El tendero del barrio esperó a que cumpliera dieciocho
Para Camila era costumbre saludar a don Rafael cada vez que cruzaba la puerta de la tienda de la esquina. Lo había visto detrás del mismo mostrador desde que tenía memoria, con el mismo delantal verde y la misma sonrisa amplia. Por eso le costó tanto entender en qué momento la mirada del tendero había cambiado.
Camila se había desarrollado pronto. Era bajita, como su madre, pero las caderas le habían crecido de un verano para otro, y los pechos pedían a gritos sostenes más serios. Cuando empezó a usar shorts más cortos y blusas ajustadas, don Rafael pasó de mirarla como a una sobrina a mirarla como a una mujer.
—Hola, Camilita. ¿Qué te voy a dar? —dijo aquella tarde, apoyado en el mostrador.
—Buenas tardes, señor. Un refresco, por favor.
—Toma, va por la casa.
—¡No, cómo cree!
—Insisto. Es un honor servirle a una nena tan linda.
Ella sonrió incómoda y buscó la puerta. Él insistió antes de que llegara al umbral.
—¿Y todavía no tienes novio?
—No.
—Pues qué bobos los muchachos. Con esos pantalones se te ve un cuerpo de revista.
Camila salió casi corriendo. Nunca le habían dicho algo así, y menos un señor de la edad de su padre. Esa noche apenas pudo dormir pensando que tendría que volver al día siguiente, porque su madre nunca dejaba de mandarla por algo: pan, aceite, cigarrillos. La tienda estaba a cincuenta metros y no había alternativa.
Al día siguiente fue por aceite. Cuando llegó al mostrador, el tendero le sonrió con una ternura calculada.
—Camila, perdón por lo de ayer. Me excedí.
—…No pasa nada.
—¿Qué te doy?
—Aceite del normal.
—Aquí tienes. Son veinticinco.
Ella pagó aliviada y giró hacia la puerta. Estaba a punto de salir cuando lo escuchó murmurar entre dientes, creyendo que ya no lo oiría.
—Qué pedazo de culo tienes, mami.
Camila apretó los puños y caminó más rápido. Esa noche, en la cocina, le contó a su madre lo que pasaba. Doña Inés se rio mientras pelaba papas.
—Don Rafael es así con todas. Hasta a mí me dice cosas. Es inofensivo, hija, no te lo tomes en serio.
Las hermanas de su madre, que esa semana se reunían en la casa para organizar la fiesta de dieciocho, asintieron. Todas tenían anécdotas con el tendero. Una promesa de boda barata, un piropo subido de tono, una invitación rechazada con risas. Camila terminó tranquilizándose. Si era inofensivo, sus comentarios eran casi una broma del barrio.
Volvió a la tienda con esa idea.
—Don Rafael, deme pan.
—Te doy todo lo que quieras, mamacita.
—Solo pan, gracias.
—De nada, cosita rica.
Y ella, en lugar de huir, sonrió camino a su casa. Ahí quiero morir, Dios mío.
***
El día de su cumpleaños la despertaron con regalos. En el colegio sus amigas le cantaron en la primera hora y le entregaron una caja de cartón pintada a mano. Por la noche, la casa se llenó de tíos, primas, vecinos y compañeros de clase. La música empezó pasadas las nueve. Su madre le permitió una cerveza, y luego otra, porque «hoy es el día». Camila ya estaba algo achispada cuando unas manos firmes la tomaron por la cintura desde atrás y la hicieron girar.
—¡Feliz cumpleaños, Camilita!
—¡Don Rafael!
Era la primera vez que lo veía fuera de la tienda. Llevaba camisa blanca, jeans oscuros y un perfume que olía a madera. Sus manos, gruesas y un poco ásperas, le acariciaron la espalda al abrazarla, y Camila sintió un escalofrío que no esperaba. Antes de soltarla, él se inclinó y le habló al oído con una voz baja, ronca, distinta a la del mostrador.
—Ya tienes edad para que te dé una buena cogida, nena.
Ella se separó de golpe, con los ojos abiertos. Don Rafael ya estaba sonriéndole al padre de Camila, dándole una palmada en el hombro.
—Por fin saliste de tu cueva —le dijo su padre.
Resultó que don Rafael y su padre habían sido compañeros de colegio. Tenían la misma edad: estaban por cumplir los cuarenta. Camila se enteró aquella noche de que el tendero nunca se había casado, que había cuidado a sus padres hasta el final y que vivía solo en la casa pegada al negocio. Era más alto que su papá, más ancho de hombros, con canas en las sienes y unas venas que le subían por los antebrazos. No era guapo, pero tenía una presencia que llenaba la habitación.
Camila lo miró bailar con sus tías. Lo miró reírse. Lo miró servirle vino a su madre. Y sintió, por primera vez en mucho tiempo, una curiosidad que le pesaba en el bajo vientre.
Al día siguiente fue a la tienda con los shorts más cortos que tenía. Un regalo para ese viejo, pensó. Cuando don Rafael la vio entrar, dejó caer la caja de galletas que tenía en la mano.
—Dios mío bendito.
—Hola, don Rafael.
Ella se agachó frente al estante de las papas fritas, fingiendo buscar un sabor concreto. La tela del short crujió contra sus muslos. Cuando se levantó, el tendero tenía la boca abierta y los ojos clavados en sus caderas.
—¿Cuánto le debo?
—¿Cuánto te debo yo a ti, mami?
—En serio.
—¿Me dejarías tocarte el culo?
—¡Don Rafael!
—Olvídalo. Llévatelas, nena.
Salió esperando una segunda frase atrevida, pero esta vez no la hubo. Repitió la dosis al día siguiente. Fue por cigarros de su padre justo antes de que cerrara.
—Deme cigarros para mi papá.
—Ese vicio lo va a matar.
—¿Y usted no tiene vicios?
—Sí. Tu culo es mi vicio.
—No sea grosero.
—Mira cómo me pones, ingrata.
Le agarró la mano y se la pasó por encima del pantalón. El bulto estaba duro y era grueso. Camila intentó retirar la mano, pero él la mantuvo ahí dos segundos, tres, cuatro, antes de soltarla. Luego le pasó la cajetilla entre las nalgas, despacio, como una tarjeta de crédito, y se la entregó.
—Llévale los cigarros. Te está esperando.
Camila caminó las dos cuadras hasta su casa con los pezones duros y la respiración corta. Qué mierda está pasándome.
***
Probó volver al día siguiente con jeans, pero don Rafael la atendió como a cualquier vecina y ni la miró. Lo mismo durante una semana entera. Camila iba sacando del armario las prendas más ajustadas que tenía —faldas, leggings, una minifalda heredada de su prima—, y el tendero seguía indiferente. Hasta el domingo, en que de pronto la miró como si la viera por primera vez.
—Hoy podrías darme un adelanto.
—¿Y qué se le antoja, si ni me mira?
—¿Puedes o no?
—Dígame qué quiere.
—Aprovechando que traes falda, ven y recárgate en el refrigerador de las paletas.
El refrigerador estaba al fondo de la tienda, donde nadie veía. Camila tragó saliva y avanzó. Se apoyó contra la puerta de vidrio sintiendo el frío en la frente. Don Rafael caminó hasta la entrada, echó el pestillo y volvió hacia ella.
—De panza. Abre las piernas.
Ella obedeció. Sintió cómo la falda le subía hasta la cintura y cómo la mano callosa apartaba su tanga. Cuando los dedos del tendero la tocaron entre las piernas, separó un poco más los muslos sin pensarlo. No era su primera vez —había estado con un chico del colegio que duraba dos minutos y se dormía—, pero sí era la primera vez que alguien se tomaba el tiempo.
—Mira qué mojada estás, muchacha.
Camila apretó los labios contra el vidrio. Los dedos del tendero entraban y salían despacio, encontraban su clítoris, lo rodeaban. Un orgasmo pequeño, inesperado, le sacudió las piernas. Estaba a punto de doblarse cuando una voz familiar entró por la puerta.
—¡Don Rafael, buenas!
Era doña Inés. Su madre. Camila contuvo la respiración y don Rafael le sostuvo la espalda con una mano para que no se levantara.
—Doña Inés, ¡qué milagro!
—Vine por un litro de leche. ¿Mi Camila no anda por aquí?
—Habrá salido con los amigos. Es la edad.
—Seguro. Cóbreme.
—Veinte, por favor.
Su madre pagó, dio las gracias, y cuando ya estaba en la puerta, don Rafael agregó en voz alta, riéndose.
—¡Tan guapa como siempre, señora!
—¡Cállese, descarado!
La puerta sonó al cerrarse. Camila respiró por primera vez en dos minutos. El tendero le bajó la tanga hasta los tobillos y le susurró sobre la nuca.
—La verdad estás más rica que ella hace veinte años.
Bajó la cabeza entre sus nalgas y empezó a lamerla sin pedir permiso. Camila se mordió el dorso de la mano para no gritar. Nunca le habían hecho eso. La lengua del tendero recorría todo, sin prisa, alternando entre su sexo y el clítoris, mientras los dedos volvían a hundirse dentro. Un segundo orgasmo, más fuerte, le aflojó las rodillas. Se fue de panza contra el vidrio del refrigerador y se quedó ahí, jadeando, con los muslos temblando.
—Hoy hasta ahí, mami. Lo demás te lo cobro otro día.
—¿Y cuándo es otro día?
—El sábado. Cierro a las diez. Llega antes. Y ponte falda.
***
Ese sábado había de todo: el cumpleaños de su amiga Sofía, una boda a la que iban sus padres, una salida con su exnovio para «hablar». Camila puso pretextos a los tres. A los padres les dijo que dormiría en casa de Sofía. A Sofía le dijo que se reconciliaría con el ex. Al ex le dijo que iría a una boda con sus padres. A las nueve y media salió con un vestido corto, las zapatillas que solo usaba en fiestas y un maquillaje que se había hecho dos veces.
Entró a la tienda en silencio. Don Rafael bajó la persiana, apagó las luces y la llevó por una puerta que ella nunca había visto, escondida detrás del estante de las galletas. Cruzaron un pasillo corto y desembocaron en el salón de la casa. Olía a tabaco y a colonia.
—¿Adónde me lleva?
—Al paraíso, nena.
—¿O me va a mandar otra vez a casa cachonda?
—¿Ya se arrepintió?
—Estoy aquí.
Las manos del tendero le levantaron el vestido en cuanto cruzaron el umbral del dormitorio, como si necesitara confirmar que esas nalgas seguían existiendo. La empujó suavemente hacia el borde de la cama.
—Súbete. En cuatro. Levanta el culo.
Camila se acomodó, arqueó la espalda y dejó las nalgas en alto. Sintió las palmas ásperas recorrerla, separar, presionar. El calor entre sus piernas regresó. Cuando creyó que vendría la lengua, sintió algo distinto: una textura rígida que vibraba. Un dildo grueso buscaba la entrada de su ano. Pegó un respingo.
—¡Me duele!
—Bueno, bueno.
Don Rafael apartó el aparato, escupió y lo volvió a colocar con paciencia. Esta vez resbaló centímetro a centímetro. Camila empezó con soplidos cortos que se convirtieron en gemidos largos. Cuando el dildo entró por completo, el tendero hundió la cabeza entre sus nalgas y la lamió hasta hacerla rogar.
—¡Cógeme ya, por favor!
—Espera. Falta el otro.
Una segunda textura, igual de gruesa, empujó contra su sexo. Camila gritó. El tendero la sostuvo del pelo con la mano libre mientras empujaba el segundo juguete hasta que también vibraba dentro de ella.
—Haaay, ¿qué me hace?
—Te lleno entera, mi puta.
Se sentó frente a ella con los pantalones por los tobillos. Su verga estaba justo frente a la cara de Camila, gruesa y oscura. Ella apenas podía abrir la boca por la vibración de los aparatos, pero sacó la lengua y empezó a lamer el tronco. Don Rafael le puso la mano en la nuca y la fue empujando con suavidad hasta sentir la garganta abierta. Camila chupó como nunca había chupado a nadie. La saliva escurría por las comisuras, los juguetes vibraban dentro y los muslos le ardían.
—Vamos a probar ese chochito, muñeca.
Le sacó el dildo del sexo, escupió la verga y entró de un empujón. Camila se mordió la sábana.
—Llevo años esperando que cumplieras los dieciocho para hacerte esto.
—Haaaa.
—Desde que te empezó a cambiar el cuerpo. Me obsesioné contigo, mami.
El otro juguete seguía vibrando dentro de su ano. Don Rafael lo empujó más adentro mientras la cogía. Camila mordía la almohada para no gritar. Tres orgasmos seguidos la dejaron sin fuerzas en las piernas, temblando.
—Vamos a probar esa colita.
Le sacó el dildo del ano, lo sustituyó por otro más grande en el sexo y entró en sus nalgas él mismo. Camila lloró del dolor los primeros segundos. Las lágrimas le mojaron las mejillas. El tendero no paró. La sostuvo de las muñecas y siguió embistiendo despacio, dándole tiempo a acostumbrarse, hasta que el dolor se mezcló con un placer raro, oscuro, que ella no entendía pero tampoco quería que terminara.
—¿Ya te habían usado el culo, nena?
—No, nunca.
—Entonces lo estoy estrenando. Gracias, Dios.
Cuando él acabó, los chorros calientes le mojaron la espalda. Camila respiró hondo y miró el reloj de la pared. Pasada la medianoche. Pensó que ya estaba, que se vestiría e iría a casa. Pero don Rafael volvió a tumbarla, le subió las piernas a sus hombros y la besó por primera vez. Un beso largo, con lengua. Y luego empezó de nuevo.
—Tengo fotos tuyas en la computadora —le confesó al oído mientras la penetraba—. Te grababa el culo cada vez que entrabas en la tienda. Esperé pacientemente este día.
—Qué cerdo eres.
—Y te encanta.
***
Camila despertó con el sabor a semen en la boca y la espalda contra el colchón. Don Rafael estaba detrás, penetrándola de lado, con el ritmo tranquilo de quien lleva horas haciéndolo.
—¿Qué hora es?
—Las nueve. Deberías ir a casa, mami, o se preocuparán.
Se vistió a las apuradas, las zapatillas en una mano, el vestido arrugado. Salió por la misma puerta secreta y caminó las dos cuadras con las piernas temblando. Cuando entró a su casa, todos seguían dormidos. Olía a vino de la boda. Se metió a la ducha sin hacer ruido. Tenía chupetones en el cuello, las nalgas coloradas, el clítoris en carne viva. Apenas pudo soportar el agua caliente sobre la piel. Se acostó, se tapó hasta la cabeza y durmió hasta la noche.
El lunes por la mañana, camino al colegio, lo cruzó barriendo la vereda frente a la tienda.
—Buenos días, niña. Corra que se le hace tarde.
—Viejo puerco.
—¿La veo en la tarde para mandarle cigarros a su papito?
—Lo veo al rato, viejo cabrón.
Y cuando doña Inés salió detrás de su hija para regar las macetas, el tendero alzó la voz por encima del muro.
—¡Señora, tan guapa como siempre!
—¡Ay, don Rafael, cállese!
Camila se rio sola mientras caminaba. Sabía que el pacto estaba cerrado. Sería su puta cada vez que él quisiera. Lo que no sabía —pero empezaba a sospechar— era que don Rafael llevaba dos décadas esperando esa misma noche con su madre, y que tal vez, ahora que la tienda tenía nueva clientela, iba a intentarlo también con ella.