Crucé media España por la autora de aquel relato
Empecé a leer aquel relato pasada la medianoche y no lo solté hasta el punto final. Quien lo firmaba se hacía llamar Irene, y entre sus líneas había una mezcla de descaro y ternura que me dejó la garganta seca y los muslos apretados contra el cabecero.
Busqué su correo en el pie de la página. Tardé veinte minutos en redactar tres frases.
«Hola, Irene. Acabo de leer lo que escribiste. No quería cerrar el portátil sin decirte que me ha tocado más de lo que pensaba. Si te apetece, hablamos.»
Lo envié sin releerlo. Si lo releía, no lo enviaba.
A la mañana siguiente, su respuesta estaba en mi bandeja. Educada, sorprendida, agradecida. Decía que el correo se le hacía frío y me pasaba su usuario de mensajería. En diez minutos ya estábamos hablando en directo.
Su foto de perfil era un primer plano de unos ojos marrones, brillantes, mirando hacia un sol que se le metía en las pestañas. Le escribí preguntando lo básico y lo evidente: quién era, de dónde, a qué se dedicaba.
—Sevilla, treinta años, arquitecta en un estudio pequeño —contestó—. Vivo sola en un piso que me queda grande. Pelo largo, ondulado, oscuro. La piel se me pone morena en cuanto sale el sol.
Le devolví la cortesía.
—Veintisiete, autónoma, trabajo desde casa en Valencia. Pelo castaño liso por debajo del hombro, ojos verdes, piel blanca. Más alta de lo que pensaba ser de adolescente.
—Pensaba que la del relato tendría un punto más travieso.
—¿Y quién dice que una arquitecta no lo sea? Diseño plantas y dibujo a mano alzada. No significa que no tenga imaginación.
Me reí sola, con el móvil apoyado en la barbilla. Era ágil con las palabras. Y eso, para mí, es debilidad confesada.
Le tiré la primera carta.
—Yo tampoco soy lo que se dice convencional. Practico BDSM. Soy ama. Lo digo de entrada porque no me gusta que se sepa a la tercera cita.
Tardó. Vi los tres puntos aparecer y desaparecer dos veces.
—Vaya. No me lo esperaba. He oído del tema, claro, pero nunca he estado en ese lado de la habitación. Suena intenso.
—Lo es. No te voy a dar una clase ahora. Solo quería ser sincera.
—Me gusta que lo seas. No sé si encajo, pero la idea no me cierra la puerta. Tiene algo.
Ese «tiene algo» se me quedó pegado a la espalda durante el resto de la conversación. Ella se definía como hetero. Bien. Pero la gente hetero que cierra puertas no contesta así.
Seguimos hablando ligero, casi como dos compañeras de oficina que se han caído bien. El trabajo, lo que nos cansaba, lo que nos hacía gracia. Pero por debajo había un hilo tirante, eléctrico, que ninguna de las dos cortaba.
—Oye, llevamos horas y no me has enseñado quién eres. Una foto, al menos. Para asegurarme de que no eres un señor calvo de cincuenta.
—¿Y yo cómo sé que tú no eres una vieja con tres gatos?
—Tocada. Mira.
Llegó su foto. Blusa blanca, sencilla, el pelo suelto. Sonreía con esa pereza fotogénica de quien sabe que sale bien sin posar. Me mordí el labio sin pensarlo.
Le mandé la mía. Pelo liso, cara lavada, una sonrisa de medio lado.
—Tienes mirada de ir a decir algo peligroso —escribió.
—Quizá lo esté pensando.
—Pues me intimida un poco. Y me gusta.
Cambiamos a fotos de cuerpo entero. La suya era en una playa, con vestido veraniego pegado al cuerpo. Caderas marcadas, pecho generoso, una postura sin ensayar.
—Irene, eres preciosa. Y no en el sentido suave. En el otro.
—Tú pareces una modelo en la versión peligrosa. La que no sabes si va a besarte o a darte una orden.
—Quizá las dos cosas.
A partir de ahí, dejamos de fingir que no íbamos a ese sitio.
***
Su siguiente foto llegó sin previo aviso. Estaba en la cama, con una camiseta amplia caída por un hombro, el tirante negro del sujetador a la vista, los labios entreabiertos. La mirada me llegó directa al estómago.
—Eso ya no es una foto cualquiera.
—Solo estoy en la cama. Ni me he arreglado.
—Justo por eso.
—¿Y qué se te ocurre, ya que te has puesto creativa?
Respiré hondo. Apoyé la espalda contra el cabecero.
—Te subiría la camiseta despacio. Hasta dejarte solo con ese sujetador negro. Y luego pasaría los dedos por debajo del pecho, sin tocarte donde quieres, hasta que me lo pidieras.
Pasaron unos segundos.
—Mmm. Justo pensaba qué sentiría si alguien me lo quitara. Lo difícil es decidir si rápido o muy despacio.
—¿Te gusta un poco de tortura?
—No le tengo miedo. Si me tuvieras delante ahora mismo, ¿qué harías con la camiseta?
Empezaba a sudarme la nuca.
—Te la dejaría arrugada en el cuello. Bajaría con la lengua por el esternón hasta el borde del sujetador. Y ahí me quedaría, soplando, hasta que se te pusiera la piel de gallina.
—Joder, Mara. Estoy húmeda solo de leerte.
Me quedé un segundo mirando el mensaje. Luego le contesté con la verdad.
—Aprieta los muslos. Yo también.
—Sigue. Por favor.
—Te separaría las piernas con las rodillas. Bajaría la boca hasta la cara interna del muslo, justo al borde de la braga, y respiraría ahí. Cuando creyeras que voy a chuparte, me apartaría.
—Eres mala.
—Te haría rogar. Esa es la parte que más me gusta.
—Estoy con la mano dentro mientras te leo. Lo confieso.
Cerré los ojos. La imagen me llegó tan nítida que la sentí en la pelvis.
—Imagina que es mi lengua. Imagina que decido yo cuándo te corres.
Pasaron treinta segundos. Cuarenta. Y entonces apareció el mensaje que no esperaba.
—Mara, lo siento. Es tardísimo y mañana madrugo. Tengo que dormir. Pero joder, me has dejado muy mal.
Lo leí dos veces. Apreté la mandíbula.
—Me dejas igual. Voy a tener que ocuparme yo sola pensando en ti.
Respondió con un emoticono y un «buenas noches» con un corazón rojo. Solo eso.
Apagué la pantalla. Me bajé el pantalón del pijama, separé las rodillas y me toqué con los dedos pegados, casi con rabia. Me corrí pensando en su mirada de la última foto, en el tirante negro, en la frase de la mano dentro. Tardé tres minutos. Me dormí sin lavarme.
***
A la mañana siguiente, abrí la conversación apenas me desperté. Esperaba algo. «No he pegado ojo». «Sigo pensando en lo que me dijiste». Cualquier cosa.
No había nada nuevo. Solo la última línea con el corazón.
Le escribí al mediodía, fingiendo desenfado.
—Buenos días, preciosa. ¿Has dormido bien después de lo de anoche?
Tardó dos horas. La respuesta llegó plana, alegre, casi profesional.
—¡Hola! Dormí del tirón. Hoy tengo el día imposible: una entrega, dos visitas de obra y mil correos. Y este finde me voy a la playa con unas amigas. ¿Tú qué tal?
La leí tres veces. Ni una insinuación. Ni un guiño. Ni un «por cierto, lo de anoche». Como si lo hubiéramos soñado solo yo.
—Bien, trabajando. Aún pienso en lo que me dijiste ayer.
—Jajaja, eres tremenda. Pero en serio, necesito sol y agua fría. Sevilla en agosto es insufrible.
Me quedé mirando la pantalla con la sensación de haberme bajado de un coche en marcha.
—Irene, anoche fue muy intenso. Me dejaste así. Pensaba que a ti también te había afectado.
—Claro que me afectó, mujer. Fue divertido. Pero soy muy natural para estas cosas. Puedo hablar muy caliente y luego cambiar de tema como si nada. No te lo tomes mal.
Lo dejé estar. Salí a caminar. Y mientras pisaba la acera de mi calle me repetía la misma pregunta: ¿qué le pasó por la cabeza para saltar de mi lengua dentro de ella a la arena y las olas en una hora de sueño?
Los días siguientes hablamos de cosas que no me importaban. Sus visitas de obra, mis clientes reales, el calor de cada ciudad. Su frialdad, lejos de aplacarme, me empujó. Esa distancia tiraba de mí como un anzuelo.
Una tarde cerré el portátil con la pantalla a medias. Me planté frente al espejo del recibidor: pelo liso, ojos verdes, mandíbula tensa. Sonreí de medio lado.
Esa misma noche compré un billete de tren. Sevilla, salida al amanecer.
***
Pasé el viaje con la frente apoyada en el cristal, viendo el paisaje secarse y volverse sur. No la avisé. Si la avisaba, me decía que no.
Imaginé la escena durante cinco horas. Me la imaginé abriendo la puerta con el pelo recién mojado de la ducha, con cara de no entender. Me imaginé empujándola contra la pared del recibidor con dos dedos en su muslo. Me imaginé diciéndole al oído que esta vez no se iba a escapar con un «me voy a dormir».
Llegué al portal pasadas las cinco. Toqué el timbre sin pensar.
Tardó. Cuando bajó a abrirme y me vio en la calle, se quedó quieta dos segundos enteros. Llevaba una falda de tubo oscura y la misma blusa blanca de la foto.
—Mara. ¿Qué haces aquí?
—Te dije que tenía ganas de verte.
—Esto es una locura.
—Lo sé. Y sé que lo quieres tanto como yo.
Di un paso. Su perfume era dulce y limpio, con algo debajo que no se compraba. Le rocé la cintura con los nudillos.
—No sé si es buena idea —murmuró.
Le puse el dedo índice en los labios. La empujé suavemente hacia dentro y cerré la puerta con el talón.
La apoyé contra la pared del pasillo, sin brusquedad, con la firmeza de quien lleva el viaje entero ensayándolo. Le desabroché el primer botón. Su piel morena olía a crema corporal.
—Llevas días calentándome y luego hablándome de la playa. Ya no te dejo escapar. Quiero ver si eres tan rica como te imaginé.
Cerró los ojos. No se apartó.
Le abrí la blusa entera y le bajé los tirantes del sujetador con los pulgares. Bajé la boca a su cuello, despacio, y luego a la clavícula. Soltó un suspiro corto, casi sorprendido.
Le desabroché el cierre. Sus pechos cayeron contra mis manos. Me los llevé a la boca con calma, uno y otro, mientras le subía la falda con la rodilla. Cuando le rocé la braga con los dedos, ya estaba empapada.
—Mara, no me hagas esperar.
—Te he hecho esperar el tren entero. Aguanta un poco más.
La llevé al sofá del salón, casi a empujones. La senté con la falda en la cintura, le bajé la ropa interior y le abrí las piernas. Le clavé los ojos antes de bajar la boca.
El primer lametazo le arrancó un grito corto. Tenía un sabor que había imaginado seis horas y a la vez ninguno conocido. Le metí dos dedos, le lamí el clítoris con la punta, le mordí suave la cara interna del muslo. Me agarraba el pelo con las dos manos como si fuera a caerse del sofá.
—Mara, por favor… más…
—Córrete en mi boca. No te aguantes.
Se arqueó entera. Me empapó la barbilla, los dedos, el cuello. Le seguí lamiendo despacio mientras temblaba, hasta que tuvo que apartarme la cabeza con las dos manos.
Me senté sobre sus muslos, desnuda de cintura para abajo. Le cogí la mano y la guié.
—Ahora tú.
Me miró con los ojos brillantes. Me metió los dedos sin avisar, hondo, y con la otra mano me buscó el clítoris. La boca se le quedó pegada a uno de mis pezones, succionando con avidez. Yo me moví sobre su mano sin disimulo, con la pelvis adelantada, los muslos cerrados sobre sus dedos.
—Más fuerte. Quiero correrme en tu mano.
Obedeció. Aceleró. Cuando me corrí, le clavé las uñas en el hombro y solté un grito que se oyó en el descansillo.
Caí sobre su pecho, jadeando. Me besó la frente, suave, casi tierna.
—Mara… ha sido el mejor polvo de mi vida. Nunca había sentido algo así.
Le acaricié la mejilla. Aún tenía el pulso en la garganta.
—Te lo dije. Conmigo no ibas a poder escapar.
Se rió bajito. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa que no le había visto en ninguna foto.
—Creo que ya soy tuya.
Me quedé tumbada a su lado, con su mano en mi cintura y el techo dando vueltas. Había empezado leyendo un relato a medianoche. Y ahora la autora estaba debajo de mi brazo, callada, mía.