La más joven del club quería mandar esa noche
Me pidió que la llevara al recital como quien pide un favor inocente. No sabía que esa noche, en el palco, iba a aprender quién manda de verdad.
Me pidió que la llevara al recital como quien pide un favor inocente. No sabía que esa noche, en el palco, iba a aprender quién manda de verdad.
Me escribió una sola línea: «¿Relato o fantasía?». No imaginé que esa pregunta terminaría con ella desnuda sobre mi camilla, esperando que se lo demostrara.
Me subí al banco sin hacer ruido, pegué el ojo a la rejilla de plástico y entonces la reconocí: era ella, la que llevaba toda la tarde mirando de reojo.
Llevaba semanas inventando excusas para verla. Esa tarde de agosto, junto a la piscina, ella se quitó el top y dejó claro que las excusas habían terminado.
Cerró la puerta de aquel despacho creyendo que iba a negociar una nota. No sabía que el profesor tenía otra cosa en mente, y que ella terminaría volviendo cada viernes.
Cuando llegó, fingí dormir boca abajo para que no me viera en topless. No imaginé que esa tarde dejaría que sus manos repartieran la crema por mis piernas.
Quedamos en algo sencillo: una llamada perdida cuando empezaran, y yo apareciendo en mi balcón como si fuera casualidad. Esa noche cambió todo.
Marcos me pidió que no juzgara ni preguntara nada cuando llegara su amigo. Esa misma noche, desde el cuarto de al lado, entendí qué clase de visitas recibían los viernes.
Su marido nos abrió la puerta de su casa con una sola intención: ver cómo dos desconocidos hacían gozar a su mujer. Ella fingía dudar, pero su mirada ya había decidido.
Subí la persiana solo un poco, como siempre. Pero esa noche Marina estaba frente al espejo, y por primera vez no apartó la mirada de mi ventana.
Llevaba meses sin trabajo cuando entré a su almacén. No sabía que ese hombre serio de manos grandes, el padre de mi mejor amiga, iba a desarmarme con una sola mirada.
Entré a comprar un refresco y salí siendo otra mujer. Marcos me esperaba detrás del mostrador, y esa noche aprendí lo que era no tener pudor.
Me arrodillé en la arena de espaldas a ellas, fingiendo buscar algo en el bolso, sabiendo perfectamente que las dos no podían apartar los ojos de mí.
Subió a mi coche con un vestido suelto y la calma de quien ya no tiene prisa. No imaginé que dos días después me pediría que me desviara hasta su puerta.
Bajé del coche para sentarme delante y, en cuanto noté el bulto en su pantalón, supe que aquel taxi no me iba a llevar directa a casa.
Me senté en penumbra, decidida a no tocar a nadie y solo observar. Pero mis dedos tenían otros planes mientras la veía entregarse a dos hombres a un metro de mí.
Mariela reconoció esa voz ronca antes de girarse. El verdadero dueño de la oficina había vuelto, y traía con él todas las viejas reglas.
Me había pasado años cuidando que nadie la mirara de más. Esa tarde, escondido entre las hierbas altas, no podía dejar de mirar yo.
Bajé a media madrugada por un vaso de agua. La puerta del cuarto del fondo estaba entreabierta, y de dentro salía una luz tenue y dos risas cómplices.
Salió del vestuario de espaldas con un bikini que nunca me había mostrado. Sentí celos. Y, sin saber por qué, también empecé a sentir otra cosa.