mano libre por el vientre y le buscó el clítoris compitiendo con la lengua de Rafael, dos dedos frotándolo en círculos rápidos mientras Cyrus seguía penetrándola con embestidas cada vez más profundas.
A su lado, Gordon se había puesto detrás de Claudine y le había metido la polla por detrás mientras ella seguía sentada sobre la cara de Beatriz. Beatriz sentía cómo el cuerpo de Claudine se sacudía hacia delante con cada embestida de Gordon, y cómo eso le apretaba el coño más fuerte contra su boca. Se lo comió con más ganas.
Marco había venido también. Se puso de rodillas al lado de Beatriz y le ofreció su polla, gruesa y venosa, apuntándole a la mejilla. Beatriz giró la cabeza medio segundo y se la metió en la boca, chupándola por un lado mientras Claudine se le corría en la cara por el otro. Andrea estaba detrás de Marco, pegada a su espalda, besándole el cuello y masturbándose con la mano libre.
El orgasmo de Beatriz llegó en oleadas. El primero fue con la polla de Cyrus dentro y los dedos de Monika en el clítoris: una descarga que le subió por las piernas y le apretó el coño con espasmos rítmicos que Cyrus notó y aprovechó para follarla más rápido. No le dio tiempo a bajar. Rafael le chupó el clítoris sensible sin piedad y le arrancó el segundo, más largo, más profundo, uno que la hizo gritar contra el coño de Claudine.
—Me corro —jadeó Cyrus—. Dime dónde.
—Dentro —dijo Beatriz sin dudar—. Córrete dentro. Ya.
Cyrus embistió tres veces más, hasta el fondo, y se corrió con un gemido grave, vaciándose dentro de ella con espasmos que Beatriz sintió uno a uno. Se quedó dentro un momento, quieto, mientras el semen le goteaba a ella entre los muslos.
Cuando salió, Marco le agarró la cara, se la giró y se corrió sobre sus labios y su lengua con dos tirones largos. Beatriz tragó lo que pudo y dejó que el resto le resbalara por la comisura hasta el mentón. Andrea se acercó y le lamió la mejilla limpiando lo que había quedado, y luego la besó en la boca, mezclando los sabores.
***
Después, envuelta en una de las mantas que alguien había traído sin que nadie lo pidiera, Beatriz miró el cielo sobre el Rin. Las nubes habían cubierto las estrellas. El río no hacía ruido. Entre las piernas todavía le goteaba semen de Cyrus, tibio, y no tenía ninguna prisa por limpiarse.
Cyrus estaba a su lado, bebiendo vino frío con la vista puesta en la orilla oscura.
—¿Y bien? —preguntó, recordando su pregunta de la primera noche.
—Ya sé lo que querías decir —respondió Beatriz.
Las noches siguientes fueron diferentes, cada una a su manera. En Estrasburgo, Monika y ella se escaparon del grupo durante la visita a la catedral y pasaron una hora en la habitación de Monika que no tenía nada que ver con el turismo. Beatriz se aprendió el sabor del coño de Monika con la boca pegada a él durante largos minutos, la lengua entrando y saliendo, hasta que Monika se corrió apretándole la cabeza con los muslos. Después Monika hizo lo mismo con ella, y le metió tres dedos mientras le chupaba el clítoris hasta hacerla correrse dos veces seguidas. Fue íntimo y tranquilo, más parecido a una conversación que a cualquier otra cosa, aunque sin palabras.
En Maguncia, Gordon la invitó a su camarote y le habló de su mujer durante una hora antes de que hubiera ningún contacto físico. Cuando por fin se tocaron, fue tierno y preciso. Gordon tenía paciencia y esas manos grandes de arquitecto que saben dónde aplicar presión. La desnudó despacio, la tumbó boca abajo y le pasó la lengua por toda la espalda antes de bajar al culo. Le separó las nalgas con las dos manos y le lamió el ojete durante largo rato, algo que nadie le había hecho nunca, y Beatriz descubrió que gemía como una adolescente. Después la giró y la penetró de misionero, mirándola a los ojos, follándola lento hasta hacerla correrse tres veces antes de correrse él sobre su vientre. Beatriz tardó en soltarse pero se soltó.
En Koblenza, una tarde de lluvia los mantuvo a todos en el barco. Rafael dio masajes en el salón principal mientras los demás leían o dormitaban. A Beatriz le tocó el último turno. Empezó por la espalda, siguió por el culo con las manos abiertas, y cuando llegó a los muslos ya nadie fingía que aquello era un masaje. La giró boca arriba, le abrió las piernas y le comió el coño durante veinte minutos sin descanso, con una técnica que combinaba lengua, dedos y una succión que Beatriz no había sentido nunca. Le arrancó cuatro orgasmos seguidos, uno detrás de otro, hasta que ella le tiró del pelo para que parara. Cuando Rafael terminó, ella tardó diez minutos en poder hablar.
La última noche, con Ámsterdam ya en el horizonte luminoso, el grupo se reunió una vez más en la terraza de proa. Fue más tranquilo que la primera vez. Las manos sabían adónde iban, los cuerpos no necesitaban negociar. Beatriz terminó con la polla de Cyrus en el coño y la de Marco en la boca a la vez, con Claudine chupándole las tetas y Monika comiéndole el coño a Andrea a un metro. Se corrió tantas veces que dejó de contarlas.
***
Beatriz regresó al aeropuerto de Schiphol con la misma maleta y una sensación que no tenía nombre exacto. No era euforia. No era culpa. Era algo más estable: la certeza de que su cuerpo todavía era capaz de cosas que ella había dado por archivadas, y de que el deseo, cuando se comparte de forma honesta, no necesita disculparse.
En el avión hacia casa, abrió el cuaderno que había llevado sin usar durante toda la semana y escribió tres palabras: «el río Danubio».
Tenía tiempo. Tenía ganas. Y el equipo editorial seguiría funcionando sin ella otro mes más.