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Relatos Ardientes

Mi yerno me sorprendió un mes después del entierro

Me llamo Marisol y tengo cincuenta y tres años. Vivo en Montevideo, en una casa de barrio tranquilo, de las que tienen jardín al frente y limonero al fondo. Toda mi vida fui una mujer recatada, criada por mi madre con la idea de que el cuerpo se cuida, no se exhibe. Vestidos hasta media pierna, blusas cerradas en el cuello, nada de pintura fuerte. Esa fue mi escuela y nunca me la cuestioné.

Hace dos años enviudé. Hernán y yo llevábamos casi treinta años casados. No era un mal hombre, al contrario, pero la cama dejó de ser un lugar de encuentro mucho antes de que él se enfermara. Hacíamos el amor una vez al mes, si tanto, y duraba lo que dura una taza de café. Yo lo aceptaba, porque uno no habla de esas cosas y porque pensaba que así eran las cosas para todas las mujeres como yo.

Cuando él murió, lloré mucho. Lloré por los años, por la compañía, por el hueco que deja una persona aunque a veces no te tocara. Pero un mes después, cuando volví a dormir sola en una cama matrimonial vacía, descubrí algo que me dio vergüenza descubrir. Mi cuerpo seguía vivo. Y no estaba cansado. Estaba hambriento, despierto, irritado por dentro.

Andrés, el hermano de Hernán, vino una tarde a verme. Era dos años mayor que yo, viudo también desde hacía tiempo. Llegó con una bandeja de masas y la intención sincera de acompañarme un rato. Nos sentamos en el sofá del living. Empecé a contarle cosas de Hernán y, sin darme cuenta, terminé llorando contra su hombro. Me pasó el brazo por la espalda, me dijo algo suave al oído, me ofreció acostarme un momento porque me veía agotada.

Apoyé la cabeza en su regazo y entonces lo sentí. Una dureza inesperada bajo la tela del pantalón. Me quedé quieta, fingiendo no notarla, pero la noté. Él tampoco se movió. Pasaron uno, dos, tres minutos así, y mi mano, que estaba sobre su rodilla, subió un centímetro. Solo un centímetro. No hizo falta nada más.

—Marisol —dijo, con la voz ronca.

—No diga nada, Andrés.

***

Lo llevé a mi habitación porque era el único lugar donde sentí que podía hacer lo que iba a hacer sin morirme de vergüenza. Me desvistió con torpeza, como un hombre que tampoco se acordaba bien del oficio. Su cuerpo no era nada espectacular y el mío tampoco ya lo era. Pero hacía un mes que mi piel no recibía el calor de otra piel, y eso era un fuego que no se apaga con buenas costumbres.

Estaba arrodillada al borde de la cama, con su sexo entre mis labios, cuando escuché un ruido muy leve en el corredor. Andrés, con los ojos cerrados, no oyó nada. Yo sí. Giré la cabeza apenas, sin soltarlo, y entonces lo vi.

Matías. Mi yerno. El marido de mi hija Carolina. Estaba parado en el marco de la puerta, completamente paralizado, mirándome.

Nuestros ojos se encontraron en el segundo exacto en que Andrés terminó. Sentí el calor en la boca, sentí cómo se me corría algo por el mentón, sentí cómo mi cara entera se ponía roja de un modo que ninguna vergüenza anterior había alcanzado. Matías retrocedió un paso, otro, y desapareció. Escuché la puerta de calle al cerrarse.

—Andate —le dije a Andrés.

—¿Qué pasó?

—Vestite y andate, por favor. No preguntes nada.

***

Pasaron tres semanas. Tres semanas larguísimas. Carolina vino a verme dos veces, sola, sin Matías, y yo la abracé fuerte cada vez, esperando que en cualquier momento dijera algo, que rompiera a llorar, que me preguntara cómo había podido. No dijo nada. Eso significaba que él tampoco había dicho nada. ¿Por qué? Esa pregunta me persiguió cada noche.

Y al mismo tiempo, en algún rincón mío que yo prefería no mirar, había otra cosa. La imagen de Matías en el marco de la puerta volvía a mi cabeza una y otra vez. La cara que tenía. No era de asco. Era otra cosa. Algo que no supe nombrar hasta que él volvió.

Un sábado a la tarde estaba en mi cuarto, acomodando la cama. La radio sonaba bajito. Sentí la puerta del frente, supuse que era Carolina. No me di vuelta cuando escuché los pasos en el corredor. Cuando la puerta de mi habitación se cerró de un golpe seco a mi espalda, me sobresalté.

—¿Cara? —pregunté.

Una mano me tomó por la nuca con firmeza y me empujó boca abajo sobre el colchón. No era una mano de mi hija. Quise girarme, no pude. La voz que oí me reconoció el cuerpo entero antes de que mi cabeza terminara de procesarla.

—Quédese quieta, suegra.

Matías. Sentí su peso encima de mí, una rodilla entre mis piernas, una respiración tibia detrás de mi oreja.

—Matías, por favor —dije, con la cara contra la sábana—. No.

—¿No qué? —y la mano que me sujetaba aflojó un poco para que pudiera respirar—. ¿Esto que está pensando ahora mismo no?

No le contesté. No podía. Porque sí estaba pensando exactamente eso. Porque sí lo quería ahí. Porque hacía tres semanas que mi cuerpo había vuelto a esperar algo y ese algo, vergonzosamente, era esto.

—Si me dice que me vaya —murmuró, y su voz me erizó la piel—, me voy ahora mismo y no vuelvo. Si no me dice nada, me quedo. Pero después no se haga la santa.

Quedó esperando. Yo cerré los ojos. No dije nada.

***

Sentí cómo me levantaba el vestido lentamente, hasta dejarme la espalda al aire. Sus dedos recorrieron mi piel como quien cuenta, despacio, una por una, las cosas que iba a hacer. Las medias se rompieron con un sonido seco cuando él las bajó de un tirón. La cara me ardía y al mismo tiempo había, en alguna parte de mi vientre, un latido que no era miedo.

—Voltéese —me ordenó.

Le obedecí. Lo miré por primera vez desde que había entrado. Estaba en mi habitación, con los ojos brillantes y la respiración pesada, y se estaba sacando el cinturón. No era el yerno tímido de los asados de los domingos. Era un hombre que había venido a buscar algo concreto y sabía que yo se lo iba a dar.

—¿Sabe cuánto hace que pienso en usted? —dijo, y se bajó el pantalón—. Desde mucho antes del funeral.

No le contesté. No me salía la voz. Su sexo era grande, mucho más grande que cualquier cosa que yo hubiera tocado en mi vida. Por un segundo tuve la sensación absurda de que mi cuerpo no iba a saber qué hacer con eso. Por otro segundo, supe que sí.

Se acercó a la cama. Me agarró del cabello con suavidad, sin lastimar, pero sin pedir permiso. Me guio hacia él.

—Muéstreme cómo le hizo a mi tío —dijo.

Y aunque la frase debió ofenderme, no me ofendió. Hizo lo contrario. Abrí la boca y lo recibí. Lo recorrí entero, despacio, y cuando lo escuché soltar un gemido sordo entre dientes, supe que aquello iba a ser otra cosa. Que el deseo de Matías era viejo, de antes, y que el mío también tenía más años de los que estaba dispuesta a confesar.

Cuando me empujó otra vez sobre la cama, boca arriba esta vez, y se acomodó entre mis piernas, no opuse ninguna resistencia. Lo busqué. Lo guie. Sentí cómo me abría por dentro de un modo que yo no recordaba como posible. Gemí fuerte, sin pudor, contra mi propio brazo.

—Eso es —murmuró—. Diga lo que es.

—Lo necesito —dije, y la voz me salió rota—. Hace tanto que lo necesito, Matías.

—Diga quién soy.

—Mi yerno. Sos mi yerno.

Él se rió bajito, contra mi cuello, y me embistió más profundo. Yo sentí cómo mi propio cuerpo le respondía, cómo mis caderas se levantaban a buscarlo, cómo el orgasmo se armaba en mí como una ola que llevaba años contenida. Cuando me vino, me vino entero. Me convulsioné de pies a cabeza, mordiéndole el hombro para no gritar de más.

—Así, suegra —dijo, agitado, sin dejar de moverse—. Así.

Terminó adentro mío con un gemido largo, abrazándome contra él, mientras yo seguía temblando.

***

Después nos quedamos quietos. Mi pecho subía y bajaba como si hubiera corrido kilómetros. Él tenía la cabeza apoyada en mi clavícula. Por primera vez desde la muerte de Hernán, me sentía cansada de un cansancio bueno, no del cansancio gris del duelo.

—Carolina no puede saber esto nunca —dije al techo.

—Nunca —repitió él.

—Y esto no se repite.

Hubo un silencio. Después él se incorporó sobre un codo, me miró y me sonrió de un modo que no le conocía.

—Eso lo va a decidir usted. Pero no se mienta, Marisol. Sabe que voy a volver.

Una hora después yo estaba bajo la ducha, intentando lavarme la culpa con jabón y agua caliente. Cuando estiré la mano para cerrar la canilla, la puerta del baño se abrió. Matías entró desnudo, todavía con esa sonrisa, y me besó por primera vez en la boca. Me besó como si tuviera derecho. Y yo se lo di.

Esa tarde tuve tres orgasmos más antes de que él se vistiera y se fuera a casa con mi hija.

***

De eso hace ya bastante. Matías viene a verme casi todas las semanas, a veces dos veces. Carolina cree que su marido es un yerno modelo, atento con la viuda, dispuesto a pasar a llevarme cosas del supermercado y a cambiarme la lamparita del pasillo. Y en parte es eso. Es también todo lo otro.

Hay días en que la culpa me aprieta la garganta y pienso en confesarle a mi hija. Pienso en arrodillarme a sus pies y pedirle perdón. Después pasa un día, pasa otro, suena el timbre, abro la puerta y ahí está él, con esa cara, y yo me hago a un lado para dejarlo entrar.

Mi madre decía que de las intimidades de alcoba no se habla. Yo tampoco hablo. Pero las vivo. Las vivo de un modo que ella no se imaginó nunca, y, que Dios me perdone, no quiero que pare.

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Comentarios (6)

Tomas_88

Tremendo!!! Me quede con la boca abierta en el final, de verdad.

NocheLectora22

Por favor tiene que haber segunda parte, no puede quedar asi

CristinaLect

Muy bien narrado, la tension va creciendo de a poco y se siente natural. Sigue publicando!

PatricioRL

Que situacion tan intensa, me quede pegado hasta el ultimo parrafo sin querer parar

Romi_lee

Me encanto como manejaste los tiempos, sin apurarte. Eso hace que todo se sienta mas real

FierroLector

La tension entre los personajes estaba ahi desde el principio, inevitable. Muy buen trabajo

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