La tormenta llevó a cuatro hombres hasta su puerta
Elena llevaba tres años sola en aquella casa de piedra entre los montes de Arratia. Cuarenta y dos años, metro setenta y cinco, una figura de curvas pronunciadas que ella misma había dejado de medir con los ojos de los demás. Tenía gallinas, cuatro cabras, un huerto que le daba verdura para todo el año y una chimenea que en invierno no apagaba nunca. Le bastaba. O al menos eso se había convencido.
Su vida giraba en torno a los ritmos lentos de la tierra: las gallinas al amanecer, las cabras al mediodía, el huerto al atardecer. Nadie la visitaba salvo el cartero de los martes y el hombre de la ferretería del valle. Nadie más. Y Elena lo había elegido así, o al menos eso se repetía cuando los días se hacían demasiado silenciosos.
Esa tarde había empezado a nevar pasadas las tres. Ella cargaba leña desde el cobertizo cuando vio que los copos se espesaban y el camino de tierra comenzaba a desaparecer bajo una capa blanca. Cerró la puerta, apiló los maderos junto al hogar y encendió el fuego. Afuera, el viento arañaba los cristales.
A unos cuarenta minutos de allí, aunque ella aún no lo sabía, cuatro hombres habían abandonado una sucursal bancaria del valle de Ulzama en un coche robado. La nevada, una curva cerrada y demasiada velocidad habían hecho el resto: el vehículo voló por el terraplén y quedó volcado entre los pinos nevados, inservible para cualquier uso.
Los cuatro salieron a pie.
Roberto era el mayor, cincuenta y un años, hombros anchos, mandíbula cuadrada, el tipo de hombre que parece construido a base de circunstancias difíciles. Marcos tenía cuarenta y seis, el pelo entrecano y unas manos que parecían herramientas. César, cuarenta y tres, delgado y callado, con algo en los ojos que nunca terminaba de apagarse del todo, al que todos llamaban simplemente «el Largo» por razones que se hacían evidentes cuando se quitaba los pantalones. Y Andrés, treinta y tres años, el más joven, el más guapo, el que caminaba sobre la nieve como si el frío no le afectara en absoluto.
Fue Marcos quien vio la luz en lo alto de la loma.
—Ahí hay una casa —dijo, señalando entre los árboles con la barbilla.
—Está lejos —respondió Roberto.
—Aquí nos quedamos congelados.
—Entonces empecemos a caminar —dijo Andrés, y ya iba.
Tardaron cuarenta minutos en llegar al porche de piedra. Roberto llamó tres veces.
***
Elena se quedó inmóvil cuando abrió y los encontró allí. Cuatro hombres empapados, con la ropa pegada al cuerpo y el aliento formando nubes blancas en el aire helado. Su primer instinto fue cerrar la puerta. El segundo fue mirar los ojos del que estaba al frente: cansados, directos, sin la amenaza concreta que ella habría sabido nombrar.
—Perdone la hora —dijo Roberto con voz grave—. El coche se salió en la curva de abajo. Vimos la luz desde los pinos. ¿Podría dejarnos entrar mientras buscamos la forma de avisar a alguien?
Elena los miró uno a uno. Cuatro hombres. Noche cerrada. Nieve en los montes. Ningún teléfono funcionaba bien con ese tiempo.
—Pasen —dijo al final, abriéndose de lado.
La casa olía a leña y a las lentejas que llevaban media hora al fuego. Los hombres entraron en fila, cargando el frío consigo. Elena los observó mientras miraban la estancia: pequeña, ordenada, la chimenea encendida, la mesa de madera en el centro. Las miradas rápidas de quienes calculan un espacio antes de decidir cómo ocuparlo.
—Dejen la ropa mojada junto al fuego —dijo ella—. Si no, no hay manera de entrar en calor.
Se desprendieron de chaquetas, pantalones y calcetines con la naturalidad de quien lleva horas helado y ya no le importa el pudor ajeno. Elena apartó la vista. O lo intentó. Cuatro cuerpos masculinos distribuidos por su salón, que ese espacio nunca antes había conocido. El olor distinto que traían, el volumen que ocupaban, la gravedad que cambia cuando hay hombres en una habitación.
Hacía mucho tiempo que no había ninguno.
—¿Tienen hambre? —preguntó—. Hay lentejas para todos.
Andrés fue el primero en sonreír.
—Es usted muy amable, señora.
Elena fue a la cocina. Desde allí podía escuchar el rumor de sus voces, no las palabras sino el tono. Algo sobre ella. Una risa corta y contenida. Se ajustó la blusa automáticamente.
Y entonces, sin pensarlo demasiado, desabrochó el botón de arriba.
A ver qué pasa, pensó. Y no se reconoció del todo en ese pensamiento.
***
Cuando volvió con la olla humeante, César se levantó para ayudarla. Sus manos rozaron las de ella al recogerla y la miró un momento más de lo necesario. Elena notó el calor subirle al cuello.
Roberto sirvió los platos. Marcos sacó una botella de algo fuerte de la mochila. Bebieron los cinco sin brindis ni palabras.
Durante la cena, Elena se encontró mirando a Andrés cuando él no la miraba, y mirando a los demás cuando él sí lo hacía. Cuatro hombres distintos, pero todos con esa misma presencia física que ella había olvidado cómo manejar. La forma en que ocupaban el espacio. El peso de sus voces. El olor a hombre mojado que se secaba junto al fuego.
Fue César quien rompió el equilibrio. Con el pretexto de recoger los platos, se colocó detrás de la silla de Elena y apoyó las manos en el respaldo. Ella sintió su aliento en la nuca.
—Bonita casa para estar sola —dijo él en voz baja.
—Me gusta la soledad —respondió Elena, mirando al frente.
—Esta noche no lo parece.
Ella no contestó. La mano de César bajó despacio por su hombro hasta rozar el borde del escote que ella misma había abierto. Elena no se apartó.
—¿Hace mucho? —preguntó él.
—Demasiado —dijo ella. Y la palabra salió sola, sin ningún plan.
César inclinó la cabeza y le rozó el cuello con los labios. Elena cerró los ojos. El sonido del fuego. El olor de los cuatro hombres. El calor que empezaba a concentrarse en lugares que ella había olvidado que existían.
***
Marcos se acercó por el otro lado. Sus manos grandes encontraron los pechos de Elena sobre la blusa y ella exhaló lentamente, como quien suelta un peso que lleva demasiado tiempo cargando. Roberto observaba desde su silla con los brazos cruzados y una expresión que no era exactamente indiferente. Andrés permanecía de pie junto a la chimenea, mirando sin disimulo.
Elena se puso de pie. Los dos hombres que la flanqueaban tuvieron que retroceder un paso. Ella los miró a los cuatro, uno a uno.
—Si esto va a pasar —dijo—, que pase bien.
Nadie protestó.
César le desabrochó la blusa despacio, botón a botón. Marcos le soltó el sujetador por detrás con la precisión de quien conoce bien ese gesto. Elena no hizo nada por cubrirse. Los pechos grandes quedaron a la vista, las areolas oscuras, los pezones que reaccionaron de inmediato al aire de la habitación y al calor de las miradas.
—Dios —murmuró Andrés desde su sitio junto al fuego.
Roberto se levantó entonces. Se acercó sin prisa, levantó la barbilla de Elena con dos dedos y la miró un momento.
—¿Primera vez con más de uno?
—Con más de uno, sí —respondió ella—. Con uno también hace tiempo.
Él la besó sin más preámbulos. Fue un beso directo, sin rodeos, que Elena correspondió con una intensidad que la sorprendió a ella misma. Tres años de silencio saliendo por la boca de una sola vez.
Marcos la guió hasta sentarse en la cabecera de la mesa. Andrés se arrodilló delante de ella.
—¿Puedo? —preguntó.
Elena asintió.
Lo que sintió cuando la lengua de Andrés la tocó por primera vez fue tan diferente de lo que había imaginado que tuvo que agarrarse al borde de la mesa con ambas manos. No era lo que esperaba. Era más preciso, más paciente, más atento a lo que su cuerpo respondía. Cerró los ojos y dejó de pensar.
Roberto estaba de pie a su lado.
—Abre la boca —dijo.
Elena obedeció. Lo tomó despacio, aprendiendo la forma y el peso, dejando que su cuerpo encontrara el ritmo por sí solo. Era su primera vez haciendo aquello, y Roberto lo comprendió enseguida, porque ajustó el ritmo a ella, sin prisas, guiándola con una mano en la nuca.
Marcos tenía las manos en sus pechos. Cada vez que apretaba los pezones, una corriente eléctrica descendía directamente hasta donde estaba la boca de Andrés. Elena perdió la noción del tiempo. Perdió también el pudor que había traído consigo a esa silla.
El primer orgasmo la tomó por sorpresa: brusco, intenso, completamente distinto a los que ella se había procurado en esos tres años de soledad. Sus muslos apretaron la cabeza de Andrés, que continuó sin detenerse hasta que ella aflojó y soltó el aire que había estado reteniendo.
—Dios —repitió en voz alta, sin que le importara quién la oyera.
***
La llevaron al dormitorio. Elena no recordaba haber caminado, pero de pronto estaba sobre la cama con la luz cálida de la lámpara de noche creando sombras sobre las cuatro figuras que la rodeaban.
Andrés entró en ella despacio, muy despacio, y Elena tuvo que recordarse respirar. Empezó a moverse con un ritmo deliberado, y ella levantó las caderas para encontrarlo, para acortar la distancia entre los dos.
—No pares —dijo ella.
Roberto ocupó su boca mientras Andrés la penetraba. El doble ritmo la llevó a un estado que no tenía nombre, una concentración total del cuerpo en dos puntos simultáneos. César le acariciaba los muslos y el vientre. Marcos esperaba su turno.
Cuando Andrés terminó, con la frente apoyada en el hombro de Elena y un gemido contenido, César tomó su lugar. Más delgado, pero con una longitud que ella no esperaba. Sintió algo diferente, más profundo, que la hizo arquearse y sujetar las sábanas con los puños cerrados.
—Despacio —pidió.
Él lo hizo despacio. Luego más rápido cuando ella se lo pidió también. Marcos fue el siguiente: más ancho, más sólido, otro ritmo completamente distinto. Elena descubrió que cada uno era diferente y que esa diferencia, multiplicada por cuatro, la llevaba a lugares que no sabía que existían dentro de ella.
***
Roberto fue el último. Antes de nada, la preparó con paciencia: dedos, lengua, atención sin ninguna prisa. Elena ya no pensaba con claridad cuando él la giró con cuidado y le pidió que se apoyara sobre sus rodillas.
—Nunca lo he hecho así —dijo ella.
—Confía —respondió él.
Fue lento y cuidadoso al principio. Elena hundió la cara en la almohada y dejó escapar sonidos que no sabía que podía hacer. César aprovechó para colocarse delante y ella lo tomó en la boca con más soltura que la primera vez, con una naturalidad que la habría sorprendido una hora antes.
El orgasmo que llegó en esa posición fue diferente a todos los anteriores: largo, profundo, que empezó en algún punto interior y tardó en desvanecerse como las olas después del golpe. Siguió temblando cuando Roberto terminó y se recostó a su lado.
Los cuatro se distribuyeron después: Andrés en el suelo con una manta de lana, César en el sillón del rincón, Marcos dormido sobre la alfombra. Roberto se quedó sentado en el borde de la cama.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Sí —dijo Elena. Y era completamente verdad.
***
Fuera seguía nevando. La carretera del valle no quedó despejada hasta el cuarto día. En esos cuatro días, y en los tres que siguieron mientras esperaban que alguien les trajera un coche, Elena no volvió a estar sola. Aprendió cosas que no sabía que se podían aprender, y descubrió que su cuerpo guardaba una memoria propia que llevaba años sin usar.
Cuando por fin los cuatro se marcharon por el mismo camino que habían llegado, ella cerró la puerta y se quedó apoyada en ella un momento, escuchando el silencio recién devuelto. La casa olía todavía a ellos: a hombre, a leña, a algo que no tenía nombre pero que reconocería siempre.
Fue a dar de comer a las gallinas.
Y pensó que quizás, ese invierno, se permitiría bajar al pueblo de vez en cuando.