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Relatos Ardientes

El joven que mi hijo envió a masajearme

Ese domingo me levanté antes de que sonara ningún despertador. Sabía que mis hijos aprovecharían la mañana para dormir hasta tarde después de la noche del sábado, y quise tener un detalle con ellos. Preparé crepes caseras, algo que llevaba meses sin hacer, y el olor a mantequilla caliente fue suficiente para sacarlos de la cama sin que hiciera falta llamar a nadie.

—¿Es lo que creo que es? —Diego asomó la cabeza por la puerta de la cocina con el pelo completamente revuelto y una sonrisa de niño pequeño.

—Llama a tu hermano.

—¡Pablo! —gritó sin moverse del umbral.

—¿Qué? —respondió una voz pastosa desde el fondo del pasillo.

—Que vengas. —y se sentó a la mesa como si hubiera cumplido con su deber.

—De verdad. —suspiré—. Pues al menos coge el sirope y la nata de la nevera.

Pablo apareció arrastrando los pies, todavía con cara de sueño. Se sentaron los dos juntos y tardaron exactamente treinta segundos en olvidarme por completo.

—Me ha dicho Nico que te liaste con Sandra anoche en el coche —le soltó Diego a su hermano con una sonrisilla.

—Solo nos dimos un beso. Tampoco fue para tanto.

—Eres un pardillo. La Sandra esa tiene fama de ser muy fácil.

—¿Quién es Sandra? —me metí en la conversación.

—Una chica del grupo. Tiene unos veintitrés años. —dijo Pablo encogiéndose de hombros.

—¿Veintitrés años es ser mayor?

—Para él, sí. Tú, en cambio, juegas en otra liga, mamá. Tú eres una milf. —Diego lo dijo con total naturalidad, como si estuviera comentando el tiempo.

—¿Un qué?

—Nada, déjalo. —Pablo se concentró en su plato.

No insistí. Pero la palabra se me quedó pegada durante el resto del día.

***

Al día siguiente aproveché que la casa estaba vacía para satisfacer la curiosidad. Me senté frente al ordenador de Diego y escribí las cuatro letras en el buscador.

Lo que apareció no me dejó indiferente.

Las siglas correspondían a «Mother I'd Like to Fuck». Las definiciones aclaraban el resto: mujeres maduras, atractivas, preferiblemente madres. El tipo de mujer con la que los hombres jóvenes fantasean en secreto pero no siempre se atreven a confesarlo. Los resultados incluían imágenes y vídeos, y yo hice clic en uno antes de terminar de leer las definiciones.

En la pantalla, un chico que podría ser hijo mío tomaba a una mujer de mi edad con una soltura que me resultó fascinante. Ella no necesitaba fingir entusiasmo. Él no necesitaba instrucciones. Los dos sabían exactamente lo que querían y cómo conseguirlo.

Subí el volumen sin darme cuenta.

Me toqué encima de la ropa primero, luego por debajo del pantalón. Hacía tanto tiempo que no me había permitido algo así que el primer gemido llegó antes de que yo misma lo anticipara. Me bajé el pantalón hasta los tobillos para tener más libertad y apoyé los pies en el borde del escritorio.

—¿Qué estás haciendo?

Me levanté de un salto. Diego estaba en la puerta de su habitación con la mochila todavía al hombro, mirándome con una expresión que oscilaba entre el asombro y el esfuerzo por no reírse. Cerré el navegador a toda prisa y busqué el pantalón con los pies.

—Lo siento. No sé qué decir.

—Mamá. —suspiró profundamente—. ¿Por qué no sales y buscas a alguien? Está clarísimo que lo necesitas.

—No es tan fácil como lo pones tú. ¿Acaso conoces a alguno que esté dispuesto?

—A unos cuantos. Pero no voy a dejar que te líes con mis colegas. Sería humillante para mí.

—Y para mí también. Así que estamos de acuerdo.

Con los ojos algo húmedos, salí de la habitación y me encerré en el dormitorio. Diego golpeó la puerta a los diez minutos.

—¿Estás bien?

—Sí. Es la crisis de los cuarenta. No te preocupes.

—Déjame pensar en algo. Tengo una idea, pero necesito unos días.—se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—No hagas nada, en serio.

—Ya veremos.

***

Tres días después me encontró en el salón, recostada en el sofá con un libro. Apartó mis piernas sin pedir permiso y se sentó a mi lado.

—He hablado con Marcos.

—¿Para qué?

—Estás siempre quejándote de que te duele la espalda, ¿no?

—Sí, pero no veo qué tiene que ver eso con...

—Marcos está en segundo de osteopatía. Necesita pacientes para practicar, y tú tienes la espalda destrozada y te niegas a ir al médico. Es perfecto para los dos.

—¿No me hará daño?

—Que va. Y escucha: si no quieres que vaya a más, no tiene por qué ir a ningún lado. Eres tú quien decide hasta dónde llega la sesión. —me miró con seriedad—. Él está dispuesto a lo que tú quieras.

—¿Le has dicho algo de lo otro?

—Solo que te duele la espalda y que te niegas a ir al especialista. Nada más.

Dudé más de lo que debería haber dudado.

—De acuerdo. Pero solo para la espalda.

—Por supuesto. Mañana por la tarde viene. Pablo y yo tenemos entrenamiento, así que tendrás la casa para ti sola.

Desapareció antes de que pudiera arrepentirme.

***

Al día siguiente llegué del trabajo, me duché despacio y me puse ropa cómoda y ancha. Luego me serví una copa de vino. Luego otra. Estaba de pie en la cocina mirando la calle por la ventana cuando sonó el timbre, con la puntualidad exacta de alguien que quiere causar buena impresión.

Marcos tenía veintitrés años, el pelo oscuro ligeramente rizado y una forma de moverse relajada que delataba a alguien que no tenía prisa por nada. Cuando sonrió al saludar se le formó un hoyuelo en la mejilla izquierda. Llevaba una funda larga colgada del hombro.

—Hola, señora Lorena. Muchas gracias por recibirme.

—Lorena, simplemente. El «señora» me hace sentir muy mayor. —le hice un gesto para que pasara—. ¿Qué es eso tan grande que traes?

—La camilla.

—Pensaba que lo haríamos en el sofá o en la cama. —lo dije con la ligereza suficiente para que sonara casi inocente, aunque no del todo.

—Con camilla es mucho mejor. Para los dos. —tampoco era completamente inocente su respuesta.

La montó en el salón con eficiencia tranquila. Yo lo observé desde el marco de la puerta con la copa en la mano, sin molestarme en disimular.

—¿Quieres tomar algo?

—No, gracias.

Empezó con las preguntas de rigor: cuánto tiempo llevaba con el dolor, si había acudido alguna vez a un especialista, si la tensión se concentraba más en el cuello o en la zona lumbar. Hablaba de usted con ese esfuerzo visible de alguien que aplica un protocolo aprendido, y me hacía cierta gracia verlo tan serio.

—Si no le importa, necesito que se quite la blusa y se tumbe boca abajo. Puedo salir un momento si quiere intimidad.

—No seas tonto. Nos conocemos desde que eras pequeño. —me deshice de la prenda con un solo gesto y me acomodé en la camilla.

—Necesito también que desabroche el sujetador. No tiene que quitárselo, solo soltarlo.

Lo hice. Él separó los tirantes con cuidado y empezó a trabajar en silencio.

Sus manos eran firmes y seguras. Palpaba cada zona antes de presionar, como si leyera el músculo antes de actuar sobre él. Cuando encontraba un punto tenso, ejercía una presión sostenida que al principio dolía un poco y después liberaba algo que yo ni sabía que tenía acumulado.

—¿Le duele aquí?

—Sí.

—¿Y aquí?

—También.

—Tiene bastante tensión en la zona lumbar. ¿Ha tenido mucho estrés últimamente?

—No más de lo habitual para una mujer divorciada con dos hijos adultos.

Trabajó la espalda durante un buen rato. Después el cuello, con movimientos lentos y precisos. Me pidió que me pusiera boca arriba. Al girarme, el sujetador quedó completamente descolocado. No hice el menor gesto por arreglarlo.

Me sujetó la cabeza con las dos manos y la movió con suavidad de un lado a otro. Un giro sutil y las cervicales crujieron.

—Dios. Qué susto.

—¿Pero nota la diferencia?

—Sí. Bastante. —y era completamente verdad.

Me pidió que me sentara en el borde de la camilla. En ese movimiento, el sujetador terminó de caer. Me quedé así, sin recogerlo.

Marcos se colocó justo detrás de mí. Puso una mano sobre mi cabeza e inclinó el cuello hacia un lado para estirar los músculos del hombro opuesto. Con el otro brazo pasó por debajo de mi axila y tiró del mío hacia atrás. Noté al instante cómo se tensaban los músculos desde el cuello hasta el hombro.

—Creo que sé de dónde viene gran parte de esta tensión.

—¿De dónde?

—Es habitual en mujeres con pechos grandes. El peso tira de los músculos del hombro y genera un patrón de tensión crónica que sube por toda la espalda.

—Me lo habían dicho antes. ¿Y crees que los míos son lo suficientemente grandes como para causar todo esto?

Hubo una pausa breve.

—La curvatura de su espalda lo sugiere.

—¿Y te parecen bonitos? No creas que no me he dado cuenta de cómo me miras. —lo pregunté con la calma de quien ya no tiene nada que perder—. Si los necesitas palpar para confirmar el diagnóstico, puedes hacerlo. Confío en tu criterio profesional.

Las manos de Marcos se detuvieron un momento. Después, con una lentitud que no era torpeza sino decisión, se desplazaron desde mis hombros hasta mis pechos. Los sostuvo con las palmas abiertas. Los recorrió de abajo arriba, los apretó con suavidad y luego con más fuerza.

—Grandes y pesados —dijo en voz baja.

—Y bonitos, ¿no crees? No me digas que no lo habías notado antes. —cambie el tono al final, soltando la ironía suave que los dos entendimos perfectamente.

No respondió con palabras. Sus labios encontraron mi cuello desde atrás.

***

Mi mano fue directa entre mis piernas. La suya la siguió en cuanto la guié hasta allí, primero sobre la tela, después por debajo. Mientras sus dedos se movían con una habilidad que me sorprendió, yo busqué con la palma abierta su trasero, que había estado mirando desde que entró por la puerta. Él bajó el pantalón para facilitarme el acceso y yo hice lo mismo con el mío.

Lo agarré cuando sentí la presión de su erección contra mi espalda. Lo noté grueso y tenso. Empecé a moverle la mano al mismo ritmo en que él movía la suya.

Los gemidos me salían solos, mezclados con la respiración acelerada de los dos. Su otra mano no abandonó mis pechos en ningún momento: los apretaba, los alternaba, pasaba los pulgares por los pezones con una presión constante que me hacía imposible mantener la compostura.

Marcos llegó antes que yo. Su cuerpo se estremeció con fuerza contra mi espalda, me mordió el cuello y dejó un rastro cálido sobre mi muslo y la camilla. Se quedó unos segundos quieto, con la frente apoyada en mi nuca, recuperando el aliento.

—¿Has terminado tú? —preguntó en voz baja.

—No te preocupes, yo...

Antes de que acabara la frase, volvió a empezar. Una mano en mis pechos, la otra donde más la necesitaba, ahora más decidido, más preciso. Sus labios subieron desde mi cuello hasta mi oreja y la mordió con suavidad.

—¡Ah! ¡Sí! No pares.

Traté de silenciarme llevando mi boca a la suya. Nuestros labios se encontraron de manera torpe y urgente, con las lenguas chocando de forma desenfrenada mientras yo intentaba en vano ahogar los gemidos.

El orgasmo llegó con una intensidad que no esperaba. Me encogí sobre mí misma, agarré su brazo con las dos manos y grité hasta que mi propio grito me sorprendió. El corazón me tardó varios minutos en volver a un ritmo razonable.

—No podrías haber elegido una profesión mejor —conseguí decir al fin.

—Ha sido un placer. Y lo digo en todos los sentidos posibles.

Le di un beso en la comisura de los labios. Fui a buscar algo con qué limpiar el estropicio que habíamos provocado entre los dos.

***

Lo acompañé hasta la puerta cuando terminó de recoger la camilla. Antes de que pudiera abrir, lo cogí de la cintura, lo acerqué a mí y lo besé en la boca. Un beso largo y tranquilo, sin prisa. Él respondió igual, con las manos posadas en mis caderas y una leve sonrisa que notaba contra mis labios.

—Avísame si vuelve a molestarte la espalda —dijo cuando nos separamos.

—Cuenta con ello.

Cerré la puerta y me fui directa a la ducha. No pude dejar de sonreír en todo el rato, ni tampoco cuando salí y me senté en el sofá con una tercera copa de vino que esa tarde me merecía por completo.

***

Diego y Pablo llegaron juntos una hora después. El mayor esperó a que su hermano se encerrara en su cuarto y vino a buscarme a la cocina.

—¿Y bien? —preguntó apoyándose en la encimera con los brazos cruzados.

—La espalda, bastante mejor. Un trabajo excelente.

—¿Y lo demás?

—No te voy a dar detalles.

—No los necesito. —sonrió con suficiencia—. Con que haya ido bien es suficiente para mí.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué sacas tú de todo esto? Hace unos días me dijiste que ni se me pasara por la cabeza, y ahora resulta que lo has organizado tú en persona.

—Quid pro quo.

—Tendrás que ser más preciso.

—La madre de Marcos. Carmen. Lleva más de un año mirándome de una manera que no tiene nada de maternal. Y necesita un lugar donde su marido no pueda aparecer de improviso.

Lo miré sin decir nada durante varios segundos.

—¿Me estás diciendo que me has usado para garantizarte la discreción de su hijo?

—Te digo que quería que tú estuvieras bien. Ese era el objetivo principal. Lo de Carmen es un beneficio colateral que resultó ser la única garantía de que Marcos no fuera a contarlo por ahí.

—Está casada.

—Sí. Y lleva meses comiéndome con la mirada en cada reunión familiar. Se le nota a kilómetros.

—¿Todavía no ha pasado nada?

—Todavía no. Por eso necesito dos cosas: un lugar y que seas tú quien la invite. Vosotras os conocéis de hace tiempo.

—Hace bastante que no hablamos.

—Eso me lo encargo yo. Solo necesito que digas que sí.

Suspiré.

—Está bien. Que Dios nos coja confesados.

Diego se levantó del taburete y me dio un beso rápido en la frente antes de desaparecer por el pasillo.

Me quedé sola en la cocina preguntándome exactamente cómo había llegado a este punto. Y descubrí, para mi propia sorpresa, que tampoco me parecía tan descabellado.

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Comentarios (6)

Natalia_mdp

Madre mia que relato!!! me quede sin palabras jaja

juancho88

Que bien escrito, se siente como si lo estuvieras viviendo. Espero una segunda parte porque esto no puede quedar ahi!

SilviaMar

Ay me recordo a una situacion que tuve hace años... algo parecido pero no tan intenso jaja. Muy bueno el relato!

RocioMdQ

Como sigue esto?? necesito saber que paso despues, por favor continua!

LuciaMar91

Excelente ritmo, lo lei de un tiron y eso no pasa siempre. Mas de esto por favor

MauriRosario

jajaja el hijo sin saber el regalo que le hizo a su mama... tremendo giro eso

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