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Relatos Ardientes

La señora swinger era la abuela de mi mejor amigo

Esto pasó hace unos años, cuando yo tenía veintiséis y trabajaba como electricista en una constructora. No era un trabajo glamoroso: subir y bajar andamios con el cinturón de herramientas clavándose en la cadera, tirar cable por techos falsos, sudar bajo el casco todo el día. El trabajo me había dejado los brazos y la espalda de piedra, aunque la cara nunca me favoreció demasiado.

Por esa época me metí de lleno en el mundo swinger. Había escuchado hablar del tema entre los albañiles más veteranos de la obra, entre chistes y anécdotas que nunca terminaba de creer del todo, y la curiosidad pudo más que el pudor. Creé un perfil como soltero en un foro privado que circulaba entre conocidos, y al principio fui solo mirando: parejas que subían fotos, mujeres que pedían singles jóvenes, hombres que ofrecían lo que podían.

Fue ahí donde encontré el perfil de «Doña Carmen».

En ese círculo, la señora era una leyenda. Tenía sesenta y un años, un cuerpo que desmentía cada uno de ellos y la seguridad de alguien que lleva décadas haciendo exactamente lo que le da la gana. Sus fotos generaban comentarios durante días. Siempre buscaba singles jóvenes con buena condición física, lo aclaraba en cada publicación sin rodeos. La primera vez que consideré escribirle, vi lo que cobraba y lo descarté enseguida: no era plata que yo tuviera.

Pero un martes por la noche, después de un turno agotador, ella publicó que quería un soltero para el viernes siguiente, sin costo. Solo exigía presencia, físico y discreción absoluta.

Me armé de valor y le mandé un mensaje.

Contestó en diez minutos. Me citó en una dirección a las seis de la tarde del viernes.

***

Las siguientes cuarenta y ocho horas las pasé con la cabeza en otro lado. Cargué cables, atornillé cajas de fusibles y crucé miradas con mi compañero de obra sin escuchar una sola palabra de lo que me decía. Lo que más me tenía nervioso no era ella, sino él.

En su perfil, Doña Carmen había subido alguna vez una foto de su marido. Sin mostrarle el rostro, pero imponente: un hombre alto, corpulento, con el pelo completamente blanco. Se notaba que era alguien que ocupaba espacio en cualquier habitación que pisara. El perfil lo dejaba claro: eran pareja abierta, él participaba o miraba, según la noche.

¿Qué va a pensar al verme llegar? ¿Un pibe de veintiséis con las manos llenas de callos y sin un peso?

Me hice esa pregunta varias veces mientras llegaba el viernes. Esa mañana en la obra cargué material con más energía que nunca, quemando adrenalina. Me duché tres veces antes de salir, me puse la ropa más presentable que tenía y salí caminando hacia la dirección que me habían dado.

***

El edificio era de los años ochenta, limpio y silencioso. Subí al cuarto piso y llamé al timbre del 4B.

Escuché pasos pesados del otro lado.

La puerta se abrió y ahí estaba el hombre de las fotos, pero más imponente en persona. Me midió de arriba a abajo con una mirada que no era hostil pero tampoco cálida, y se hizo a un lado para dejarme pasar sin decir nada.

—¿Eres el de la red? —dijo.

—Sí. Mucho gusto —respondí, tratando de que no me temblara la voz.

Mientras caminaba junto a él por el pasillo, me asaltó una sensación rara. Esas cejas pobladas, la forma en que fruncía el ceño cuando miraba de reojo... lo había visto antes, estaba seguro. Pero los nervios y el calor que traía encima no me dejaban pensar con claridad.

—Oye, nene —me dijo, deteniéndome en el pasillo con una mano en el hombro—. Tu cara me resulta conocida. No sé de dónde, pero te he visto en algún lado.

Le dije que yo tampoco recordaba. Seguimos caminando hacia la sala.

Ella estaba de espaldas, sentada en un sofá de cuero, con una copa en la mano y el pelo bien arreglado. Cuando se volvió y nuestras miradas se encontraron, sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

No era solo la Doña Carmen de las fotos.

Era la señora Rosario, la abuela de Sebastián, mi mejor amigo desde la secundaria. La que siempre servía el pastel en los cumpleaños con una sonrisa amable y una bandeja en la mano.

—Ay, Dios mío —soltó ella, dejando la copa sobre la mesa—. ¿Tú no eres el amigo de Sebas? ¿El que trabajaba en la construcción?

El marido, que venía justo detrás de mí, soltó una carcajada que retumbó en todo el departamento.

—¡Ya decía yo que te conocía! —exclamó, dándome una palmada en la espalda que me empujó medio paso hacia adelante—. ¡Eres el muchacho del que Sebastián siempre habla! El que carga el doble que cualquiera en la obra. ¡Con esas manos tenías que ser tú!

Me ardía la cara. Pero para mi sorpresa, la tensión no se volvió pesada ni incómoda.

Rosario se levantó del sofá, se acercó sin ninguna vergüenza y me puso una mano en el brazo con una naturalidad que me descolocó.

—Qué mundo tan chiquito —dijo, con una risita que no era de abuela en absoluto—. Mira tú, el soltero intenso que buscaba resultó ser el amiguito de mi nieto.

El marido se desplomó en su sillón, todavía muerto de la risa.

—Mejor así —dijo, con una calma que me desconcertó—. Entre gente que se conoce hay más confianza. Siéntate, nene, tómate algo. Que seas amigo del chico no quita que traigas el físico que Rosario estaba buscando esta tarde.

***

Me senté junto a ella en el sofá. El whisky frío me ayudó a bajar el calor de la cara, aunque no el del resto del cuerpo. Rosario se cruzó de piernas, dejando que el pantalón negro se tensara sobre sus muslos, y me observó con una tranquilidad que me puso más nervioso que cualquier otra cosa.

—¿Y Sebas sabe en qué andas metido? —me preguntó, dándole un sorbo lento a su copa.

—No. No sabe nada —respondí.

—Bien que no sepa —intervino el marido desde su sillón—. Lo que pasa aquí se queda aquí. Y más siendo amigo de la familia.

Con el segundo trago el ambiente cambió de tono. Rosario empezó a hablar de cómo manejaba su perfil en la red, de los tipos que le escribían, de los que cumplían y de los que no. Me contó, sin bajar la voz ni un poco, que la mayoría eran fracasos: pibes que se corrían en dos minutos, viejos que llegaban con la verga blanda y culpaban al whisky, ejecutivos que hablaban mucho y cogían poco.

—Yo lo que quiero es que me la metan bien —dijo, mirándome a los ojos por encima del borde de la copa—. Que me abran de piernas y me follen como se folla a una mujer que sabe lo que quiere. Ni más ni menos.

Casi me atraganto con el whisky. El marido soltó una risotada corta y asintió como si estuviera escuchando el pronóstico del clima.

—A ver, déjame ver esas manos —dijo de repente Rosario, agarrándome la mano derecha con una firmeza que no esperaba. Sus dedos eran suaves, con las uñas bien cuidadas, y contrastaban brutalmente con mis callos y mis nudillos marcados—. Estás hecho un hombre de verdad. No como los inútiles que aparecen aquí con traje y sin fuerza para nada.

Me llevó la mano al muslo. Y de ahí, sin cortar el gesto, la deslizó hacia arriba, por encima de la tela del pantalón, hasta hacer que mis dedos rozaran el calor tibio de su entrepierna. La sentí apretar mis nudillos contra su coño por encima de la ropa. Me miró a los ojos sin pestañear.

—¿Sientes eso? —susurró—. Así estoy desde que abriste la puerta. Los brazos que se te marcan bajo la camisa me tienen empapada.

El marido se levantó, puso música suave de fondo y se acercó a nosotros.

—Tiene razón —dijo, apoyándome una mano en el hombro y dejando que su peso se notara—. Aquí valoramos a la gente con ganas y con fuerza. Y tú tienes mucho que ofrecerle a esta mujer.

Rosario me soltó la mano y me agarró por la nuca. Me tiró hacia ella y me estampó un beso con lengua, largo y sucio, con sabor a whisky y a algo más ácido debajo. Me chupó el labio inferior, me lo mordió y me lo soltó despacio.

—Vamos al cuarto —dijo, con la voz ronca—. Quiero ver si esa polla que se te marca en el pantalón hace juego con los brazos.

***

El dormitorio era amplio, con una cama grande y una luz baja que lo hacía todo más íntimo. El marido nos siguió con su vaso en la mano y se acomodó en un sillón individual frente a los pies de la cama, cruzando las piernas con toda la calma del mundo.

Rosario me desabotonó la camisa sin apuro, mirándome a los ojos mientras lo hacía. Cuando mis hombros quedaron al descubierto, escuché un silbido admirado desde el rincón del sillón.

—Mira eso, gordo —le dijo ella al marido sin dejar de tocarme—. Este muchacho está hecho de piedra.

Sus manos recorrieron mis pectorales y mis brazos con una seguridad que me dejó sin palabras. Me raspó los pezones con las uñas, me apretó los bíceps, me pasó la lengua por el cuello y me mordió el hombro con ganas. Me bajó al cinturón y empezó a abrirlo despacio, disfrutando de cada reacción mía. Yo me quedé ahí parado, sintiendo cómo el marido nos observaba desde su rincón sin perder detalle, con el vaso apoyado en la rodilla y la mano libre acomodándose ya el bulto por encima del pantalón.

Extendí las manos y levanté su blusa poco a poco. Su piel fue apareciendo centímetro a centímetro: blanca, suave, con esa textura más delgada que dan los años. Le desabroché el corpiño de un movimiento y sus tetas cayeron pesadas contra mis manos. Grandes, tibias, con los pezones oscuros y ya duros como piedras. Me agaché y le atrapé uno con la boca. Se lo chupé fuerte, tirándolo con los dientes, mientras con la otra mano le amasaba el pecho libre. Ella soltó un gemido grave y me apretó la cabeza contra su cuerpo.

—Así, nene, chúpame las tetas como si tuvieras hambre —jadeó—. Que hace años nadie me las trataba así.

El olor de su perfume caro se mezclaba con el calor del cuarto, con el olor a jabón que yo traía de la ducha y con algo más denso, más animal, que le subía desde entre las piernas.

Le desabroché el pantalón negro y lo bajé hasta los tobillos. Quedó en tanga fina que apenas cubría lo necesario. Le metí la mano por debajo de la tela y le encontré el coño hinchado, ardiendo, con los labios ya resbalosos. Le pasé dos dedos por encima del clítoris y ella se sacudió entera.

—Está empapado, nene, ¿lo sientes? —me dijo al oído, con la voz temblándole—. Hace cuarenta y ocho horas que estoy pensando en esta noche.

Le arranqué la tanga de un tirón. El contraste entre su madurez segura y mi juventud tosca me tenía la sangre hirviendo. Le metí los dedos, primero dos, después tres, y empecé a moverlos adentro con ritmo firme, haciéndole crujir la muñeca contra su pubis. Ella se agarró de mis hombros y abrió más las piernas, dejándome trabajar. El sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo de su coño llenó el cuarto.

—Mira, gordo, cómo me tiene —le dijo al marido, sin dejar de mirarme a mí—. Con los dedos ya me tiene por correrme.

—Dale, Rosi —contestó él desde el sillón, con la voz ronca—. Chúpasela, quiero ver cómo se la comes.

Sin quitarme la vista de encima, fue deslizándose hacia abajo hasta quedar arrodillada frente a mí. Metió los dedos por el borde de mi ropa interior y me la bajó de un solo tirón. Mi verga saltó tiesa, dura, apuntándole a la cara. Lo que encontró la dejó en silencio un instante, recorriéndola con la mirada de arriba a abajo.

—Válgame —susurró—. Sebastián decía que eras fuerte en el trabajo, pero eso se quedó muy corto. Mira qué polla, gordo. Mírala.

—¡Te lo dije, Rosi! —gritó el marido desde su sillón, dándole un trago largo al vaso—. ¡Ese lomo de electricista no es puro cuento! ¡Dale, mámasela, no la dejes esperando!

Ella soltó una risita y, sin más preámbulos, me agarró con esa mano de piel fina y dedos delgados. El contraste era brutal: su tacto suave pero seguro, apretando con una precisión que me arrancó un quejido. Me la sacudió dos, tres veces mirándola de cerca, con los labios entreabiertos, como si estuviera midiendo por dónde empezar. Después sacó la lengua y me lamió desde la base hasta la punta, despacio, aplastándola contra mi glande y saboreando la primera gota que me había asomado.

—Salada y rica —murmuró—. Como me gustan.

Y se la metió en la boca entera. De un solo movimiento me la tragó hasta que sentí el fondo de su garganta apretándome la punta. Me agarré del respaldo de la cama para no perder el equilibrio. Empezó a mamármela con hambre, sin delicadeza, chupando fuerte y sacándola con un tirón húmedo que sonaba en todo el cuarto. La sacaba entera, me la escupía, la sacudía contra su cara, se la pasaba por las mejillas, y volvía a metérsela hasta la garganta.

—Así, mi amor, chúpale bien esa verga —la alentaba el marido, ya con la mano metida en el pantalón—. Mostrale a este pibe cómo mama una señora.

Ella se la sacó de la boca con un plop y me miró desde abajo, con los ojos brillantes y el mentón chorreando saliva.

—¿Te gusta cómo te la come la abuela de tu amigo, nene? —me preguntó, sin dejar de sacudírmela con la mano—. ¿Te gusta ver a la señora Rosario arrodillada chupándotela?

—Sí —fue lo único que pude decir, con los dientes apretados.

—Dilo bien —insistió, apretándome más fuerte—. Dime cómo se me llama en tu cabeza mientras me la meto en la boca.

—Me encanta cómo me la mama, señora Rosario —dije, con la voz ahogada.

Ella soltó una carcajada corta, se lamió los labios y volvió a tragársela entera. Ahora me agarró las pelotas con la otra mano y me las masajeó suavemente mientras me la chupaba, presionando justo debajo con el pulgar, tocando ese punto que hace subir todo. Tuve que recurrir a todo lo que tenía. Pensé en facturas pendientes, en el ruido del martillo neumático a las siete de la mañana, en el calor de agosto en la obra sin sombra. Cualquier cosa que no fuera lo que estaba sintiendo, para no correrme en su boca en el primer round y quedar en ridículo.

Ella levantó la vista un segundo, con los labios brillando y esa mirada pícara, y volvió a la carga con más ganas. Me la sacaba, se la pasaba por las tetas, me la volvía a meter. Me chupó las pelotas una por una mientras me la sacudía con la mano, y después me subió la lengua por toda la longitud como si fuera un helado.

Sabe exactamente lo que está haciendo. Y lo está haciendo a propósito.

Me apartó un segundo, se puso de pie y me empujó hacia atrás. Trepó a la cama en cuatro patas, meneando el culo hacia mí, y giró la cabeza por encima del hombro.

—Ahora te toca a ti, nene. Ven a comerme el coño. Quiero saber si esa lengua es tan trabajadora como esos brazos.

Me metí detrás de ella y le agarré las nalgas con las dos manos. Las tenía llenas, redondas, con esa firmeza sorprendente que tienen algunas mujeres mayores que se cuidan. Se las abrí bien y le enterré la cara en el coño sin más rodeos. Empecé a lamerla de abajo hacia arriba, larga y despacio primero, saboreando cuánto estaba mojada, y después apretando la lengua contra el clítoris con vueltas cortas y rápidas. Le metí la lengua adentro, se la clavé como si fuera una polla chica, y volví al clítoris a chupárselo con los labios.

Ella gemía sin control, agarrándose de las sábanas y meneándome la cara con las caderas.

—Ay, nene, ay, así, chúpame ese coño, chúpamelo bien —jadeaba—. Ese amiguito tuyo no sabe la lengua que tiene su mejor amigo, no sabe.

El marido se había abierto el pantalón y se había sacado la verga. Se la sacudía despacio desde el sillón, con la mirada fija en la escena.

—Métele dos dedos mientras se la chupas —me ordenó—. A Rosi le encanta llenita.

Obedecí. Le clavé dos dedos hasta el fondo y empecé a moverlos con firmeza, curvándolos hacia arriba, mientras seguía chupándole el clítoris con ganas. En treinta segundos empezó a temblar entera. Se agarró de la almohada, me apretó la cara contra su coño y explotó gritando, mojándome el mentón con un chorro caliente que me bajó por el cuello.

—¡Ay, mierda, ay, cómo me corres, nene, cómo me corres! —gritaba, con la cabeza hundida en la almohada.

Me despegó de un tirón, jadeando, y se dejó caer boca arriba con las piernas todavía abiertas y el pecho subiendo y bajando.

—Ahora sí, gordo, dale el condón —dijo, sin aliento—. Necesito esa polla adentro ya.

***

El marido me tiró el condón desde el sillón con un movimiento preciso. No hicieron falta más palabras.

Me lo puse rápido, con las manos temblándome de puros nervios y ganas. Rosario abrió las piernas todo lo que le daban las caderas, se agarró las tetas con las dos manos y me miró con hambre.

—Métemela toda de una, nene. Sin cuidado. Cógeme como si me odiaras.

Me deslicé sobre ella y le clavé la verga hasta el fondo de una sola estocada. Su coño me recibió caliente, empapado, apretado como si me estuviera tragando, y el sonido que salió de su garganta —un gemido largo, gutural, casi un rugido— casi me hace vaciarme ahí mismo. Le puse las piernas al hombro y empecé a follármela sin miedo. Los golpes de mi cadera contra sus muslos sonaban secos en todo el cuarto, y el rebote de sus tetas al ritmo me tenía hipnotizado.

No era delicadeza lo que ella quería: era fuerza, era ritmo, era el peso de alguien que trabaja con el cuerpo todo el día. Le agarré las muñecas y se las clavé por encima de la cabeza. Empecé a bombearla con toda la potencia, sacando la verga hasta la punta y volviéndosela a meter hasta el fondo, sintiendo cómo su coño se me pegaba en cada vaivén.

—¡Así, así, así, no pares! —chillaba—. ¡Rómpemelo, nene, dame duro!

—Rómpelo, muchacho, no te aguantes —me alentaba el marido desde el sillón, sacudiéndose la verga con más ritmo—. Cógela como merece, que le encanta que la traten así.

La giré de lado después de un rato y me metí por detrás, rodeando su cintura con el brazo, sintiendo la caída de sus tetas pesadas contra mi mano. Le pellizqué un pezón mientras se la enterraba desde atrás. En esa posición la presión era diferente, más intensa, y ella hundía la cabeza en la almohada con los gemidos apagados contra la tela. Le tiré del pelo hacia atrás y le mordí el cuello mientras la seguía cogiendo.

—Dime que soy una puta, nene —me pidió, con la voz quebrada—. Dime cómo cojo.

—Eres una puta, señora Rosario —le dije en la oreja, sin dejar de metérsela—. Coges como una diosa, coño.

—Más fuerte, dímelo más fuerte, que el gordo lo escuche.

—¡Eres una puta! —le grité, dándole con toda—. ¡Una puta hermosa que me tiene loco!

El marido se rió desde el rincón, con la verga en la mano y la mirada encendida.

—Esa es mi mujer, sí señor. Esa es mi Rosi.

Llevábamos más de cuarenta minutos cuando la puse en cuatro. Ver ese cuerpo de sesenta años desde atrás, con la espalda arqueada, el culo redondo apuntándome a la cara y las manos aferradas a la almohada, fue demasiado. Le agarré la cadera con una mano y le aparté el pelo del cuello con la otra. Le di una nalgada fuerte, que sonó como un latigazo, y la marca roja me apareció en la piel al instante.

—¡Otra! —me pidió—. ¡Dame otra, nene!

Le di tres más, seguidas, mientras se la seguía metiendo. Cada palmada la hacía apretarme el coño con más fuerza. Le mojé el pulgar en su saliva y se lo apoyé en el ojo del culo, presionando despacito, sin meterlo. Ella se sacudió entera.

—Métemelo ahí también —jadeó—. Métemelo, nene, que aguanto todo.

Se lo hundí hasta el nudillo. Ahora la tenía llena por los dos lados, con la verga en el coño y el pulgar en el culo, y empecé a moverlos al mismo ritmo. Sentí cómo sus paredes empezaban a contraerse en espasmos cada vez más cortos y urgentes.

—¡No pares! —me gritó—. ¡Así, no pares, que me vengo, me vengo!

No pude más. Le agarré las caderas con las dos manos y le di los últimos golpes con toda la fuerza que me quedaba, hasta el fondo, sintiendo cómo su coño me apretaba en oleadas. Me corrí con una intensidad que me dejó los músculos flojos y la mente en blanco, descargando dentro del condón chorro tras chorro, gimiendo como un animal. Ella se corrió justo antes que yo, con un grito que el marido celebró desde su rincón con un rugido propio, sacudiéndose la verga cada vez más rápido.

***

Me desplomé a su lado con el pecho subiendo y bajando, el sudor corriéndome por las sienes y los brazos todavía temblando del esfuerzo. En la habitación solo se escuchaba nuestra respiración y el ventilador de techo dando vueltas sin demasiada convicción.

Pero Rosario no era de las que descansan.

A los pocos minutos la sentí girarse hacia mí. Tenía esa chispa en los ojos de quien acaba de empezar, no de quien termina. Me pasó los dedos por el brazo, apretando el músculo todavía tenso por el esfuerzo, y me plantó un beso con sabor a whisky. Me bajó la mano al bajo vientre, me arrancó el condón usado y lo tiró a un lado, y me agarró la verga todavía a medio bajar, apretándola despacio, coaccionándola de vuelta a la vida.

—Coges muy bien, nene —dijo—. Tienes una fuerza que ya no se consigue fácil por ahí. Y esta polla no se me va de aquí hasta que quede lista para el segundo turno.

El marido se levantó de su sillón y se acercó a la cama con paso tranquilo. Se sentó en el borde, agarró las piernas de Rosario y se las abrió despacio. Ella suspiró con una naturalidad que dejaba claro que esto era el ritual de siempre en esa casa.

El señor se inclinó y empezó a lamerla con ganas, recorriendo cada pliegue, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás sobre la almohada con una sonrisa de satisfacción total. Le hundió la lengua adentro del coño, la sacaba, se la pasaba por el clítoris, la volvía a hundir. Le clavó dos dedos y empezó a moverlos rápido, con la lengua trabajándole el clítoris al mismo tiempo.

—Déjame ver qué dejó este muchacho por aquí —decía entre lengüetazo y lengüetazo, con un tono pícaro y burlón—. A ver cómo te lo dejó, mi amor.

El condón había hecho su trabajo. No había dejado nada. Pero al señor no le importaba la realidad del asunto; estaba disfrutando del papel que le tocaba en la función, y lo disfrutaba de verdad.

Rosario le dio un pequeño tirón de pelo y soltó una carcajada.

—Limpia bien, gordo, que el nene me dio con todo y todavía me quema por dentro.

Mientras el marido le comía el coño, ella no me soltó la verga. Me la seguía sacudiendo con la mano, despacio, mirándome a los ojos, hasta que sintió cómo se me endurecía de nuevo entre sus dedos. Se lamió los labios.

—Ahí está mi soldado —murmuró—. De vuelta al frente.

Se incorporó en la cama y me hizo la seña de que me acostara boca arriba. Le hice caso. Se subió encima de mí a horcajadas, se agarró la verga con la mano y se la ensartó de una, hundiéndose hasta que su culo chocó con mis muslos. Soltó un gemido largo y empezó a cabalgarme, con las tetas rebotando frente a mi cara, apoyándose en mi pecho con las dos manos.

El marido, que ya había vuelto a su sillón, la miró de espaldas mientras subía y bajaba encima de mí.

—Mírate, Rosi, cabalgando esa polla como una potrilla —le dijo—. Sigue, mi amor, no te detengas.

Yo le agarré las tetas con las dos manos y empecé a empujar de abajo hacia arriba, sincronizándome con sus caderas. Cada bajada suya me clavaba hasta el fondo y le arrancaba un jadeo. Le pellizqué los pezones, se los pasé entre los dedos, me incorporé un poco y le atrapé uno con la boca sin dejar de embestirla.

Lo que siguió fue otra hora larga. Rosario tenía una resistencia que avergonzaba a alguien de la mitad de su edad. Pasamos por todas las posiciones otra vez, ella exigiéndome más cada vez, hundiéndome con los gemidos como única guía. La puse contra el respaldo de la cama y se la metí desde atrás, tirándole del pelo. La senté de espaldas a mí, con las piernas abiertas y colgando de las mías, y le sostuve las nalgas separadas mientras subía y bajaba, dándole al marido una vista perfecta de cómo mi verga le entraba y salía a su mujer. La bajé de la cama, la puse contra la pared con una pierna al aire, y la seguí bombeando de pie, con ella arañándome la espalda.

—¡Otra vez! —me pedía—. ¡Otra vez, nene, dame otra vez!

Terminé la segunda vez con ella arrodillada frente a mí, después de sacarme el condón. Me la mamó hasta que sintió las pelotas tensarse, se apartó apenas la lengua y me pidió que me corriera en su cara. Le hice caso. Le descargué toda la corrida encima, en las mejillas, en los labios, en la lengua estirada, y ella se lo pasó por las tetas con dos dedos, riéndose como si fuera lo más divertido del mundo. El marido, en su sillón, se corrió al mismo tiempo con un gruñido ronco.

Mi cuerpo, acostumbrado por años de obra a empujar cuando todo dolía, respondió hasta que ya no quedó nada más por dar.

Terminamos los tres exhaustos, bañados en sudor, con las sábanas hechas un nudo y el cuarto oliendo a algo que no tenía nombre: a sexo, a semen, a whisky, a colonia cara y a electricista sudado.

***

Salí a la calle con las piernas flojas y una sonrisa que no podía controlar.

Caminé varias cuadras en el frío de la noche pensando en todo lo que había pasado en esas pocas horas: había entrado como un novato nervioso y salido como el favorito de la casa. Y guardaba el secreto más extraño de mi vida: la abuela de mi mejor amigo era la señora swinger que yo había estado siguiendo durante meses en la red.

A partir de ese viernes, la cosa se volvió rutina. Pasé meses visitando ese departamento de manera regular. El marido siempre me recibía con un trago y Rosario con esa mirada que ya conocía de memoria.

Lo más extraño eran los cumpleaños de Sebastián.

Me tocó ir a dos o tres reuniones familiares durante esos meses. Ver a Rosario ahí, con su vestido elegante y su bandeja de bocadillos, actuando como la abuela perfecta frente a toda la familia, me hacía un cortocircuito en la cabeza. Me saludaba con una formalidad impecable:

—Hola, mijo, qué bueno que viniste. ¿Cómo está tu mamá?

Y yo le respondía con la misma naturalidad, mientras por dentro recordaba exactamente cómo gritaba mi nombre cuatro días antes en ese cuarto, con mi verga hasta el fondo y el marido aplaudiéndonos desde el sillón.

Sebastián, a mi lado, no sospechaba nada. Me hablaba de trabajo, de fútbol, de cualquier tontería, sin saber que su mejor amigo y su abuela compartían un secreto que no cabía en ninguna conversación familiar. El marido también estaba en esas reuniones, platicando con los otros señores, y de vez en cuando, cuando nuestras miradas se cruzaban por encima de los vasos, me lanzaba esa media sonrisa cómplice que solo nosotros entendíamos.

Éramos los tres mejores actores del mundo, y yo solo contaba las horas para que llegara el próximo viernes.

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Comentarios(8)

TatoMdp

Increible!!! Uno de los relatos mas inesperados que lei en mucho tiempo.

RobertoNoche

Por favor una segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo despues de esa noche

MartinaBaires

Me recordó a una situacion parecida que tuve en una fiesta hace años... aunque mucho menos intensa jaja. Muy bien contado.

DiegoMM

¿Y tu amigo llegó a enterarse alguna vez? Eso me tiene intrigado desde que termine de leer jaja

lector_cba

jajaja el momento en que la reconocio me mato, no me lo esperaba para nada. Tremendo giro

PabloMV

Como lo narraste es impecable, se siente completamente creible. El detalle del whisky al principio fue genail. Sigue subiendo mas!!

Caro_1991

Dios mio, cuando llegue a la parte que la reconoce senti que se me paraba el corazon jaja. Muy bien escrito, el suspenso te tiene pegado a la pantalla desde el principio. Espero que subas mas cosas pronto.

NocheSuelta88

El mundo swinger tiene cada sorpresa... nunca sabés con quién te podés cruzar. Buenisimo!!

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