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Relatos Ardientes

El último turno con mi ginecóloga

Todavía no entiendo del todo cómo terminé donde terminé. Casada hace once años, dos hijas chiquitas, un trabajo estable en un estudio contable y una vida que se podía describir, hasta esa noche, con la palabra «previsible». Si alguien me hubiera dicho, dos meses atrás, que iba a terminar desnuda sobre la camilla de mi ginecóloga, con su lengua entre mis piernas, le habría contestado que estaba loco.

Me llamo Renata y la doctora se llama Florencia. La conocí hace casi diez años, en mi primer embarazo. Atendió los dos partos y desde entonces no dejé que me revisara nadie más. Tenía esa forma de hablar tranquila que te hacía olvidar que estabas con las piernas abiertas frente a una desconocida. Con el tiempo dejó de ser una desconocida.

Nuestras consultas siempre se alargaban. Hablábamos del colegio de las nenas, de su gata, de una serie nueva, del libro que ella estaba leyendo. Las pacientes que esperaban afuera se quejaban en voz baja, y yo salía siempre pidiendo disculpas con la sonrisa de quien sabe que la consulta fue más sesión de café que revisión médica.

El año pasado, en un control de rutina, me contó que se estaba separando. Lo dijo mientras se ponía el guante, casi al pasar, como si fuera una nota al margen. Pero la voz le tembló. Le pregunté si quería contarme más y me dijo que no, que mejor seguir trabajando. Esa tarde la revisión fue más lenta. Sentí que sus dedos se demoraban un segundo de más, que su tacto en mis pechos era distinto, más blando, menos clínico.

—Tenés un cuerpo precioso, Renata —me dijo casi de la nada, mientras me examinaba los pechos—. Si fuera lesbiana, ya estaríamos en problemas.

Me reí, nerviosa. No supe qué contestar. Lo único que se me ocurrió fue:

—Capaz que el problema sería mío.

Lo dije sin pensar. Lo dije con esa voz medio risueña que se usa para tapar la verdad. Pero la verdad ya estaba en el aire. Florencia se quedó callada unos segundos, con la mano apoyada todavía sobre mi pecho. Después la dejó caer, sonrió y dijo:

—La próxima vez, pedime el último turno. Así no te corro.

Asentí. No dije más. Me vestí detrás del biombo con las piernas flojas y me fui sin mirarla.

***

Pasaron tres semanas. Me hice los estudios que me había pedido y demoré todo lo que pude en llamar para el turno. No por desinterés. Por miedo. Lo único que pensaba era en lo que había dicho ella, en la manera en la que me había mirado, en mi propio comentario. Capaz que el problema sería mío.

Cuando finalmente llamé, atendió Tamara, la secretaria, una chica jovencísima que recién empezaba la facultad. Le pedí turno. La escuché tipear, mover papeles, pasar las hojas de la agenda.

—Tengo todo lleno mañana, ¿le sirve el último, a las ocho de la noche?

Sentí que el corazón se me caía al estómago. Le dije que sí con una voz que no era la mía.

Esa noche, en casa, fue todo distinto. Mi marido lo notó. Estuvo entre mis piernas un rato largo y yo le pedí cosas que nunca le pedía. Cerré los ojos y pensé en Florencia. Acabé con una intensidad que me dejó temblando, y él me preguntó qué me había agarrado. Le dije que no sabía. Era mentira. Sabía perfectamente.

***

Al día siguiente elegí la ropa interior con un cuidado que me daba vergüenza. Un conjunto de encaje negro que había comprado para nuestro último aniversario y que casi no había usado. Encima, una blusa de seda gris y una pollera entallada. Me maquillé los ojos. Me puse un perfume nuevo. Me miré al espejo y me pregunté qué estaba haciendo. No me contesté.

Llegué al consultorio diez minutos antes de las ocho. Tamara ya estaba guardando las cosas en su mochila, lista para irse. Me saludó con una sonrisa.

—Pase, la doctora ya termina con la paciente anterior.

Me senté en la sala de espera y traté de leer una revista vieja. No entendí una sola línea. A los pocos minutos salió una mujer embarazada agradeciendo a Florencia, y ella me hizo pasar.

El beso de saludo duró un segundo más de lo que debía. Su perfume me golpeó. Era un perfume intenso, dulce, demasiado dulce para haber estado puesto desde la mañana. Lo había renovado para mí. Lo supe en ese instante.

—Andate tranquila, Tami —le dijo a la secretaria desde la puerta—. Yo cierro.

Escuchamos la puerta de calle cerrarse. Florencia se giró, sin sacarse la sonrisa, y me señaló la silla frente al escritorio.

—A ver esos estudios.

Hizo todo como si fuera una consulta cualquiera. Miró los papeles, marcó algo con un resaltador, comentó algún valor. Yo no entendía nada de lo que decía. Solo le miraba la boca.

—Está todo perfecto —dijo apoyando los papeles—. Pero igual te voy a revisar.

—Bueno —contesté.

Me paré, fui detrás del biombo y empecé a sacarme la ropa con una lentitud que no era casual. Me dejé asomar un poco. Cuando levanté la vista, ella me estaba mirando. No disimuló. Sostuvo la mirada.

—Lindo conjunto —dijo desde el otro lado del consultorio.

—¿Te gusta? —pregunté, con una voz más firme de lo que esperaba.

Me giré despacio, dejándola verme entera, y empecé a sacarme el corpiño. Después la bombacha. La dejé caer al suelo y la pateé a un costado. Florencia se acercó con la bata blanca abierta entre las manos.

—Vení, te la pongo.

Me la apoyó sobre los hombros sin atarla. Sus dedos rozaron mi nuca. La bata quedó suelta, casi de adorno, y caminé hasta la camilla con ella abierta hacia adelante, completamente desnuda por debajo.

Me senté. Abrí las piernas. Florencia se acercó con el banquito y se ubicó entre ellas, como tantas otras veces, pero todo era distinto. Me miró desde abajo, con los ojos brillantes.

—¿Y tus cosas? —le pregunté, para romper el silencio.

—Iguales. Pero hoy no quiero pensar en eso.

—Bueno.

Apoyó la mano en mi muslo interno. Una caricia, no un movimiento médico. Subió hasta casi rozarme y se detuvo.

—Te voy a hacer un tacto.

—Hacelo.

Su mirada fue hasta la caja de guantes y volvió a la mía.

—Por mí, sin guantes —dije.

Lo solté como si lo hubiera ensayado, pero me salió del estómago. Florencia sonrió, apenas. Esa sonrisa fue lo que destrabó todo.

El dedo del medio entró despacio. Después el índice. No era un tacto. Era otra cosa. Sus dedos se movían adentro mío con una intención que no tenía nada de clínica, y su pulgar empezó a buscar el clítoris en círculos lentos.

—Estás muy mojada para una consulta de control —dijo en voz baja.

—Estoy muy caliente.

—¿Mucho?

—Muchísimo.

—Tengo un problema, ¿sabés? —siguió, con la voz cambiada, jugando—. Con los dedos no me alcanza para evaluar bien tu pH.

—¿No?

—No. Tendría que hacerlo de otra forma.

—¿Qué forma?

—Con la lengua.

Sentí que se me escapaba un suspiro. Me arqueé hacia ella sin querer.

—Hacelo.

—No te voy a chupar, eh —dijo, con una sonrisa de costado—. Solo te voy a evaluar.

Bajó la cabeza despacio, y cuando su lengua tocó por primera vez mi clítoris pensé que me iba a desmayar. La sentí recorrerme entera, una sola vez, lenta, como si efectivamente estuviera buscando un sabor. La sentí volver. La sentí hundirse, abrirme, lamer adentro. Le agarré la cabeza con las dos manos y le apreté la cara contra mí.

El orgasmo me agarró sin aviso. No fue un orgasmo común. Fue algo que me sacudió de adentro hacia afuera, una corriente que me obligó a doblarme sobre la camilla y a aplastarle la cara a Florencia contra mi sexo hasta que ella misma tuvo que tomarme las muñecas para soltarse a respirar.

—Tranquila —se rió, levantando la cabeza, con la boca y el mentón mojados.

La miré así, con mi humedad sobre su cara, y supe que no me iba a alcanzar con eso. La agarré del cuello, la levanté de un tirón y la besé. Le lamí la comisura de los labios para sentir mi propio sabor. Siempre me había excitado la idea y nunca me había animado a probarlo con mi marido. Con ella, no dudé un segundo.

—Sacate todo —le ordené.

***

Le saqué el ambo despacio. Le saqué la remera de abajo. Le desabroché el corpiño. Tenía los pechos más chicos que los míos, blancos, con los pezones oscuros y muy duros. Le tomé uno con la boca y ella se aflojó contra mí, agarrándome el pelo, suspirando palabras que no llegué a entender.

Bajé hasta su ombligo, despacio. Le saqué el pantalón y la bombacha de un solo tirón. Cuando la vi así, sentada en la camilla con las piernas abiertas y el sexo completamente depilado, brillante, me quedé un instante mirándola.

—Nunca había estado así, frente a otra mujer —dije, casi para mí misma.

—Tomate tu tiempo.

Eso hice. Me arrodillé entre sus piernas, le besé los muslos, le besé las ingles, le pasé la lengua por el pliegue donde la pierna se une al sexo. La sentí estremecerse. Subí. Probé. El sabor de otra mujer en mi boca me dio un vértigo que no esperaba, y al segundo siguiente ya no podía parar.

La chupé como me había chupado ella a mí, copiando lo que me había gustado. Empecé por afuera, recorriéndola entera. Después busqué el clítoris y me quedé ahí. Florencia me agarró del pelo con las dos manos y empezó a moverse contra mi boca, dictándome el ritmo.

—Más fuerte —me pidió.

La mordí. No sé por qué, pero la mordí, apenas, y ella gritó y me pidió que lo hiciera de nuevo. La chupé y la mordí en partes iguales hasta que su cuerpo empezó a temblar entero y me dejó la cara empapada.

—Basta, Renata —me dijo después de un rato, tirándome del pelo—. Basta que me matás.

—Eso quiero —le contesté, y volví a hundirme.

Me dejó hacer un par de minutos más antes de tomarme con firmeza de los hombros y subirme hacia ella.

—Dame un segundo. No me puedo mover.

Me quedé ahí, recostada contra su pecho. Le escuchaba el corazón. El consultorio entero olía a sexo, a su perfume, a transpiración. Pensé en mi marido esperándome con la cena. Pensé en mis hijas. Pensé en que tenía que inventar algo. No me importó demasiado.

***

Llegué a casa pasadas las diez. Le dije que se había cortado la luz en el edificio del consultorio, que la última paciente había demorado, que no me había animado a perder el turno. Él me preguntó si había comido. Le dije que no, que tenía un hambre tremenda. Le dije la verdad sin querer.

Me metí en la ducha antes de cenar. Bajo el agua caliente me lavé la cara, el cuello, las piernas, todo despacio. Cuando el agua me corrió por la boca y sentí que se llevaba el último resto del sabor de Florencia, me agarré del azulejo y pensé que no quería que se fuera. Cerré los ojos. La vi otra vez sobre la camilla, con las piernas abiertas para mí, pidiéndome más.

Bajé a cenar con mi marido. Le sonreí. Le serví el vino. Y mientras él me contaba algo del trabajo, yo ya estaba pensando en cuándo iba a pedir el próximo turno.

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Comentarios (4)

Mishi_lectora

Increible relato, me dejo sin palabras!! Esperando ansiosa la segunda parte.

CurioNocturno

Buenisimo. El momento en que la puerta se cierra... dios mio. Se hizo corto, queremos mas!

SofiaEnX

Que tension tan bien manejada desde el principio hasta el final. Se siente real, no forzado. Me encanto como esta escrito.

lino40

jajaja nunca mas voy a ver un consultorio medico de la misma manera. Tremendo relato.

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