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Relatos Ardientes

La señora swinger era la abuela de mi mejor amigo

Esto pasó hace unos años, cuando yo tenía veintiséis y trabajaba como electricista en una constructora. No era un trabajo glamoroso: subir y bajar andamios con el cinturón de herramientas clavándose en la cadera, tirar cable por techos falsos, sudar bajo el casco todo el día. El trabajo me había dejado los brazos y la espalda de piedra, aunque la cara nunca me favoreció demasiado.

Por esa época me metí de lleno en el mundo swinger. Había escuchado hablar del tema entre los albañiles más veteranos de la obra, entre chistes y anécdotas que nunca terminaba de creer del todo, y la curiosidad pudo más que el pudor. Creé un perfil como soltero en un foro privado que circulaba entre conocidos, y al principio fui solo mirando: parejas que subían fotos, mujeres que pedían singles jóvenes, hombres que ofrecían lo que podían.

Fue ahí donde encontré el perfil de «Doña Carmen».

En ese círculo, la señora era una leyenda. Tenía sesenta y un años, un cuerpo que desmentía cada uno de ellos y la seguridad de alguien que lleva décadas haciendo exactamente lo que le da la gana. Sus fotos generaban comentarios durante días. Siempre buscaba singles jóvenes con buena condición física, lo aclaraba en cada publicación sin rodeos. La primera vez que consideré escribirle, vi lo que cobraba y lo descarté enseguida: no era plata que yo tuviera.

Pero un martes por la noche, después de un turno agotador, ella publicó que quería un soltero para el viernes siguiente, sin costo. Solo exigía presencia, físico y discreción absoluta.

Me armé de valor y le mandé un mensaje.

Contestó en diez minutos. Me citó en una dirección a las seis de la tarde del viernes.

***

Las siguientes cuarenta y ocho horas las pasé con la cabeza en otro lado. Cargué cables, atornillé cajas de fusibles y crucé miradas con mi compañero de obra sin escuchar una sola palabra de lo que me decía. Lo que más me tenía nervioso no era ella, sino él.

En su perfil, Doña Carmen había subido alguna vez una foto de su marido. Sin mostrarle el rostro, pero imponente: un hombre alto, corpulento, con el pelo completamente blanco. Se notaba que era alguien que ocupaba espacio en cualquier habitación que pisara. El perfil lo dejaba claro: eran pareja abierta, él participaba o miraba, según la noche.

¿Qué va a pensar al verme llegar? ¿Un pibe de veintiséis con las manos llenas de callos y sin un peso?

Me hice esa pregunta varias veces mientras llegaba el viernes. Esa mañana en la obra cargué material con más energía que nunca, quemando adrenalina. Me duché tres veces antes de salir, me puse la ropa más presentable que tenía y salí caminando hacia la dirección que me habían dado.

***

El edificio era de los años ochenta, limpio y silencioso. Subí al cuarto piso y llamé al timbre del 4B.

Escuché pasos pesados del otro lado.

La puerta se abrió y ahí estaba el hombre de las fotos, pero más imponente en persona. Me midió de arriba a abajo con una mirada que no era hostil pero tampoco cálida, y se hizo a un lado para dejarme pasar sin decir nada.

—¿Eres el de la red? —dijo.

—Sí. Mucho gusto —respondí, tratando de que no me temblara la voz.

Mientras caminaba junto a él por el pasillo, me asaltó una sensación rara. Esas cejas pobladas, la forma en que fruncía el ceño cuando miraba de reojo... lo había visto antes, estaba seguro. Pero los nervios y el calor que traía encima no me dejaban pensar con claridad.

—Oye, nene —me dijo, deteniéndome en el pasillo con una mano en el hombro—. Tu cara me resulta conocida. No sé de dónde, pero te he visto en algún lado.

Le dije que yo tampoco recordaba. Seguimos caminando hacia la sala.

Ella estaba de espaldas, sentada en un sofá de cuero, con una copa en la mano y el pelo bien arreglado. Cuando se volvió y nuestras miradas se encontraron, sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

No era solo la Doña Carmen de las fotos.

Era la señora Rosario, la abuela de Sebastián, mi mejor amigo desde la secundaria. La que siempre servía el pastel en los cumpleaños con una sonrisa amable y una bandeja en la mano.

—Ay, Dios mío —soltó ella, dejando la copa sobre la mesa—. ¿Tú no eres el amigo de Sebas? ¿El que trabajaba en la construcción?

El marido, que venía justo detrás de mí, soltó una carcajada que retumbó en todo el departamento.

—¡Ya decía yo que te conocía! —exclamó, dándome una palmada en la espalda que me empujó medio paso hacia adelante—. ¡Eres el muchacho del que Sebastián siempre habla! El que carga el doble que cualquiera en la obra. ¡Con esas manos tenías que ser tú!

Me ardía la cara. Pero para mi sorpresa, la tensión no se volvió pesada ni incómoda.

Rosario se levantó del sofá, se acercó sin ninguna vergüenza y me puso una mano en el brazo con una naturalidad que me descolocó.

—Qué mundo tan chiquito —dijo, con una risita que no era de abuela en absoluto—. Mira tú, el soltero intenso que buscaba resultó ser el amiguito de mi nieto.

El marido se desplomó en su sillón, todavía muerto de la risa.

—Mejor así —dijo, con una calma que me desconcertó—. Entre gente que se conoce hay más confianza. Siéntate, nene, tómate algo. Que seas amigo del chico no quita que traigas el físico que Rosario estaba buscando esta tarde.

***

Me senté junto a ella en el sofá. El whisky frío me ayudó a bajar el calor de la cara, aunque no el del resto del cuerpo. Rosario se cruzó de piernas, dejando que el pantalón negro se tensara sobre sus muslos, y me observó con una tranquilidad que me puso más nervioso que cualquier otra cosa.

—¿Y Sebas sabe en qué andas metido? —me preguntó, dándole un sorbo lento a su copa.

—No. No sabe nada —respondí.

—Bien que no sepa —intervino el marido desde su sillón—. Lo que pasa aquí se queda aquí. Y más siendo amigo de la familia.

Con el segundo trago el ambiente cambió de tono. Rosario empezó a hablar de cómo manejaba su perfil en la red, de los tipos que le escribían, de los que cumplían y de los que no. Yo le contaba cómo era el trabajo en la obra, los turnos largos bajo el sol, el peso del cinturón cargado de herramientas. La conversación fluyó con una facilidad que no me esperaba.

—A ver, déjame ver esas manos —dijo de repente, agarrándome la mano derecha con una firmeza que no esperaba. Sus dedos eran suaves, con las uñas bien cuidadas, y contrastaban brutalmente con mis callos y mis nudillos marcados—. Estás hecho un hombre de verdad. No como los inútiles que aparecen aquí con traje y sin fuerza para nada.

El marido se levantó, puso música suave de fondo y se acercó a nosotros.

—Tiene razón —dijo, apoyándome una mano en el hombro y dejando que su peso se notara—. Aquí valoramos a la gente con ganas y con fuerza. Y tú tienes mucho que ofrecerle a esta mujer.

Rosario soltó mi mano y la apoyó directamente sobre mi muslo, apretando despacio. Sus ojos estaban oscuros, con un hambre que dejaba claro que el tiempo de charlar había terminado.

—Vamos al cuarto —dijo—. Quiero ver si esos brazos son tan fuertes como parecen.

***

El dormitorio era amplio, con una cama grande y una luz baja que lo hacía todo más íntimo. El marido nos siguió con su vaso en la mano y se acomodó en un sillón individual frente a los pies de la cama, cruzando las piernas con toda la calma del mundo.

Rosario me desabotonó la camisa sin apuro, mirándome a los ojos mientras lo hacía. Cuando mis hombros quedaron al descubierto, escuché un silbido admirado desde el rincón del sillón.

—Mira eso, gordo —le dijo ella al marido sin dejar de tocarme—. Este muchacho está hecho de piedra.

Sus manos recorrieron mis pectorales y mis brazos con una seguridad que me dejó sin palabras. Me bajó al cinturón y empezó a abrirlo despacio, disfrutando de cada reacción mía. Yo me quedé ahí parado, sintiendo cómo el marido nos observaba desde su rincón sin perder detalle.

Extendí las manos y levanté su blusa poco a poco. Su piel fue apareciendo centímetro a centímetro: blanca, suave, con esa textura más delgada que dan los años. Sus pechos eran grandes y pesados, con esa caída natural de quien no tiene nada que demostrarle a nadie. El olor de su perfume caro se mezclaba con el calor del cuarto y con el olor a jabón que yo traía de la ducha.

Le desabroché el pantalón negro y lo bajé hasta los tobillos. Quedó en ropa interior fina que apenas cubría lo necesario. El contraste entre su madurez segura y mi juventud tosca me tenía la sangre hirviendo.

Sin quitarme la vista de encima, fue deslizándose hacia abajo hasta quedar arrodillada frente a mí. Metió los dedos por el borde de mi ropa interior y me la bajó de un solo tirón. Lo que encontró la dejó en silencio un instante, recorriéndolo con la mirada de arriba a abajo.

—Válgame —susurró—. Sebastián decía que eras fuerte en el trabajo, pero eso se quedó muy corto.

—¡Te lo dije, Rosi! —gritó el marido desde su sillón, dándole un trago largo al vaso—. ¡Ese lomo de electricista no es puro cuento!

Ella soltó una risita y, sin más preámbulos, me agarró con esa mano de piel fina y dedos delgados. El contraste era brutal: su tacto suave pero seguro, apretando con una precisión que me arrancó un quejido. Empezó a moverse despacio, saboreando cada reacción mía, mientras el marido se acomodaba mejor en su sillón y nos daba barra desde la esquina.

Me empujó suavemente hacia la cama. Me senté en el borde y ella se acomodó entre mis rodillas con una agilidad que no correspondía a su edad. Lo que vino después fue una de esas cosas que uno no olvida: una intensidad frenética que fue creciendo, moviéndose con un ritmo decidido, como alguien que sabe exactamente lo que busca y no pierde tiempo en conseguirlo.

Tuve que recurrir a todo lo que tenía. Pensé en facturas pendientes, en el ruido del martillo neumático a las siete de la mañana, en el calor de agosto en la obra sin sombra. Cualquier cosa que no fuera lo que estaba sintiendo, para no terminar demasiado pronto y quedar en ridículo.

Ella levantó la vista un segundo, con los labios brillando y esa mirada pícara, y volvió a la carga con más ganas.

Sabe exactamente lo que está haciendo. Y lo está haciendo a propósito.

***

El marido me tiró el condón desde el sillón con un movimiento preciso. No hicieron falta más palabras.

Rosario se echó hacia atrás en la cama y abrió las piernas. Me deslicé sobre ella y entré de una sola vez. Su cuerpo me recibió caliente y empapado, y el sonido que salió de su garganta casi me hace perder el control ahí mismo.

Le puse las piernas al hombro y empecé a moverme sin miedo. No era delicadeza lo que ella quería: era fuerza, era ritmo, era el peso de alguien que trabaja con el cuerpo todo el día. El marido no paraba de alentarme desde el sillón, y yo le daba con todo lo que tenía, sintiendo cómo ella respondía a cada golpe con una intensidad creciente.

La giré de lado después de un rato y me metí por detrás, rodeando su cintura con el brazo, sintiendo la caída de sus pechos pesados contra mi mano. En esa posición la presión era diferente, más intensa, y ella hundía la cabeza en la almohada con los gemidos apagados contra la tela.

Llevábamos más de cuarenta minutos cuando la puse en cuatro. Ver ese cuerpo de sesenta años desde atrás, con la espalda arqueada y las manos aferradas a la almohada, fue demasiado. Le agarré la cadera con una mano y le aparté el pelo del cuello con la otra. Sentí cómo sus paredes empezaban a contraerse en espasmos cada vez más cortos y urgentes.

—¡No pares! —me gritó—. ¡Así, no pares!

No pude más. Me corrí con una intensidad que me dejó los músculos flojos y la mente en blanco. Ella se corrió justo antes que yo, con un grito que el marido celebró desde su rincón con un rugido propio.

***

Me desplomé a su lado con el pecho subiendo y bajando, el sudor corriéndome por las sienes y los brazos todavía temblando del esfuerzo. En la habitación solo se escuchaba nuestra respiración y el ventilador de techo dando vueltas sin demasiada convicción.

Pero Rosario no era de las que descansan.

A los pocos minutos la sentí girarse hacia mí. Tenía esa chispa en los ojos de quien acaba de empezar, no de quien termina. Me pasó los dedos por el brazo, apretando el músculo todavía tenso por el esfuerzo, y me plantó un beso con sabor a whisky.

—Coges muy bien, nene —dijo—. Tienes una fuerza que ya no se consigue fácil por ahí.

El marido se levantó de su sillón y se acercó a la cama con paso tranquilo. Se sentó en el borde, agarró las piernas de Rosario y se las abrió despacio. Ella suspiró con una naturalidad que dejaba claro que esto era el ritual de siempre en esa casa.

El señor se inclinó y empezó a lamerla con ganas, recorriendo cada pliegue, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás sobre la almohada con una sonrisa de satisfacción total.

—Déjame ver qué dejó este muchacho por aquí —decía entre lengüetazo y lengüetazo, con un tono pícaro y burlón.

El condón había hecho su trabajo. No había dejado nada. Pero al señor no le importaba la realidad del asunto; estaba disfrutando del papel que le tocaba en la función, y lo disfrutaba de verdad.

Rosario le dio un pequeño tirón de pelo y soltó una carcajada.

—Limpia bien, que el nene me dio con todo y todavía me quema.

El marido se incorporó, se acomodó y me hizo una seña con la cabeza. Sin decir una palabra. No hacía falta. El segundo turno empezaba.

Lo que siguió fue otra hora larga. Rosario tenía una resistencia que avergonzaba a alguien de la mitad de su edad. Pasamos por todas las posiciones otra vez, ella exigiéndome más cada vez, hundiéndome con los gemidos como única guía. Mi cuerpo, acostumbrado por años de obra a empujar cuando todo dolía, respondió hasta que ya no quedó nada más por dar.

Terminamos los tres exhaustos, bañados en sudor, con las sábanas hechas un nudo y el cuarto oliendo a algo que no tenía nombre.

***

Salí a la calle con las piernas flojas y una sonrisa que no podía controlar.

Caminé varias cuadras en el frío de la noche pensando en todo lo que había pasado en esas pocas horas: había entrado como un novato nervioso y salido como el favorito de la casa. Y guardaba el secreto más extraño de mi vida: la abuela de mi mejor amigo era la señora swinger que yo había estado siguiendo durante meses en la red.

A partir de ese viernes, la cosa se volvió rutina. Pasé meses visitando ese departamento de manera regular. El marido siempre me recibía con un trago y Rosario con esa mirada que ya conocía de memoria.

Lo más extraño eran los cumpleaños de Sebastián.

Me tocó ir a dos o tres reuniones familiares durante esos meses. Ver a Rosario ahí, con su vestido elegante y su bandeja de bocadillos, actuando como la abuela perfecta frente a toda la familia, me hacía un cortocircuito en la cabeza. Me saludaba con una formalidad impecable:

—Hola, mijo, qué bueno que viniste. ¿Cómo está tu mamá?

Y yo le respondía con la misma naturalidad, mientras por dentro recordaba exactamente cómo gritaba mi nombre cuatro días antes en ese cuarto.

Sebastián, a mi lado, no sospechaba nada. Me hablaba de trabajo, de fútbol, de cualquier tontería, sin saber que su mejor amigo y su abuela compartían un secreto que no cabía en ninguna conversación familiar. El marido también estaba en esas reuniones, platicando con los otros señores, y de vez en cuando, cuando nuestras miradas se cruzaban por encima de los vasos, me lanzaba esa media sonrisa cómplice que solo nosotros entendíamos.

Éramos los tres mejores actores del mundo, y yo solo contaba las horas para que llegara el próximo viernes.

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Comentarios (6)

TatoMdp

Increible!!! Uno de los relatos mas inesperados que lei en mucho tiempo.

RobertoNoche

Por favor una segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo despues de esa noche

MartinaBaires

Me recordó a una situacion parecida que tuve en una fiesta hace años... aunque mucho menos intensa jaja. Muy bien contado.

DiegoMM

¿Y tu amigo llegó a enterarse alguna vez? Eso me tiene intrigado desde que termine de leer jaja

lector_cba

jajaja el momento en que la reconocio me mato, no me lo esperaba para nada. Tremendo giro

PabloMV

Como lo narraste es impecable, se siente completamente creible. El detalle del whisky al principio fue genail. Sigue subiendo mas!!

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