La cena con nuestros vecinos jubilados
Nos mudamos al quinto piso del edificio de la avenida Libertador a mediados de marzo, después de que el traslado de Adrián a la nueva oficina nos obligara a dejar la ciudad donde vivíamos hacía cuatro años. Del otro lado del rellano, en la puerta frente a la nuestra, vivía un matrimonio jubilado que debía rondar los sesenta.
La primera noche en nuestra casa nueva, entre cajas sin abrir y el olor a pintura fresca, me despertó un gemido que no venía de mi lado de la cama. Adrián dormía boca arriba con el brazo colgando. Yo me quedé quieta, respirando apenas, tratando de entender. El gemido se repitió. Y otro. Y otro más. Venían del otro lado del pasillo, apagados pero inconfundibles, filtrándose por la ventilación del baño.
Era una mujer. Una mujer mayor, pero mujer al fin, corriéndose con una insistencia que nunca había escuchado a nadie de su edad. Los gemidos subían y bajaban, entrecortados, con silencios breves que solo podían ser besos.
Dios mío, los vecinos.
Me giré hacia Adrián con la intención de despertarlo, pero algo me detuvo. Quise escucharla sola. Me deslicé hasta el borde de la cama, metí la mano debajo del camisón y me masturbé lentamente mientras la voz de aquella mujer desconocida se apagaba contra la almohada del otro apartamento. Me corrí en silencio, mordiéndome el labio, y me quedé mirando el techo durante un largo rato.
A la mañana siguiente, Adrián se fue temprano, como siempre. A las seis y cuarto cerró la puerta con cuidado y me dejó sola con el sol entrando por las persianas mal cerradas.
***
Bajé a tirar el cartón del reciclaje alrededor de las once. Cuando volví al rellano, la puerta de enfrente se abrió y salió él.
Ricardo. Todavía no sabía su nombre, pero lo supe después.
Era un hombre alto, de pelo blanco y corto, con unas patillas cuidadas y una sonrisa que no encajaba con la edad del resto de su cara. Llevaba una camisa azul arremangada hasta los codos y unos antebrazos que yo no esperaba encontrar en un jubilado. Me quedé unos segundos más de la cuenta mirándolo.
—Usted debe ser la vecina nueva —dijo.
—Clara —respondí—. Nos mudamos anteayer.
—Ricardo. Si necesitan cualquier cosa, ya saben dónde llamar.
Me extendió la mano. Cuando la estreché, me miró directo a los ojos y no apartó la vista en ningún momento. Yo sí tuve que apartarla. Entré a mi casa y me apoyé contra la puerta con el corazón latiéndome en las orejas.
Esa misma tarde, cuando Adrián volvió del trabajo, le conté que había visto al vecino.
—¿Y?
—Es guapo —le dije—. Mucho más de lo que uno esperaría.
—¿Cómo de guapo?
—Guapo de verdad, Adrián. Canas, espalda ancha, sonrisa. Imagínatelo.
Mi marido se quedó mirándome mientras se desataba la corbata.
—Yo la vi a ella en el ascensor esta tarde —dijo—. Está buenísima.
—¿Cómo es?
—Morena, con el pelo medio recogido. Viste bien. Le miré las piernas sin querer y me pilló.
—¿Y qué hizo?
—Sonrió. Y no de pena.
Nos miramos. Yo supe, él supo. No hizo falta decirlo.
—Anoche los oí —confesé—. A ella.
—¿En serio?
—Me masturbé escuchándola, Adrián.
Adrián sonrió de una manera que hacía años no le veía.
—Tendríamos que invitarlos a cenar un sábado —dijo—. Para conocernos mejor.
—Exacto —respondí yo aguantándole la sonrisa—. Para conocernos mejor.
***
La noche del sábado llegó más despacio de lo normal. A las ocho y media en punto sonó el timbre.
Ricardo y Elena entraron con una botella de vino tinto y un ramillete de flores de campo. Ella me dio dos besos que me dejaron el perfume marcado en el cuello durante el resto de la noche. Llevaba una falda negra por encima de la rodilla, medias finas y una blusa de seda color crema. Adrián le recibió el abrigo y yo los guie al salón.
La mesa era redonda y cabíamos los cuatro justos. Sin que tuviera que decirles nada, Elena se sentó al lado de Adrián y Ricardo se sentó a mi lado. Yo les serví vino. Las manos me temblaban un poco.
Durante la entrada hablamos de cosas sin importancia. Ellos llevaban treinta y dos años casados, ambos acababan de jubilarse, no habían tenido hijos por decisión propia. Ricardo había sido arquitecto, Elena trabajó muchos años en una editorial pequeña. Me contaron anécdotas de cuando el barrio era otra cosa. Adrián se reía de verdad con lo que decía Elena, no con la sonrisa de compromiso que les regala a los clientes.
Cuando serví el plato principal, Ricardo puso la mano derecha sobre mi muslo por debajo del mantel. Sin avisar. Sin pedir permiso. Un gesto firme, como si tuviera derecho. Yo me quedé un segundo quieta, con el tenedor a medio camino. Después apoyé la mano encima de la suya para que no se moviera.
Enfrente, Adrián me miraba por encima de la copa. Supe que estaba haciendo exactamente lo mismo con Elena porque ella había dejado de hablar a media frase y tenía las mejillas encendidas.
—¿Ponemos el postre? —preguntó Elena con la voz ligeramente rara.
—Ya lo traigo —contesté.
Me levanté con la mano de Ricardo todavía recorriéndome lentamente por encima de la falda. Fui a la cocina, respiré, volví con la tarta de limón. Cuando me senté otra vez, la mano volvió a su lugar, esta vez por debajo de la falda, contra la piel desnuda del muslo.
Adrián estaba besando a Elena cuando levanté la vista.
Ella tenía los ojos cerrados, la boca abierta, la mano de él debajo de su falda moviéndose sin disimulo. Ricardo me miró.
—¿Te parece bien? —me preguntó en voz baja.
—Me parece perfecto.
Lo besé yo primero. Tenía la boca cálida, la barba recortada raspándome apenas. Me bajó la mano por el escote y me soltó el primer botón de la blusa sin apurarse. Tenía unas manos que sabían dónde estaban.
***
Lo que pasó después en el comedor no estaba previsto, o sí lo estaba desde hacía semanas sin que nadie lo dijera en voz alta.
Elena desabrochó el pantalón de Adrián delante de mí. Él le subió la falda hasta la cintura. Ricardo me levantó de la silla, me sentó encima de la mesa, apartó los platos con el brazo y se arrodilló entre mis piernas. Sentí su boca antes de que me diera tiempo a avergonzarme por nada.
La lengua de aquel hombre tenía una paciencia que Adrián nunca había tenido conmigo, y no era una crítica, era una constatación. Le agarré el pelo corto, eché la cabeza hacia atrás, y vi por el rabillo del ojo a Elena montada encima de mi marido en el sofá. Ella se había quitado la blusa. Tenía el pecho más bonito de lo que había imaginado.
—Ricardo —murmuré—. Ven.
Se levantó, se bajó el pantalón, se puso encima de mí en la mesa del comedor. Entró despacio la primera vez, tanteando, y después encontró el ritmo que yo necesitaba sin tener que explicárselo. Era un ritmo distinto, más firme, menos urgente. Yo estaba abriéndome como si nunca me hubieran abierto antes.
A mi izquierda oía a Elena gimiendo sobre Adrián. Gemía igual que la había oído la primera noche a través de la pared, solo que ahora estaba a dos metros de mí y yo era en parte responsable. Sentía un calor nuevo, distinto al del sexo, más hondo, algo que no sabía nombrar.
—Mírame a mí —me pidió Ricardo.
Lo miré. Tenía los ojos grises. Nunca había visto unos ojos grises tan de cerca. Me corrí mirándolos.
***
Cuando recuperamos el aliento, Elena se giró encima de Adrián para poder ver a su marido. Ricardo seguía dentro de mí, quieto.
—No te corras todavía —le dijo ella desde el sofá—. Hazte una paja para mí. Quiero verte correr a ti solo.
Ricardo salió con cuidado, se sentó al borde de la mesa y empezó a masturbarse mirando a su mujer cabalgar a otro hombre. Yo me incorporé, me acomodé al lado de él, le acaricié la espalda.
—¿Siempre han sido así? —le pregunté en voz muy baja.
—Nunca —respondió él sin dejar de mirar a Elena—. Es la primera vez.
Lo dijo sin apartar la vista, con la mano moviéndose al mismo ritmo que Elena imponía sobre Adrián. Cuando ella le clavó los ojos desde el sofá, él soltó un gruñido ronco y se corrió sobre la madera de la mesa, con un grito corto que yo sentí en mi propio vientre.
Después Ricardo se vistió en silencio. Le dio un beso a Elena en la frente, otro a mí en la mejilla, y le estrechó la mano a Adrián como si acabáramos de firmar un contrato. Antes de salir se paró en la puerta.
—Quedáoslo —dijo señalando a Elena con la barbilla—. Todavía tiene para rato. Mañana paso a buscarla.
Y cerró la puerta detrás de él.
***
Nos quedamos los tres en el salón, medio desnudos, mirándonos con una sonrisa nueva.
—Vamos a la habitación —propuso Adrián—. Ahí estaremos más cómodos.
Elena se había puesto la blusa por encima de los hombros, sin abotonar. Caminó entre nosotros, con una mano en la espalda de cada uno, hasta el dormitorio. Cuando fui a sentarla en el borde de la cama, ella negó con la cabeza.
—Yo me siento en la butaca —dijo señalando la del rincón—. Quiero miraros. Me gusta mirar. Siempre me ha gustado.
Adrián y yo nos quedamos en el centro del dormitorio, de pie, mirándonos como si nos viéramos por primera vez. Él me bajó la falda. Yo le terminé de quitar la camisa. Nos besamos largo, sin prisa, delante de aquella mujer que era desconocida y dejaba de serlo.
Elena se había abierto las piernas en la butaca, la falda recogida, la mano entre los muslos. No se escondía. Nos miraba como si estuviera leyendo un libro que le gustaba mucho.
—Habladme vosotros —dijo—. Ignoradme. Haced como si no estuviera.
Adrián me empujó suavemente sobre la cama.
—Estabas buenísima con él encima —me dijo al oído.
—Tú también —respondí—. Con ella a horcajadas. Estabas precioso.
—Pensé en ti todo el rato.
—Mentiroso.
Se rio contra mi cuello. Entró despacio. Yo me abrí del todo. Desde la butaca oíamos la respiración de Elena acelerándose al mismo ritmo que la nuestra. No cerró los ojos en toda la noche, que yo sepa.
Me corrí dos veces más antes de que Adrián terminara dentro de mí. Cuando caímos de lado, jadeando, oí a Elena gemir bajito desde el rincón y luego un suspiro largo, completo, de quien ha estado esperando mucho rato lo que acaba de llegar.
—Preparad la próxima cena —dijo con la voz todavía temblando—. Y decidle a Ricardo que compre el vino.
Nos echamos a reír los tres.
Al otro lado del rellano, en algún momento de la madrugada, oí la puerta de Ricardo cerrarse. Estaba volviendo a buscar a su mujer. Y yo sabía, ya sin ninguna duda, que ese no iba a ser el último sábado.