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Relatos Ardientes

Aquella noche en la duna dejé de ser inocente

Helena había crecido siendo la menos llamativa de su pandilla. Junto a Lorena, una morena de curvas precoces, y Camila, que llevaba el liderazgo y un magnetismo natural que les abría todas las puertas, ella siempre quedaba en segundo plano. La adolescencia se le había hecho larga entre los aparatos dentales, las gafas de pasta y un pelo rebelde que nunca lograba domar.

Algo cambió el verano antes de cumplir los dieciocho. Se quitó los hierros, descubrió las lentillas y dejó crecer su melena hasta que el rubio se le aclaró con el sol. Cuando empezó la universidad, era otra chica. Espigada, de rasgos finos y una boca que sonreía sin proponérselo. Sus amigas la miraron al principio con sorpresa y después con orgullo, como si hubieran descubierto un secreto que llevaban años custodiando sin saberlo.

Llevaba seis meses con Lucas, un compañero de facultad dos años mayor. Formaban la pareja perfecta de la cafetería: él alto, educado, con una sonrisa cómoda de chico bueno; ella colgada de su brazo como si la hubieran inventado para él. Los demás bromeaban sobre lo empalagosos que eran, pero Helena no escuchaba. Estaba enamorada por primera vez y le parecía suficiente para llenar una vida entera.

Lucas fue el primero. Una noche de copas, después de meses retrasándolo, salieron del bar con una excusa improvisada que nadie creyó y aparcaron en el último piso de un centro comercial. El aire dentro del coche pesaba. Helena nunca había visto a Lucas tan tembloroso, ni tan callado.

—¿Estás segura? —preguntó él, con la mano abierta sobre su muslo.

Ella asintió sin hablar. Tenía la boca seca y el pulso en sitios donde antes no sabía que latía.

Se besaron en el asiento trasero hasta que la ropa empezó a sobrar. Él le bajó los tirantes del vestido con torpeza, le besó los pechos por encima del sujetador y después por debajo, y a Helena se le escapó un sonido nuevo que la sorprendió a sí misma. Cuando él se apartó para sacar un preservativo de la cartera, Helena vio por primera vez el cuerpo desnudo de un hombre tan cerca. Sintió curiosidad, miedo y una urgencia que no supo nombrar.

Le costó. Le dolió. Le pidió a Lucas que parara, que esperara, que fuera más despacio. Él la besaba en la frente entre cada empuje y le repetía que la quería, que se relajara. Cuando por fin la penetró del todo, Helena se quedó muy quieta unos segundos, escuchando el motor del aire acondicionado y el latido frenético de su propio cuerpo. Así que esto es, pensó. Esto que tanto se cuenta.

***

Después de esa noche fue como abrir una puerta que ya no podía cerrarse. Lucas y Helena lo hacían en cualquier rincón donde tuvieran intimidad: en el coche, en la casa de él cuando sus padres salían, en el sofá de un amigo, en una escalera de la facultad un viernes a las nueve de la noche. Helena descubrió que su cuerpo respondía con avidez, que el miedo de la primera vez se había transformado en hambre, y que esa hambre tenía un nombre y un dueño.

—Sois insoportables —les decía Lorena cuando los veía besarse en la mesa del bar—. De verdad, conseguid una habitación.

Helena se reía. Sabía que se les notaba todo: los ojos vidriosos, las manos que se buscaban debajo de la mesa, la prisa por irse cuando bajaban el primer cubata. Estaba convencida de que Lucas era el hombre con el que se iba a casar. Lo creía con la certeza ingenua de quien todavía no ha conocido a nadie más.

***

El plan de Sitges nació en julio, en una terraza, entre risas y planos del móvil compartidos. Cuatro amigas, una semana de camping, sol y noches largas. Lucas se quedó en Valencia con cara de niño huérfano y Helena lo besó en la frente prometiéndole videollamadas cada noche. La despedida fue como siempre: ropa por el suelo, besos demasiado largos, una última caricia en la puerta del coche.

El camping estaba a un paso de la playa. Helena, Lorena, Camila y Adriana montaron las tiendas entre las risas torpes de quien no las había clavado en su vida. Antes de terminar, ya tenían compañía: cinco chicos, tres italianos y dos americanos, que las ayudaron con las cuerdas y los piquetes sin que nadie se lo pidiera. Lorena y Camila intercambiaron una mirada cómplice. El fin de semana prometía.

Helena se mantuvo al margen. Repasaba mentalmente la lista de motivos por los que tenía que comportarse: Lucas, la promesa, el cariño, la palabra dada. Pero Tyrone se le sentó al lado en la arena, con una caipiriña en la mano, y todos sus argumentos empezaron a temblar.

Era enorme. Universitario, jugador de baloncesto en alguna ciudad cuyo nombre Helena no supo retener. Casi dos metros, los hombros amplios, los brazos esculpidos y una sonrisa lenta que parecía dedicada solo a ella. La piel de él, oscura y caliente; la de ella, pálida y dorada por el sol. Cuando se rieron juntos por primera vez, Helena sintió el calor instalársele bajo el ombligo y supo, con una claridad que después le daría miedo, que estaba metida en un lío.

—You look at me too much —le dijo Tyrone, con un español apenas masticado.

—Tú a mí también —respondió ella, sin pensar.

Pasaron la tarde en la playa, jugando al vóley, hablando en una mezcla torpe de tres idiomas, rozándose como por accidente. A Helena se le olvidó llamar a Lucas. Cuando se dio cuenta, ya era de noche y los nueve estaban en un chiringuito con una banda tocando versiones de Dire Straits, de los Eagles, de U2. La música, las copas y las miradas hicieron el resto.

***

Hacia la una de la mañana, alguien propuso bajar a la arena. Uno de los italianos sacó una guitarra de no se sabe dónde y empezó a rasgar acordes. Otro repartió chupitos de un Jack Daniel's que pasaba de mano en mano. Helena bebió sin medirse. No quería pensar.

Tyrone le rozaba el brazo cada vez que se reía. Helena se daba cuenta de cómo la miraba y de cómo no era capaz de devolverle la mirada del todo. Cuando los acordes de Sweet child o' mine empezaron a sonar a lo lejos, él le ofreció la mano y ella se la dio sin hablar. Se alejaron descalzos por la orilla, sin decir adónde iban porque ya lo sabían.

El agua estaba caliente. Se desnudaron entre las olas, riendo, asustados de su propia osadía. Helena sintió por primera vez la dureza de Tyrone contra su abdomen y se quedó sin aire. Era distinto. Era más. Era una pieza de un cuerpo que parecía no caberle en las manos.

Lucas, perdóname, pensó ella, sabiendo que ya no había marcha atrás.

Tyrone le besó el cuello y la urgencia hizo lo demás. Volvieron a la arena, se tumbaron sobre una toalla detrás de las dunas y Helena se entregó a lo que llevaba todo el día negándose. Él le recorrió la piel con la boca, le mordió un pezón con cuidado, le abrió las piernas con una paciencia que a ella le sonó nueva. Cada centímetro de su cuerpo le respondía como si llevara años esperando que alguien lo despertara así.

—Slow —le pidió ella, recordando la primera noche con Lucas, recordando el dolor—. Despacio, por favor.

Tyrone obedeció. Entró en ella con una lentitud calculada, llenándola de un modo que Helena no había sentido jamás. Esto no estaba en el manual, pensó. De esto nadie me había hablado. El primer empuje hasta el fondo le arrancó un grito que se perdió entre el rumor de las olas. Le dolió y le gustó al mismo tiempo, en una mezcla que ella no sabía que era posible.

—Dame —le dijo, agarrándole la nuca—. Dame fuerte.

Tyrone le pegó la noche de su vida. La puso boca arriba, la giró a cuatro patas sobre la toalla, la levantó del suelo agarrándola por las caderas. Helena perdió la cuenta de las posturas, perdió la cuenta de los gemidos, perdió la cuenta de su propio nombre. Tuvo dos orgasmos antes de entender qué le estaba pasando, y un tercero, demoledor, cuando él se vino dentro y la calidez la inundó. Se le ocurrió, en un instante de lucidez post-alcohólica, que se le había olvidado por completo el preservativo. No fue capaz de detenerse a pensarlo más.

***

Se quedaron dormidos sobre la toalla, con la piel pegajosa por el salitre y el sudor. A las siete de la mañana el ruido del chiringuito recogiendo las cosas la despertó. Tyrone seguía abrazado a ella, respirando despacio contra su nuca. Helena se levantó con cuidado, recogió su vestido de la arena y caminó descalza hasta donde dormían sus amigas.

En el camping las cuatro se reunieron al mediodía, todas con la misma cara, todas con el mismo silencio incómodo y la misma sonrisa que se les escapaba sin permiso. Camila le pasó un bocata a Helena y le revolvió el pelo.

—No te castigues —le dijo, sin más explicaciones.

Helena no contestó. Se tumbó en la toalla, cerró los ojos y dejó que el sol le borrara los rastros de la noche. Pero el cuerpo le seguía latiendo en sitios que Lucas no había alcanzado nunca.

***

De vuelta a Valencia, Helena se sentó con Lucas en un banco frente al río. Llevaba tres días ensayando la conversación y, aun así, cuando él se acercó con una sonrisa enorme y un café en la mano, casi se le rompió la voz.

—No puedo seguir —le dijo.

—¿Por qué? —preguntó él, sin entender nada—. ¿Hice algo?

—No hiciste nada. Eres tú el que no hizo nada mal —ella sostuvo la taza con las dos manos para que no se le notara el temblor—. Soy yo. Conocí a alguien.

No le dio detalles. No quiso destrozarlo con una imagen que se le quedara grabada para siempre. Lucas lloró. Helena también, pero por motivos que no podía explicarle. Lloraba por la niña que había sido seis meses atrás, por la chica que se había enamorado de su primera vez como si fuera la última. Lloraba por todo lo que se le venía encima, incluido el retraso de la regla que se le acumulaba en la cabeza como una sentencia.

Aquella noche en la duna no había cambiado solamente su forma de querer. Había cambiado lo que ella misma sabía de sí. Y eso, para bien o para mal, ya no tenía vuelta atrás.

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Comentarios (4)

CataMar22

que relato tan hermoso, me dejo sin palabras sinceramente

ManuelGdl

Por favor segui contando, quedé con muchas ganas de saber que pasó despues de esa noche. Esperando la segunda parte!!

LoboSolitario22

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, en serio

ValentinaS

me recordo tanto a mi primera vez, esa mezcla de nervios y emocion que describís es exactamente como lo sentí yo tambien. Los primeros momentos asi nunca se olvidan.

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