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Relatos Ardientes

La directora que me citó con la puerta sin llave

4.7(15)

A mis 36 años mantengo dos versiones de mí mismo en paralelo con bastante eficiencia. La primera aparece en el suplemento cultural: Rodrigo Casale, crítico y perfilador del periódico de mayor circulación del país, conocido por sus análisis que oscilan entre la admiración y el bisturí sin previo aviso. La segunda es privada, sin disculpas ni narrativa redentora: un hombre con apetitos claros que llega al gimnasio a las seis de la mañana porque si no agota el cuerpo antes de que amanezca, la cabeza empieza a trabajar en su contra.

Mi hábitat profesional es esa zona de fricción entre el arte y el dinero: vernissages en Palermo, cenas con editores en el microcentro, lanzamientos donde se sirven vinos demasiado caros y se dicen verdades a medias sobre personas que están en la misma sala. En ese circuito, los rumores tienen más velocidad que cualquier cable de agencia.

Y los rumores sobre Laura Cárdenas llevaban meses instalados en las conversaciones que ocurren después de la segunda copa.

Laura no es únicamente la directora ejecutiva del Grupo Atlántico, el conglomerado de medios más influyente del cono sur. Es una presencia que reorganiza las habitaciones. Tiene 45 años, una edad que algunas personas reciben como una concesión y que en ella funciona como combustible. Alta, morena, con ese tipo de seguridad que no viene del atuendo sino de saber con exactitud lo que cuesta su tiempo. Cuando habla en conferencias, el silencio que la rodea no es cortesía: es que la gente olvida que tenía algo que decir.

Pero lo que me había instalado una imagen fija en algún rincón del cerebro no era su historial de adquisiciones ni su capacidad para desmantelar redacciones enteras con una reunión de cuarenta minutos. Era lo otro. Lo que circulaba en las cenas de directivos después de la segunda copa de Malbec, cuando los jefes de prensa bajan la guardia y las confidencias se vuelven más concretas. Se decía que Laura Cárdenas tenía una vida privada que no coincidía en nada con la imagen que proyectaban sus fotografías oficiales. Que había dejado a más de un hombre joven saliendo de sus reuniones privadas con cara de quien acaba de entender algo para lo que no estaba preparado. Que el poder, para ella, no era un sustituto del deseo sino su extensión natural. Que cogía como cogen las mujeres que ya no tienen nada que demostrarle a nadie.

Esos relatos habían ido sedimentando en algún lugar de mi cabeza sin que yo los invitara expresamente. Me había descubierto más de una noche, en el silencio de mi departamento en Villa Crespo, con la mano en la verga y la imagen de ella detrás de los párpados, mientras cerraba el portátil. Imaginando qué existía detrás de esa mirada calculada, qué sonidos emitía esa voz grave y precisa cuando no había nadie grabando, cómo se le abrirían las piernas y qué tan mojado estaría ese coño que tantos rumores acumulaba.

Era una fantasía absurda de un hombre que trabaja con palabras y debería saber mejor que nadie cuándo está construyendo ficciones.

Me lo decía y seguía igual.

***

El miércoles que Laura llegó a la redacción para almorzar con el director general, yo terminaba un texto sobre la última bienal con media hora de atraso. La escuché antes de verla: sus pasos sobre el piso de madera tenían el ritmo de quien no necesita apresurarse para llegar primero.

Vestía un traje gris de corte impecable que le marcaba los hombros con una precisión casi arquitectónica. No era ropa para gustar; era ropa que usaba quien ya da por descontado que gusta y ha decidido dedicar su atención a otras cosas. Al pasar junto a mi escritorio, el aire se movió. Su perfume era denso, con algo a madera oscura y especias que me golpeó directo en algún punto entre el pecho y el estómago antes de que pudiera prepararme.

Se detuvo a saludar al jefe de sección, a menos de tres metros de mí. Pude ver detalles que las fotos de prensa no capturan: los tendones de sus manos cuando estrechó un apretón, la pequeña cicatriz en el mentón, la forma en que sus ojos mapeaban la sala con una velocidad que no tenía nada de casual.

Entonces me miró.

No fue una mirada de cortesía. Me buscó entre los escritorios, me encontró y se quedó. Cuatro o cinco segundos que funcionaron como una declaración de algún tipo.

—Sus perfiles tienen un defecto —dijo, con una voz lo suficientemente controlada para que solo yo la escuchara—. Los escribe como si necesitara convencer al lector de que el sujeto le resulta interesante. Se nota el esfuerzo.

Me levanté antes de decidir si era conveniente hacerlo.

—Quizás es que el sujeto todavía no me ha dado suficiente material —respondí.

Ella inclinó ligeramente la cabeza. Una sonrisa que era más desafío que cordialidad.

—Eso tiene solución —dijo—. O no. Depende de cuánto esté dispuesto a arriesgar para conseguirlo.

Se dio vuelta y siguió caminando hacia la sala de reuniones. El movimiento de su espalda al alejarse fue lo único que vi durante los tres minutos siguientes, hasta que el redactor de al lado me preguntó si me había quedado dormido con los ojos abiertos.

No le respondí.

***

La oportunidad concreta llegó cinco días después, en la gala del aniversario del suplemento, celebrada ese año en el Palacio Errázuriz. Era una noche de noviembre húmeda y cálida, de esas en que Buenos Aires huele a tormenta inminente y a electricidad estática.

El salón estaba lleno de lo habitual: críticos, galeristas, un funcionario de cultura que nadie había invitado pero que siempre aparece, escritores lo suficientemente conocidos como para poder ignorar a todo el mundo con impunidad. Yo circulaba entre grupos con una copa en la mano, manteniendo conversaciones a medias y buscando sin admitirlo.

La vi llegar pasada la medianoche. Se había cambiado el traje gris por un vestido negro de escote recto que dejaba los hombros completamente al descubierto. Sin joyas. Sin nada que distrajera. Era una apuesta calculada en su simplicidad, y funcionaba exactamente como estaba destinada a funcionar.

La seguí con los ojos mientras saludaba a distintos grupos, siempre con esa cadencia de quien administra su presencia con la misma precisión con que administra sus contratos. Bebí más de lo que debía. Hablé con personas que no me importaban. A la una y cuarto, la vi separarse del grupo principal y dirigirse hacia una terraza lateral que daba a la avenida. Sola.

Me excusé con quien fuera que me estuviera hablando y fui hacia allá.

La terraza era angosta, con una baranda de hierro forjado y dos macetas enormes que bloqueaban la vista desde adentro. Laura estaba apoyada en la baranda, copa en mano, mirando los árboles de la calle iluminados desde abajo. No se movió cuando llegué. Tampoco me miró de inmediato.

—Tardaste —dijo.

—No sabía que había un plazo.

—Te vi dudar desde adentro —dijo, ahora sí girando la cabeza hacia mí—. Dos veces. ¿Qué te frenó la primera?

Me planté junto a ella, con los brazos apoyados en la baranda.

—El sentido común —dije—. Llega tarde y no sirve de mucho, pero se presenta igual.

Ella sonrió. Esta vez con algo diferente, algo que no estaba calculado para la sala de adentro.

—¿Qué se dice de mí en tus círculos? —preguntó.

No era una pregunta que necesitara respuesta. Era una invitación a ver hasta dónde llegaba yo.

—Que el poder no te alcanza —dije—. Que en privado sos otro mundo. Que los hombres que han estado cerca tuyo salen sin poder explicar bien qué pasó.

Silencio. El ruido de la ciudad llenó el espacio entre nosotros durante varios segundos.

—¿Y lo creés? —preguntó.

—Creo que los rumores que duran tienen alguna base. Y creo que saliste a esta terraza sabiendo que yo te seguiría.

Laura dejó su copa sobre la baranda con un movimiento preciso. Se giró hacia mí del todo. La luz del interior le iluminaba la mitad del rostro, dejando la otra en sombra.

—Escribís sobre personas —dijo—. ¿Alguna vez escribiste sobre alguien que no entendieras del todo?

—Siempre. Es la única manera honesta de hacerlo.

Algo en su expresión cambió. No se suavizó; se volvió más directa, más quieta.

—Tengo un departamento —dijo—. No el que figura en mi declaración de bienes. El mío. En Recoleta. —Metió la mano en el pequeño bolso que llevaba y sacó una tarjeta en blanco—. ¿Tenés algo para escribir?

Le pasé el bolígrafo del bolsillo interno del saco. Al tomarlo, sus dedos rozaron los míos un momento más de lo necesario. Escribió algo en el reverso: lento, con la letra clara y apretada de quien firma documentos que no admiten ambigüedades.

Me puso la tarjeta en la palma de la mano y cerró mis dedos sobre ella con los suyos. El contacto duró exactamente el tiempo suficiente para que yo entendiera que nada de eso era accidental.

—Mi escolta me deja allá en veinte minutos y se va —dijo, acercándose lo suficiente como para que su voz llegara solo a mí. Su aliento tenía algo a vino blanco y a decisión tomada—. Si llegás antes de la media hora, la puerta va a estar sin llave. Pero no es una entrevista lo que te estoy ofreciendo. Si no tenés claro qué es, entonces no vengas.

Se apartó. Recogió su copa. Volvió al salón como si la conversación hubiera sido sobre política cultural, saludando a alguien con una sonrisa que no revelaba absolutamente nada de lo que acababa de ocurrir en esa terraza.

Me quedé solo, con la tarjeta en la mano y el bolígrafo todavía entre los dedos. Un número de piso. Una calle en Recoleta. Una caligrafía que no pedía: establecía.

***

Tardé catorce minutos en salir del palacio. Otros doce en conseguir un taxi. Me quedé cuatro minutos más sentado en el auto frente al edificio de piedra con toldos negros, mirando la fachada iluminada desde adentro, pensando en todo lo que podía complicarse: mi trabajo, mi criterio como periodista, el hecho de que ella era exactamente el tipo de persona sobre quien algún día tendría que escribir sin que me temblara la mano.

Pensé también en las noches en que me había imaginado esta situación exacta, sabiendo que era absurda, y en la distancia entre eso y la puerta sin llave que me esperaba en el cuarto piso.

Pagué el taxi. Entré al edificio.

El ascensor olía levemente a su perfume, o quizás lo estaba construyendo. El espejo me devolvió la imagen de alguien que había tomado una decisión y que no iba a hacerse el distraído al respecto.

Cuarto piso. Un pasillo largo con alfombra burdeos. Una sola puerta al fondo, entreabierta, con una línea de luz amarilla filtrándose por el marco.

Empujé la puerta.

La sala era lo que cabía esperar de alguien que elige sus batallas con cuidado: oscura, ordenada, libros reales en los estantes y nada decorativo que no cumpliera alguna función. Una lámpara de pie encendida junto al sillón. Y Laura, de pie junto al ventanal que daba a la calle, sin el blazer del vestido, con los brazos cruzados y una copa en la mano.

Me miró entrar sin moverse.

—Cuatro minutos en el auto —dijo—. Lo vi por el reflejo del ventanal.

—No era indecisión —dije—. Era concentración.

Ella dejó la copa sobre la mesita lateral.

—¿Y ahora? ¿Ya terminaste de concentrarte?

Me acerqué. Despacio. El único sonido era el ruido amortiguado de la ciudad entrando por las rendijas de la ventana y mi propia respiración, que no estaba siendo tan controlada como me gustaba.

—Hace semanas que pienso en vos —dije, sin adornar la frase—. Sin pedirlo y sin poder pararlo. Eso no es lo mismo que saber exactamente qué hacer cuando la situación es real.

—No hace falta que sepas qué hacer —respondió, y su voz en ese espacio privado era algo completamente distinto a la que usaba en las conferencias de prensa: más grave, más quieta, más para adentro—. Hace falta que te quedes.

Me detuve a un paso de ella. Lo suficientemente cerca como para sentir el calor que irradiaba. Sus ojos me recorrieron sin apuro, con esa calma de quien sabe que el tiempo trabaja para ella.

—Los rumores —dije—. ¿Son ciertos?

Laura levantó una mano y la apoyó abierta en mi pecho, sin apretar, solo midiendo.

—¿Eso es lo que viniste a confirmar?

—Entre otras cosas.

Una sonrisa lenta. Me tomó del cuello de la camisa con dos dedos y tiró hacia ella con una suavidad que era más exigente que cualquier fuerza.

—Entonces quedate y formá tu propia opinión —susurró—. Eso es lo que hacen los buenos periodistas, ¿no?

Sus labios rozaron los míos antes de que pudiera responder. Y después dejaron de rozar y se abrieron y su lengua entró en mi boca con la misma seguridad con que entraba a una sala de directorio. Me mordió el labio inferior, lo tiró hacia ella, lo soltó. Me tomó la mano derecha y se la llevó al pecho, por encima de la tela del vestido. El pezón ya estaba duro. Lo sentí perfectamente incluso a través del género.

—Sin rodeos —murmuró contra mi boca—. No vine a mi propio departamento a las dos de la mañana para que te hagas el tímido.

Bajé el cierre de su vestido de un tirón. La tela cayó al piso en un charco negro. No llevaba corpiño. Sus tetas eran más pesadas de lo que el vestido dejaba adivinar, con los pezones oscuros y despiertos, apuntando ligeramente hacia arriba. Me agaché y le mordí uno, sin preparación, sin ceremonia. Ella soltó un sonido corto, gutural, y me clavó las uñas en la nuca.

—Así —dijo—. Fuerte.

Le chupé un pezón mientras le pellizcaba el otro entre el pulgar y el índice, girándolo. Su cadera se movió sola, buscando la mía. Le pasé la mano por el vientre, hacia abajo, hasta el borde de la única prenda que le quedaba: una bombacha negra minúscula que ya estaba empapada. La aparté con dos dedos y hundí los dedos entre sus labios. Estaba mojadísima. Un calor húmedo y viscoso que me chorreó por la mano hasta la muñeca en cuestión de segundos.

—Mirá el coño que tenés —dije, con la voz más ronca de lo que reconocí como mía—. Estás empapada desde la terraza.

—Desde el miércoles en tu redacción —contestó ella, y me miró con una fijeza casi cruel—. Ahora arrodillate y comelo.

No lo pensé. Le bajé la bombacha por las piernas y la dejé caer. La empujé hasta que la espalda le chocó contra el ventanal frío. Le abrí las piernas con los hombros y le pasé la lengua entera por el coño, de abajo hacia arriba, cerrándola sobre el clítoris al final del recorrido. Laura echó la cabeza hacia atrás y el vidrio hizo un ruido opaco contra su nuca.

—Ahí —jadeó—. Ahí, no te muevas, seguí ahí.

Le chupé el clítoris con los labios cerrados alrededor, primero suave, después con más presión, alternando con la punta de la lengua describiendo círculos. Le metí dos dedos y los curvé hacia arriba, buscando ese punto rugoso por adentro. Cuando lo encontré, todo su cuerpo se tensó como una cuerda. Los muslos me apretaron la cabeza. Me tiraba del pelo con una mano y con la otra se apretaba una teta.

—Hijo de puta —murmuró, casi con admiración—. Cómo mamás.

Seguí. Le entraba y salía los dedos con un ritmo constante mientras le trabajaba el clítoris con la lengua sin descanso. El coño le apretaba los dedos en oleadas, cada vez más seguidas. Sentí el momento exacto en que dejó de controlar: la respiración se le rompió en dos, dejó de aguantarse los sonidos, y se corrió chorreando sobre mi mano y mi mentón con una serie de espasmos largos que le sacudieron las piernas.

—Levantate —jadeó, antes de terminar de bajar—. Levantate ahora.

Me puse de pie. Me tomó de la cara con las dos manos y me lamió su propia corrida de la barbilla y de los labios con una hambre que no tenía nada de decorativa. Después me empujó hacia atrás hasta que caí sentado en el sillón. Se arrodilló entre mis piernas y me abrió el cinturón sin dejar de mirarme.

—Ahora te toca —dijo.

Me bajó el pantalón y el bóxer de un solo tirón hasta las rodillas. La verga me saltó dura contra el vientre. Ella se quedó mirándola dos segundos, con una sonrisa que era pura evaluación, y después me la tomó con la mano y me pasó la lengua por debajo, desde los huevos hasta la punta, lento, con una calma insultante. En la punta se detuvo. Chupó la gota que ya asomaba y me miró desde abajo mientras lo hacía.

—Se te nota que hace mucho que la querés meter acá —dijo.

—Semanas —admití.

—Entonces primero pagás.

Y me metió la polla entera en la boca, hasta el fondo, sin hacer ni una arcada. Sentí la garganta cerrándosele alrededor de la punta. Empezó a mamármela con un ritmo que no era de aficionada: apretándome con los labios en el recorrido de subida, ayudándose con la mano en la base, chupándome los huevos entre medio. Yo le tomé el pelo con las dos manos, se lo agarré en un puño, y le empecé a mover la cabeza al ritmo que necesitaba. Ella no protestó. Al contrario: me miró con los ojos llorosos por el esfuerzo y con una expresión que decía seguí, más fuerte, más adentro.

La follé la boca durante un rato largo. Con hilos de saliva bajándole por el mentón, con el ruido húmedo obsceno de la garganta cediendo cada vez que se la metía hasta el fondo. Cuando sentí que estaba por acabar, la aparté.

—No —dije—. Todavía no.

—Buena decisión —dijo ella, secándose la boca con el dorso de la mano—. Habría sido un desperdicio.

Se levantó. Se dio vuelta. Apoyó las manos en el respaldo del sillón, se inclinó hacia adelante y me ofreció el culo arqueado con una impaciencia que no intentaba disimular. Le vi el coño abierto, brillante, y el culo apretado justo encima.

—Metémela —ordenó—. Ya.

Me puse de rodillas detrás de ella en el sillón. Le agarré las caderas con las dos manos y le clavé la verga de una sola estocada, hasta los huevos. Laura gritó. No fue un gemido cortés: fue un grito ronco, animal, que le salió del fondo del pecho. Estaba tan mojada que le entré entera sin resistencia y la sentí apretarme apenas terminé de meterla.

—Así —jadeó—. Así, sin cuidado, no me trates como a una porcelana.

Empecé a cogerla en serio. Con embestidas largas y profundas al principio, sacándosela casi entera cada vez y volviéndola a meter de golpe. El sonido de mis caderas contra el culo de ella llenó la sala, cachetadas de carne contra carne mezcladas con los gemidos que ella ya no intentaba controlar. Le tomé el pelo con una mano, se lo tiré hacia atrás, y le dejé la espalda arqueada en una curva perfecta. Con la otra mano le agarré una teta y se la apreté hasta que soltó un gruñido.

—Decíme lo que decís cuando no hay periodistas —le pedí, sin dejar de embestirla.

—Que me la metas más fuerte —respondió, casi sin aire—. Que me la partas. Que hace semanas que quiero esta verga adentro.

Le pasé el pulgar entre las nalgas y se lo apoyé en el culo, apenas apretando. Ella empujó hacia atrás para recibirlo. Se lo metí hasta la primera falange y su coño se cerró alrededor de mi verga como un puño.

—Puta madre —gimió—. Así, todo.

La cogí desde atrás hasta que sentí que no iba a aguantar mucho más. Entonces la saqué, la di vuelta, la tiré de espaldas sobre el sillón y le abrí las piernas hasta los hombros. Le volví a meter la polla y me acosté sobre ella, cara con cara, para verla mientras la partía. Laura me clavó los talones en el culo y me tiró contra ella con cada embestida.

—Mirame —le dije—. Quiero ver la cara de la directora ejecutiva mientras se la meten.

Ella no bajó los ojos. Me sostuvo la mirada mientras la cogía, con los labios entreabiertos, con el maquillaje corrido, con el pelo pegado a la frente por el sudor. En algún momento me metió una mano por el pelo y me acercó la boca a la suya para morderme el labio otra vez, y ese mordisco me terminó de romper el poco control que me quedaba.

—Me voy a acabar —le avisé.

—Adentro no —jadeó—. En las tetas.

La saqué justo a tiempo. Me subí a horcajadas sobre ella, la verga en la mano, y me la sacudí dos, tres veces sobre su pecho antes de que la corrida me saliera en chorros largos que le cayeron entre las tetas, en el cuello, en el mentón. Laura se pasó dos dedos por el semen del pecho y se los llevó a la boca, sin dejar de mirarme, mientras yo terminaba de vaciarme sobre su piel.

—Ahora sí —dijo, después de tragarse mis dedos limpios—, ya tenés material.

Nos quedamos un rato ahí, ella acostada, yo sentado al lado, respirando como dos animales que acaban de terminar de correr. Después me llevó a la ducha y me la volvió a chupar bajo el agua caliente hasta ponérmela dura de nuevo, y me hizo cogerla de pie contra los azulejos, más despacio esta vez, con la boca pegada a mi oreja diciéndome cosas que no voy a repetir en ninguna redacción. Y a las cinco de la mañana, cuando la ciudad empezaba a insinuar la primera luz, me la cogí una tercera vez en la cama grande del cuarto, con ella arriba, moviéndose sobre mí con esa misma cadencia precisa con que administraba todo lo demás en su vida, hasta que se corrió mordiéndome el hombro y yo me acabé adentro suyo porque a esa altura ya no había reglas que discutir.

Y esa noche, la ciudad siguió girando sola afuera mientras yo aprendía que las mejores historias son las que nunca se publican.

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4.7(15)

Comentarios(10)

andres29

Excelente relato!!! me dejo con ganas de mas

NocheClara

La ambientacion en Recoleta le da un toque muy especial, lo senti muy real. Espero que haya segunda parte!

Eduardo200

tremendo, eso de la puerta sin llave es un detalle que me mato jajaja

Rosario_BA

Me encanto como empieza, con ese perfume y la tarjeta en el taxi... muy cinematografico. Seguí escribiendo!

Hugo_C

Que bueno!!! pocas veces un relato me atrapa desde las primeras lineas

Vanessa

Me recuerda un poco a una situacion que me paso a mi, sin llegar a tanto claro jaja. Lo conte entre amigas y nos morimos de risa recordandolo.

matiasok

Genial! una segunda parte por favor

Mrafael

Muy buen relato, la tension que se va armando es lo mejor. No dejes de escribir

zodape

La directora... ese personaje tiene mucho mas para dar. Dale que queremos saber como sigue esto!

Pablin

Si yo tambien quiero leer más sobre la dire

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