La primera vez de mi hijo menor fue conmigo
Aquella tarde volví a casa antes de lo previsto. Mi marido tenía reunión hasta tarde, y Diego, el menor de mis hijos, supuestamente estaría en casa de un compañero de clase hasta la noche. Entré con la llave sin hacer ruido, dejé el bolso sobre la consola del recibidor y avancé por el pasillo hacia el salón.
Lo primero que vi fue su espalda.
Diego estaba de pie frente a la ventana del salón, completamente absorto en algo que había al otro lado de la calle. Tenía los pantalones y el calzoncillo bajados hasta los tobillos, y su mano derecha se movía de manera lenta y rítmica sobre una polla dura, gruesa, que asomaba entre sus dedos con el glande brillante y expuesto. La luz de la tarde le iluminaba de perfil. No me había oído entrar.
Seguí su mirada. En el edificio de enfrente, tercer piso, había un balcón sin cortinas. Al fondo del apartamento, una mujer de alrededor de mi edad caminaba completamente desnuda de un lado a otro, sin apresurarse, sin mirar hacia afuera, sin importarle —o quizás sabiéndolo perfectamente— que tenía a medio vecindario mirándole las tetas y el coño depilado.
O quizás lo sabía perfectamente.
Pero lo que me detuvo no fue ella. En el momento en que mis ojos se posaron en mi hijo, comprendí algo que en el día a día no había tenido tiempo ni ocasión de notar: Diego ya no era ningún niño. Tenía ante mí a un hombre joven, con el cuerpo de un hombre, con la verga de un hombre, haciendo lo que hacen los hombres.
Debí haberme dado la vuelta. Salir en silencio al rellano, esperar unos minutos en el coche, hacer como que no había llegado todavía. Cualquier madre razonable lo habría hecho.
Yo no lo hice.
Me acerqué despacio, paso a paso, sin respirar demasiado fuerte, hasta quedar justo a su lado. Él seguía sin darse cuenta de mi presencia. Lo observé unos segundos —el tiempo justo para confirmar lo que ya sabía, para grabarme la imagen de esa polla tiesa moviéndose entre sus dedos— y entonces puse mi mano sobre la suya.
Se giró tan rápido que casi perdió el equilibrio. La cara se le puso roja hasta las orejas, una rojez que le bajó por el cuello y que tardó mucho rato en desaparecer.
—Mamá… —fue todo lo que alcanzó a decir.
—Ven —dije, con más calma de la que sentía.
No opuso resistencia. Con los pantalones todavía enredados alrededor de los tobillos y la verga todavía dura apuntándome, me dejó guiarlo por la mano por el pasillo hasta su cuarto. Nos sentamos juntos en el borde de la cama. Yo no solté su mano. Él no supo dónde mirar.
—¿Y bien? —pregunté, sin apartar los ojos de él—. ¿La vecina de enfrente?
No pudo sostenerme la mirada. Asintió, apenas perceptiblemente.
—Es normal —dije—. Tiene cuerpo de mujer y vive en un balcón sin cortinas. Cualquier chico de tu edad se haría una paja mirándola.
—No debería haber… —empezó a decir.
—Para. No te estoy regañando.
Le apretujé la mano. Él me miró entonces, confundido, sin saber qué esperar. Estaba preparado para un castigo o una bronca larga, y en su lugar encontró algo que no sabía cómo interpretar.
—Lo que me sorprende —dije, bajando un poco la voz— es que nunca me había dado cuenta de lo mucho que has crecido.
El silencio que siguió fue breve pero denso. Entonces hice algo que no había planeado: bajé la mano hasta su regazo, la deslicé sobre su muslo desnudo y le rodeé la polla con los dedos. Estaba caliente, dura, más gruesa de lo que había imaginado. Él inspiró de golpe, entrecortado, y toda la piel se le puso de gallina.
—Mamá, ¿qué…?
—Shhh. ¿Has estado con alguna chica? ¿Alguna vez?
Empecé a moverle la mano arriba y abajo, muy despacio, sintiendo cómo palpitaba entre mis dedos. Una gota de líquido preseminal le brotó de la punta y se la extendí por el glande con el pulgar.
Negó con la cabeza. La voz le salió pequeña, como si le costara admitirlo:
—Nunca. No he hecho nada con nadie. Ni un beso.
Virgen. Algo se movió dentro de mí, algo que no sé cómo nombrar sin que suene equivocado. Pero no era equivocado. No en ese momento. No con él. Sentí el coño humedeciéndose bajo la ropa, ese calor sordo que hacía años que no me subía tan rápido.
—Entonces —dije, sin dejar de moverle la mano por la polla— deja que sea yo la primera.
***
Me arrodillé frente a él, entre sus piernas abiertas.
Mientras lo miraba desde abajo, con su verga tiesa a un palmo de mi cara, recuerdo haber pensado que quería que fuera despacio. Que no quería que resultara torpe ni apresurado. Diego tenía las manos apoyadas sobre el colchón, aferradas al borde, y su respiración llegaba en ráfagas cortas y superficiales.
—Mamá, esto no debería… —dijo, aunque sin demasiada convicción.
—No me mires como a tu madre —le dije, mirándolo desde abajo con la boca ya abierta a un centímetro de la punta—. Mírame como a una mujer que te quiere chupar la polla.
No volvió a protestar.
Le pasé la lengua por toda la longitud, de abajo arriba, siguiendo la vena gruesa que le recorría el lado. Diego se tensó entero, apretó los dientes y no fue capaz de suprimir del todo un gemido. Le lamí el glande dando pequeñas vueltas, saboreando la gota salada que había asomado, y solo entonces me lo metí en la boca.
Tenerlo en la boca por primera vez tenía algo que no sé explicar si no lo has vivido: esa certeza de que nadie había estado ahí antes, que yo era la primera. Que cada reacción suya —la manera en que apretó los dientes, el jadeo que se le escapó sin querer, la mano que terminó en mi cabello sin que él mismo supiera cómo había llegado ahí— era genuina y sin aprender.
Fui bajando poco a poco, tragándomelo más profundo con cada vaivén, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta. Ahogué una arcada, respiré por la nariz y empecé a mamársela en serio: subiendo y bajando la cabeza, apretando los labios alrededor del tronco, dejando que la saliva le corriera hasta la base y los cojones. Con una mano le agarré la bolsa y se la masajeé despacio; con la otra le rodeé la base para bombeársela al mismo ritmo que la boca.
—Joder, mamá, joder —jadeó, y en cuanto lo dijo se disculpó con los ojos, como si acabara de decir una barbaridad delante de mí.
Yo le sonreí con la polla en la boca. Sigue diciendo joder, hijo. Dime lo que sientes.
Duró menos de lo que esperaba. Su cuerpo estaba demasiado cargado, entre la excitación acumulada frente a la ventana, la sorpresa de lo que estaba pasando y la total falta de práctica. Empecé a sentirle la polla hincharse un poco más, los cojones tensarse contra mi mano, y cuando llegó al límite lo hizo con un gemido que intentó suprimir y no pudo del todo.
—Me corro, me corro, mamá, me…
Le hundí la polla hasta el fondo y le clavé las uñas en el muslo. La primera descarga me golpeó la garganta, caliente y espesa, y me la tragué sin apartar los ojos de él. Vino un segundo chorro, un tercero, y me los fui bebiendo todos, mamándole el glande sensible mientras seguía sacudiéndose. Cuando por fin lo dejé salir, tenía un hilo de semen en la comisura de la boca que recogí con el dedo y me lamí sin dejar de mirarlo.
Cuando terminó, me miró con la cara de quien acaba de entender algo importante y no sabe qué hacer con ello.
—Lo siento —dijo—. No quería tan rápido.
—No lo sientas —le respondí, sonriéndole—. Eso significa que eres joven y que tienes mucha energía. Las dos cosas son muy buenas.
Me senté de nuevo a su lado. Mi mano descansó sobre su rodilla.
—¿Estás bien?
Asintió. Luego me miró con esa cara que solo tiene él —la de entre expectante e inseguro, la que usaba de pequeño cuando quería pedir algo pero no sabía cómo— y al final dijo:
—He visto en vídeos que los chicos también le hacen eso a las chicas. Con la boca. En el coño. ¿Quieres que yo…?
Qué pregunta tiene que hacerse.
—Por supuesto que sí —respondí.
***
Me quité la falda y las bragas sin dejar de mirarlo. Diego se quedó con los ojos clavados en mi pubis, como si nunca antes hubiera visto un coño de verdad, en carne y hueso, a un palmo de su cara. Probablemente no lo había visto. Me abrí de piernas sobre la cama y él se colocó lentamente entre ellas, con el cuidado de quien está aprendiendo algo que sabe que importa.
—Dime qué hacer —pidió, con la boca cerca, sin atreverse todavía—. Guíame tú.
—Empieza despacio —le dije—. Bésame ahí primero. Como si me besaras la boca.
Y lo fui guiando. Sentí sus labios cerrarse sobre los míos de abajo, la lengua asomando tímidamente. Le agarré la nuca con la mano y le dije dónde poner la lengua, cuándo ir más despacio, cuándo dejar de tantear y entrar de verdad. Le enseñé a encontrarme el clítoris —«más arriba, ahí, ahí, sí, no lo pierdas»— y a chupármelo con los labios sin usar los dientes. Le enseñé a meterme la lengua dentro del coño y a moverla en círculos. Le enseñé a subir dos dedos y curvarlos hacia arriba mientras seguía chupándome.
Él seguía cada indicación con esa seriedad de alumno aplicado que lo caracterizaba en todo lo que hacía. Diego siempre había sido así: si iba a hacer algo, lo hacía bien.
—Así, hijo, así —jadeé sin poder evitarlo—. No pares. Justo así.
En diez minutos había pasado de dubitativo a concentrado. En quince yo tenía los dedos hundidos en la sábana y las caderas moviéndose contra su boca sin que yo pudiera pararlas. Me chupaba con hambre, con esa avidez virgen de quien acaba de descubrir a qué sabe una mujer y no piensa desperdiciar ni una gota.
No era el mejor que había tenido, obviamente. No conocía los atajos que enseña la experiencia acumulada. Pero había algo en saber que era él —que estaba aprendiendo esto en mí, conmigo, desde cero, que mi coño era el primer coño que probaba en su vida— que hacía que cada momento imperfecto resultara diez veces más intenso de lo habitual.
—Métemela más, dos dedos, cúrvalos hacia arriba —le pedí, con la voz ya rota—. Ahí, ahí, no pares, no pares.
Sentí que se me venía encima. Le apreté la cabeza contra el coño con las dos manos, le enrosqué los dedos en el pelo y me corrí en su boca sacudiendo las caderas, mordiéndome el labio para no gritar demasiado fuerte. Él no se apartó. Siguió chupándome mientras yo temblaba, tragándose todo lo que le caía en la lengua, hasta que le tuve que apartar la cabeza porque no podía más.
Cuando por fin me solté del todo, con los dedos enredados en su pelo y sin intentar ya moderar la voz, él levantó la cabeza con esa expresión entre orgullosa y sorprendida que le salía cuando hacía algo mejor de lo que esperaba. Tenía la barbilla brillando de mis flujos.
—¿Bien? —preguntó.
—Muy bien —respondí—. Muy, muy bien.
Sonrió. Una sonrisa de verdad, de las que salen cuando has hecho algo que de verdad importó.
***
Nos quedamos quietos un momento, recuperando el aliento. La tarde seguía entrando por la ventana. Afuera, el vecindario sonaba igual que siempre.
Noté que Diego estaba listo de nuevo —la juventud tiene esa ventaja indiscutible, su polla se había vuelto a poner dura contra mi muslo casi sin que él se diera cuenta— y algo dentro de mí tomó una decisión que no había planeado con palabras.
—Ven aquí —le dije—. Quiero que me folles.
Me recosté boca arriba y lo atraje hacia mí. Él entendió sin que yo tuviera que explicar nada más. Puse su mano sobre mi cadera, le agarré la polla con la otra y se la guie hasta la entrada del coño, empapado y listo. Sentí la punta rozarme, resbalar, ajustarse en el sitio exacto, y esperé a que terminara de entender lo que le estaba pidiendo.
—Despacio —le dije—. Métemela sin prisa. Que la sientas.
Empujó. La primera vez que entró en mí, cuando el glande superó el primer anillo y se hundió hasta la mitad, el sonido que hizo fue involuntario y completamente honesto, un jadeo largo y roto, como si la realidad de aquello superara con creces todo lo que había imaginado que podría ser.
—Mamá… joder… mamá… —susurró, sin acabar la frase.
—Sí —respondí yo, sin encontrar otras palabras tampoco—. Métemela toda. Hasta el fondo.
Empujó otra vez y esta vez me la clavó hasta la base. Sentí sus cojones contra mi culo, su pubis contra el mío, y solté un gemido que fue tan honesto como el suyo. Le rodeé la cintura con las piernas y lo apreté.
Al principio le dejé marcar el ritmo por su cuenta, aunque fuera irregular y demasiado rápido. Embestía como si tuviera miedo de que se lo fueran a quitar, con esa urgencia virgen de quien nunca antes había estado dentro de nada. Luego puse las manos en sus caderas y lo frené suavemente.
—Así —le dije—. Siente lo que está pasando. Siéntete dentro de mí. No te apures.
Obedeció. Su respiración cambió. Empezó a moverse con más intención y menos urgencia, sacando la polla casi entera para volver a hundírmela hasta el fondo, prestando atención a lo que sentía en lugar de ir simplemente a por el resultado. Le acaricié los brazos, los hombros, la espalda; le clavé las uñas cuando una embestida me tocó bien; le susurré al oído lo mucho que me gustaba tenerlo dentro.
—Estás dentro de tu madre, hijo —le dije, porque supe que necesitaba oírlo—. Me estás follando.
Aquello lo puso al borde de golpe. Le sentí la polla hincharse dentro de mí.
—Voy a… mamá, voy a…
—Fuera —le pedí—. Sácamela y córrete encima.
La sacó a tiempo y se corrió sobre mi vientre a chorros largos, con el cuerpo entero sacudiéndose y un gemido gutural que no intentó controlar. No duró mucho —su cuerpo seguía siendo nuevo en todo esto— pero cuando terminó, su frente cayó sobre la mía y los dos nos quedamos un momento sin decir nada, con su semen pegado entre los dos.
—¿Estás bien? —le pregunté, como siempre le preguntaba.
—Más que bien —respondió, con voz baja—. Mucho más que bien.
***
Descansamos un rato. Diego se quedó boca arriba con un brazo sobre los ojos, callado, procesando todo. Yo me quedé a su lado mirando el techo y pensando en lo que acababa de pasar, sin arrepentirme de nada.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó al cabo de un rato, sin moverse.
—Porque quise. Y porque eres tú.
Se giró a mirarme.
—¿Y papá?
—Papá no tiene por qué saberlo. Esto es entre nosotros.
Lo absorbió en silencio. Después algo en su expresión cambió, esa cara que ponía cuando se le ocurría algo y quería pedirlo pero no sabía muy bien cómo plantearlo.
—¿Puedo pedirte una cosa más?
—Depende de qué sea.
—Quiero intentarlo de otra forma. Esta vez quiero estar yo encima.
No pude evitar sonreírle.
—Claro que sí.
***
Esa segunda vez fue completamente diferente. Diego tomó la iniciativa desde el principio, con más confianza y mucho menos miedo. Me abrió las piernas él mismo, se colocó entre ellas y se metió la polla de una sola embestida firme, sin pedir permiso. Aquello me arrancó un gemido de sorpresa que le hizo sonreír.
—¿Así? —preguntó, medio en broma medio en serio.
—Así, hijo, así.
Empezó a follarme de arriba abajo con embestidas largas y controladas, aguantando el peso sobre los brazos, mirándome a la cara sin apartar los ojos. Todavía tenía cosas que aprender —el ritmo exacto, el momento preciso, leer los gestos del otro cuerpo— pero la voluntad estaba del todo presente. Y con voluntad se aprende rápido.
Le agarré el culo con las dos manos y lo empujé contra mí para que me la metiera más profundo. Él entendió y aceleró un poco. Le fui dejando descubrir a su manera, corrigiéndolo solo cuando lo veía necesario: «un poco más despacio», «así, sin salirte del todo», «bésame las tetas mientras me follas». Me gustaba observarle la cara: era la cara de alguien que acaba de entender que algo que existía solo en la imaginación puede ser real, y que lo real es infinitamente mejor.
Me chupó los pezones sin dejar de embestirme, uno y otro, mordiéndolos con cuidado. Le puse la mano en la nuca y le dije que siguiera. Notaba la polla golpeándome el fondo con cada envite, el ruido húmedo de mi coño chorreando alrededor de él, sus cojones chocándome contra el culo. Empecé a sentirme cerca yo también.
—Más rápido, hijo, más rápido, no pares.
Aceleró. La cama empezó a golpear la pared con un ritmo obsceno. Me corrí otra vez, apretándole la polla con el coño, gimiendo su nombre contra su hombro.
Cuando él estuvo cerca del límite, le pedí con un gesto que se saliera, y entendió sin necesidad de explicación. Se colocó sobre mí, de rodillas encima de mi pecho, se la meneó dos veces con la mano y se dejó ir del todo. Le cayeron chorros en las tetas, en el cuello, uno me llegó hasta la barbilla. Se quedó mirándome con la polla todavía en la mano, escurriendo, con esa cara de asombro absoluto.
Después se desplomó a mi lado, con la respiración agitada y los ojos cerrados.
—Mami —dijo, con una voz que mezclaba al niño que todavía era en parte con el hombre en que se estaba convirtiendo—. Esto es lo mejor que me ha pasado nunca.
—Exageras —dije.
—No exagero nada.
Me reí. Él se rió también.
Quizás no exageraba.
***
Antes de levantarnos, Diego me pidió algo con la misma cara de antes: la de querer algo pero sin saber bien cómo formularlo.
—¿Podemos hacerlo de otra manera? He leído sobre…
Se detuvo. Yo esperé, sin decir nada.
—Por detrás —terminó, con toda la cara roja de nuevo, como si de golpe volviera a tener la misma vergüenza del principio—. Por el culo.
Lo miré un momento antes de responder. Era serio. Tenía esa curiosidad limpia que solo tienen quienes todavía no han acumulado suficiente experiencia como para temer o dar las cosas por garantizadas.
—Sí —respondí—. Pero muy despacio, con mucha saliva, y me escuchas en todo momento. Si te digo que pares, paras.
Asintió sin dudar.
Lo que vino después fue más largo y más lento que todo lo anterior. Me puse a cuatro apoyos sobre la cama, con el culo levantado hacia él, y lo guié con la voz y las manos. Le dije que me lamiera primero, y lo hizo: sentí su lengua abriéndose paso por la raja, jugueteando con el agujero, mojándomelo bien. Le dije que se escupiera en la polla y en mí, y me embadurnó todo con saliva hasta que quedó resbaladizo.
—Ahora, muy despacio, apoya la punta ahí y empuja poquito a poco.
Sentí la presión, el glande forzando el anillo, y respiré hondo para relajarme. Él fue cuidadoso desde el primer segundo, atento, preguntando sin palabras, leyendo las señales del otro cuerpo en tiempo real. Cuando la punta entró del todo, ambos gemimos a la vez. Se quedó quieto.
—¿Estás bien, mamá?
—Sí, hijo. Sigue. Despacio.
Fue entrando centímetro a centímetro, hundiéndomela poco a poco, hasta que sentí sus muslos contra mi culo. Estaba entero dentro. Lo corregí cuando lo necesitó y le dejé espacio cuando no.
—Ahora muévete. Suave.
Empezó con embestidas pequeñas, sin sacarla apenas, dejando que mi cuerpo se acostumbrara. Le llevó un rato entender el ritmo, pero cuando lo pilló ya no lo soltó. Me follaba el culo con una lentitud reverente, casi religiosa, agarrándome las caderas con las dos manos. Metí una mano entre mis piernas y empecé a frotarme el clítoris al mismo compás.
Aquella lentitud tenía algo que el entusiasmo de la primera vez no había tenido: la sensación de que los dos prestábamos atención, de que ninguno iba a ningún sitio.
—Más fuerte, hijo. Ya está. Fóllame más fuerte.
Aceleró. La habitación se llenó de un ruido nuevo, más grave, el de sus caderas golpeándome el culo y su respiración jadeando encima de mi espalda. Yo me frotaba el coño con dos dedos, apretándome contra él, sintiendo cómo su polla me abría por dentro con cada envite. Me corrí una tercera vez, larga y hondamente, apretándole el culo alrededor de la polla hasta que le oí soltar un gemido de sorpresa.
Cuando por fin llegó al final —de verdad, esta vez sin marcha atrás— cayó sobre mi espalda y se corrió dentro de mí, con la polla enterrada hasta el fondo, jadeando junto a mi oreja. Sentí cada descarga suya cálida por dentro. Se quedó ahí un momento sin moverse, con la respiración difícil y los músculos completamente sueltos, aplastado contra mí.
—Madre mía —dijo, la única frase que parecía ajustarse a lo que sentía.
—Ya sé —dije.
Cuando por fin la sacó, despacio, sentí un hilo tibio de su semen escurriéndoseme por dentro del muslo. No me importó. Me giré, lo besé en la boca por primera vez en toda la tarde, y él me devolvió el beso como si fuera lo más natural del mundo.
***
Nos duchamos por separado. Nos vestimos en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era el silencio de dos personas que han compartido algo que importa de verdad y no necesitan llenarlo todo con palabras.
Cuando Diego apareció en el umbral de la cocina, vestido y con el pelo todavía húmedo, me miró como si me viera desde una distancia ligeramente distinta a la de siempre. No era una mirada incómoda. Era la mirada de alguien que acaba de ver algo nuevo en un lugar conocido.
—¿Estás bien, mamá?
—Estoy bien. ¿Y tú?
—Sí —dijo. Y añadió, mirándome directamente—: No me arrepiento. Si es lo que estás pensando.
—No estaba pensando eso.
Se sentó frente a mí. Se sirvió un vaso de agua.
—¿Volverá a pasar?
Lo miré un momento antes de responder. No preguntaba con urgencia ni con culpa. Preguntaba de la manera en que él preguntaba siempre las cosas: de frente, queriendo una respuesta honesta y no una respuesta tranquilizadora.
—No lo sé —respondí—. Hoy pasó porque pasó. No sé qué pasará mañana.
Asintió despacio, como si esa respuesta le bastara.
—Está bien —dijo—. Me parece justo.
Y así quedó. Mi hijo menor, que esa tarde había entrado a casa haciéndose una paja mirando a una mujer desnuda al otro lado de la calle, la abandonaba siendo un hombre de pleno derecho. No sabía con certeza si lo que habíamos hecho estaba bien o estaba mal, y en ese momento no era capaz de que me importara.
Había pasado. Los dos, cada uno a su manera, lo habíamos elegido. Y eso era lo único que yo sabía con total seguridad.