Mi madre siempre ganaba, hasta aquella noche
Hay un concepto que la mayoría de la gente asocia únicamente con los patios de los colegios y los grupos de mensajes de adolescentes: el bullying. Esa dinámica repetida donde alguien, sin consecuencias para sí mismo, elige a una persona concreta para hacerle la existencia difícil. El ingrediente clave es que la víctima no puede o no sabe defenderse. Lo que pocas personas aceptan es que este fenómeno existe también dentro de las casas, alrededor de las mesas del comedor, entre personas que se supone que se quieren.
Yo sé esto porque lo viví en primera persona.
Mi madre, Lorena, tiene cuarenta años y aparenta treinta. Es alta —un metro ochenta y cinco— y musculosa de una manera que resulta al mismo tiempo imponente y completamente femenina. Cabello castaño oscuro que cae sobre los hombros, ojos color miel, y un cuerpo que años de entrenamiento habían construido con una precisión casi injusta. No hay forma más honesta de decirlo: mi madre es hermosa, lo sabe, y usa ese conocimiento como arma permanente.
Yo soy Andrés. Tengo veintidós años, soy bajo, delgado, el tipo de chico al que sus amigos llaman «el cerebrito del grupo» con una mezcla de afecto y condescendencia. Siempre fui tranquilo, evité los conflictos, preferí ceder antes que discutir. Y Lorena explotaba esas características con una alegría que, ahora que lo pienso, tenía algo de arte.
Sus juegos empezaron de forma inocua cuando entré a la universidad: esconder las llaves, cambiar el idioma de mi teléfono, apagar el router en medio de un examen en línea. Cosas irritantes pero inofensivas. Con el tiempo, las bromas fueron cambiando de naturaleza.
***
La primera vez que cruzó una línea fue una tarde de sábado a finales de otoño.
Me había quedado dormido en el sofá de la sala después de comer, con el televisor encendido en un documental aburrido sobre volcanes. Era uno de esos sueños pesados y sin forma, el tipo que hace que el mundo exterior desaparezca por completo.
Desperté porque no podía respirar.
Tardé un par de segundos en entender lo que estaba pasando. El peso era enorme. Cálido. Suave y aplastante al mismo tiempo. Cuando logré girar la cabeza, vi los pantalones de mi madre alrededor de sus tobillos y sus piernas a ambos lados de mi cabeza. Su culo desnudo, dos hemisferios firmes y bronceados, estaba a un centímetro de mi boca, y por debajo de la tela finísima de sus bragas alcancé a ver los labios de su coño apretándose contra el algodón.
—¿Qué...? ¡Mamá! —Me sacudí para librarme, golpeando el brazo del sofá con el codo.
Lorena se levantó entre carcajadas, sujetándose la ropa.
—¡Ay, perdón, perdón! —decía, sin dejar de reírse—. Es que tu cara tiene exactamente la forma de un almohadón y me confundí completamente.
—¡Eres insoportable! —Le lancé el cojín. Ella lo esquivó sin esfuerzo.
—¡Tienes razón, me porté fatal! —dijo, girando sobre sus talones para mostrarme la espalda mientras se agachaba de forma exagerada, con las bragas todavía a media pierna—. ¿Por qué no me das un castigo? Anda, dale. Así aprendo.
Aparté la vista. Ella se rió de eso también.
***
Dos días después llegó la segunda broma.
Me duché como siempre, a primera hora de la mañana, con la puerta cerrada pero sin llave porque en casa nunca había habido razón para cambiarla. Error mío no haberlo corregido antes.
Estaba con el pelo lleno de champú cuando escuché que la puerta se abría.
—¡Sal! —dije antes de ver quién era—. ¡Estoy duchándome!
—Calma —dijo Lorena, deslizándose dentro como si nada—. Solo vengo a ahorrar agua. Es mi contribución al medioambiente.
Me pegué a la pared del fondo, cubriéndome con las manos.
—¡Hay otro baño!
—Ese calienta tarde —respondió ella, abriéndose paso bajo el chorro sin ningún pudor—. Además, quiero asegurarme de que mi hijo se lave bien. Esas cosas no se controlan solas.
Sentí el contacto de su cuerpo contra mi espalda. El calor del agua. El calor de su piel. Sus tetas grandes y duras aplastándose contra mis omóplatos, los pezones erectos clavándoseme como dos puntas de goma. Su pubis rozándome el nacimiento del culo, con un vello corto y prolijo que me raspaba la piel mojada. Me quedé paralizado, apretando los dientes, intentando pensar en cualquier cosa que no fuera lo que estaba ocurriendo en ese momento.
No funcionó.
La erección fue inmediata y absolutamente humillante. La polla se me puso durísima contra el azulejo, tanto que dolía. Salí disparado de la ducha como si el suelo quemara, envolviéndome en la primera toalla que encontré, y no paré hasta cerrar la puerta del baño desde fuera.
Por favor que no se haya dado cuenta.
—¡Andrés! —me llamó desde dentro—. ¡Olvidaste el acondicionador! ¡Y algo más se te quedó tieso también, cariño!
Su risa llenó el apartamento entero.
***
Esa misma noche me invitó a ver una película en el sofá.
—Se llama «El domador del desierto» —dijo, con una sonrisa que debí haber interpretado mejor—. Sé que te gustan los westerns.
Acepté a regañadientes. Me senté a su lado. Cinco minutos después, la pantalla mostró algo que no tenía nada de western.
Dos actores. Un decorado de saloon de época. Y una mujer arrodillada delante de un tipo con sombrero, chupándole la polla con la boca abierta hasta la garganta, mientras otros dos hombres esperaban su turno con las vergas en la mano. No había ninguna duda sobre el tipo de cine que mi madre había elegido para la velada.
—¡Apágala! —dije, cubriéndome la cara con las manos.
—Espera, espera —protestó Lorena, con los ojos fijos en la pantalla y una expresión de fascinación completamente exagerada—. Es que no entiendo cómo es físicamente posible que le entre entera, mira qué garganta tiene la desgraciada...
—¡Te dije que la apagaras!
Lo hizo, pero sin prisa. Luego se giró hacia mí con una sonrisa tranquila.
—Sabes, eres el blanco perfecto. No hay nadie más fácil de mortificar en el mundo entero.
—¿Por qué lo haces? —pregunté, y esta vez no era una pregunta retórica.
Ella apoyó el codo en el respaldo del sofá y me miró con una calma que resultaba más irritante que cualquier carcajada.
—Porque me divierte. Y porque eres adorable cuando te sonrojas.
Algo se rompió dentro de mí en ese momento. No fue un estallido. Fue más bien el crac sordo de algo que llevaba tiempo debilitándose.
—Ya basta —dije, poniéndome de pie—. No soy tu juguete. Quiero que dejes de molestarme de una vez.
Lorena me observó en silencio durante unos segundos. Luego, para mi completo asombro, asintió.
—Bien —dijo—. No lo haré más.
—¿Lo dices en serio?
—En serio. Si no quieres bromas, no habrá bromas.
Esperé la trampa. No llegó. Lorena se quedó en el sofá con la expresión de alguien que ha llegado a un acuerdo razonable y no tiene nada más que agregar.
—Buenas noches, Andrés.
—Buenas noches —respondí, todavía sin creerlo del todo.
***
Subí a mi habitación con una sensación extraña en el pecho. No exactamente orgullo, pero algo que se le parecía. La certeza de que, por primera vez en mi vida, había puesto un límite y lo había sostenido sin ceder. Me tumbé en la cama y cerré los ojos.
Eran las once y cuarto.
A las once y media, alguien llamó a mi puerta.
—¿Andrés? ¿Sigues despierto?
Cerré los ojos un momento.
—Sí. Pasa.
La puerta se abrió. Lorena entró con el pelo suelto y un pijama de pantalón corto que yo no le había visto antes. Se rascaba la parte alta de la nalga izquierda con una mueca de incomodidad que parecía genuina.
—Me está picando mucho justo aquí —dijo—. No alcanzo bien con el brazo y no sé si es una picadura de insecto o algo peor. ¿Me miras?
Lo primero que pensé fue que podía ser otra trampa. Lo segundo fue que, si lo era, ¿cuál era el chiste? Solo tenía que mirar y punto.
—Está bien —dije, incorporándome—. Gírate.
Lorena se dio la vuelta. Bajé el elástico del pantalón lo justo para ver la zona que señalaba.
Lo que vi no era una picadura.
Escrito en letras rojas, con la caligrafía cuidadosa de quien tuvo todo el tiempo del mundo para hacerlo: «¿Te lo creíste?».
No llegué ni a reaccionar. En décimas de segundo, la mano de Lorena atrapó mi cabeza y la hundió entre sus nalgas con una fuerza que no esperaba de alguien que supuestamente acababa de acordar portarse bien. Sentí su culo caliente cerrándose sobre mi cara, la nariz aplastada contra la raja, el olor de su piel entrando por todos lados.
—¡Qué cara pusiste! —Se reía sin parar, sacudiéndose entera—. ¡Dios mío, qué cara!
—¡Suéltame! —Intenté librarme, pero ella era demasiado fuerte.
Cuando por fin lo hizo, me senté en la cama con el pelo revuelto y esa mezcla específica de rabia e incredulidad que no sabía cómo clasificar de ninguna otra manera.
—Nunca lo dejarás —dije. No era una pregunta.
Lorena me miró. Y algo en su expresión cambió. La sonrisa seguía ahí, pero era diferente. Más tranquila. Más densa.
—No —admitió—. Pero esto ya no es una broma.
Y se quitó el pijama.
***
Mi cerebro tardó unos segundos en procesar la información. La lógica habitual —la que decía que esto no podía estar pasando, que era otra trampa, que en cualquier momento Lorena soltaría una carcajada y me diría que me lo había vuelto a creer— llegó con retraso y se fue sin haber servido de nada.
Se quedó desnuda al borde de la cama, iluminada por la lámpara de mesa. Las tetas grandes con los pezones oscuros y duros, el vientre plano surcado por los músculos, y entre las piernas un coño depilado excepto por una franja fina de vello castaño oscuro. Todo su cuerpo era una demostración anatómica de lo que años de gimnasio pueden construir cuando alguien decide construirlo en serio.
Ella se acercó y me besó. No fue un beso ambiguo. Tenía una intención tan directa y tan clara que mi cerebro dejó de formular objeciones y cedió a algo más primario. Me metió la lengua hasta el fondo, mordiéndome el labio inferior, con las dos manos ya bajándome el pantalón del pijama.
—Para —dije, contra su boca.
—¿Por qué? —preguntó.
No encontré la respuesta.
Sus dedos ya trabajaban en mi ropa, con una calma que resultaba más desconcertante que cualquier urgencia. Cuando logró liberar mi polla, la agarró con la mano derecha, cerrando el puño alrededor con una firmeza calculada. Yo seguía con los brazos levantados, como alguien que no sabe si resistir o rendirse. Acabé dejándolos caer.
Soy más débil de lo que creía. O quizás no quiero ganar esta vez.
—Mírate —murmuró, moviendo el puño arriba y abajo con lentitud—. Duro como una piedra. Y todavía haciéndote el que no quiere.
Me recostó sobre la cama con una seguridad que contrastaba completamente con mi torpeza. Lorena usaba su cuerpo con una confianza que era en sí misma excitante. Se arrodilló entre mis piernas, me apartó las rodillas con los codos, y bajó la boca sobre mi polla sin ninguna ceremonia. Sentí sus labios cerrándose alrededor del glande, la lengua girando en círculos, y después la caída lenta hasta el fondo de su garganta. Se quedó ahí varios segundos, con la nariz apretada contra mi pubis, tragando de tal manera que la garganta le apretaba la punta rítmicamente.
—Joder —dije, y fue la única palabra que me salió.
Ella subió con la misma calma, dejando un hilo de saliva colgando del labio inferior, y volvió a bajar. Y otra vez. Y otra. La mano izquierda se me aferraba al muslo mientras la derecha me tocaba los huevos con una suavidad que no cuadraba con la brutalidad del ritmo con el que su boca me tragaba.
—Mamá —conseguí decir—, si sigues así me voy a...
—Todavía no —contestó, soltándome la polla con un ruido húmedo—. Quiero más.
Se irguió sobre las rodillas, se subió a la cama y me pasó una pierna por encima de la cara. Su coño quedó a un centímetro de mi boca, brillante, abierto, con los labios interiores hinchados asomando entre los exteriores. Me di cuenta de que me estaba pidiendo algo sin pedirlo.
—Chúpame —dijo, cuando vio que dudaba—. Con la lengua. Arriba y abajo. Y después métemela.
Lo hice. Saqué la lengua y la pasé por toda la raja, de abajo hacia arriba, hasta encontrar el clítoris hinchado en la parte alta. Ella dejó salir un gemido grave que le sacudió el vientre. Me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a moverse contra mi cara, restregándome el coño por la boca, la nariz, la barbilla. Sabía a sal y a algo más profundo que no supe nombrar. Metí la lengua todo lo que pude, y cuando la saqué la reemplacé con dos dedos, entrando y saliendo mientras seguía chupándole el clítoris.
—Así, sí, así —jadeaba—. No pares, cabrón, no pares.
Estuvo a punto de correrse encima de mí. Lo noté en cómo las piernas empezaron a temblarle y en cómo el coño se le apretaba alrededor de los dedos. Pero se apartó justo antes, respirando fuerte, con la cara roja y el pelo pegado a las sienes.
—Date la vuelta —me dijo en algún momento.
No pregunté para qué. Lo hice.
Me puso boca arriba otra vez y me montó a horcajadas sobre el vientre. Sentí la humedad de su coño mojándome la piel. Ella agarró mi polla con la mano, la enderezó, se levantó lo justo, y la guio hacia adentro con la punta apuntada exactamente donde tenía que apuntar. Bajó despacio. Muy despacio. Sentí cómo se abría alrededor de mí, centímetro a centímetro, hasta que sus nalgas quedaron pegadas a mis muslos y toda mi verga desapareció dentro de ella.
—Qué apretada estás —dije, casi sin voz.
—Y tú qué grande la tienes para lo poco que la usas —respondió, con una sonrisa torcida.
Empezó a moverse. Al principio lento, apoyando las palmas de las manos en mi pecho, subiendo y bajando con la cadencia exacta de alguien que sabe lo que hace. Las tetas se le movían al compás, arriba y abajo, y yo no podía dejar de mirarlas. Le agarré una con cada mano, apreté los pezones entre los dedos, y ella soltó un gemido áspero que le salió del fondo del pecho.
—Más fuerte —jadeó—. Que me duela.
Le pellizqué los pezones con más fuerza y ella respondió acelerando el ritmo. Ahora rebotaba encima de mí, con las nalgas golpeando mis muslos en un chapoteo húmedo que llenaba el cuarto. Cada vez que bajaba, mi polla desaparecía entera dentro de su coño; cada vez que subía, quedaba brillante de sus jugos.
—¿Qué tal el western? —preguntó, con una sonrisa que yo no pude responder porque no tenía voz.
Me aferré a las sábanas con las dos manos.
Ella cambió de postura sin bajarse. Se echó hacia adelante, apoyó los codos a los lados de mi cabeza, y ahora era el hueso pubiano el que me golpeaba el vientre mientras seguía moviéndose. Nuestras bocas se juntaron. Se besó su propio sabor en mis labios sin ningún reparo. Yo le agarré el culo con las dos manos y empecé a empujar desde abajo, siguiendo el ritmo que ella marcaba.
—Date vuelta —me dijo otra vez, jadeando.
Salí de ella y la ayudé a colocarse. Se puso a cuatro patas, con la cara contra la almohada y el culo levantado hacia mí. La vista era casi obscena: el coño abierto, brillante, hinchado; el ano oscuro un poco más arriba; los muslos musculosos temblando ligeramente. Le agarré las caderas con las dos manos, apunté la punta de la polla en el sitio correcto y la empujé de un golpe hasta el fondo.
Ella gritó contra la almohada.
La follé así durante lo que me pareció mucho tiempo. Con las manos aferradas a sus caderas, embistiendo con toda la fuerza que tenía, sacándola casi entera y volviéndola a meter de un golpe. Los muslos se me chocaban contra sus nalgas produciendo un sonido rítmico y sordo. Le vi el sudor bajarle por el arco de la espalda, la marca roja de mis dedos apareciendo en la curva de las caderas. Le di un azote en el culo, más por instinto que por decisión, y ella dejó salir un gruñido de aprobación.
—Otro —pidió—. Y no me trates como si fuera de porcelana.
Le di otro. Y otro. Y seguí follándola con una rabia que llevaba dentro desde hacía años sin saberlo. Meses de bromas, de humillaciones, de reírse de mi cara: todo eso salía por la polla en cada embestida. Ella no protestaba. Al contrario. Empujaba el culo contra mí, buscándome, gimiendo con el pelo revuelto y la boca abierta.
—Me voy a correr —anunció, con la voz rota—. No pares, Andrés, no pares, sigue, sigue, sigue...
Sentí cómo el coño se le cerraba alrededor de mí con un espasmo brutal. Todo su cuerpo tembló durante varios segundos. Se derrumbó de bruces contra la almohada con un gemido largo, con las nalgas todavía apretándome, y yo me quedé quieto dentro suyo, respirando como si acabara de correr una maratón.
Pero no había terminado.
Ella recuperó el aliento, se dio vuelta sin sacarme del todo, y me tumbó otra vez de espaldas. Se subió encima. Volvió a montarme con esa cadencia que ya conocía, pero ahora mirándome fijo a los ojos.
—Ahora tú —dijo—. Córrete adentro. Quiero sentirlo.
—Pero...
—Adentro. Ya.
Cuando empezó a moverse otra vez, con ese peso y esa cadencia que llevaba al límite sin dejarte cruzarlo, entendí que en esto, como en todo lo demás, Lorena llevaba ventaja desde el principio. Me aguantó justo hasta el instante en que ya no podía más, y cuando la corrida llegó lo hizo con una violencia que me sacudió entero. Sentí el chorro saliendo dentro de ella, uno tras otro, mientras ella seguía moviéndose despacio para exprimirme hasta la última gota.
Terminamos mucho después de lo que yo habría esperado. Cuando el ritmo se rompió por fin, los dos nos quedamos quietos en el silencio específico que se instala cuando algo ha cambiado y ya no hay manera de deshacerlo.
Lorena se tumbó a mi lado, mirando el techo. Yo hice lo mismo. Entre sus muslos, un hilo blanco empezaba a resbalar sobre la sábana.
No hablamos.
Me quedé dormido antes de que se me ocurriera qué decir.
***
El despertador me sacó del sueño a las ocho de la mañana. Tardé unos segundos en orientarme, en entender por qué el lado derecho de la cama no estaba vacío.
Lorena abrió un ojo.
—Son las ocho.
—Ya lo sé.
Silencio.
Ella se llevó una mano al estómago y sonrió de esa manera concreta que yo ya reconocía demasiado bien.
—Oye. ¿Y si dejamos un nombre para niño y uno para niña, solo por si acaso?
Me senté de golpe.
—¿Qué?
—Me follaste sin condón, Andrés. Y te corriste dentro. Estas cosas tienen consecuencias.
—Tú no puedes... nosotros no podemos...
—Las posibilidades son lo que son.
—¡Esto no puede estar pasando! —Me agarré la cabeza con las dos manos.
Lorena me miró durante exactamente cinco segundos con la cara más seria del mundo. Luego se desmoronó en una carcajada que sacudió toda la cama.
—Me ligué las trompas después de que nacieras —dijo, cuando logró recuperar el aliento—. No puedo quedar embarazada aunque quiera. Podés vaciarte adentro las veces que se te dé la gana.
Me quedé mirándola.
—Eres... eres completamente...
—Lo sé. —Se levantó, recogió el pijama del suelo y se lo puso con la calma de siempre, todavía con las piernas manchadas de mi semen resbalando por dentro de los muslos—. Voy a preparar el desayuno. Tortilla y café, como todos los días. A no ser que prefieras que me arrodille debajo de la mesa y te desayune primero.
—Sal de mi cuarto.
—Como quieras. —Se dirigió a la puerta, se detuvo en el umbral y se giró—. Andrés.
—¿Qué?
—No me arrepiento de nada.
Salió. Cerró la puerta con suavidad.
Me quedé tumbado mirando el techo un largo rato, con la cabeza llena de preguntas que no tenían respuesta o, peor, que la tenían pero que todavía no estaba listo para decirla en voz alta.
Yo tampoco.
Pero eso me lo guardé para mí.