La noche que dejé la puerta abierta para mi hijo
Me llamo Lorena, tengo cuarenta y tres años y llevo catorce divorciada sin que ningún hombre me haya despertado las ganas de volver a empezar. Crié a Mateo prácticamente sola desde los cinco años, con turnos largos en una agencia de seguros y noches cortas frente al televisor. Hasta que una madrugada de marzo, bajando descalza por un vaso de agua, me crucé con él saliendo del baño.
La toalla le colgaba mal, anudada apenas en la cadera. Tenía los hombros mojados, el pelo pegado a la frente, y un cuerpo que yo no recordaba haber notado nunca. No era el niño flaco al que le ataba los cordones. Era un hombre de diecinueve años con la espalda firme y la respiración tranquila. Bajo la tela mojada se le marcaba el bulto de la polla, pesado, colgando hacia un costado. Lo miré dos segundos más de lo decente y me metí en mi cuarto con el coño mojado y el corazón golpeándome contra las costillas.
No, esto no.
Eso me repetí toda la noche, dándome vuelta entre las sábanas, escuchándolo respirar al otro lado del pasillo. No funcionó. Me metí dos dedos entre las piernas hasta correrme sola, mordiendo la almohada, imaginando la polla de mi hijo saliendo debajo de esa toalla. Al día siguiente bajé a desayunar con una camiseta vieja sin sostén y un pantalón corto que hacía años no usaba. Me agaché a sacar la leche del estante de abajo. No miré atrás. No me hizo falta. Sentí su silencio.
Empezó así, con detalles tontos. La camiseta sin sostén. Los shorts más cortos. Doblar la espalda al recoger algo del piso cuando él pasaba por el living, sabiendo que se me marcaba el coño bajo la tela. Morderme un dedo cuando hablaba con él. Cosas mínimas que no me delataban del todo, que me permitían fingir que no era a propósito.
Pasaron cuatro meses así, y nada. Mateo me trataba como siempre. Me daba un beso en la mejilla al salir, otro al volver, me ayudaba con la mesa, me discutía la política por la noche. Yo me iba a la cama cada noche más enojada conmigo misma, más segura de lo que quería y más asustada de quererlo.
Cuando Carmen, una compañera de trabajo, me propuso pasar el fin de semana en la casa de playa de su marido Andrés, le dije que sí antes incluso de pensarlo. Le pedí a Mateo que viniera con nosotros. Aceptó sin enterarse de nada.
***
Compré un bikini el miércoles. No era un bikini, era un hilo. Algo que jamás me hubiera atrevido a ponerme delante de nadie. Lo escondí en el fondo del bolso y traté de no pensar en lo que estaba planeando.
Llegamos al mediodía del sábado. Carmen y Andrés ya estaban abriendo cervezas en la galería. Saludos, abrazos, el ruido del mar a lo lejos. Mateo se cambió en el cuarto del fondo. Yo me cambié en el mío. Cuando salí con un pareo flojo encima del hilo, Carmen levantó las cejas. Andrés se quedó un segundo con la lata en el aire.
—¿Te ayudo con la sombrilla, mamá? —dijo Mateo desde el porche.
—Después. Vamos primero a la arena.
Bajamos los cuatro a la playa. Extendí la toalla, dejé caer el pareo, y me solté el lazo de la espalda como si nada. Carmen ahogó una protesta. Andrés tosió. Mateo se quedó mirando un punto fijo en el horizonte como si le hubieran prohibido bajar la vista.
—Mateo, hijo, ¿me pones bronceador? Tengo la espalda toda blanca.
Lo dijo una madre. Lo escuchó cualquiera. Pero las dos manos que se me apoyaron en los omóplatos un minuto después no eran las de cualquiera. Eran las de él, tibias por el sol, torpes, demoradas. Bajaron por la columna, se detuvieron a la altura de la cintura, volvieron a subir. Cerré los ojos.
—Las piernas también.
Lo escuché tragar saliva. Me las recorrió con la palma abierta, despacio, y por un instante, cuando llegó al borde interno del muslo, sentí cómo le temblaban los dedos a dos centímetros de mi coño. La tanga se me había metido entre los labios y estaba empapada, y no era de mar.
—Y adelante. No quiero quemarme.
Me di vuelta, con las tetas al aire, sin pareo, sin más excusas. Le aguanté la mirada. Él bajó la vista al frasco. Se sirvió como tres segundos de bronceador y lo aplicó con la precisión de un cirujano que estuviera evitando una herida abierta. Pero los pezones se me pusieron duros como piedras bajo sus dedos, y él, al pasarme la crema por el pecho izquierdo, me rozó uno con el pulgar. Fue un roce mínimo. Los dos hicimos como que no había pasado. Volví a mirarle el short y el bulto ya no se podía disimular: tenía la polla dura pegada al muslo, marcándose contra la tela mojada. Se me hizo agua la boca.
Carmen se levantó y se fue a la orilla sin decir nada. Andrés se quedó, demasiado, hasta que ella le silbó desde el agua.
***
—Mamá, ¿puedes ponerte el top?
Estábamos solos dentro del mar, hundidos hasta el cuello. Carmen y Andrés se habían alejado caminando por la orilla.
—¿Por qué? Soy una mujer adulta, tengo un cuerpo lindo. ¿Te molesta?
—No es eso —dijo. Pero apretó la mandíbula como si estuviera a punto de morder algo.
—¿Te dan celos que Andrés me mire?
No me contestó. Me pegué a su espalda. Le pasé los brazos por encima de los hombros y le crucé las piernas en la cintura, todo bajo el agua, todo invisible para los otros. Le apoyé las tetas desnudas contra la piel mojada, con los pezones clavándosele entre los omóplatos. Él se puso completamente rígido, en todos los sentidos.
—Tengo frío —mentí.
Le di la vuelta hasta quedar de frente. Le enganché las piernas alrededor de la cadera. Me froté contra él, dejando que la polla dura, tapada apenas por el short, me quedara justo entre los labios del coño, con la tela mojada por medio. La restregué despacio, arriba y abajo, sintiéndole cada latido contra el clítoris. Le respiré sobre la boca. Le pasé la lengua por el labio de abajo, un segundo, uno solo.
—¿Qué te pasa, mi amor?
—El frío, mamá —dijo, con la voz quebrada—. Es el frío.
—Ah, el frío —le susurré, y le mordí el lóbulo de la oreja—. Yo tengo la concha ardiendo, hijo.
Lo solté. Caminé hacia la orilla con las rodillas temblando y la tanga tan mojada por dentro que me la sentía pegada. No me di vuelta. Sabía que me estaba mirando el culo. Sabía que ya no me miraba como hijo.
***
De vuelta en casa, esa misma noche, hice la primera prueba seria. Dejé la puerta del baño completamente abierta, abrí el grifo y me metí bajo el agua caliente. Me pasé la esponja despacio, con la mano abierta, como si estuviera disfrutándolo a solas. Me enjaboné las tetas, me pellizqué los pezones, me bajé la mano al coño y me abrí los labios con dos dedos, en el ángulo justo para que se viera desde el pasillo. Lo escuché en el pasillo. No entró. No se fue. Por una rendija lo vi de espaldas, contra la pared del living, con la mano dentro del pantalón, moviéndosela rápido. Me metí un dedo, después dos, con la respiración pegada al mosaico. Cuando lo escuché ahogar un gemido del otro lado de la pared me corrí en silencio, mordiéndome el labio hasta que me sangró un poco.
Aquella noche dormí desnuda. Dejé la puerta entornada. Esperé. No vino.
Por la mañana me puse un vestido cruzado, tacones bajos y nada debajo. Lo llevé a la facultad como cada lunes. Manejé con las piernas un poco más abiertas que de costumbre. La tela se me iba subiendo sola y no la bajé. En el semáforo apoyé la mano sobre su muslo, como si fuera un gesto cariñoso de madre. La fui subiendo. La dejé un instante sobre el bulto, casi sin presión, como por error. Le sentí la polla latir bajo el jean, y apreté un segundo más de lo necesario antes de retirar la mano.
—Llegamos —dije cuando paramos frente a la facultad.
Él bajó sin mirarme. Le tembló la voz al despedirse. Vi que se acomodaba el bulto con disimulo antes de cruzar la vereda.
***
De camino a casa, esa tarde, paré en un kiosco de revistas. Pedí una película. La elegí a propósito. «Tabú», decía la portada. Madre e hijo. Pagué en efectivo y la guardé en el bolso.
Cuando Mateo volvió, ya yo había cocinado pasta y abierto una botella de vino. Me había puesto una camiseta blanca, larga, sin nada debajo. Me había bañado, me había perfumado, me había maquillado apenas. Cenamos los dos solos, con la luz baja, hablando de cualquier cosa. Yo me chupaba la salsa del dedo y se la ofrecía a probar. Él la lamía sin levantar la vista, con la lengua entera envolviéndome el dedo, y yo pensaba en cómo le iba a envolver otra cosa esa misma noche.
Después de cenar dejé los platos en la pileta y me fui a mi cuarto. Puse la película en la tele. Subí el volumen. Dejé la puerta abierta. Me saqué la camiseta. Me acosté de espaldas, con las piernas bien abiertas, una mano entre los muslos abriéndome el coño, la otra sobre una teta pellizcándome el pezón. Me pasé el dedo del medio por el clítoris, en círculos, y solté un jadeo largo, a propósito. Esperé.
Veinte minutos. Veintidós. Veinticinco.
Lo escuché parado en el pasillo. Después la sombra entró en el cuarto. Yo cerré los ojos como si estuviera concentrada en lo mío. Lo sentí cerca, casi sobre la cama, sin animarse. Me metí dos dedos en el coño, hasta el fondo, y los saqué brillando. Solté un gemido bajito y me llevé los dedos a la boca, chupándomelos delante de él.
—Mateo —susurré, sin abrir los ojos—. No tengas vergüenza. Sentate. Es normal.
Se sentó al borde del colchón. Tenía el bóxer puesto, el cuerpo tenso como una cuerda, y la polla marcándosele durísima a través de la tela, con una mancha oscura ya en la punta. La pantalla seguía sonando atrás. Le tomé la mano y se la llevé al pubis. Él la apartó por instinto.
—Por favor. Ayudame. Necesito.
Se la volví a poner. Le abrí los dedos con los míos, se los pasé despacio por los labios del coño, mojándoselos con lo que me chorreaba, y le hundí el del medio adentro. Se lo hice entrar y salir con los míos sobre los suyos, hasta que entendió el ritmo. Empezó a moverlos solo, primero tímido, después con curiosidad, después con hambre. Me metió dos, después tres, me los curvó buscando adentro, y yo me arqueé contra su mano como una perra en celo. Me subió el pulgar al clítoris y empezó a frotármelo mientras me la seguía metiendo, y yo pensé que me iba a correr ahí mismo con la mano de mi hijo dentro. Cerré los ojos por primera vez de verdad.
Metí mi mano dentro del bóxer y le agarré la polla. Estaba durísima, caliente, latiendo, más gruesa de lo que me había imaginado. Le corrí la piel hacia atrás y le sentí la punta pegajosa. Se la acaricié de arriba abajo, se la apreté en la base, le pasé el pulgar por el glande untándole su propio líquido, y él soltó un quejido casi infantil, echando la cabeza hacia atrás.
—¿Está bien, mi amor? —pregunté.
—Sí —dijo. Y por la voz supe que ya no había vuelta atrás.
***
Lo desnudé yo. Le saqué el bóxer y me lo metí en la boca antes de que pudiera decir nada. Tenía catorce años sin probar a un hombre. Me había olvidado del calor, del peso, del sabor a piel limpia. Le pasé la lengua desde los huevos hasta la punta, despacio, chupándole después cada testículo por separado, con los ojos cerrados, mientras le sostenía la polla parada contra su vientre. Después me la metí entera, hasta que se me clavó en la garganta, y él soltó un gemido que hizo temblar la cama. Le sacaba la baba hilando desde los labios hasta el glande y volvía a metérmela, subiendo y bajando la cabeza, apretándole la base con la mano, girándole la muñeca en la punta como me acordaba que se hacía. Él me agarró el pelo con una mano, fuerte, con la otra me buscó una teta y me apretó el pezón entre los dedos. Le chupé la polla hasta que la sentí engordar más, hasta que empezó a empujarme la cabeza hacia abajo sin darse cuenta.
—Mamá, me voy a correr —jadeó.
Cuando lo sentí cerca, lo solté. No quería que se acabara todavía. Le pasé la lengua por dentro del muslo, le soplé la punta mojada y él sacudió la cadera.
—Todavía no, mi amor. Todavía no.
Lo acosté de espaldas. Me subí sobre él a horcajadas y le froté el coño contra la polla, mojándosela toda, restregándole el clítoris contra el glande. Después la agarré con la mano y me la coloqué en la entrada. Me hundí sobre él de a poco, mirándolo a la cara, viéndole los ojos abrirse de a milímetros a medida que me iba tragando cada centímetro. Me llenó entera. Tenía a mi hijo dentro y no me había sentido más completa en mi vida.
Empecé a moverme. Despacio al principio, apoyada con las manos sobre su pecho, subiendo y bajando la cadera, sintiendo cómo entraba y salía, cómo me arrastraba las paredes del coño con la piel dura. Después me incliné hacia adelante y le pegué las tetas contra la boca. Él me chupó un pezón, después el otro, mordiéndomelos apenas, y yo empecé a cabalgarlo más fuerte, con el culo golpeándole los muslos, con el ruido húmedo de mi coño chorreado tragándoselo entero.
—Follame, hijo —le dije al oído—. Follame a tu madre. Metémela toda.
Se le prendió algo adentro. Me agarró de la cintura, me clavó los dedos en las nalgas y empezó a empujar de abajo, a estamparme contra él, hundiéndomela hasta el fondo con cada golpe. Yo gemía sin cuidado, sin acordarme de nada, con la boca pegada a su cuello, mordiéndoselo. Me dio vuelta. Me puso de espaldas, me abrió las piernas hasta apoyármelas contra su hombro y me la metió otra vez de un solo empujón. Empezó a follarme fuerte, con las manos apretándome las tetas, mirándome a los ojos, y yo le sostuve la mirada mientras me abría toda para él.
—Soy tuya —le dije jadeando—. Ahora soy tuya. Todo mío es tuyo, mi amor.
Se me nubló todo. Me vino el orgasmo desde adentro, largo, en oleadas, apretándole la polla con el coño espasmódico, y él aguantó dos empujones más y se corrió dentro con un quejido entrecortado, vaciándose en chorros calientes que me sentí subir hasta el vientre. Se derrumbó encima. Le acaricié la espalda mojada mientras el semen me chorreaba entre los muslos. Habían sido catorce años de espera y me había corrido con mi hijo adentro.
***
De eso pasaron tres años. Mateo tiene veintidós ahora. Tiene una novia que le presento yo cuando hace falta presentarla. Una chica linda, dulce, que se queda los domingos a comer en casa y que no sabe nada. Mateo le sonríe, le da la mano, le aguanta los planes. Y por la noche viene a mi cuarto, me abre las piernas y me folla como se folla a una mujer, no a una madre.
Cumple con ella lo que tiene que cumplir un hijo bien educado de su edad. Conmigo cumple otra cosa. La novia tendrá lo que tenga, pero la que se traga la corrida de Mateo cada noche soy yo. Y eso, después de catorce años de soledad, me llena de una plenitud que no le voy a explicar a nadie.